Leñadores 3

CAPITULO III

Mientras Cipriano se dirigía a casa de Ángel iba inmerso en sus cavilaciones, pensando en las decisiones que él sólo tenía que tomar, y en que no iba a tener a Rufina a su lado para decidir. Con dos golpes de llamador avisó a los dueños de la casa de su llegada. Abrió la puerta el hijo mayor de Ángel, que al verlo le dijo: Pasa, mi padre te espera en el corral, hace ya un rato que pasó, seguramente estará preparando la paja, el pienso y las cosas que os tengáis que llevar. Dijo que iba a echarle un pienso a las mulas y no ha salido todavía, está ahí dentro, te está esperando. Salio Cipriano del portal,  atravesó el patio cruzó el pasillo del fondo y al final del pasillo, abrió la puerta de la cocina grande de la casa, donde no vio a nadie,  abrió la puerta del segundo patio, y allí tampoco se encontró con gente, continuó adelante y al abrir la puerta del corral encontró a Ángel que estaba junto al pozo dándole agua a las mulas.

Ángel era el menor de los cuatro hermanos que el matrimonio formado por Ángel Alañón  y Ramona Pardo, matrimonio este hijo de labradores que igual que sus hijos habían seguido trabajando en su casa al casarse. Y después de su boda al levantarse, cada uno se dirigía a casa de sus respectivos padres y allí almorzaban, allí trabajaban, allí comían y allí permanecían todo el día. Las mujeres, si no tenían cosecha que recolectar hacían las cosas de la casa. Y los hombres desde allí salían al campo y no volvían a ver a sus mujeres hasta que después de haber cenado en casa de sus padres, se acercaban a recogerlas a la casa de sus suegros, para volver a dormir a la casa donde tenían puesta la alcoba.

La casa del padre de Ángel que era la casa  donde éste vivía, era una casa grande, era la casa de un labrador rico, la casa de un labrador de cuatro pares de mulas. Estaba esta casa en la calle del Granado, donde tenía la puerta principal.  Era ésta puerta de fuertes maderas labradas, pesados tiradores de cobre con llamadores del mismo metal. Daban  a un amplio zaguán con paragüero, y mueble con espejo.a mano izquierda de la entrada. A la derecha de la puerta había una hornacina con una imagen de la Virgen, y tres sillas a cada lado de la puerta, con respaldo de cartón piedra labrado, donde podía verse a don Quijote y a Sancho Panza tirando de sus bestias, deambulando por la llanura manchega.

Unas puertas cristales de dos hojas separaban al zaguán del patio. Era un patio amplio a donde abrían cinco puertas de otras tantas habitaciones, con sus respectivas ventanas y otras dos amplias puertas de cristales que daban entrada al segundo cuerpo de habitaciones de la casa. A la entrada de estas puertas había un zaguán con una puerta en cada una de las paredes laterales, de las que la del lado de la izquierda daba al comedor de la casa y la de la derecha daba al dormitorio del padre de Ángel. Había unas terceras puertas de cristales que daban a la cocina de la casa.  Ésta estancia era la más transitada de la casa, siempre solía haber gente en ella, era también la más grande de sus estancias.

Encima del fogón, había un horno con capacidad para cuarenta panes y que sólo se utilizaba ya para hacer las pastas de manteca, mantecados y pastafloras en Navidad,  barquillos flores y rosquilos fritos para carnaval, magdalenas, rosquillos  y galletas de maquinilla, para Semana Santa, y durante las vendimias se hacía mostillo  arrope y carne de membrillo;  dulces estos que se hacían con mosto y que duraban mucho tiempo en las casas labradoras.

Eran los días más importantes y de más ajetreo para esta cocina, los días de la matanza. Allí se juntaba toda la familia, los hermanos de Ángel con sus hijos, y por supuesto los hijos de Ángel con sus familias, aparte de las vecinas más cercanas y los amigos de la casa, que al atardecer se acercaban a echar un somarro y un trago de vino nuevo. Duraba la matanza cuatro días en aquella casa, dedicando el primer día a matar los cerdos por los hombres, mientras las mujeres se dedicaban a fregar las calderas, los dornillos, y las ollas, a descascarar,  cocer la calabaza y la cebolla para las morcillas, machacar los ajos, y las especias, a lavar las tripas, recogían la sangre de los cerdos y resolvían cualquier incidencia que surgiera, la matancera era la autoridad visible en la matanza. Los hombres, además de matar los cerdos, echaban la lumbre, picaban y hacían las migas para almorzar,  preparaban y traían la leña para las calderas, hacían los imprevistos recados, ya que las mujeres, como ellas decían, no salían a la calle, porque estaban para que nadie las viera.

Se comía tarde el día de la matanza. Se mataban pollos, y se hacían con arroz, que era la comida del día de la feria, después se hacía café para todos y luego los hombres tomaban coñac y aguardiente, en otra cocina más chica, que había en el segundo patio, y cuya ventana daba al corral. Por la tarde se le echaba de comer a los animales y se les daba agua, se recargaba la lumbre con cepas de parra y se esperaba el atardecer viendo arder las cepas, mientras se esperaba la llegada de los amigos de la casa para extender las brasas, poner las parrillas, y empezar con el vino nuevo y los asados.

La cena igual que la comida, la hacía la matancera, ella la preparaba con trozos de hígado y tocino fritos de los cerdos sacrificados en la matanza, machacados en la almirez, al que añadía  pimienta y otras especias, y al que más tarde volvía a añadir agua y pan rayado,  Se ponían durante un rato a la lumbre, para que cocieran y mezclaran sus sabores los distintos ingredientes que lo formaban .  Era la cena obligada en todas las matanzas. Se terminaba con melón y cuerdas de uvas,  como postre y la cena se prolongaba con una amena sobremesa. En los días de matanza que quedaban, ya no intervenían los hombres, las mujeres picaban las carnes, hacían los embutidos, salaban los jamones y el tocino y volvían a dejar la casa limpia y ordenada.

Era el primero de los patios de la casa rectangular, un poco más largo que ancho, con suelo de  grandes baldosas rojas, escalera con baldosines del mismo color, rematados con travesaños de  madera color caña y barandilla de madera labrada, que desemboca en un amplio corredor. Daba paso este corredor a las seis cámaras que la vivienda tenía,  donde se guardaban las cosechas.

Rodeaban al patio dos amplios soportales, uno en cada una de las plantas con bovedillas de madera vista, barnizadas en color marrón oscuro, que permitían en los días de lluvia desplazarse por la casa sin mojarse, así como las entradas y salidas a la calle. Tenía el patio un toldo de lona que lo cubría por completo, y que se extendía en el verano, sobre unos carriles de hierro, por donde el toldo se desplazaba, mediante unas fuertes arandelas que lo unían a los hierros donde se sujetaban. Unas cuerdas de cáñamo servían para que al tirar  de ellas en uno u otro sentido se pudiera cerrar por la mañana y abrirlo por la noche, lo que permitía mantener en la casa una temperatura más fresca y homogenea. Grandes macetas de pilastras rodeaban las galerías de la casa, que en el verano formaban un círculo en el centro del patio, alrededor del silo.

Era el silo, un pozo abierto en el patio principal de la casa, cubierto por una losa redonda de piedra caliza, de algo más de un metro de diámetro, elaborada por un cantero y perforada por nueve agujeros del tamaño de la boca de una bombona, por donde en los días de lluvia penetraba el agua. Esto  evitaba que al caer por las canales el agua de los tejados, junto con la que directamente caía en el patio este rebosara, se inundara al no tener salida, y a la vez se inundaran las habitaciones.

Las casas de labradores necesitan ser grandes, tenían que tener espacio suficiente para la familia, que normalmente era grande; cámaras  para almacenar sus cosechas, cuadras para los animales de labranza, pajares para almacenar al menos la paja de un año, estercolero para igual periodo de tiempo. Sobre el estercolero había un retrete de tablas, hecho de mampostería, que estaba a la entrada del corral, leñero debajo del cual solían dormir los cerdos antes de la llegada del engorde, y encima del leñero, dormían las gallinas. Tenían también zahúrdas para los cerdos de la matanza, porche donde se guardaban galera,  carros y demás aperos de labranza, gallinero con libre acceso al estercolero para las gallinas y los pollos,  un pozo con una pila para dar agua a las caballerías junto con otras piletas mucho más chicas, donde bebían cerdos, palomos, gallinas, y conejos, si los había.

No todos los labradores tenían las mismas necesidades de casa, ni todos los labradores disponían de los mismos medios para conseguirlo,  que habían tenido los padres de Ángel

Ángel Alañón y  Ramona Pardo habían logrado formar un gran capital, ella era la menor de tres hermanas de un acomodado labrador que se había casado en primeras nupcias con Eusebia hermana de Ramona, tres años mayor que ésta, y que al nacer su primer hijo enfermó de fiebres pauperales, enfermedad ésta que sólo se daba en mujeres parturientas, era el tributo que algunas mujeres de aquella época pagaban por ser madres.

Había tenido Eusebia un parto prolongado y difícil, tuvo que intervenirla el médico, en la casa de ésta. Lo había llamado la comadrona asustada porque el niño venía de pie. Cuando el médico llegó, ya llevaba Eusebia cinco horas de parto ¿Por qué no me has avisado antes? recriminó el médico a la comadrona, pero ya no tenía remedio, las cosas estaban donde estaban. Tras grandes esfuerzos logró el médico sacar el niño vivo, que a punto estuvo de ahogarse en el vientre de su madre. El niño aunque tardó en reaccionar, salio adelante, pero la madre después de tantas horas de parto quedó muy debilitada, muriendo veinte días después, como consecuencia de la infección que el parto le había provocado.

El entierro de aquella mujer conmovió al pueblo. La noticia de su muerte llegó enseguida a todos los rincones. Todo el pueblo esperaba su muerte, pero la muerte de una muchacha de veintitrés años que acababa de ser madre paralizó a todos. Todas las madres con hijos de leche fueron a ofrecerse para ayudar a criar al niño. Dio las gracias la familia a las madres que se ofrecieron,   pero ya la familia había encontrado en el pueblo de al lado, a una viuda, que había perdido a su marido tres meses antes, apuñalado durante una disputa que éste tuvo en la taberna; y que hacía una semana, había perdido a su hijo como consecuencia de una deshidratación provocada por una colitis, que en cuarenta y ocho horas le provocó la muerte.

A la muerte de Eusebia, siguió Ángel viviendo en la casa de su suegro, que era la casa donde había vivido desde el día de su boda, hasta la muerte de su mujer. Cuando el padre de Ángel le dijo a éste que, aunque siguiera trabajando en casa de su suegro, sería mejor que fuera a vivir a  su casa, y que sus hermanas le criarían al niño. Así no tendría que ser una carga para aquella familia.  Contestó Ángel a su padre diciendo:   ya lo he comentado esto con su suegro y  mis cuñadas, y éste me había dicho, que sus hijas no quieren que el hijo de su hermana salga de su casa.  Y en cuanto a él, su suegro le había dicho, que desde el matrimonio con su hija lo había considerado como uno más de la familia, y que se encontrarían muy honrados si se decidía a quedarse a vivir con ellos, al menos hasta, que si pasado un tiempo, pensaba  rehacer su casa con otra mujer.

Comprendió  el padre de Ángel  lo que  su hijo le había dicho y  le dijo: Toma tú la decisión que quieras, piénsalo y decide. Las dos puertas las tienes abiertas, no te habrás portado mal cuando así te tratan. No olvides nunca como te han tratado en esta casa, y piensa siempre que tu hijo, en esa casa será el hijo de todos, por ser el único nieto de su abuelo, el único sobrino de sus tías y el recuerdo perenne de tu mujer muerta.


Anuncios