A un hidalgo, en cualquier parte Don Alonso

A Inocente Ciudad Villalón, Amigo.

Don Alonso despertó sobresaltado. Todavía no entraba luz por la ventana. Dio media vuelta e intentó dormirse. Estaba cansado, ya había despertado antes. No sé qué me pasa, pensó: estos sobresaltos no deben ser nada buenos. Supongo que será soñando. El caso es que no recuerdo nada de los sueños.

El maullido de un gato, se oyó en la escalera, emitió un sonoro ¡zape! al tiempo que se le erizaba el cabello y todo volvió a quedar en silencio.

Intentó dormirse otra vez. Se removió dos o tres veces más hacia uno y otro lado, vaya, me he desvelado, ¿qué hora será?, tal vez Sancho esté al llegar. Le dije que me llamara, el tractor lo tiene aquí, aunque a lo mejor se le olvida.

Decidido estaba a encender la luz, para mirar la hora, cuando oyó las cuatro en el reloj del comedor. Nada, no se podía dormir. Dobló la almohada, se incorporó un poco y boca arriba, apoyando la cabeza, sobre las palmas de las manos, se dispuso a esperar.

Sintió sed. Recordó que aquella noche no se había pasado el vaso de agua a la mesita. Se había acostado temprano, más temprano de lo que habitualmente acostumbraba. Había discutido acaloradamente con el Bachiller, que “siempre está exponiendo ideas en las que no cree ni él, pero en su afán de contrariarme …”. Siempre ha sido así, se obstina en tirar al suelo las ideas sobre las que hemos asentado nuestra moral y nuestras costumbres, y hay veces que hace daño, ¡puñeta!. Claro que si hubiera pensado que en verdad estaba loco, no lo hubiera dicho. Y esto lo tranquilizó un poco.

Sintió la sed con más fuerza; no se dormiría si no iba a buscar agua. “En esto sí lleva razón el Bachiller, bebemos demasiado, y el cuerpo se resiente, los años se notan”.

Encendió la luz. En la mesita estaba el último número de la gaceta rural, “con el artículo del Conde de Montarco, como diría el Bachiller.”

Perezosamente se puso los pantalones, y descalzo, salió al comedor. Tropezó con un sillón que alguien había dejado fuera de su sitio. Un fuerte dolor le hizo dar una sonora exclamación. Repuesto del tropiezo, andando despacio y con sumo cuidado, para no incidir en lo mismo, llegó al pasillo y encendió la luz. Un gato cruzó asustado y desapareció por la gatera de la puerta del corral, el del maullido, pensó.

Al salir al patio vio las pilastras mojadas, habían caído unas gotas, pero ya se veían las estrellas. “Cosa de poco ha sido”, pensó.

Cruzó delante de la habitación de la sobrina y observó: ¡qué tranquila descansa! ajena a estos problemas ¡dichosa juventud!.

El botijo lo encontró vacío. ¡Como siempre, beben y no se acuerdan de llenarlo. Qué bonito es hallar todo resuelto, ¡aunque sea el agua del botijo!.

Con cierta irritación encendió la luz del sótano, bajó las escaleras, contempló los jamones colgados en los techos, los quesos hilerados en las repisas, las zafras del aceite, la cantarera con los cántaros vacíos, las ollas de barro para guardar la miel y la matanza, los dornillos, el cajón de los periódicos con los ABC y los Blanco y Negro de antes de la guerra.

Despacio y con sumo cuidado, para no verterla, fue echando el agua, hasta que,  de pronto, la sintió caer sobre sus pies descalzos, el botijo se había llenado antes de lo previsto. No estaría mal que agarrara un buen constipado. Se dispuso a beber, bebió mientras pudo aguantar la respiración, volvió a llenar y despacio, se encaminó a su dormitorio.

Pero el sueño, como tantas veces, se había ido definitivamente, y la imagen delicada, sensata, honesta y compresiva de Dulcinea, vino a llenar el vacío de esas largas horas que preceden al amanecer.

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