El Grito VI

VI

Cuando llegó Aurora a recogerla, ya llevaba Josefina un buen rato esperándola. Después de que al venir de la escuela, le hubiera dicho su madre: prepara tus cosas, esta tarde te voy a llevar a la escuela, tu tía me ha dicho que esta tarde va a venir a recogerte, es mejor que llegues con ella que conmigo. Prepara tus cosas para que cuando comamos tengas todo preparado y no tengamos que hacer esperar a Aurora cuando venga a recogerte, siempre pasa con una puntualidad extrema, me gustaría que no fuéramos nosotros los que le hiciéramos llegar tarde. Si necesitas cuadernos, lápices, gomas o cualquier otra cosa, vamos ahora al estanco y la compramos, no dejes las cosas para última hora, dejar las cosas para luego es lo que nos hace llegar tarde, y eso no nos tiene que pasar nunca, y mucho menos el primer día.

Tengo de todo, lapicero, gomas, sacapuntas, libro de lectura, caja de colores, costura, dedal y aguja, enciclopedia y catecismo, puede que el catecismo, el libro de lectura, o la enciclopedia, sean otros, y estos no me valgan, todos o alguno de ellos, pero hasta que no llegue y los vea no lo voy a saber, tendré que esperar a que me digan qué libros tengo que llevar y cuando esta tarde vuelva, una vez que sepa lo que necesito, vamos y compramos lo que falte.

De buen grado aceptó Amparo lo que su hija acababa de decir y pensó para sus adentros, qué bien se expresa para la edad que tiene cuánto vale mi hija, parece una persona mayor.

Al llegar Aurora a recogerla, hacía un buen rato que la estaba esperando Josefina arreglada, con su cartera y con todos sus bártulos dentro. Llamaron a la puerta, fue Josefina la primera en llegar a abrirla, al sentir el llamador recogió su cartera y salió a abrir antes de que su madre saliera, al abrir se encontró con Aurora. ¿Me estabas esperando?, le preguntó Aurora cuando la vio con la cartera en la mano. Asintió Josefina con la cabeza en el momento que Amparo salía por la puerta del comedor. Te está esperando toda la mañana, desde que llegué cuando vine de la escuela y le dije que esta tarde ibas a venir a por ella empezó a contar el tiempo. Ha pasado un montón de veces al comedor para ver la hora, le parecía que el reloj iba demasiado lento para las prisas que ella tenía, quería que fueran las tres, y le parecía que el reloj iba demasiado despacio, que no iba como debiera ir, que no andaba lo suficiente, y si nos fiábamos de él, íbamos a estar comiendo cuando tu llegaras.

Te hubiera estado esperando a que terminaras, dijo Aurora, sin ti no me podía presentar a la escuela. Si me presento allí sin ti me hubieran hecho volver a buscarte. Mis compañeros y los tuyos se hubieran encargado de hacerme volver, así que tranquila, tú tenías que ir hoy a la escuela, y yo tenía que venir a por ti.

 Cuando Josefina salió de la escuela, unas nubes oscuras amenazaban lluvia, no llevaban paraguas, y aunque la escuela estaba cerca de su casa, pensaban que se iban a mojar antes de que llegaran, miraban al cielo y cada vez estaba más oscuro, nos vamos a mojar les dijo Aurora. Estas nubes vienen cargadas de agua, y puede que descarguen sobre nosotras antes de que lleguemos, para lo poco que nos queda espero que tengan consideración con nosotras y no nos bañen, apuntó otra de las vecinas de Josefina que se había unido a ellas para volver a su casa, aunque lo dudo, acaban de caerme dos gotas, puede que nos mojemos antes de llegar. Empezaron a caer más gotas pero ya estaban llegando, les iba a dar tiempo para no ponerse como una sopa. En la calle del Granado se despidieron de Aurora, quiso esta llevar a su casa a Josefina, no la dejaron, estaban a treinta pasos de su casa y las compañeras que iban a pasar por la puerta le dijeron a su maestra que ellas iban a estar con ella hasta que le abrieran la puerta.

Cuando llegaban a su casa, sintió que se abría la puerta y vio aparecer a su madre detrás, la había estado esperando detrás de los visillos de una de las ventanas del comedor. Invitó Amparo a que pasaran a las compañeras de Josefina, cosa que estas no hicieron, se disculparon diciendo que sus madres iban a estar preocupadas al estar lloviendo, pensaban que iban a salir a buscarlas.

Una vez dentro preguntó Amparo a su hija por cómo le había ido la escuela, a lo que esta contestó. La escuela ha ido bien, yo diría que muy bien, vengo muy contenta, este cambio lo voy a notar mucho. He podido observar que todas las chicas que allí estábamos, nos encontrábamos contentas con lo que hacíamos, no hemos rezado ni a la entrada, ni a la salida, hay unos servicios limpios donde se puede salir y entrar, siempre que no haya otra fuera. Hay dos grupos de chicas que siguen dos programas diferentes, hay un grupo más adelantado que otro, aunque también hacemos muchas cosas en común, a ninguna de nosotras nos ha tirado la maestra del pelo ni de las orejas, y me han dicho que eso no pasa nunca, puedes intercambiar información con tu compañera si hay algo de lo que estés haciendo y no puedes continuar, y si esta no te puede ayudar porque no lo sepas te levantas, vas a la mesa de la maestra, le pides ayuda y enseguida te atiende.

En la clase no hay el silencio absoluto que teníamos con las monjas, ni nos pegan, ni nos castigan con rezos. El ambiente es distinto. En estas escuelas te encuentras contenta, estás aprendiendo, te estás haciendo mayor, has perdido el miedo y la tensión con la que vivíamos con las monjas. Estoy muy contenta, pienso que aquí me va a ser más fácil aprender, le dijo Josefina a su madre, mientras Marcelo seguía sin moverse y con los ojos bien abiertos el relato que su hermana le estaba haciendo a su madre. Mientras tanto en el canastillo de la estufa, las ascuas del carbón se habían ido cubriendo de una ligera capa de ceniza, el sol acababa de marcharse de los tejados y en la calle empezaba a oírse el ruido de los arados al ser arrastrados por el empedrado.

Atentamente había seguido Amparo el relato que acababa de hacerle su hija, de aquella primera tarde de clase en aquella escuela pública que tanto denostaba su hermana y empezaba a sentirse contenta con la decisión que había tomado de seguir a su marido a la casa que había sido de sus suegros, y que ahora era de su marido, y de su cuñada Pilar.

Aquella tarde llegó Ramón a su casa después de lo habitual. Había estado a llevarle a su tía Josefina los recibos de contribución que le había encargado esta para que se los sacara cuando viniera el recaudador, y al mismo tiempo a ver a su hermana Pilar que llevaba más de una semana sin verla. Al llegar a casa de su tía se encontró la puerta abierta como siempre la encontraba. En aquella casa, siempre se había vivido así, con las puertas de la calle abiertas. Desde que se levantaban las criadas, no se cerraban hasta que los gañanes salían después de haber llegado del campo y haberles dado agua a los animales. Una vez que habían bajado la cebada de la cámara para que los animales comieran al día siguiente, se descalzaban cambiando las abarcas de goma por las botas de cuero. Era la hora de dejar la casa donde trabajaban, la hora del descanso, la hora de llamar con los nudillos en la puerta del comedor y decir, ¿señorita, necesita usted algo? Una vez cumplido el rito, si no quedaba nadie que salir aquella noche de la casa, cerraban las puertas de la calle y se iban hasta el día siguiente. Una vez que Ramón Santillana pasó al comedor de su casa, saludó a su hermana Pilar y a su tía Josefina. Después de estar hablando con ellas durante un buen rato, le preguntó a su hermana, ¿cuándo te vas a ir a vivir a casa? Sin darle tiempo a contestar, le contestó su tía, estoy sola, solo tengo a la servidumbre, tú tienes tu familia, déjala que viva conmigo, lo que hay en esta casa va a ser tan vuestro como lo que hay en aquella, tienes allí a tu familia, yo aquí solo tengo a Pilar.

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