Mona, Mona, Mona, …

Mona, Mona, Mona….

Mona, Mona, Mona… Un miedo cerval la sacó de sus cavilaciones. Ya estaban allí, como  todos los días. Las voces habían salido de entre la niebla y unos bultos pequeños se acercaban difusos corriendo hacia ella. Como siempre, los chicos de la calle se acercaban a ella con piedras en las manos y aire amenazador. Lloraba, daba gritos: “Ay mi madre”, “ay mi madre”, “ay mi madre”, “piedras no”, “piedras no”….decía.

Se oyó el chirrido de un cerrojo, y una mujer apareció sobre el quicio de su puerta. La mujer regañó a los que la amenazaban y los chicos avergonzados desaparecieron corriendo calle abajo.

No llores, no te asustes, si no te tiran piedras, tranquilízate, no les hagas caso. ¿Llevas ahí el puchero de las sobras? Preguntó la mujer. Entre sollozos, la anciana que asustaban los chicos, respondió afirmativamente mientras sacaba un desconchado pucherillo de porcelana que llevaba escondido debajo del mandil. La mujer cogió el puchero, pasó a su casa y, al poco rato salió otra vez a la puerta con el puchero. “Toma, son habichuelas, cenamos anoche y han sobrado estas pocas”. “Llévatelas , no sea que las vayas a verter. No se las des a tus sobrinos, cómetelas tú y no llores más”.

“Como soy una pobrecica tonta y no tengo padre ni madre… por eso me tiran piedras”. “Dios te lo pague”. Y la anciana con sus habichuelas en el puchero y dos trozos de pan,   que ya le habían dado antes, vio resuelta la comida de aquel día.

La mujer cerró su puerta, y la Eustaquia la pobre, que así se llamaba la anciana, que vivía de la caridad, más tranquila se dirigió a su casa. Instintivamente miraba las esquinas, pensaba que los chicos que ya la habían asustado, podrían aparecer en cualquier momento. Se cruzó con algunos de los chicos que iban a la escuela, y la tranquilizó el que éstos no le dijeran nada. Al pasar por la puerta de la posada, tres labradores salían acompañados por un hombre que llevaba un saco negro. Uno de ellos le dijo:” Bien has escapao esta mañana, bien te vas a poner…”. Esta frase le hizo alegrarse, se sintió contenta. Llevaba su puchero de habichuelas y dos trozos de pan en el mandil.

La verdad, era que casi siempre tenía para comer. Lo malo eran los chicos, los sustos que le daban. Si no fuera por eso, con las sobras y un pedazo de pan, comía ella. Y las cenas, una sardina de cuba, unas zanahorias, unas patatas asadas, alguna vez, hasta una onza de chocolate, o un trozo de tocino.

Pero los chicos…cuántos sustos le hacían pasar. Cuántas veces se tenía que guarecer en el quicio de una puerta llorando y dando gritos hasta que se iban. Cuántas veces la amenazaban con una vara o con piedras. Mona, Mona! le decían  y tiraban  piedras al suelo cerca de donde ella estaba. Clamaba, lloraba…piedras no decía, pero nadie le hacía caso. Se lo decía a los serenos, a las madres… se lo voy a decir a los  civiles, les decía a los chicos, pero como si nada. Y cuando se iban los chicos se sentaba en la puerta llorando, entrelazando y apretando sus sarmentosos  y descarnados dedos, limpiándose los ojos con los picos del pañuelo de la cabeza.

A veces, salía la dueña de la casa y la echaba a cajas destempladas: “Anda, da la tabarra en otra puerta”, le decía. Y la Eustaquia la pobre, que no tenía padre ni madre, que era tonta y vivía de la caridad pública, tenía que salir, tenía que dejar de molestar, tenía que seguir rodando y rodando, dando tumbos, a encontrarse otra vez con los chicos que la asustaban con piedras o con las varas de los mochos, o con las manillas de los aros,  o con los tiradores. Y luego, a pedir, había que pedir: “Una limosna, que soy la Eustaquia la pobre”, y a lo mejor un “perdona por Dios, que estuviste aquí ayer” era la respuesta, o “vuelve el jueves, que los jueves damos limosna, que si no, no podemos hacer otra cosas que abrir la puerta”.

Los pobres tienen que llegar a tiempo, tienen que llegar en buena ocasión, tienen que llegar antes, porque a todos no se les podía dar. Y la Eustaquia la pobre, que no tenía padre ni madre, que era una pobrecita tonta, llegaba tarde o estuvo aquí ayer, o no llegaba el jueves  a las casas donde daban limosna los jueves, o no llegaba los domingos, a las casas que daban limosna los domingos. Y rodaba y rodaba de puerta en puerta, cosechando “Perdona por Dios” y molestando  siempre.

Y alguien,  para que no molestara, por no sentirla, porqué allí iba a estar mejor, porqué allí le iban a dar de comer, porqué allí iba a estar más atendida se encargó de buscarle otro alojamiento para que se la llevaran. Y algún alcalde, o persona influyente, hizo gestiones, y pocos días después, en un coche y sin que ella quisiera, sin querer abandonar su casilla de la calle Sierra, llorando, la montaron y se la llevaron porqué allí iba a estar mejor.

Pocos días después de que esto sucediera, me enteré en Madrid que se la habían  llevado y nunca más volví a saber nada de la Eustaquia. Nunca supe si este cambio fue bueno o malo para ella. No sé si se adaptó o no a vivir en la otra residencia. No sé si desde allí añorara sus trozos de pan, su puchero con las sobras, su casilla de la calle Sierra… esas pequeñas cosas que nos rodean y que sólo nos damos cuenta de su valor cuando las perdemos. Y entonces, sí que las echamos en falta.

Hace muchos años, más de cincuenta, que se la llevaron. Debía tener alrededor de setenta, y aunque no he sabido nada de su muerte, pienso que ha de llevar muchos años enterrada. Pero cuando paso por su humilde casilla de la calle Sierra, guardo un sentido recuerdo de aquella mujer que vivió allí de la caridad pública, que los chicos la asustaban con piedras y palos y le decían Mona. Y como ella decía, no tenía padre, ni madre y era una pobrecica tonta.

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