Leñadores 22

Al día siguiente se levantó Cipriano temprano. Apenas se veía cuando pasó al corral para echarle un pienso a Rucio. Tenía Rucio que estar comido para llevar una gran carga de leña gorda a Almagro y volver con la cesta de ropa que tenía que traerse, para que Rufina la lavara en la Higuera al día siguiente, junto con Cipriano, que también pensaba volver montado. Tomó Cipriano un desayuno de café con leche con unas rebanadas de pan frito, que le había hecho su mujer, mientras este apiensaba al burro y cuando comprendió que Rucio se había comido el pienso, lo sacó de la cuadra, lo aparejó, le dio agua y lo sacó a la calle. Cargó la leña que había dormido en la calle sin incidentes y cogiendo a Rucio por el ramal, rompió a andar buscando el camino que le llevaría a Almagro, donde tenía que dejar la carga de leña y traerse la cesta de ropa.

Poco después del mediodía, llegaba Cipriano de vuelta a su casa, con su faena terminada y con la cesta de ropa que Rufina tenía que lavar al día siguiente. Había oído Rufina las pisadas del burro sobre el empedrado de la calle y abrió la puerta, antes que a su marido , le diera tiempo a llamar.  Preguntó Rufina a su marido cómo le había ido el viaje, a lo que este contestó que el viaje había ido bien, se encontraba un poco cansado, pero pensaba reponerse pronto.

Tenía Rufina la comida preparada, pronto estuvieron comiendo y comentando las incidencias del viaje, el viaje de ida, lo había hecho bien y sin incidentes, había descargado la leña y recogido la cesta de la ropa y una vez subido en el burro, todo había sido coser y cantar. El burro había cogido su endiablado tranco y antes de lo previsto se había encontrado en la puerta de su casa, con la hacienda realizada, y con el valor de la leña en el bolsillo. Pensaba Cipriano que el trabajo lo podían hacer bien, e incluso si tenía trabajo suficiente podría llegar a echar tres viajes a la semana de dos cargas cada viaje, con lo que los ingresos serían dobles, ya que el hacer una carga de leña, le llevaba poco más de una hora de trabajo y que para poder vender el doble de leña todas las semanas, solo tendría que incrementar su trabajo en tres horas a la semana, cuatro a lo sumo. Las horas de viaje iban a ser las mismas y la leña representa una pequeña proporción del trabajo realizado.

Lo que Cipriano había pensado durante el viaje, ya  lo tenía pensado desde hacía tiempo, no se lo había dicho a su marido antes para que este, no pensara, que lo que ella quería era explotarlo de forma inmisericorde, pero este razonamiento, ya había pasado por su cabeza. Continuaron hablando durante un rato de los proyectos que albergaban para el futuro, y viendo Rufina que el sueño trataba de introducirse en la cabeza de su marido, que se echara un rato, se había levantado muy temprano, y el sueño lo estaba rondando. Duerme un poco y descansa, le dijo, si descansas ahora, mañana te encontrarás con más fuerzas para realizar tu trabajo.

A regañadientes acepto Cipriano los consejos que su mujer le estaba dando, diciéndole a esta que tan cansada como él, debía estar ella, ya que juntos se acostaron la noche anterior, y juntos se habían levantado por la mañana. En cuanto al trabajo realizado, cada uno había hecho el que le correspondía. Si yo no tuviera nada que hacer también me echaría un rato, pero ha dicho mi madre que iba a venir esta tarde para darle un repaso a la ropa usada que tenemos, y la estoy esperando.

Pasó Cipriano a la alcoba y la encontró tan fresca como el día anterior, se deshizo de una poca ropa y se dispuso a adentrarse en el frescor de sus sábanas, mientras Rufina esperaba a su madre. Pronto estuvo Cipriano dormido y pronto lo oyó roncar, mientras esperaba la llegada de su madre.

Poco a poco, Cipriano y Rufina fueron acostumbrándose a sus nuevos trabajos y poco a poco Cipriano fue valorando cada día más a Rucio, se fue adaptando más al manejo del hacha y el hocino y cada día tardaba menos en hacer su carga de leña. Conforme iba haciendo más frío, y más conocidos iban siendo en Almagro iban aumentando sus clientes. De todos los barrios tenían avisos para que les trajeran leña y les lavaran ropa. Tuvieron  que dejar de tomar nuevos clientes, por miedo a no poder atenderlos. Ambos estaban contentos y agradecidos con la madre de Rufina, que tanto había influido en ellos, para que se dedicaran a traer leña y a lavar ropa. Pesaban que si esto seguía así, pronto podrían comprar un burro más y duplicar sus ingresos, con un pequeño aumento de los gastos.

A ratos pensaban que esto no podía seguir siempre así, ganaban mucho dinero, y a veces pensaban que esto podía ser un sueño del que podrían despertar en cualquier momento. Si las cosas seguían así, muy pronto podrían comprar un burro más y doblar sus ingresos, aunque esto los llevara a lavar el doble de ropa y a cortar el doble de leña. A veces pensaban que las cosas podían ir a peor, pensaban que las ventas podían diminuir y que muchos días se podían quedar sin trabajo, con dos burros en la cuadra y ellos sin nada que hacer en su casa. En general miraban la vida con optimismo, pensaban también que esto no tenía por que ser así, si ninguno de los dos caía enfermo, nada les podía hacer pensar, que se iban a quedar sin gente a la que tuvieran que traerle la leña, ni  gente a la que  tuvieran que lavar la ropa.

Gastaban poco y Rufina que era la administradora de la casa, aunque no le gustaba mucho hablar con Cipriano del dinero que tenían, a veces le contaba a su marido, cómo iban las cuentas, y las cuentas iban bien, mejor que como ellos pensaron en un principio que pudieran ir. Ahorraban más de la mitad del dinero que ganaban, y esto les hacía mirar la vida con optimismo. Les hacía ser optimistas y había veces que parecían hasta despreocupados. Aunque en realidad despreocupados no eran, al contrario, si por cualquier ajena circunstancia, como pudiera ser la mejoría del tiempo, el retraso en los pedidos de leña, o las solicitudes de lavado de ropa, ya les hacía pensar al matrimonio que las cosas empezaban a ponerse peor. Una semana después cambiaba la tendencia, aumentaban las solicitudes de trabajo, y otra vez volvía el optimismo a la casa y las cosas empezaban a mirarse con el mismo optimismo con el que antes se miraban. Pero así eran las cosas en una pequeña casa de un pequeño pueblo del planeta. En esta casa variaban mucho a lo largo del día la forma de ver las cosas, pero esto no hacía que surgieran discusiones entre la pareja por la forma que ambos tuvieran, al mirar las cosas de forma diferente.

Pasaban los días, las semanas, los meses y los trabajos se iban desarrollando con normalidad, más que con normalidad, bien. Se habían dejado en el camino bastantes casas que no habían podido tomar como clientes, por no desatender a los clientes mas antiguos. Habían juntado ya una cantidad de dinero que para ellos era una cantidad importante, más que tenían cuando compraron a Rucio , podían y debían comprar otro animal, no necesitaban recurrir al prestamista. Seis meses después de empezar el negocio, podían comprar otro animal y todavía les iba a quedar más dinero, que el que tenían antes de que  compraran su primer burro, eran jóvenes y las cosas no podían irles mejor de lo que iban.

Necesitaban comprar una casa, pero la casa podía esperar, lo que pagaban de alquiler era poco y significaba una pequeña parte de sus ingresos. Pronto iba a ser la feria de Almodóvar, y aunque Almodóvar estaba más largo que Almagro, en poco más de tres horas se presentaba con Rucio en la cuerda. La feria de Almodóvar era una feria donde bajaban muchos animales, y sobre todo burros, que bajaban del valle de Alcudia. Siempre se ha dicho, que para comprar una borrica, la mejor feria era la de Almodóvar. No lo pienses Cipriano, dijo Rufina a su marido, tenemos que comprar otro animal ya.

Aceptó de buen grado Cipriano el deseo expresado por su mujer, y el primer día de feria a las cuatro de la tarde, ya volvía Cipriano con una hermosa burra que había comprado en la feria de Almodóvar, dispuesto a sorprender a su mujer cuando la viera. Volvía Cipriano contento de la feria, igual que le pasó en Almagro, le había vuelto a pasar en Almodóvar, había comprado la mejor burra de la feria, todo el camino vino pensando en lo que le iban a decir en el pueblo cuando lo vieran. Cuando la viera Rufina, cuando la viera Ángel, cuando lo vieran en Almagro con sus cargas de leña. Ninguno de los leñadores del pueblo que allí iban a vender su mercancía, estaba a su altura, nadie tenía un solo animal que se pudiera parecer al peor de los suyos. Quería llegar al pueblo antes del anochecer, quería juntarse con los gañanes que volvieran con sus arados de la Mojonera, del Hueco, del Saltillo y comentar con ellos como se le había dado la feria.

Volvía Cipriano a su casa, ilusionado, pletórico, no cabía en el traje que llevaba puesto. Pensaba en la llegada al pueblo, la llegada a su casa, el encuentro con su mujer, los comentarios que iban a surgir, el nombre que le iba a poner a su nueva burra. Se sentía feliz, aunque tuviera que cortar seis cargas de leña en vez de tres a la semana, y esto sí que suponía para él y para su mujer un triunfo, que de momento colmaba todas sus aspiraciones.

Terminaba de ponerse el Sol cuando Cipriano entraba en el pueblo, era la hora de salir la gente a la calle, la hora de que las mozas salía con sus cántaros al Pilar del agua, hora de encuentros y de aproximaciones, de idas y venidas, pensaba Cipriano que todos y todas lo iban a ver, se iba a sentir admirado por la gente que lo viera pasar. Llamó mucho la atención entre los gañanes que con el se cruzaron la estampa que los burros tenían, esto fue comentado por todos los gañanes que se cruzaron con él. Por el pueblo pasó más desapercibido, los animales siempre han llamado más la atención a los hombres que a las mujeres, y esto también lo notó Cipriano. Fue más noticia entre los hombres que entre las mujeres.

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