Tercera Parte

La guerra, el honor, el amor y la muerte a través del Romancero Castellano.

Con la batalla de las Navas de Tolosa, el poder de los árabes en España, queda  muy mermado, la Reconquista, pudiera haber terminado mucho antes, al no haber tenido los reyes de Castilla mas en cuenta el valor de los tributos que le entregaban los árabes, que el sufrimiento, al que podían estar sometidos los españoles, que todavía quedaban por liberar. Después de esta batalla de las Navas de Tolosa los reinos de Taifas, en que quedó dividida la España mora, no hubiera podido sobrevivir, a no ser por los grandes tributos que pagaban  a los reyes cristianos, y estos, valoraron más los tributos que recibían de los árabes, que las penalidades a que pudieran estar sometidos los españoles que Vivian sometidos al poder de los árabes.

Pienso, que lo único que diferenciaba a unos y a otros, era la religión, y  cuando los ejércitos árabes vinieron a España, no debieron de traer mujeres para todos, las tomarían de las tierras conquistadas, y los hijos nacidos de aquellos matrimonios, serían tan españoles como árabes, y cuando se expulsaron de España a los árabes, fue por motivos religiosos, no por ser unos españoles y otros árabes. Antes de la llegada de los árabes fuimos  también conquistados por  otros pueblos, los suevos, los vándalos, los alanos, los godos, los visigodos, los romanos y los cartagineses y un largo etcétera que vamos a dejar sin nombrar. Parece que en España  todos los pueblos que nos han conquistado, han venido con buenas intenciones, lo han hecho, para ayudarnos, para echarnos una mano, todos excepto los árabes, que vinieron a quitarnos lo que teníamos, a hacernos mahometanos, a adoctrinarnos en una religión pagana.

En la guerra de Granada, cuando se tomó Ronda, el rey Fernando el Católico  vendió  ocho mil esclavos, a un precio muy razonable. doce maravedís Como solamente le habían costado hacerlos prisioneros, solo tuvo como gasto adicional, los griñones que llevaban puestos, para que no se  escaparan

Pienso que los moros y los cristianos éramos la misma raza, los ejércitos dedicados  a la conquista en sus desplazamientos, no llevaban a sus mujeres a la guerra, las mujeres las tomaban de las tierras conquistadas. Por eso, no podemos decir que los moros eran unos y los cristianos éramos otros, solo las creencias nos diferenciaban, y en la España de la Reconquista, cuando tan fácil era amanecer cristianos y anochecer moros y muchos de los habitantes de la península tuvieron tiempo a lo lago de su vida de ser cristianos y después moros, o de ser moros y después cristianos.

 Durante la Reconquista, más o menos, las religiones se toleraron y aunque estuvieran más seguros los cristianos en las zonas cristianas  y los moros en las tierras moras, y a los judíos se les respetara en ambas zonas, con religiones diferentes se pudo convivir en España, hasta que los Reyes Católicos lograron la unidad de España, allí se acabó la tolerancia, y empezó la edad de las hogueras. La Iglesia Católica, que ya llevaba más de trescientos años persiguiendo con extrema contundencia a los que practicaban otras religiones, tal vez pensando en el bien de las personas que tenían unas creencias equivocadas, que practicaban religiones diferentes, y que durante tantos años habían permanecido en el error. Pensaron que lo mejor sería, sacarlos del error por las buenas, o echarlos a la hoguera para que los herejes no contaminaran a los  que durante muchos años habían permanecido siendo cristianos viejos, a maza y martillo.  Estuvimos mezclados, y  leyendo el romance de Moriana  cautiva, podemos ver que no nos llevábamos tan mal.

Al comenzar el siglo XV, daba comienzo la crisis final del reino de Granada, que acabaría con su existencia, y que un historiador español de nuestros días, Ladero Quesada, define como “tres cuartos de siglo entre la vida y la muerte”.

Los últimos sesenta y cinco años de su historia estuvieron marcados por el aislamiento exterior respecto a los estados musulmanes del Norte de África y Egipto. Su soledad le hacía depender cada vez en mayor grado de la situación de Castilla. Si ésta atravesaba momentos de debilidad, Granada podía tener alguna calma, pero si, por el contrario, Castilla se sentía fuerte, Granada lo sufría.

Durante el siglo XV, la política de los reyes de Castilla y Aragón se tornó violentamente represiva, especialmente con la llegada a Granada del cardenal inquisidor Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517). Cisneros impuso la cristianización de los musulmanes y judíos por la fuerza, inició persecuciones, ordenó la quema de ocho mil manuscritos islámicos en la puerta de Bibrambla (باب الرملة), en el acceso a la Alhambra, en 1499, y expulsó a quienes no se convertían al cristianismo. Por esa época había dos clases de musulmanes: los mudéjares viejos (مدجن) y los granadinos, nuevos o moriscos. El sociólogo norteamericano Noam Chomsky, nos dice al respecto:

“En 1492, la comunidad judía de España fue expulsada por la fuerza. Millones de moriscos tuvieron el mismo destino. En 1492, la caída de Granada, que puso fin a ocho siglos de soberanía musulmana, permitió a la Inquisición española ampliar su bárbaro dominio. Los conquistadores destruyeron libros y manuscritos estimables, riquísimos testimonios del saber clásico, y destruyeron la civilización que había florecido bajo el dominio musulmán, mucho más tolerante y más culta. El camino quedó allanado para el declive de España, y también para el racismo y la brutalidad de la conquista del mundo”. (N. Chomsky, La conquista continúa: 500 años de genocidio imperialista, Libertarias, Madrid, 1993, pág. 12).

La expulsión de los moriscos, es decir, de la minoría musulmana que vivía en España como legado andalusí, constituye uno de los temas capitales de nuestra historia. La tolerancia religiosa que había caracterizado la Edad Media, expresada en el mozarabismo y el mudejarísmo fue sustituida, con el advenimiento de los tiempos modernos, por la tendencia asimiladora de los Reyes Católicos y de los primeros Austrias.

Estamos ya en los últimos años de la Reconquista, poco a poco el reino de Granada se va desmoronando, los pueblos fronterizos, un día anochecen moros y al día siguiente amanecen  cristianos, las fronteras, no son seguras, a veces las tierras conquistadas duran en manos del conquistador el tiempo suficiente para llevarse las cosas de valor, que el invasor encuentre a su paso, bien sean animales, cosechas o esclavos.

Normalmente los esclavos, una vez que se recuperaban de las heridas recibidas al ser capturados, los llevaban a la almoneda, donde eran vendidos a un precio, que oscilaba  según la época del año y las necesidades de trabajo que hubiera en la zona. Esta suerte corrieron millones de españoles, y españolas, pequeños y grandes, jóvenes y viejos Aunque la esclavitud, no solo la hemos sufrido en España, la hemos sufrido los españoles, y la hemos impuesto a otros pueblos, como hicimos en Hispano America, fuimos sustituyendo a los nativos, que no aguantaban el trabajo que le imponían los colonizadores, y morían a consecuencia del trabajo, la malnutrición y las palizas a que eran sometidos, y sustituidos por esclavos traídos de África, que eran más fuertes, y aguantaban mejor las duras condiciones, que les imponían los colonizadores. La esclavitud, no solo la imponían los españoles, la imponían los estados más fuertes a los más débiles, los más civilizados, a los menos civilizados, los más poderosos, a los que menos podían. Por eso, los barcos de esclavos surcaban todos los océanos de la Tierra.

ROMANCE DE VALDOVINOS

Por los caños de Carmona,

por do va el agua a Sevilla.

por ahí iba Valdovinos

y con él su linda amiga.

Los pies lleva por el agua

y la mano en la loriga’,

con el temor de los moros

no le tuviesen espía.

Júntanse boca con boca,

nadie no los impedía.

Valdovinos, con angustia,

un suspiro dado había.

¿Por qué suspiráis, señor,

corazón y vida mía?

O tenéis miedo a los moros,

o en Francia tenéis amiga.

No tengo miedo a los moros,

ni en Francia tengo amiga.

mas vos mora y yo cristiano

hacemos muy mala vida,

comemos la carne en viernes,

lo que mi ley prohibía,

siete años había, siete,

que yo misa no la oía;

si el emperador lo sabe

la vida me costaría.

—Por tus amores, Valdovinos,

cristiana me tornaría.

Yo, señora, por los vuestros,

/moro de la morería

JARDINERA

A veces los poetas hacen hablar a las flores.

Jardinera, tú que entraste

en el jardín del amor,

 de las plantas que regaste

dime cual es la mejor.

La mejor es una rosa

que se viste de color

, del color que se le antoja

y verde tiene la flor.

Tres hojitas tiene verdes

, y las demás encarnadas,

y a ti te prefiero a todas,

que eres la más colorada.

Gracias te doy jardinera,

porque me hayas elegido,

entre tantas como hay

a mi sola has preferido.

 

Romance de Rosa fresca

Rosa fresca, Rosa fresca,

 tan garrida y con amor,

cuando yo os tuve en mis brazos

 no vos supe servir, no,

y ahora que os serviría

no vos puedo haber, no.

-Vuestra fue la culpa, amigo,

 vuestra fue, que mía no:

me enviaste una carta

 con un vuestro servidor

y en lugar de recaudar

 él dijera otra razón:

que eras casado, amigo,

 allá en tierra de León,

que tenéis mujer hermosa

y hijos como una flor.

-Quien vos lo dijo, señora,

 no vos dijo verdad, no,

que yo nunca entré en Castilla

 ni allá en tierras de León,

sino cuando era pequeño

que no sabía de amor.

ROMANCE DEL CONDE OLINOS

Madrugaba el conde Olinos

mañanita de San Juan,

a dar agua a su caballo

a las orillas del mar.

Mientras el caballo bebe

canta un hermoso cantar;

las aves que iban volando

se paraban a escuchar:

Bebe, mi caballo, bebe,

Dios te me libre del mal:

de los vientos de la tierra

y de las furias del mar.

De altas torres del palacio,

la reina le oyó cantar:

-Mira, hija, cómo canta

la sirena de la mar.

-No es la sirenita, madre,

que ésta tiene otro cantar;

es la voz del conde Olinos

que por mis amores va.

-Si es la voz del conde Olimos,

yo le mandaré matar,

que para casar contigo,

le falta sangre real.

Guardias mandaba la reina

al conde Olinos buscar:

que le maten a lanzadas

y echen su cuerpo a la mar.

La infantina, con gran pena,

no cesaba de llorar;

él murió a la medianoche

y ella a los gallos cantar.

El infante Arnaldos

¡Quién hubiera tal ventura

sobre las aguas del mar

como hubo el infante Arnaldos

la mañana de San Juan!

andando a buscar la caza

para su halcón cebar,

vio venir una galera

que a tierra quiere llegar;

las velas trae de sedas,

la jarcia de oro torzal,

áncoras tiene de plata,

tablas de fino coral.

Marinero que la guía,

diciendo viene un cantar,

que la mar ponía en calma,

los vientos hace amainar;

los peces que andan al hondo,

arriba los hace andar;

las aves que van volando,

al mástil van a posar.

Allí habló el infante Arnaldos,

bien oiréis lo que dirá:

«Por tu vida, el marinero,

Digas me ora ese cantar.»

Respondiole el marinero,

tal respuesta le fue a dar:

«Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va.»

Poema Romance Del Conde Niño de Romancero y Cancionero anónimo hasta el siglo XV

Es este romance, tal vez, el más hermoso romance de amor y de muerte que yo he conocido, Pienso que es, o puede ser la prolongación del romance del  Conde Arnaldos, y a su vez, es la prolongación del romance del Conde Olinos. No se si estos tres romances, pertenezcan al mismo autor anónimo, o pertenezcan a distintos autores, aunque pienso, que nadie más se atreverá a modificarlo.

Conde Niño, por amores
es niño y pasó a la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar;
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.

La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
-Levantaos, Alba niña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
si no es el Conde Niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
-Si por tus amores pena,
¡OH, malhaya su cantar!,
y porque nunca los goce
yo le mandaré matar.
-Si le manda matar, madre
juntos nos han de enterrar.

Él murió a la media noche,
ella a los gallos cantar;
a ella como hija de reyes
la entierran en el altar,
a él como hijo de conde
unos pasos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar;
las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
y las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.

La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar;
de ella naciera una garza,
dél un fuerte gavilán
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan a la par.

La Serrana de la Vera

La serrana de  la Vera o del Monfragüe es un mito de un mito muy extendido por toda Extremadura especialmente en la zona de la ribera del  Tajo y por los valles del Jerte y de la Vera, de donde se la supone originaria y donde pervive el personaje en toda su dimensión mítica, al igual que por otras zonas, donde es conocida por haberse extendido las versiones del romance de la Serrana de la Vera por toda la península. Se trata de una hermosa mujer que vive en los montes, seduce a los hombres y los mata, después de haberlos seducido.

Este romance tiene varias versiones con distinto número de versos y distintos argumentos, aunque el fondo es el mismo. Cuenta la tradición, que una vez presa, fue quemada por la inquisición en un auto de fe.

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ROMANCE DE LA Serrana de la Vera

Allá en Garganta la Olla

en las sierras de la Vera,

donde el rey no manda nada

y la justicia no llega,

ni los hombres tienen miedo,

ni las mujeres vergüenza,

habitaba una serrana,

alta, linda, ojimorena,

blanca como pan de leche,

rubia como la canela.

Al uso de cazadora,

gasta falda a media pierna,

botín alto y argentado

y en el hombro una ballesta;

trae recogidos los rizos

debajo de la montera,

que no se diferenciaba

si era varón o era hembra.

Cuando tiene gana de hombre,

se bajaba a la ribera,

va por ver cantar el agua

y bailar a las arenas;

cuando de amores no quiere,

se sube a las altas peñas.

Estando yo con mis cabras

donde llaman Tórramela,

vi. bajar a la serrana

brincando de piedra en piedra.

Me ha desafiado a luchar,

me puse a luchar con ella.

Me dice “Pollo calzado”,

le digo “Gallina clueca”;

me tiró la zapateta,

le tiré las zancajuelas,

ni ella me tumbaba a mí,

ni yo tumbarla pudiera.

Quiso Dios y mi Fortuna

por debajo me cogiera,

y, de que me vio vencido,

me llevó para su cueva.

No me lleva por camino

ni tampoco por vereda,

que me lleva por carriles

que de cristianos no eran.

Me dio yesca y pedernal

para que la lumbre encienda:

Prende, prende, serranillo,

que voy a buscar la cena.-

El fuego sin encender,

ya la serrana volviera;

de conejos y perdices

trae la pretina llena,

de tórtolas y aragüeñas.

¡Alégrate, caminante,

que buena cena te espera!-

Y se puso a hacer la lumbre

con huesos y calaveras.

Mientras que el conejo se asa,

la perdiz está en cazuela.

Se pusieron a cenar;

me mandó cerrar la puerta,

pero yo, de prevenido,

la dejé un poco entreabierta.

Si buena cena me dio,

muy mejor cama me diera:

sobre pieles de venado

su mantellina tendiera

y de cabecera puso

las pieles de una coneja.

Ella toca un rabelillo,

a mí me dio una vihuela.

Yo, que lo sabía hacer,

me puse a templar las cuerdas,

la prima con la segunda,

el bordón con todas ellas.

vino blanco para ella.

Bebe, bebe, serranillo,

bebe por la calavera.

Venga vino sobre vino,

venga vino en borrachera.

Por un cantar que ella canta,

yo cantaba una docena;

intentó dormirme a mí

y yo la adormecí a ella.

Desde que la vi. dormida,

de un brinco me salí afuera,

con las bragas bajo el brazo,

los zapatos en chancleta.

Legua y media llevo andado

sin revolver la cabeza;

una vez que la volví,

¡ojala no la volviera!,

vi. venir a la serrana

bramando como una fiera,

dando brincos como corza,

relincha como una yegua.

Puso un chinarro en la honda,

que pesaba arroba y media,

luego del primer hondazo

me ha tumbado la montera.

¡Espérate, serranillo,

que te dejas la montera,

la montera es de buen paño

y es lástima que la pierdas!

Aunque fuera ella de oro,

yo por ella no volviera.

Por Dios te pido, serrano,

no me descubras mi cueva.

No te la descubriré,

hasta la primera venta.

¡Ay de mí, triste cuitada,

que ahora seré descubierta,

que mi padre comió pan

y mi madre pació hierba!

Soy hija del Conde Orgaz

y mi madre era una yegua.

OTRA VERSIÓN DEL ROMANCE ROMANCE DE LA SERRANA DE LA VERA.

Allá en Garganta la Olla
En la Vera de Plasencia
Salteóme una serrana
Blanca, rubia, ojimorena.

Trae el cabello trenzado
Debajo de una montera,
Y por que no la estorbara,
Muy corta la faldamenta.

Entre los montes andaba
De una en otra ribera,
Con una honda en sus manos
Y en sus hombros una flecha.

Tomarame por la mano
Y me llevara a su cueva;
Por el camino que iba
Tantas de las cruces viera.

Atrevíme y preguntéle
Qué cruces eran aquellas,
Y me responde diciendo
Que de hombres que muerto hubiera.

Esto me responde, y dice
Como entre medio risueña:
“Y así haré de ti, cuitado,
Cuando mi voluntad sea”.

Diome yesca y pedernal
Para que lumbre encendiera,
Y mientras que la encendí
Aliña una grande cena.

De perdices y conejos
Su pretina saca llena,
Y después de haber cenado
Me dice: “Cierre la puerta”.

Hago como que la cierro,
Y la dejé entreabierta;
Desnudose y desnúdeme,
Y me hace acostar con ella.

Cansada de sus deleites
Muy bien dormida se queda,
Y en sintiéndola dormida
Sálgome la puerta afuera.

Los zapatos en la mano
Llevo porque no me sienta,
Y poco a poco me salgo
Y camino a la ligera.

Más de una legua había andado
Sin revolver la cabeza,
Y cuando mal me pensé
Yo la cabeza volviera.

Y en esto la vi venir
Bramando como una fiera,
Saltando de canto en canto,
Brincando de peña en peña.

-Aguárdame dice, aguarda;
Espera, mancebo, espera;
Me llevarás una carta
Escrita para mi tierra;

Toma, llévala a mi padre;

Dirasle que quedo buena.
-Enviadla vos con otro

O sed vos la mensajera.

Romance de Fonte Frida.

Son las tórtolas los seres más fieles  de la creación, cuando uno de los miembros que forman la pareja, muere o lo matan, el que queda vivo no vuelve a formar pareja, y enturbia el agua antes de beberla. Los ruiseñores, al contrario que las tórtolas, pasan las noches enteras en eternas llamadas de amor. Fonte  Frida es un canto a la fidelidad.

Fonje Frida, Fonte Frida.

Fonte Frida y con amor,

do todas las avecicas

van tomar consolación,

sino es la tortolica

que está viuda y con dolor.

Por ahí fuera a pasar

el traidor del ruiseñor;

las palabras que le dice,

llenas son de traición:

Si tú quisieses, señora,

yo sería tu servidor.»

«Vete de ahí, enemigo,

malo, falso, engañador,

que ni poso en ramo verde

ni en ramo que tenga flor,

que si el agua hallo clara

turbia la bebiera yo;

que no quiero haber marido

porque hijos no haya, no;

no quiero placer con ellos

ni menos consolación.

¡Déjame triste, enemigo,

malo, falso, mal traidor;

que no quiero ser tu amiga

ni casar contigo, no!»

Mira, Zaide, que te aviso.

Es este poema, un poema más de amor, muy bien construido, el personaje central del relato es una mujer que determina dejar al moro que ha sido su amante. Tiene fundadas razones para hacerlo y así se lo hace ver. La protagonista habla con el que ha sido su amante, diciéndole con claras y terminantes palabras los motivos que tiene para romper con él.

   Mira, Zaide, que te digo

que no pases por mi calle,

no hables con mis mujeres,

ni con mis cautivos trates,

no preguntes en qué entiendo

ni quién viene a visitarme,

qué fiestas me dan contento

ni qué colores me aplacen;

basta que son por tu causa

las que en el rostro me salen,

corrida de haber mirado

moro que tan poco sabe.

Confieso que eres valiente,

que hiendes, rajas y partes,

y que has muerto más cristianos

que tienes gotas de sangre;

que eres gallardo jinete,

que danzas, cantas y tañes,

gentilhombre, bien criado

cuanto puede imaginarse;

blanco, rubio por extremo,

señalado entre linajes,

el gallo de los bravatas,

la nata de los donaires;

que pierdo mucho en perderte

y gano mucho en ganarte,

y que si nacieras mudo

fuera posible adorarte;

mas por ese inconveniente

determino he,  dejarte,

que eres pródigo de lengua

y amargan tus liviandades;

habrá menester ponerte

la que quisiere llevarte

un alcázar en los pechos

y en los labios un alcaide.

Mucho pueden con las damas

los galanes de tus partes,

porque los quieren briosos,

que hiendan y que desgarren;

mas con esto,  Zaide amigo,

si algún banquete les hacen

del plato de sus favores

quieren que coman y callen.

Costoso fue lo que hiciste;

qué dichoso fueras, Zaide,

si conservarme supieras

como supiste obligarme.

Mas no bien saliste apenas

de los jardines de Atarfe,

cuando hiciste de la mía

y de tu desdicha alarde.

A un morillo mal nacido

he sabido que enseñaste

la trenza de mis cabellos

que te puse en el turbante.

No quiero que me la vuelvas,

ni que tampoco la guardes,

mas quiero que entiendas, moro,

que en mi desgracia la traes.

También me certificaron

cómo le desafiaste

por las verdades que dijo,

que nunca fueran verdades.

De mala gana me río;

¡qué donoso disparate!

No guardaste tu secreto

¿y quieres que otro lo guarde?

No puedo admitir disculpa,

otra vez tomo [a] avisarte

que ésta será la postrera

que te hable y que me hables–.

Dijo la discreta Zaida

al gallardo Abencerraje,

y al despedirse replica

 quien tal hace, que tal pague

 

Lanzarote y el orgulloso

Nunca fuera caballero

de damas tan bien servido

como fuera Lanzarote

cuando de Bretaña vino,

que dueñas curaban de él,

doncellas del su rocino.

Esa dueña Quintañona,

ésa le escanciaba el vino,

la linda reina Ginebra

se lo acostaba consigo;

y estando al mejor sabor,

que sueño no había dormido,

la reina toda turbada

un pleito ha conmovido:

-Lanzarote, Lanzarote,

si antes hubieras venido,

no hablara el orgulloso

las palabras que había dicho,

que a pesar de vos, señor,

se acostaría conmigo.

Ya se arma Lanzarote

de gran pesar conmovido,

despídese de su amiga,

pregunta por el camino.

Topó con el orgulloso

debajo de un verde pino,

combátense de las lanzas,

a las hachas han venido.

Ya desmaya el orgulloso,

ya cae en tierra tendido.

Cortara le  la cabeza,

sin hacer ningún partido;

vuélvese para su amiga

donde fue bien recibido

 

ROMANCE DE LA MUERTE OCULTADA

—- El romance es un paralelo de una balada francesa de gran difusión llamada “Le roí Renaud”, que en su versión más generalizada coincide con la del Sur español en comenzar la narración con el regreso de Renaud, herido y moribundo, de la guerra:

Ya viene don Pedro
__de la guerra herido,
que corre, que vuela
__por ver a su hijo.
-Cúreme usted, madre,
__estas tres heridas,
que me voy a ver
__la recién parida.
-¿Cómo estás, Teresa,
__de tu feliz parto?
-Yo buena, don Pedro,
__si tú vienes sano.
-Acaba, Teresa,
__de dar tus razones,
que me está esperando
__el rey en la Corte.-
Al salir del cuarto,
__don Pedro expiró,
se quedó la madre
__con mucho dolor.
Campanas redoblan,
__campanas repican
porque no se entere
__la recién parida.
-Madre, la mi madre,
__la mi siempre amiga,
¿qué es aquella bulla
__que hay en la cocina?
-Te digo, mi nuera,
__como buena amiga,
son juegos de naipes
__porque estás parida.-
Ya cumple Teresa
__los cuarenta días,
le dice a su suegra
__como buena amiga:
-¿Qué traje me pongo
__para ir a misa?
-Ponte el traje negro,
__que te convenía.-
Al salir de misa,
__todos le decían:
“La viudita honrada
__la viuda garrida”.
-Madre, la mi madre,
__la mi siempre amiga,
¿qué es esas palabras
__que a mí me decían?
-Que don Pedro es muerto,
__tú no lo sabías.
-Si don Pedro es muerto,
__no es razón yo viva.-
Se metió en su cuarto,
__corrió las cortinas
y con un puñal
__se quitó la vida.
Tocan las campanas
__con mucha tristeza
porque ya se han muerto
__don Pedro y Teresa.

CAZADOR QUE VAS CAZANDO

Cazador que vas cazando,
cazando de noche y día.
Los perros iban cansados,
la caza no parecía.
Se ha sentado a descansar
al tronco de una hermosa encina.
El tronco era de oro,
la(h) rama(h) de plata fina
y en la cogolla más alta
había una hermosa niña
con una mata de pelo
que toa la encina cobría.
—No te asustes, cazador,
que soy una hermosa niña
que en el vientre de mi madre
me maldijo una tía mía
que tenía que estar penando
siete año(h) en esta encina
y hoy los cumplo, cazador,
al punto de mediodía.
Si me quieres de esperar,
iremos en compañía.
—¿Dónde montaré a mi bella,
dónde montaré a mi niña
—Y en las ancas del caballo
para mayor honra mía.
Y a la mitad del camino,
la niña se sonreía.
—¿Por qué sonríes, mi bella?
¿Por qué sonríes, mi niña?
—Me río (*) de ti, cazador,
que las espuelas se te olvidan.
Mi padre fabrica el oro,
mi madre la plata fina
y un hermanito que tengo
se dedica a cacerías.
—Abrid puertas y balcones,
ventanas y galerías.
Creí que traía una novia
y traigo a una hermana mía.

ABENAMAR, ABENAMAR

Me costó leerla varias veces para darme cuenta que de quien estaba enamorado el rey Don Juan, era de Granada. Después de llegar a pensar, que el rey don Juan de quien estaba enamorado, era el moro Abénamar, me di cuenta, que de quien estaba enamorado el rey Don Juan, era de Granada, pensé después, que en el concepto, que el rey tuviera de Granada, irían incluidas sus mujeres y que este rey, pensaría incluirlas en el botín de guerra que pensaba obtener con la ayuda de Abénamar

-“¡Abénamar,  Abénamar”,

moro de la morería,

el día que tú naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma

la luna estaba crecida;

moro que en tal signo nace

no debe decir mentira”

Allí respondiera el moro,

bien oiréis lo que decía:

– “No te la diré, señor,

aunque me cueste la vida,

porque soy hijo de un moro

y una cristiana cautiva;

siendo yo niño y muchacho

mi madre me lo decía:

que mentira no dijese,

que era grande villanía;

por tanto, pregunta, rey,

que la verdad te diría”.

–”Yo te agradezco, Abénamar,

esta tu cortesía.

¿Qué castillos son aquéllos?

¡Altos son y relucían!”

–”El Alhambra era, señor,

y la otra la Mezquita;

los otros los Alisares,

labrados a maravilla.

El moro que los labraba

cien doblas ganaba al día,

y el día que no los labra

otras tantas se perdía.

El otro es Generalife,

huerta que par no tenía;

el otro Torres Bermejas,

castillo de gran valía”.

Allí habló el rey Don Juan,

bien oiréis lo que decía

–”Si tú quisieses, Granada,

contigo me casaría;

te diera en arras y dote

a Córdoba y a Sevilla”.

–”Casada soy, rey Don Juan;

casada soy, que no viuda;

el moro que a mí me tiene

muy grande bien me quería”.

Romance del maestre de Calatrava

El maestre de Calatrava del que este romance habla, era hijo de don Pedro Girón, también maestre de Calatrava, que salió de Almagro con ocho mil de a caballo para ir a casarse con Isabel de Castilla, hermana del rey Juan II de Castilla, tía de doña Juana la Beltraneja. Hija esta de la reina de Castilla y de del conde don Beltrán de la Cueva, la que hubiera sido reina de Castilla, a no ser por las malas lenguas de la nobleza, que le achacaban su paternidad al conde don Beltrán de la Cueva y no al rey como le correspondía,, por ser el rey el marido de la reina, y considerar los castellanos, que el conde don Beltrán de la Cueva, era solo amante de la reina, y para ser reyes de Castilla necesitaban ser hija del rey, no del conde, don Beltrán como opinaban los nobles castellanos de la época. No estaba en el ánimo de doña Isabel de Castilla, ser la esposa de don Pedro Girón, y le había dicho a los nobles que la apoyaban, que lo ahogaría con sus propias manos, si le imponían ese casamiento.

Debieron tomar los nobles castellanos seguidores de la infanta doña Isabel buena nota del carácter de la infanta que aspiraba a ser reina de Castilla, y decidieron ayudarla, en lo que en sus manos estuviera. Una vez que vieron hasta donde podía llegar en sus decisiones, los nobles pensaron que Isabel, tenía carácter suficiente, para ser reina. Don Pedro una vez que llegó con sus ocho mil de a caballo a Villa Rubia de los Ojos, y decidieron establecer allí su campo, mientras cenaban, se sintió mal. Enseguida pensó que lo habían envenenado, blasfemando de Dios, de la Virgen y de todos los santos del cielo,y entregó de mala gana su alma al Altísimo.

El maestre de Calatrava del que háblale romance, era su hijo Rodrigo, que lo nombraron maestre los caballeros de la orden, a la muerte de su padre, tal vez tratando de hacer ver a los que había intervenido en el envenenamiento de don Pedro, que en nada iba a cambiar la historia de la orden, lo que habían hecho con don Pedro. De hecho en nada cambió su forma de actuar. Tenía don Rodrigo ocho años cuando su padre fue envenenado en Villa Rubia, de los Ojos y cuando lo nombraron maestre, muy poco tiempo después, al mando de sus caballeros y ayudados por gente de Miguelturra, entraron en Ciudad Real, y pasaron su población a cuchillo, sin respetar a mujeres, ancianos o niños.

No podemos culpar de esta matanza al joven maestre, que a la sazón tenía ocho años, aunque él fuera al mando de los calatravos, cuando sucedieron estos hechos. Los verdaderos culpables fueron los caballeros que lo acompañaban y los de Miguelturra que con ellos fueron, y que según dicen los cronistas fueron los ejecutores de aquel acto tan innoble.

ROMANCE DEL MAESTRE DE CALATRAVA

¡Ay, Dios, qué buen caballero
el Maestre de Calatrava!
¡Qué bien que corre los moros
por la vega de Granada,
dende la puerta de Quirós
hasta la Sierra Nevada!
Trescientos comendadores,
todos de cruz colorada
dende la puerta de Quirós
les va arrojando la lanza.
Las puertas eran de pino,
de banda a banda les pasa:
tres moricos dejó muertos
de los buenos de Granada,
que el uno ha nombre Alanese,
el otro Agameser se llama,
el otro ha nombre Gonzalo,
hijo de la renegada.
Sabido lo ha Albayaldes
en un paso que guardaba

Romance del Rey Moro que perdió Alhama

El siglo XV es para el reino de Granada el siglo de su irremediable caída, poco a poco, van cayendo una a una todas sus ciudades en manos de los reyes cristianos, hasta llegar en 1492 a la caída de Granada en manos de los Reyes Católicos. A partir del año 1427, el Reino de Granada pierde el apoyo de Egipto y del norte de África, y poco a poco sus ciudades van cayendo en manos de los reyes cristianos.

Paseábase el rey moro
por la ciudad de Granada
desde la puerta de Elvira
hasta la de Viva rambla.
«¡Ay de mi Alhama!»

Cartas le fueron venidas
que su Alhama era ganada:
las cartas echó en el fuego
y al mensajero matara,
«¡Ay de mi Alhama!»

Descabalga de una mula,
y en un caballo cabalga;
por el Zacatín arriba,
subido se había al Alhambra.
«¡Ay de mi Alhama!»

Como en el Alhambra estuvo
al mismo punto mandaba
que se toquen sus trompetas,
sus añafiles de plata.
«¡Ay de mi Alhama!»

Y que las cajas de guerra
aprisa toquen al arma,
porque lo oigan sus moros,
los de la Vega y Granada.
«¡Ay de mi Alhama!»

Los moros que el son oyeron
que al sangriento Marte llama,
uno a uno y dos a dos
juntado se ha gran batalla.
«¡Ay de mi Alhama!»

Allí habló un moro viejo,
de esta manera hablara:
-¿Para qué nos llamas, rey,
para qué es esta llamada?
«¡Ay de mi Alhama!»

-Habéis de saber, amigos,
una nueva desdichada:
que cristianos de braveza
ya nos han ganado Alhama.
«¡Ay de mi Alhama!»
Allí habló un alfaquí
de barba crecida y cana:
-Bien se te emplea, buen rey,
buen rey, bien se te empleara.
«¡Ay de mi Alhama!»

Mataste los Abencerrajes,
que eran la flor de Granada:
cogiste los tornnadizos
de Córdoba la nombrada.
«¡Ay de mi Alhama!»

Por eso mereces, rey,

Una pena muy doblada:

Que te pierdas tú y tu reino,

y aquí se pierda Granada.

¡Ay de mi Alhama¡

ROMANCE DE REDUÁN

Reduán, bien se te acuerda
que me diste la palabra
que me darías a Jaén
en una noche ganada.
Reduán, si tú lo cumples,
te daré paga doblada,
y si tú no lo cumplieres
desterrarte he de Granada;
te echara  en una frontera
do no goces de tu dama.
Reduán le respondía
si demudarse la cara;
—Si lo dije, no me acuerdo,
mas cumpliré mi palabra.

Reduán pide mil hombres,
el rey cinco mil le daba.
Por esa puerta de Elvira
sale muy gran cabalgada.
¡Cuánto del hidalgo moro,
cuánta de la yegua baya,
cuánta de la lanza en puño,
cuánta de la adarga blanca,
cuánta de marlota verde,
cuánta aljuba de escarlata,
cuánta pluma y gentileza,
cuánto capellar de grana,
cuánto bayo borceguí,
cuánto lazo que le esmalta,
cuánta de la espuela de oro,
cuánta estribera de plata!
Toda es gente valerosa
y experta para batalla;
en medio de todos ellos
va el rey Chico de Granada.
Miran lo las damas moras,
de las torres de la Alhambra.
La reina mora, su madre,
de esta manera habla:
—Alá te guarde, mi hijo,

Mahoma vaya en tu guarda,
y te vuelva de Jaén
libre, sano y con ventaja,

y te dé paz con tu tío,
señor de Guadix y Baza.

ROMANCE DEL REY CHICO QUE PERDIÓ GRANADA

El año de cuatrocientos
que noventa y dos corría,
el rey Chico de Granada
perdió el reino que tenía.
Salió se de la ciudad
un lunes a mediodía
rodeado de caballeros,
la flor de la morería.
Su madre lleva consigo
que le tiene compañía
Por ese Genil abajo
el rey Chico se salía.
Pasó por medio del agua
lo que hacer no solía;
los estribos se han mojado,
que eran de grande valía.
Por mostrar más su dolor
que en el corazón tenía,
ya que esa áspera Alpujarra
era su jornada y vía,
desde una cuesta muy alta
Granada se parecía.
Volvió a mirar a Granada
de esta manera decía:
¡OH Granada, la famosa,
mi consuelo y mi alegría,
HO mi alto Albayzin
y mi rica Alcaicería,
HO mi Alhambra y Alijares
y mezquitas de valía
mis baños, huertas y ríos
donde holgarme solía!
¿Quién os ha de mí apartado
que jamás yo vos vería?
Ahora te estoy mirando
desde lejos, ciudad mía;
mas presto no te veré
pues ya de ti me partía
¡OH rueda de la fortuna,
loco es quien en ti fía;
que ayer era rey famoso
y hoy no tengo cosa mía -.
Siempre el triste corazón
lloraba su cobardía,
y estas palabras diciendo
de desmayo se caía.
Iba su madre delante
con otra caballería,
viendo la gente parada
la reina se detenía,
y la causa preguntaba
porque ella no lo sabía.
Respondiole un moro viejo,
con honesta cortesía,
– Tu hijo mira a Granada
y la pena le afligía –
Respondido había la madre
, De esta manera decía:
– Bien es que como mujer
llore con grande agonía
el que como caballero
su estado no defendía.

Con el romance de la perdida de Granada, damos por terminada la Reconquista, y con la anexión del reino de Navarra, se logra la unidad de España. Podíamos pensar, que una vez terminada la reconquista y lograda la unidad de España, los problemas de la nación española iban a terminar. Que después de casi ochocientos años de guerra, a los habitantes de  España, le iban a llegar la paz y la felicidad, y no fue así. La paz y la felicidad, no llega nunca. Se buscan, pero no se alcanzan.

Los Reyes Católicos, una vez que lograron terminar la Reconquista, y que se anexionaron Granada, debieron pensar que con los aguerridos soldados de que disponían, en lo que mejor los podían invertir era en hacer nuevas conquistas.

ROMANCE DE LA AMIGA MUERTA

Volvemos a los romances de amor y de muerte, tristes, pero hermosos y emotivos romances, al menos los que aquí vamos a mostrar.

Este romance, que se publicó en 1551 pero es muy anterior, en él se inspiró y plagio la famosa canción “…Dónde vas, triste de ti?”

En los tiempos que me vi.
más alegre y placentero,
yo me partiera de Burgos
para ir a Valladolid:
encontré con un palmero,
el me habló, y dijo así:

“¿Dónde vas tú, el desdichado?
¿Dónde vas?, ¡triste de ti!
¡OH persona desdichada,
en mal punto te conocí
Muerta es tu enamorada,
muerta es, que yo la vi.;
las andas en que la llevan
de negro las vi cubrir,
los responsos que le dicen
yo los ayudé a decir;
siete condes la lloraban,
caballeros más de mil,
lloraban la  sus doncellas
llorando dicen así:
¡Triste de aquel caballero
que tal pérdida dejó aquí!”

Desde que esto oí, mezquino,
en tierra muerto caí;
desde aquellas dos horas
no tornara, triste, en mí.
Después que hube retornado
a la sepultura fui,
con lágrimas de mis ojos
llorando decía así:

“Acógeme, mi señora,
acógeme a par de ti.”
Al cabo, en la sepultura
una triste voz oí:
“Vive, vive, enamorado,
vive, pues que yo morí:
Dios te dé ventura en armas
y en amores otrosí,
el cuerpo come la tierra

Y el alma pena por ti.

ROMANCE DE LA LINDA ALBA

—¡Ay, cuán linda que eres Alba,
más linda que no la flor;
blanca sois, señora mía,
más que los rayos del sol!
¡Quién la durmieses esta noche
desarmado y sin temor;
que siete años había, siete,
que no me desarmo, no!
—Dormidla, señor, dormidla,
desarmado y sin pavor;
Alberto es ido a caza
a los montes de León.
—Si a caza es ido, señora,
cáigale mi maldición:
rabia le mate los perros
y aguilillas el falcón,
lanzada de moro izquierdo
le traspase el corazón.
—Apead, conde don Grifos,
porque hace muy gran calor,
¡Linda manos tenéis, conde!
¡Ay, cuán flaco estáis, señor!
—No os maravilléis, mi vida,
que muero por vuestro amor,
y por bien que pene y muera
no alcanzo ningún favor.
—Hoy lo alanzaréis, don Grifos,
en mi lindo mirador.
Ellos en esto estando,
Albertus toca el portón:
—¿Qué es lo que tenéis, señora?
¡Mudada estáis de color!
—Señor, mala vida paso,
la paso con gran dolor,
que me dejéis aquí sola
y a los montes os vais vos.
—Esas palabras, la niña,
no eran sino traición.
—¿Cuyo es aquel caballo
que allá abajo relinchó?
—Señor, era de mi padre,
y envíalo para vos.
—¿Cuyas son aquellas armas
que están en el corredor?
—Señor, eran de mi hermano,
y agora os las envió.
—¿Cuya es aquella lanza,
que tiene tal resplandor?
—Tomadla, Albertos, tomadla,
matadme con ella vos,
que esta muerte, buen conde,
bien os la merezco yo.

ROMANCE DE GERINELDO

—Gerineldo, Gerineldo,
Gerineldito pulido,
¡quién te tuviera esta noche
tres horas a mi albedrío,
y después de las tres horas
hasta ver amanecido!
—Como soy vuestro criado,
señora, burláis conmigo.
—No me burlo, Gerineldo,
que de veras te lo digo.
—¿A qué hora, mi señora,
cumpliréis lo prometido?
—A eso de la media noche,
cuando el rey esté dormido,
ven con zapatos de seda,
porque no seas sentido.—
—¡OH malhaya, Gerineldo,
quien amor puso contigo,
la media noche es pasada
y tú no habías venido!—
Tres vueltas le dio al palacio
y otras tantas al castillo;
a la puerta de la infanta
Gerineldo dio un suspiro.
—¿Quién habrá sido el osado,
quién será el atrevido
que, a deshoras de la noche,
a mi puerta da un suspiro?
—Soy Gerineldo, señora,
que vengo a lo prometido.—
Salto diera de la cama,
le abrió puertas y postigos.
—Con un postigo que abras
cabe mi cuerpo pulido.
—¿Quieres comer o beber
o descansar, dueño mío?
—Quiero acostarme en la cama,
que vengo de amor rendido.—
Se pusieron a luchar
como mujer y marido;
en el medio de la lucha
los dos se quedan dormidos.
Después del amanecer,
tres horas el sol salido,
el rey se quiere vestir,
no hay quien le alcance el vestido;
ha llamado a Geri neldo
y nadie le ha respondido.
El rey se viste y se calza
y al cuarto la infanta ha ido.
Los ha encontrado durmiendo,
como mujer y marido.
—Yo, si mato a la infantita,
queda mi reino perdido;
y si mato a Gerneldo,
¡le crié tan de chiquito!—
Les puso la espada en medio,
por que sirva de testigo.
Con el frío de la espada,
la infanta se ha resentido:
—¿OH, qué es esto, Gerineldo,
traes armas para conmigo?
—Yo no traigo ningún arma,
sino con las que he nacido.
—¿A dónde me iré, señora?,
¿a dónde me iré, Dios mío?
—Vete por esos jardines,
cogiendo rosas y lirios. —
El rey, que estaba en acecho,
al encuentro le ha salido:
—¿Dónde vienes, Gerineldo,
pálido y descolorido?
—Vengo del jardín, señor,
que está muy lindo y florido

la fragancia de una rosa
todo el color me ha comido.
—¡Mientes, mientes, Gerineldo,
tú con la infanta has dormido!
—Matéis me, señor, matéis me,
que lo tengo merecido.
—El castigo que mereces
ya lo tengo prometido:
antes que llegue la noche,
seréis mujer y marido.

Así, con espléndida desnudez narrativa, esta historia del triunfo de la pasión sobre las barreras sociales ha vivido en la tradición desde los orígenes del Romancero hasta el siglo XX, cantada por todas partes, y aún bailada en el famoso “baile de tres” (de un hombre con dos mujeres), baile de viejísimo abolengo, conservado en Las Navas del Marqués (un pueblo serrano de la Transirra de Ávila, hoy en peligro de explotación urbanística desaforada), a donde acudieron, en 1905, Ramón Menéndez Pidal y Manuel Manrique de Lara a oírlo, verlo y documentarlo (en su texto, música y coreografía), invitados por el Conde de las Navas.

El ENAMORADO DE LA MUERTE

Un sueño soñaba anoche,

soñito del alma mía,

soñaba con mis amores

que en mis brazos los tenía.

vi. entrar señora tan blanca

muy más que la nieve fría.

-¿Por dónde has entrado, amor?

¿Cómo has entrado, mi vida?

Las puertas están cerradas,

ventanas y celosías.

-No soy el amor, amante:

la Muerte que Dios te envía.

-¡Ay, Muerte tan rigurosa,

déjame vivir un día!

-Un día no puede ser,

una hora tienes de vida.

Muy de prisa se calzaba,

más de prisa se vestía;

ya se va para la calle

en donde su amor vivía.

-¡Ábreme la puerta, blanca,

ábreme la puerta, niña!

-¿Cómo te podré yo abrir

si la ocasión no es venida?

Mi padre no fue al palacio,

mi madre no está dormida.

-Si no me abres esta noche,

ya no me abrirás, querida;

la Muerte me está buscando,

junto a ti vida sería.

-Vete bajo la ventana

donde labraba y cosía,

te echaré cordón de seda

para que subas arriba,

y si el cordón no alcanzare

mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe;

la Muerte que allí venía:

-Vamos, el enamorado,

 la hora ya está cumplida.

ROMANCE DE LA MANO MUERTA

El Romance de la mano muerta se encuentra en el contexto del cuento La Promesa, de Gustavo Adolfo Becquer

La niña tiene un amante
que escudero se decía;
el escudero le anuncia
que a la guerra se partía.
-Te vas y acaso no tornes.
-Tornaré por vida mía.
Mientras el amante jura,
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien

 en promesas de hombre fía!

El conde con la mesnada
de su castillo salía:
ella, que le ha conocido,
con gran aflicción gemía:
-¡Ay de mí, que se va el conde
y se lleva la honra mía!
Mientras la cuitada llora,
Diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien

 en promesas de hombre fía!

Su hermano, que estaba allí,
estas palabras oía:
-Nos has deshonrado, dice.
-Me juró que tornaría.
-No te encontrará, si torna,
donde encontrarte solía.
Mientras la infeliz se muere,
Diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien

en promesas de hombre fía!

Muerta la llevan al soto,
la han enterrado en la umbría;
por más tierra que la echaban,
la mano no se cubría:
la mano donde un anillo
que le dio el conde tenía.
De noche, sobre la tumba,
Diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien

 en promesas de hombre fía!

LA MERIENDA DEL MORO ZAIDE

LA MERIENDA DEL MORO ZAIDE

Víspera de Santos Reyes,
–segunda fiesta del año,
cuando el hijo del rey moro
–al rey le pide aguinaldo.
-No le pido oro ni plata
–ni tampoco su reinado,
le pido cuatro mil hombres
–que salgan conmigo al campo.-
Si cuatro mil le ha pedido,
–cinco mil le ha mandado.
Por los campos de Jaén
–van los moros peleando;
tierra por donde ellos iban
–todo quedaba arrasado;
no dejan cabra ni oveja
–ni pastor con su rebaño,
a no ser un pobre viejo
–de los miembros quebrantado
-¿Adónde queda mi primo?,
–¿dónde quedan mis hermanos?
Dime, dime, tú, el pastor,
–¿dónde los moros quedaron?
-En los campos de Malverde
–todos juntos merendando,
comen ternera cocida,
–rico corderillo asado;
unos meriendan deprisa,
–otros meriendan despacio,
a no ser el perro moro
–que merienda de a caballo:
con la punta de la espada
–traía el pan a la mano,
con la punta de la lanza
–apura el carnero asado.

LA GALLARDA MATADORA DE HOMBRES.

-¿Dónde vive la Gallarda,
–madre, que es cosa muy linda,
dónde vive la Gallarda?,
–yo visitarla quería.
-¡No vayas allá, hijo mío,
–no vayas, por vida mía!,
que también tu padre fue
–y no encontró la venida.
-Calle, calle, la mi madre,
–mi palabra he de cumplirla;
me ha brindado la Gallarda
–a dormir con ella un día.-
De los caballos que tiene,
–al mejor puso la silla,
y comienza a navegar
–por unas vegas arriba.
En el medio del camino,
–halló una fuente muy fría
y se apeara a beber,
–porque la sed le afligía.
Viera estar a la Gallarda
–en su ventana florida,
peinando cabellos de hombre,
–parecen seda torcida.
-Apéese, el caballero,
–que aquí tiene su dormida.
Suba, suba, caballero,
–suba, suba para arriba,
que tengo siete criadas
–gobernando la comida.-
Al subir las escaleras,
–alza los ojos y mira
siete cabecitas de hombres
–colgaditas de una viga.
Una era de su padre,
–la barba le conocía;
otra era de su hermano,
–la prenda que más quería.
-¿Qué es esto, linda Gallarda,
–qué es esto, Gallarda linda?
-Son cabezas de lechones,
–criados en la montina.-
Gallarda pone la mesa,
–caballero bien la mira.
-Come, come, caballero,
–come, come, por tu vida.
-¡Cómo he de comer, Gallarda,
–si con la sed no podía!-
Gallarda le escancia el vino,
–caballero bien la mira.
-Bebe, bebe, caballero,
–bebe, bebe, por tu vida.-
Gallarda hace la cama,
–caballero bien la mira.
Púsole siete colchones,
–sábanas de holanda fina;
entre colchón y colchón
–un puñal de oro metía.
Allá por la media noche,
–Gallarda se revolvía.
-¿Qué buscas, linda Gallarda,
–qué buscas, Gallarda linda?
-Busco mi rosario de oro,
–que lo rezo cada día.
-El rosario que tú rezas
–en mis manos lo tenía.-
Anduvieron vuelta y vuelta,
–por ver el que más podía;
el caballero debajo,
–la Gallarda quedó encima;
se lo espetó por la espalda
–y el corazón le partía.
-¡Abre las puertas, portero,
–que ya va viniendo el día.
-Estas puertas no se abren
–hasta que amanezca el día,
que yo, si las puertas abro,
–Gallarda me mataría.
-No temas a la Gallarda,
–ni toda su gallardía,
la sangre de la Gallarda
–por la sala ya corría.
-¡OH, bien haya, el caballero,
–la madre que le paría!
¡cuántos hijos de hombres buenos
–aquí perdieron la vida!

—-

Sin duda debido a su tema, no fue publicado en el Siglo de Oro; pero no cabe duda de que su personaje central y los componentes esenciales del argumento son herederos de una fabulación medieval que rebasa los límites geográficos de la literatura castellana.

 En la tradición oral moderna ha gozado el aprecio de los cantores de Braganza, en Portugal, de toda Galicia, de Asturias, de León, del Norte de Zamora, de Palencia y de Potes, en Cantabria, territorios que definen el área donde es un romance bastante conocido. Fuera de ella, sólo conozco versiones únicas de Zaragoza, de Toledo, de Cáceres, de Málaga, de Granada y de Tetuán. Todas son muy semejantes entre sí, incluso las exteriores al área norteña; pero, dentro de ellas, son más numerosas las que omiten la escena inicial, del diálogo con la madre, y comienzan, según un molde muy común en el Romancero, presentando a la Gallarda.

EL CABALLO ROBADO

En casa del Rey
–se perdió un caballo,
decían que el Conde
–lo había robado.
Ni el Conde lo ha hecho
–ni lo ha pensado.
Ya llevan al conde
–preso a encarcelarlo
grillos a los pies,
–manilla en las manos,
cadenilla al cuello
–por más afrentarlo.
El Rey le miraba
–desde altas torres
y también las damas
–y los infanzones.
-¡Qué dirán los grandes
–de verme en grillotes!-
Ya alzara sus ojos,
–vio el sol eclipsarse
y a un carpintero
–que la horca hace.
-Noble carpintero
–¿para quien la horca?
-Para vos, el Conde,
–y vuestra persona.
-Maestro, maestro,
–así Dios te guarde,
házmela bien alta
–y estrecho el collare,
no coman los perros
–de mis dulces carnes;
te daré un rubí,
–te daré un diamante,
que me los dio el Rey
–al ir a casarme.-
Le mira la Reina,
–desde el miradore;
Conde, con vergüenza,
–tapó sus grillotes.
-No los tapéis, Conde,
–no los tapéis, none,
que para los hombres
–se hacen las prisiones;
para las mujeres
–los grandes dolores.-
Gritaba al verdugo
–que soltase al Conde:
-¡Afloja, verdugo,
–afloja la soga!-
Responde el verdugo
–que ya no era hora.

Otra versión del mismo Romance

En la casa del buen rey
— faltara el mejor caballo;
el Rey le pregunta al Conde:
— -¿Eres tú el que lo ha robado?
-¡Ni robo caballerías,
— ni aguanto tales agravios!-
El Rey le mandó prender,
— las cadenas arrastrando:
una le traba las piernas
— y las otras dos las manos.
En lo mejor de su sueño,
— el Conde se ha despertado,
que repica un carpintero
— con el martillo y sus clavos.
-Carpintero, carpintero,
— dí ¿por qué repicas tanto?
-Estoy haciendo la horca
— para un conde ajusticiarlo.
-Hazla bien alta y derecha,
— que yo soy el sentenciado
y no quiero que los perros
— me coman por los zancajos.-
Cuando lo iban a ahorcar,
— ha relinchado el caballo.
El Rey, que está en altas torres,
— al verdugo le ha gritado:
-El caballo que relincha
— es el que a mí me robaron,
el jinete que lo monta
— es hijo mío bastardo.
¡Afloja, afloja la soga,
— descorre, descorre el lazo!
-¡Ya no es hora de ello, Rey,
— que de lengua sacó un palmo!

A pesar de la preferencia de los editores de romances del siglo XVI por los romances de temática caballeresca, el “Romancero oral del siglo XX” heredó algunos procedentes de la tradición oral medieval que se escaparon, a lo que parece, de ser glosados por poetas al servicio de la producción de Pliegos sueltos impresos en la primera mitad del siglo XVI y que consecuentemente, no fueron reproducidos por los confeccionadores de romancerillos de faldriquera (hoy los llamaríamos “ediciones de bolsillo”), el

ENAMORADA DE UN MUERTO

En las huertas de mi padre
–herido me le he hallado.
Cosí le las sus heridas
–con la aguja del bordado,
y até se las, bien atadas,
–con tocar de mi tocado.
Tres años lo tuve muerto
–en mi cámara encerrado.
Cada vez que le iba a ver
–parecía vivo y sano;
lavaba su blanco rostro
–con rosas y vino blanco,
le mudaba la camisa
— todos los viernes del año.
Van días y vienen días,
— la carne se iba dañando.
Un día, por mi desgracia,
–se le descoyuntó un brazo.
-¿A quién contaré mi mal?,
–¿a quién iré yo a contarlo?
Si se lo digo a mi madre,
–es mujer y lo dirá;
si se lo digo a mi padre,
–luego me manda matar;
¿si un tío, que tengo monje,
–me lo quisiera enterrar?
Se lo diré a mi tío,
–que sabe de bien y mal.
–Tío mío, tío mío,
–un favor vengo a buscar:
tengo mis amores muertos,
–¿si me los quiere enterrar?
-Yo te los enterraré;
–tus ojos no han de llorar.

DON MANUEL Y EL MORO MUZA

Verle, verle al moro Muza
el moro Muza afamado,
caballero en una yegua
y su cuerpo bien armado,
corneta de oro en la boca
ricamente amenazando:
-Caballeros de Castilla,
salid conmigo al campo,
que yo os daré a entender
si soy de valor sobrado.
Salga uno, salgan dos,
salgan tres y salgan cuatro,
o que salga Garcilaso,
bien me oirá, está escuchando;
si no hay ninguno que salga,
salga el mismo rey Fernando.-
Y el rey, que sentía aquello,
En los altos miradores
está la reina mirando,
la reina doña Isabel,
la mujer de don Fernando:
-¡Quién tuviera entre los míos

un caballero esforzado
que me traiga la cabeza
de aquel moro renegado!-
A todos tiembla la barba
y todos están callando;
si no era don Manuel
que estaba de heridas malo.
De prisa pidió el vestido,
de prisa pidió el calzado;
por aprisa que lo pide,
más aprisa se lo han dado.
Entró en la caballeriza,
sacó un potro mal domado;
con una mano lo ensilla,
con la otra el freno le ha echado,
con los dientes de su boca
la cincha le ha ido apretando.
No puso el pie en el estribo,
cuando ya estaba montado;
y, con la fuerza que ha hecho,
la sangre le ha reventado
de heridas que tenía viejas,
que aún no le habían curado.
Las piedras por donde iba
todas quedaban temblando.
Por donde nadie le veía
a Dios se va encomendando;
por el corro de las damas
el caballo iba bailando.
Todas damas y doncellas
salían allí a mirarlo;
también salió allí la suya,
lágrimas iba colgando:
-Toma este paño, Manuel,
límpiate, que vas sudando.
-Guárdalo tú, vida mía,
conocerás otro amado,
que el camino que yo llevo
pienso no ha de ser tornado.
-Toma este paño, Manuel,
don Manuel, toma este paño,
que me lo ha dado una mora
que a mí me había criado;
la mujer que lo lavara
no puede morir de parto,
ni el hombre que lo tuviere
debía de morir en campo.-
Apeose don Manuel,
apeose y cogió el paño.
Al pasar un fuerte río,
al entrar un verde prado,
bien lo veía el moro Muza,
que está esperando en el campo:
-Ya te veo, don Manuel,
que vienes muy alentado,
si quieres gozar la esposa,
vuélvete y deja el caballo.
-Soy capitán de las damas,
no volveré sin recado:
sin quitarte la cabeza
o dejar la mía en campo.
-Tira, tira, don Manuel,
tira, que te doy la mano.
-Tirarás tú, moro Muza,
que eres más viejo y anciano.-
Tiró el moro la su lanza,
los aires iba rasgando;
tiró don Manuel la suya,
la que nunca tiró en vano;
le pasó la cota y cuello
y las ancas del caballo.
Apeose don Manuel,
la cabeza le ha cortado.
Bien lo veía la reina
donde lo estaba mirando:
-¡OH bien hayas, don Manuel,
y la leche que has mamado;
mamaste leche de tres,
ojala fuera de cuatro!-
Una mora a la ventana
todo lo estaba mirando:
-¡Malhayas tú, don Manuel
y la leche que has mamado.

que has matado el mejor moro
y en el alma me has tocado!

CAZADOR QUE VAS CAZANDO

Cazador que vas cazando,
cazando de noche y día.
Los perros iban cansados,
la caza no parecía.
Se ha parado a descansar
al tronco de una hermosa encina.
El tronco era de oro,
las ramas de plata fina
y en la cogolla más alta
y había una hermosa niña
con una mata de pelo
que toda la encina cubría.
—No te asustes, cazador,
que soy una hermosa niña
que en el vientre de mi madre
me maldijo una tía mía
que tenía que estar penando
siete año(h) en esta encina
y hoy los cumplo, cazador,
al punto de mediodía.
Si me quieres esperar,
iremos en compañía.
—¿Dónde montaré a mi bella,
dónde montaré a mi blanca?
—En las ancas del caballo
para mayor honra mía.
Y a la mitad del camino,
la niña se sonreía.
—¿Por qué sonríes, mi bella?
¿Por qué sonríes, mi blanca?
—Me río de ti, cazador,
que las espuelas se te olvidan.
Mi padre fabrica el oro,
mi madre la plata fina
y un hermanito que tengo
se dedica a cacería.
—Abrir puertas y ventanas,
balcones y galerías.
Creí que traía una novia
y traigo a una hermana mía.

LA VAQUERA DE LA FINOJOSA.

Marqués de Santillana
Seranilla VI

Moza tan fermosa

non vi en la frontera,

como una vaquera

de la Finojosa.

Faciendo la vía

del Calatraveño

a Santa María,

vencido del sueño,

por tierra fragosa

perdí la carrera,

do vi la vaquera

de la Finojosa.

En un verde prado

de rosas y flores,

guardando ganado

con otros pastores,

la vi. tan graciosa

que apenas creyera

que fuese vaquera

de la Finojosa.

No creo las rosas

de la primavera

sean tan fermosas

ni de tal manera,

fablando sin glosa,

si antes supiera

de aquella vaquera

de la Finojosa.

No tanto mirara

su mucha beldad,

porque me dejara

en mi libertad.

Mas dije: «Donosa

(por saber quién era),

¿dónde es la vaquera

de la Finojosa?»

Bien como riendo,

dijo: «Bien vengades;

que ya bien entiendo

lo que demandades:

non es deseosa

de amar, ni lo espera,

aquesa vaquera

de la Finojosa.»

PAVURA DE LOS INFANTES DE CARRIÓN

Francisco de Quevedo

“Medio día era por filo,

que rapar podía la barba,

cuando, después de mascar,

el Cid sosiega la panza.

La gorra sobre los ojos

y floja la martingala,

boquiabierto y cabizbajo,

roncando como una vaca.

Guárdale el sueño Bermudo

y sus dos yernos le guardan,

apartándolo las moscas

del pescuezo y de la cara,

cuando una voces, salidas

por fuerza de la garganta,

no dichas de  voluntad

sino de miedo pujadas,

se oyeron en el palacio,

se escucharon en la cuadra,

diciendo, «¡guarda: el león!»,

y en esto entró por la sala.

Apenas Diego y Fernando

le vieron tender la zarpa,

cuando hicieron sabidoras

de su temor a sus bragas.

El mal olor de los dos

al pobre león engaña,

y por cuerpos muertos deja

los que tal perfume lanzan.

A venir acatarrado

el león, a los dos mata;

pues de miedo del perfume

no les siguió las espaldas.

El menor, Fernán González,

detrás de un escaño a gatas,

por esconderse, abrumó

sus costillas con las tablas.

Diego, más determinado,

por un boquerón se ensarta

a esconderse, donde van

de retorno las viandas.

Bermudo, que vio el león,

revuelta al brazo la capa,

y sacando un asador

que tiene humos de espada,

en la defensa se puso.

Despertó al Cid la borrasca,

y abriendo entrambos los ojos

empedrados de legañas,

tal grito la dio al león

que le aturde y le acobarda,

que hay leones enemigos

de voces y de palabras.

Enviole a su leonera

sin que le diese fianzas;

por sus yernos preguntó,

receloso de desgracias

Allí respondió Bermudo,

«Señor, no receléis nada,

pues se guardan vuesos yernos

en Castilla, como en Pascua».

Y remeciendo el escaño,

a Fernán González hallan

devanando en su bohemio,

hecho ovillo en la botarga.

Las narices del buen Cid

a saberlo se adelantan,

que le trajeron las nuevas

los vapores de sus calzas.

Salió cubierto de tierra

y lleno de telarañas;

corriose el Cid de mirarlo,

y en esta guisa le fabla:

«Agachado estabais, conde,

y tenéis mucha más traza

de home que aguardó jeringa

que del que espera batalla.

Connusco habedes yantando,

¡OH, que mala pro vos faga,

pues tan presto bajó el miedo

los yantares a las ancas!

Sacarades a Tizona,

que ella vos asegurara,

pues en vos no es rabiseca,

según la humedad que anda».

Gil Díaz, el escudero,

que al Cid contino acompaña,

con la mano en las narices

todo sepultado en bascas,

trayendo detrás de sí

a Diego, el yerno que falta,

con una mano le enseña,

mientras con otra se tapa.

«Vedes aquí, señor mío,

un fijo de vuesa casa,

el conde de Carrión,

que esconde mal su crianza.

de dónde yo le he sacado,

sus vestidos vos lo parlan;

y a voces sus palominos

chillan, señor, lo que pasa.

Más cedo podréis tomar

a Valencia y sus murallas,

que ningún cabo al conde

por no haber de do le asgan.

Si no merece de yerno

el nombre por esta causa,

tenga el de servidor vueso,

pues tanta parte le alcanza».

Sañudo le mira el Cid,

con mal talante le encara:

«de esta vez, amigos condes,

Descubierto habéis la caca.

¿Pavor de un león hobistes,

estando con vuesas armas,

fincando en compaña mía,

que para seguro basta?

Por san Millán que me corro,

mirándovos de esa traza,

y que de lástima y asco

me revolvéis las entrañas.

El que de infanzón se precia,

face en el pavor y el ansia

de las tripas corazón,

ansí el refrán vos lo canta.

Mas vos en esta presura,

sin acatar vuesa casta,

hacéis del corazón tripas,

que el puro temor vos vacía.

Ya que Colada no os fizo

valiente aquesta vegada,

fágavos colada limpio:

echaos, buen conde, en colada».

«Calledes, el Cid, callades»

-Dijo, con la voz muy baja-,

«y la cosa que es secreta,

tan pública no se faga.

Si non fice valentía,

fice cosa necesaria;

y si probáis lo que fice,

lo tendredes por fazaña.

Más ánimo es menester

para echarse en la privada,

que para vencer a Búcar

ni a mi leones que salga:

ánimo sobrado tuve».

más en esto el Cid le ataja,

porque, sin un incensario,

ninguno a escuchar la guarda:

«Id, infante, a doña Sol,

Vuesa esposa desdichada,

y decidla que vos limpie,

mientras vos busco una ama.

Y non habléis ende más;

y obedeced, si os agrada,

aquel refrán que aconseja:

la caca, conde, callarla».”

Los romances se han escrito siempre en la Literatura Castellana, y dentro de las distintas   generaciones literarias que se han formado, ha habido poetas que han escrito romances. En el siglo XIX, con el Romanticismo, José Zorrilla escribe el Puñal del Godo, basado en la muerte del rey don Rodrigo, que ya había sido tratado antes por los poetas del Romancero, como antes hemos podido ver aquí, en una versión distinta de los hechos.

El Duque de Rivas escribe el Castellano Leal, donde el personaje central de la obra, es el Conde de Benavente, que a instancias del emperador Carlos V abandona su palacio para que se instale en él el Duque de Borbón, durante la estancia de este en Toledo.  Considerando el Conde de Benavente a este, traidor a su patria, por que siendo francés, había estado ayudando a Carlos V que era a la sazón Rey de España, en la guerra que  mantenía este contra Francisco I Rey de Francia, y a la vez, señor natural del Conde de Borbón, ya que este era francés. Consideraba el Conde de Benavente, que el honor del Duque de Borbón, que había hecho traición a su patria, ayudando al rey de España, estaba por los suelos, por lo que, una vez que el Duque de Borbón  abandona Toledo, y Carlos V le devuelve las llaves de su palacio, al Conde de Benavente; este le hace arder para que el fuego purifique su estancia.  Una vez purificado por el fuego, y reconstruido es cuando el Conde de Benavente, podrá volver a su casa.

Las Leyendas y las Cartas desde mi Celda se inspiran en temas del Romancero, y en una de  ellas, La Promesa, Becquer utiliza el romance de La Mano Muerta como núcleo del relato. Ya en este siglo, Antonio Machado escribe el romance de La Tierra de Alvar González”, basado en un relato, que había oído contar en un viaje que hizo a la Laguna Negra, cuando estaba ejerciendo como profesor de Frances en el instituto de Soria . Este relato lo escribió primero en prosa, y después con este argumento escribió el romance en,” La Tierra de Alvar González.”

Más tarde Federico García Lorca publica su Romancero Gitano. Después de haberlo dado a conocer a amigos y poetas, de los que recibió una adversa crítica, tachándolo de panfleto impresentable. Una vez editado y distribuido  en las librerías, el Romancero Gitano, seis meses después era conocido en toda España, y no solo conocido, sino que los dieciocho romances que lo forman, eran también recitados por quienes habían tenido la suerte de que El Romancero Gitano le hubiera llegado a sus manos, y se recitaban también en toda España. Gustaron tanto, que todo el que los  leía, repetía su lectura hasta aprenderlos.

Con el romance de Federico García Lorca, Sonámbulo, dejamos aquí, un gran romance de un gran poeta.

SONÁNBULO

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura.

ella sueña en su baranda

verde carne verde pelo,

con ojos de fría plata.

Verde que te quiero verde.

Bajo la luna gitana,

las cosas la están mirando

y ella no puede mirarlas.

______

Verde que te quiero verde.

Grandes estrellas de escarcha,

vienen con el pez de sombra

que abre el camino del alba.

La higuera frota su viento

con la lija de sus ramas,

y el monte, gato garduño,

eriza sus pitas agrias.

¿Pero quien vendrá? ¿Y por donde?

Ella sigue en su baranda,

verde carne, verde pelo,

soñando en la mar amarga.

______

Compadre quiero cambiar

mi caballo por tu casa,

mi montura por su espejo,

mi cuchillo por su manta.

Compadre vengo sangrando,

desde los puertos de Cabra.

Si yo pudiera, mocito,

ese trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa,

Compadre, quiero morir

decentemente en mi cama.

De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda.

¿No ves la herida que tengo

desde el pecho a la garganta?

Trecientas rosas morenas

lleva tu pechera blanca.

Tu sangre rezuma y huele

alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo

ni mi casa es ya mi casa.

Dejadme subir al menos

hasta las altas barandas,

¡dejadme subir! dejadme

hasta las verdes barandas.

Barandales de la luna

por donde retumba el agua.

______

Ya suben los dos compadres

hasta las altas barandas.

Dejando un rastro de sangre.

Dejando un rastro de lágrimas.

Temblaban en los tejados

Farolillos de hojalata.

Mil panderos de cristal

herían la madrugada.

Verde que te quiero verde,

verde viento, verdes ramas.

Los dos compadres subieron.

El largo viento, dejaba

en la boca, un raro gusto

de hiel, de menta y de albaca.

¡Compadre! ¿Dónde está dime?

¿Dónde está tu niña amarga?

¡Cuantas veces te esperó!

¡Cuantas veces te esperara!,

cara fresca, negro pelo,

en esta verde baranda.

_____

Sobre el rostro del aljibe

se mecía la gitana.

Verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

Un carámbano de luna

la sostiene sobre el agua.

La noche se puso intima

como una pequeña plaza.

Guardias civiles borrachos

en la puerta golpeaban.

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El viento sobre la mar.

Y el caballo en la montaña.


COMO UN ROMANCE

Hace ya muchos años, (más de veinte) asistí  en Benavente (León) a la boda de Salvador Viso Ciudad, primo en segundo grado mío y a la vez amigo. Daba la circunstancia, que el banquete de la boda se iba a celebrar en el parador de Benavente, pueblo de la novia, y que estaba ubicado en el antiguo palacio del Conde de Benavente que con el paso de los años, lo habían trasformado en parador nacional. Los padres, hermanos, y algunos familiares de la familia del padre del novio, se fueron el día anterior a la ceremonia, pero nosotros, pensando que lo único que teníamos que hacer en Benavente era asistir a la boda de Salvador. A propuesta de Aurelio Sánchez, uno de los primos, pensó  que podíamos hacer el viaje en autocar. Salimos a primeras horas de la mañana, para llegar a la hora de la ceremonia, y una vez terminado el banquete, montarnos otra vez en el autobús, y volvimos al pueblo, veinticuatro horas después de haber salido.

Este viaje supuso para mi, volver al Romancero, a la historia de España, a la Reconquista. Durante el viaje, tanto de ida como de vuelta, fui pensando en el Romancero y a la vuelta de la boda, una vez instalado en mi casa, escribí estos versos, como si este viaje, lo hubiéramos hecho en la Edad  Media. Como un Romance es la transcripción literal de aquellos versos, que escribí hace ya tantos años.

COMO UN ROMANCE

A Salvador y Carmen,
a cuya boda, en tierras de león fuimos invitados.

VALENTIN  VILLALÓN

 

En coche grande y de hierro

muy sobrado de caballos,

ricamente guarnecido

y muy bien refrigerado,

a Benavente, en León,

caminan los calatravos.

Son muy pocos los viajeros,

sólo parientes cercanos,

que a celebrar una boda

habían sido citados.

Antes de nacer el día

ya engancharon los caballos.

Cuando bultos y viajeros

todos se han acomodado,

a una voz que da el cochero

los caballos arrancaron.

Pasaban pueblos y pueblos,

galopaban los caballos.

Caminos de dos jornadas

en horas lo van logrando.

Antes de que medie el día

en Madrid nos encontramos.

Paramos en un mesón,

que hay, junto a un templo sagrado,

do esperan otros parientes

que allí han sido citados.

Hay un frugal refrigerio

y una vez que hemos montado,

alguien da la voz de «en marcha»

y en marcha van los caballos.

Trotando cruzan Madrid,

en poco lo hemos cruzado.

A un impulso del cochero,

otra vez van galopando.

Por la sierra de Madrid

a todo galope entramos.

Pasamos pinos y pinos.

Junto a un pantano pasamos

y para dar un respiro

y descanso a los caballos,

en un cerrado pinar,

allí todos nos bajamos.

Sacaron ricas pretinas

que al punto las atacamos

y dimos cuenta de algunas,

no todo lo preparado.

Tomamos agua y frutas

y apoco de esto arrancamos.

Pasamos el Guadarrama.

Por Castilla galopamos.

Algún pequeño pinar,

algún serrijón pelado.

Algún par de cigüeñas

sobre un viejo campanario.

Las secas mieses de julio

cubren todo lo que andamos.

Por despoblados caminos

sólo ruedas y caballos.

Cruzamos con poca gente,

casi con nadie cruzamos.

Pasado ya de las seis,

a Benavente avistamos.

Hermosa vega la cerca

que enverdinecen los álamos,

y en el más alto horizonte

avistamos al palacio

del Conde de Benavente,

donde hemos sido invitados.

 

Fuimos allí recibidos,

y allí fuimos invitados

por la familia del novio

que allí, estaban hospedados.

Tomamos agua muy fría,

otros tomaron helados.

Cambiamos ropas del viaje

por otras de mejor paño,

y a la hora convenida

como ya estaba acordado

a la casa de la novia,

juntos nos encaminamos.

Esperó a la puerta el novio,

y a la novia la sacaron

el padrino y la familia

que allí estaban aguardando

Juntos fuimos a la Iglesia,

y juntos allí esperamos

que intercambiaran las arras

y allí fueron desposados.

Hubo plática o sermón,

que la dijo un ordenado

expresamente venido,

porque amigo era de ambos.

Sigue el Santo Sacrificio,

la Consagración, alzaron,…

De Benavente comulgan,

comulgan los calatravos.

Fina el Santo Sacrificio,

el templo desalojamos.

Calatravos, leoneses

formamos grupo compacto.

Y salidos de la iglesia

juntos nos encaminamos

a los palacios del Conde

donde éramos esperados.

Hallamos las mesas puestas.

Todo estaba aparejado.

En el comedor del Conde

pronto estuvimos sentados.

A los novios y padrinos

los han subido a un estrado,

a presidir el banquete

con que somos obsequiados.

Las mesas están repletas

de viandas y de invitados.

Buenos vinos de Rioja,

recios vinos castellanos.

Y con las viandas y el vino,

mientras los vamos mezclando

calatravos, leoneses,…

van entablando diálogo.

Por las amplias cristaleras

el día se va alejando.

El tiempo pasa deprisa,

la luz que el día se llevó

deja más íntimo el marco.

Con toda fuerza relumbran

lámparas y candelabros,

que dan luz a los claveles

blancos, bermejos y gualdos.

Llegan los dulces, licores,

y vinos achampañados.

Alguna copa se vierte.

muchos vivas coreados.

Y la voz de Luís María

que anima a los calatravos.

Pasada la media noche,

los novios se han levantado,

a todos dicen adiós,

a todos han saludado.

Se van a sus aposentos

a disfrutar lo esperado.

Al despedir a los novios

hemos todos levantado,

nuestra copa de champañ

y  juntos hemos brindado.

Salimos del comedor,

en un patio del castillo

bellamente ajardinado,

empiezan las despedidas

de León y Calatravos.

Ya, recobradas las fuerzas,

los adioses terminados,

por una cuesta muy pina,

nos salimos del palacio.

A la puerta está el cochero,

los caballos enganchados.

Una vez que hemos subido,

y los bultos colocado,

a la voz de «en marcha»

en marcha…

Por caminos de León,

pasada la media noche,

a Castilla galopamos.

Introducción

Primera Parte

Segunda Parte

Tercera Parte

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