El Grito I

I

Marcelo Santillana era canónigo de la Catedral de la provincia donde había nacido, se había asegurado un buen vivir dentro de la carrera eclesiástica. No lo necesitaba, sus padres eran propietarios en Andalucía y en La Mancha, y pertenecía a una de las familias más adineradas de la provincia de Córdoba. Tenía pocos años cuando lo nombraron canónigo de la Santa Iglesia Catedral de su provincia. Había progresado adecuadamente dentro de la iglesia. Tenía buenos padrinos para prosperar, su familia era una familia nada creyente, sin embargo las familias de sus abuelos, sí lo habían sido. Podríamos decir que su familia, era una familia de rancio abolengo, distinguida principalmente por su gran fortuna.

La madre de Marcelo no era del pueblo de su padre, era del Puente de los Desamparados, pueblo a treinta kilómetros de Alameda de la Mancha, que era el pueblo donde su familia vivía, y que al ser este el pueblo de sus abuelos maternos era donde estuvo viviendo hasta la muerte de su abuelo paterno, donde su familia se tuvo que mudar una vez que este murió. Su abuela había muerto unos años antes como consecuencia de una enfermedad intestinal que le afectó, y que rápidamente terminó con su vida. Al morir su abuelo y para que no se quedara sola su tía Pilar, ya que su único hermano Ramón, padre de Marcelo, vivía con su mujer y sus dos hijos en la casa de sus suegros en el pueblo vecino de Puente de los Desamparados, decidió irse a vivir con su hermana.

Al no haber tomado su hermano esta decisión, se hubiera tenido que quedar sola Pilar en la casa que había sido de sus padres, y a instancias de esta, Ramón, decidió trasladarse con su familia a la casa donde había nacido, que había sido la casa de sus padres, y a la muerte de estos, pasó a ser suya y de su única hermana.

Su mujer había puesto al principio cierta resistencia a cambiar la casa donde vivía, que era la casa de sus padres, por la casa de sus suegros, que era donde vivía su única cuñada, a la que su marido no estaba dispuesto a dejar sola. Tal vez la resistencia que opuso se debiera a que sus padres no pensaran que si lo hacía no les iba a gustar que dejara la casa donde estaba viviendo, que era la casa donde había nacido, y sobre todo a que sus padres pensaran que le costaba poco separarse de ellos.

Pensaba Ramón en los peligros a los que podía estar expuesta su hermana al quedarse a los dieciséis años como dueña de una casa grande, donde tanta gente tenía que entrar, tantas cosas había que guardar y tantas cosas había que decidir. Agradeció Pilar a su hermano y a su cuñada el haber tomado aquella decisión, y en muy pocos días se trasladaron desde casa de los suegros de Ramón en Puente de los Desamparados, a la casa que había sido de sus padres y que por la muerte de estos, había pasado a ser suya y de su hermana.

Llegó Ramón con su familia a la casa donde había nacido, cerca ya del mediodía. Le acompañaban su mujer, sus dos hijos, Josefina y Marcelo de ocho y cinco años, y su cuñada Sofía, que tenía más de treinta y menos de cuarenta. Iba Sofía a ayudarle a su hermana a decidir cómo iban a poner la casa, tenían que ver detenidamente todo lo que necesitaban comprar, ya que los muebles que Amparo había llevado al matrimonio, pensaron dejarlos en casa de sus padres para cuando fueran a verlos, o por si acordaban irse a pasar algunas temporadas con ellos.

Recordaba Marcelo aquel viaje como un sueño, guardaba pocos recuerdos de aquellos hechos, pero muy bien guardados. Recordaba siempre lo mismo, a su tía Sofía diciendo dónde debían poner lo que habían traído de casa de sus abuelos maternos y las cosas que tenían que comprar, mientras su madre permanecía callada y su tía Pilar, no dejaba de poner objeciones a todo lo que su tía Sofía decía. Tuvo su padre que intervenir para cortar a su cuñada, y que esta escuchara y valorara las opiniones de su hermana Pilar y las de Amparo su mujer, que eran las que allí iban a vivir y a quienes le iban a afectar los cambios que en la casa se hicieran.

Escuchó Sofía con extrema atención lo que su cuñado le estaba diciendo y una vez que este terminó de hablar, dirigiéndose a él le dijo: para este viaje no se necesitan alforjas, para ser aquí la convidada de piedra en este asunto, me podía haber quedado en mi casa con mis padres y no tendría que haber hecho este viaje de seis horas para llegar aquí, ni tendría que repetirlo mañana en dirección contraria, para hacer el mismo viaje en sentido opuesto. Si en alguna otra ocasión me necesitáis, antes de programar viaje alguno me decís las causas, el para qué me necesitáis, valoraré con extremo rigor lo que me hayáis de decir y antes de decidirme a hacer otro viaje, tendré que saber los motivos que lo fundamentan.

Quedaron todos enterados de lo que tenían que hacer en el improbable caso de necesitar los consejos de Sofía, y procuraron limar asperezas mientras continuaban con la labor que les ocupaba, tratando de no volver a incomodar más a Sofía que tan mal había recibido las palabras de su cuñado.

Habían llegado al pueblo de los padres de Ramón cerca del mediodía. Los recibió Joaquina, que ocupaba el cargo de ama de llaves en la casa desde la muerte de Ramona Olmedo, esposa del Marcelo Santillana, que acababa de morir, y a la vez eran los padres de Pilar y Ramón, suegros de Amparo, y abuelos de Marcelo y Josefina.

Después de la muerte de su padre, Ramón y su esposa habían permanecido en la casa una semana más acompañando a Pilar, para que esta no se sintiera tan sola después de la muerte de su padre, todo había sido tan rápido que apenas tuvieron tiempo de concienciarse de su muerte. Esperaban la llegada de familiares y amigos, que tendrían que ir en los días posteriores al entierro para darles el pésame de una forma más sosegada. Por eso permanecieron allí una semana más en la casa, tratando de solucionar estos y otros asuntos que les pudieran surgir después de una muerte tan inesperada, como había sido la de Marcelo Santillana.

Cuando el coche de mulas en que se desplazaban desde la casa de los padres de Amparo, a la casa que había sido de los padres de Ramón se oyó pasar por la calle donde estos iban a vivir, previno e hizo salir a Joaquina que había oído llegar el carruaje donde venía Ramón y su familia y pensando que serían ellos abrió la puerta de la casa.

Una vez que todos hubieron bajado del coche, fueron pasando mientras Ramón le indicaba al cochero que los había traído, por dónde tenía que entrar con el coche para pasarlo dentro. Joaquina pasó a Amparo, que a partir de ahora iba a ser su señora, a sus hijos, y a Sofía la hermana de Amparo, que según había intuido, iba para ayudarles a pensar. Pasaron a la sala de la casa donde una gran estufa de canastillo mantenía la estancia a una temperatura alta que contrastaba con el frío que habían observado al bajarse del coche donde viajaban. Permanecieron un rato en la estancia tratando de que el frío, que poco a poco había ido entrando en sus cuerpos, a pesar de los cristales del coche, y de los abrigos y las mantas que las habían arropado durante el viaje, fuera saliendo de sus cuerpos, mientras Joaquina les informaba de los incidentes más relevantes que habían sucedido en los días que habían estado fuera.

Pronto volvió Ramón acompañado de su hijo, que había pasado con él para abrir las puertas falsas de la casa, por donde tenía que entrar el coche que los había traído y enseñarle al cochero donde tenía que guardarlo, dónde debía meter los animales, dónde podía darles agua, y decirle dónde podía encontrar la paja y la cebada para que comieran. Salieron de las cuadras y corrales donde habían estado, y volvieron dentro de la casa. Al no oírlas por ningún sitio, pasaron al comedor, donde las encontraron sentadas alrededor de la estufa, mientras Joaquina le informaba de lo que iban a comer y cómo iba la comida. Ya no os levantéis de aquí, les dijo Ramón, el día está muy frío, febrero es el mes más desapacible del año y un sitio tan apacible como este no lo vais a encontrar en toda la casa, será mejor que os quedéis aquí hasta que perdáis todo el frío que habéis acumulado esta mañana durante el viaje, y cuando esté la comida, que pongan la mesa y comemos.

La comida va a estar enseguida, dijo Joaquina, que permanecía en un segundo plano desde que llegaron Ramón y su hijo. ¿Estabas ahí, Joaquina? No te había visto hasta ahora que te he oído hablar. ¿Qué nos tienes preparado para un día como hoy, que tanto frío hace? ¿No se te habrá ocurrido preparar un gazpacho de primer plato, o algo que se le parezca?

Desde que dejé de jugar con las muñecas hace ya muchos años, los juegos dejaron de interesarme, y procuro siempre, no jugar cuando estoy trabajando, he sido siempre una persona seria y jugar nunca me ha entretenido, ni siquiera las muñecas me han atraído.

Sé que has sido siempre una persona seria, llevas muchos años trabajando en esta casa, y sé que siempre has sido una persona que has estado más pendiente de tu trabajo que de los juegos y basándome en eso, te he hecho esa pregunta, sabiendo de antemano que gazpacho no nos ibas a poner de comida, pienso que nos tendrás preparada una comida de más fuste que el gazpacho, y si he hecho alusión a esta comida ha sido para ponerla en contraposición al día y a la temperatura que tenemos. Tengo la certeza absoluta de que la comida que nos tengas preparada, o estés preparando tiene que estar en consonancia con la temperatura que tenemos con el frío que está haciendo hoy.

Cuando he salido al corral esta mañana y he visto la capa de escarcha que arropaba a los tejados y lo rápida que la niebla se iba extendiendo, he pensado que hoy no iba a salir el sol, y que la capa de escarcha que arropaba a los tejados no la iba a derretir el sol en todo el día, se iba a juntar con la que va a caer esta noche, y que el invierno por ahora, no estaba dispuesto a marcharse, que el hielo de esta madrugada no venía solo, venía con unos amigos, argumento Joaquina. He matado un pollo de los mayores que quedaban en el corral, lo he puesto a cocer pensando en hacerlo con arroz, y lo tengo ahí esperando a ver cómo lo hago, cómo puedo ponerlo. Voy a preparar unos entrantes para que el pollo no sea plato único, los voy a hacer a base de tapas de jamón, matanza, queso, aceitunas y almendras fritas, aunque me temo que pase lo que con tanta frecuencia pasa, una vez que se tomen las tapas, les van a quedar pocas ganas de comer arroz.

No te preocupes por lo que pueda pasar, la matanza ya se podrá comer, son buenos aperitivos, vamos a comer bien, y más ahora con el tiempo que está haciendo, ve preparando las tapas y cuando lo tengas podemos empezar a tapear mientras se va cociendo el arroz. Procurad que la estufa no se amortigüe, hace hoy mucho frío, y si os olvidáis de ella puede que se apague y haya que encenderla de nuevo.

No te preocupes, Joaquina, dijo Amparo, con la gente que vamos a estar aquí y con el frío que hemos pasado esta mañana, no se nos va a olvidar a ninguno avisar antes de que la estufa se amortigüe, es que Ramón es muy prevenido, y muy friolero a la vez y por eso se preocupa tanto de la lumbre.

Salió Joaquina del comedor diciendo: voy a preparar las tapas, el vino nuevo y los refrescos para los chicos y para las mujeres, son ya más de la una y no quiero tardar mucho en volver. Durante la comida permanecieron hablando las mujeres de ropas y de muebles. Poco podía opinar Ramón de aquellos temas, y una vez que terminaron de comer optó por acercarse a la estufa con el periódico en la mano, sentado en una de las mecedoras que estaban desocupadas, ojeó el periódico y al ver que no había nada importante que leer decidió cerrarlo. Se dejó caer sobre el respaldo de la mecedora, y muy pronto se quedó dormido.

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