Leñadores 5

CAPITULO V

Antonio y Cipriano se fueron internando en la cuerda dispuestos a llevar a cabo lo que el padre de Antonio les había dicho. Se paraban donde veían burros. Si algunos les gustaban los miraban detenidamente, y Antonio le comentaba a Cipriano lo bueno y lo malo que él encontraba en los animales, y al mismo tiempo le preguntaba lo que a él le parecía. Le preguntaba Antonio al que estaba con los burros, de dónde era, en qué habían trabajado los animales, los años que los burros tenían, y si le podía mirar  la dentadura. Si el dueño lo autorizaba, les miraba detenidamente los dientes, volvía adonde se encontraba el dueño, le hablaba de las faltas que en los animales había observado y le decía los años que él pensaba que podrían tener, con arreglo a lo que él había visto en sus dientes, y por último le preguntaba en cuánto los valoraba él.

Era el primer día de feria, día de precios altos, los vendedores se prevenían y cogían campo suficiente para a lo largo del trato poder ir bajando, se atenían al refrán que dice: para bajar, siempre hay tiempo. Era el primer día, día de tanteo, día de ver y preguntar, pero pocos tratos se cerraban el primer día. A partir del segundo día de feria, había que tomar decisiones. Era el segundo día de la feria el día de los tratos, se acababa el tiempo. El último día era el día de los indecisos, de los rezagados, era el último día de feria y nadie quería ser ni indeciso, ni rezagado, por eso en Almagro, el día de las ventas era el día veinticinco de agosto. Era el día en que  los funcionarios  del Ayuntamiento no tenían tiempo para comer. Estaban todo el día haciendo guías, que eran los documentos expedidos por ellos, en los que el Ayuntamiento  acreditaba que la propiedad del animal descrito en la guía se traspasaba de su anterior propietario, a quien lo había comprado, que el animal estaba sano, y que se podía desplazar hasta su lugar de destino.

El veinticinco de agosto era el más importante día de la feria. Era el día en que se celebraba la Corrida de Toros. Y era La Feria de Almagro la feria más importante de la provincia de Ciudad Real y su Corrida de Toros el acontecimiento taurino más importante, que cada año se celebraba en esta provincia. Cuando Antonio y Cipriano iban buscando el burro que Cipriano había soñado, vieron que cerca de la plaza de toros, unos carpinteros estaban haciendo una empalizada. La estaban haciendo con troncos de árboles clavados en el suelo, en hoyos de un metro de hondos y con una distancia entre los hoyos de unos cinco metros. Tenían hechas dos filas  que arrancaban en la puerta de toriles de la plaza y se iban alejando en el campo con dirección a Bolaños. Preguntó Cipriano a uno de los carpinteros que estaban haciendo la empalizada, si sabían a qué hora iban a entrar los toros en la plaza, y éste le dijo que no lo sabían, ya que nunca lo decían,  para que no se acercara gente e verlos.

Los toros están ahora sesteando entre los carrizos del Jabalón les dijo el carpintero, llevan ya ahí varios días, y no los han traído antes a la plaza por cosas de la empresa. No sé si han tenido problemas con los pagos o algo. La gente dice muchas cosas, y vete tú a saber quién dice la verdad. La empalizada siempre se ha hecho con más tiempo, y andamos ahora, a prisas y a carreras, ya veremos a qué hora terminamos. Si preguntas por la hora en que van a entrar los toros  nunca lo dicen, y llevan razón al hacerlo así. Entran cuando menos lo esperas, y gracias a eso,  todavía no hemos tenido ninguna desgracia.

Se retiraron de la empalizada, y comentaron entre ellos, lo que les hubiera gustado a los dos, ver a los  toros de Don Antonio Mihura entrando en la Plaza de toros de Almagro, a altas horas de la madrugada.

Se despidieron de los carpinteros, pensando en no acostarse esa noche hasta que no vieran pasar a los mihuras, ya que no era lo mismo verlos entrar juntos desde la empalizada, que verlos uno a uno en la plaza. Impresionaba más verlos de noche y juntos, y ahora que tenían la ocasión en las manos, no la iban a echar a perder.

Bueno, vamos a dejar los toros aparcados un rato y vamos a  seguir buscando al burro, que hemos buscado mucho y hemos encontrado poco. La hora de la comida está al  llegar, y nos vamos a presentar a comer con las manos vacías, ¿ a ver que le decimos a aquella gente? Y eso no es lo peor, argumentó Antonio; lo peor va a ser, que cuando lleguemos nos van a decir que a los chicos no se pueden mandar solos a ninguna parte.

Ya hace tiempo que nos afeitamos los dos, argumentó Cipriano y pasa que lo bueno escasea siempre, aunque hayamos visto muchos burros y muchas burras, lo que nosotros buscamos, no lo hemos encontrado todavía, y lo vamos a seguir buscando hasta que lo encontremos, aunque tengamos que revolver Roma con Santiago. Hasta que no le demos vuelta a toda la cuerda, no vamos a parar, y todavía nos queda mucho para terminar, nos quedan que dar todavía muchos pasos, apuntó Antonio, así que vamos a seguir buscando hasta que lo encontremos, y hasta que no lo encontremos… no nos vamos a ir a comer.

Vamos a pensar que lo vamos a encontrar, y que lo vamos a encontrar a un precio razonable, porque si nos piden una cantidad de dinero grande, que no la tengamos, no se lo podremos dar. Así que vamos a seguir pensando en lo mejor, no nos vamos a empezar a amargar la vida ahora, si las cosas nos salen mal, tiempo tendremos de amargarnos, pero lo haremos a su tiempo, no lo vamos a hacer ahora.

Siguieron nuestros hombres mirando a uno y otro lado detenidamente, tratando de encontrar el burro que tantas veces Cipriano había soñado. Iba Cipriano preocupado, muy preocupado por lo que pudieran hablar en el pueblo si se presentaba allí sin haber comprado nada, y al mismo tiempo le preocupaba, si al no encontrar otra cosa mejor,  se presentaba con un animal que no destacara, que no  llamara la atención, que fuera uno más entre muchos. Él era muy comunicativo, y a mucha gente le había dicho la clase de burro que iba a comprar y temía que le dijeran: esto no es lo que decías que ibas a traer. Pero más que lo que le dijeran, le preocupaba lo que callaran en su presencia, para  hablarlo cuando él no estuviera, ahí sí que no se podía defender; y cuando esto pase, a ver a quién le doy explicaciones.

Viendo Antonio lo callado, lo serio que iba Cipriano, y le dijo: qué te pasa, que no hablas, ¿acaso crees que no vamos a  encontrar un buen burro para ti? No hablo, pienso, contestó Cipriano. Desde que acordamos comprar el burro, una vez que terminamos de segar,  habíamos echado una buena siega, y juntamos unos dineros que nunca tuvimos antes, es por lo que, dijo Rufina, que podíamos comprar un buen burro, y dedicarnos ella a lavar ropa, para las señoritas  de Almagro, y yo para llevarles la leña. Su  padre ha sido leñador y su madre lavandera, y dice ella, que para ser su casa, una casa de pobres, nunca les ha faltado de comer,  nuca les ha faltado lo necesario, y esto es lo que ha hecho que nos decidiéramos a comprar  el burro.

A mí me hubiera gustado comprar una casa, pero Rufina dice, que con el burro tendremos también casa, pero que trabajo hay muy poco en el pueblo, y cuando se acaba la siega, si echas una semana de vendimia, quince días de poda, y quince días de aceituna el año que las olivas echen aceitunas, que el año que no echen, eso que se pierde y con eso es con lo que te tienes que arreglar. En mi pueblo hay poco trabajo, mucho monte sí hay, pero tierra de labor hay poca, y la poca que hay pertenece a las encomiendas y a las cuatro casas más señoritas que hay en el pueblo, que son las que necesitan trabajadores. Luego los labriegos, se lo hacen todo ellos y la inmensa mayoría están más tiempo parados que nosotros. Por eso las únicas salidas que  tenemos los que vivimos de las manos son lavar la ropa las mujeres y hacer leña los hombres, a no ser que te ajustes de gañán en las encomiendas, o con algún señorito del pueblo, pero eso no es fácil. Y dedicarte a la arriería es muy difícil. Necesitas comprar una reata de cuatro o cinco borricos y dinero para comprar la mercancía que necesitas cargar, y nosotros dinero para tanto no tenemos. En mi pueblo hay muchos que se dedican a la arriería, van con sus reatas en el verano a vender cebada a la provincia de Córdoba, cruzan Despeñaperros y cuando vuelven se traen garbanzos, lentejas, o se traen para acá, pucheros, botijos, ensaladeras, platos de barro, orzas o dornillos que traen de Bailén.

Pero es una vida muy dura y con mucho riesgo. Tienen que tropezar a menudo con bandoleros, que les quitan hasta el último real que lleven, vadear ríos con el agua por encima de la cintura, vivir sin familia, que la ven de higos a brevas.Para a lo mejor ir a morir cruzando un río que va fuera de madre,  en una pelea en cualquier taberna, en cualquier posada, o que te abran de arriba abajo para quitarte el dinero que puedas llevar. En mi pueblo hay gente que ha hecho dinero con la arriería, pero a base de cuánto esfuerzo, y cuánto sacrificio lo han conseguido. ¿Y cuántos otros se han quedado en el camino?  Si los contamos han sido muchos más los que se han quedado en el camino, algunos de ellos ni siquiera han vuelto a sus casas y nadie sabe dónde se quedaron. Nadie ha vuelto a tener noticias de ellos.

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