VI. La procesión

Durante el tiempo en que estuvieron hablando en casa de Jacinta, siguieron oyendo pasos de gente que, creían, iban a la procesión. Como estaban todos atentos a lo que allí se hablaba, no le dieron importancia al paso continuado de personas que de cuando en cuando oían pasar. A todos se les había olvidado el enfrentamiento que desde por la mañana se estaba fraguando, aunque este posible enfrentamiento hubiera ocupado una parte importante de los asuntos allí tratados. Allí se habían expuesto las razones que para cada una de las partes suponía el que saliera o no saliera la procesión, pero se habían olvidado del enfrentamiento como un hecho real que pudiera suceder aquella misma tarde. Una vez que Pepa dio por terminada su intervención, y los comentarios se fueron espaciando en el tiempo, el ruido de los pasos y el murmullo de la gente que oían al pasar, les hizo pensar a todos que el enfrentamiento en el que habían estado pensando y comentando aquella tarde, pronto iba a ser una realidad.

Desde la tertulia de casa de Jacinta, pensaron en que saliera Anselmo a la calle y preguntara al primer grupo de hombres que por allí pasara por lo que estaba ocurriendo, o por lo que ya hubiera ocurrido, ya que el movimiento de gente que desde dentro de la casa se oía les hacía pensar que algo pasaba, o algo podría llegar a pasar.

Esperó Anselmo en la puerta de su casa el paso de gente que le trajera noticias. Como por allí ya no pasaba nadie, se acercó hasta la esquina, pensando que así le sería mas fácil entrar en contacto con alguien que le pudiera dar información. No vio a nadie al llegar a la esquina. A poco de estar allí, vio que cuatro labradoras iban con sus velos puestos y con velas sin encender en la mano con dirección a la iglesia. Al cruzarse con él no le dijeron nada, sin hablar siguieron su camino. En otras circunstancias, me hubieran dicho adiós, o me hubieran dado las buenas tardes. Ya estamos media España frente a la otra media, pensó Anselmo, si este enfrentamiento no hubiera llegado por la procesión, tendría que llegar por otra cosa.

Continuó Anselmo en la esquina de su calle, esperando que alguien de los suyos le diera alguna información de cómo estaban las cosas. Vio venir hacia donde él estaba a cuatro hombres, de los que dos habían estado con él por la mañana en la Sociedad Obrera comentando lo poco movilizada que estaba la gente para impedir que saliera la procesión. Al verlo estos se acercaron a él y le informaron de cómo estaban las cosas. Ellos estaban tratando de dar información a todos los que se encontraban de los informes que otros le habían dado. Le contaron cómo los devotos de San José estaban bien preparados, salían de sus casas, muchos con la mano en el bolsillo derecho, donde suponían que podían llevar pistola, cuchillo, martillo o algo para defenderse o para atacar, y otros iban con la chaqueta abrochada y en el bolsillo izquierdo se le notaba la forma de algo que parecía una pistola, y que probablemente lo fuera. Nosotros no tenemos armas de fuego, si se produce el enfrentamiento tenemos todas las de perder, puede ser una carnicería lo que esta tarde pase.

Tenemos que evitar un enfrentamiento, dijo Anselmo, es igual que San José salga o no salga. Nos tenemos que dividir, informar a todos lo antes posible para que no se vierta una sola gota de sangre, si la sangre empieza a brotar, esto no lo para nadie. La Caverna está muy bien organizada, este enfrentamiento no va a ser solo aquí, se va a provocar en toda España. La sangre que se vierta esta tarde, va a ser toda sangre trabajadora. El enfrentamiento va a ser a nivel nacional. Y aunque a nivel nacional nosotros no vamos a poder hacer nada, aquí tenemos que impedirlo, y lo vamos a hacer aunque tengamos que llamar en todas las puertas de la clase trabajadora para impedirlo.

Nos vamos a dividir ahora mismo, cada uno de nosotros va a coger una calle y va llamar en todas las puertas de la clase trabajadora, informando a los hombres de lo que nosotros sabemos, de lo que aquí hemos dicho. Y al mismo tiempo tenemos que hacerle ver lo que ahora mismo pensamos: esto es una provocación. Si los pueblos se tiñen de sangre, si España entera se asusta con estos enfrentamientos, el ejército se alzará en armas y España entera lo va a dar por bueno, y si esto pasa podemos dar por terminada la democracia que con tanto esfuerzo estamos construyendo.

Es mejor que conforme se nos vayan uniendo más trabajadores nos vayamos haciendo grupos mayores. Para que al menos vayamos dos por cada calle, si encontramos más gente dispuesta a salir con nosotros, podemos hacernos grupos de cuatro o de seis, de esa forma nos hacemos más convincentes ante los demás, podemos informar con más tiempo y dar una información más completa. Ójala y esto sea un enfrentamiento, y solo esté organizado a nivel local, que solo esté programado en este pueblo, aunque me temo que no va a ser así. Me temo que la sangre de los trabajadores va a teñir hoy muchos pueblos de España.

Salieron cada uno en dirección a cada una de las calles más largas que el pueblo tenía y muy pronto estuvieron repartidos por el pueblo informando de lo que podía pasar si se llegaba a un enfrentamiento entre los trabajadores y los devotos de San José, y al mismo tiempo aconsejándoles a todos que evitaran a toda costa los enfrentamientos. En algunas casas les dijeron que los hombres que allí estaban, ya se habían ido para la iglesia. Abandonó Anselmo a los que con él estaban informando casa por casa de que no podían responder a esta provocación, y se dirigió con otro compañero a la puerta de la iglesia, para informar a los que allí estaban de la necesidad que tenían de evitar cualquier enfrentamiento que les pudiera surgir con los devotos de San José. Cuando Anselmo y su acompañante llegaron a la iglesia, ya había muchos devotos de San José dentro, según le dijeron a estos los que había en la explanada y que eran los que no eran devotos del santo. Nosotros venimos a hablar con vosotros, no venimos a hablar con los devotos de San José, dijo Anselmo, es a vosotros a quienes buscamos. Tenemos informaciones fidedignas de que muchos de los devotos de San José vienen armados, y que en muchos pueblos de España puede pasar lo que pueda pasar aquí esta tarde si esto llega a consumarse. Muchos pueblos se pueden ver teñidos con sangre esta tarde. Esto es una provocación. Muchos de los devotos de San José vienen con la chaqueta abrochada y si os fijáis detenidamente en ellos, debajo del bolsillo de arriba de su chaqueta, se nota un bulto, que por su forma puede ser una pistola, la llevan guardada en el bolsillo interior de su chaqueta. Y si os fijáis, hay otros que van también con la chaqueta abrochada y con la mano dentro del bolsillo de abajo de la chaqueta en su lado derecho, tratando de ocultar algo que llevan cogido con la mano para que no se mueva. Esto puede ser un arma blanca o una pistola.

Nosotros no podemos entrar a esta provocación, la vamos a evitar haciendo de tripas corazón, no vamos a responder, que celebren los devotos del santo su procesión, que recen, canten o hagan lo que mejor le parezca. Las elecciones municipales las hemos ganado en toda España. Pero sería mucho arriesgar que una procesión pudiera dar lugar a un levantamiento militar, y que este diera en traste con la República, que con tanta fuerza defendemos y en la que hemos puesto tantas esperanzas.

Se oyó cantar dentro de la iglesia y las campanas empezaron a dar el tercer toque, la procesión estaba a punto de salir. Se abrieron las puertas de la iglesia y sobre sus andas apareció San José rodeado de sus devotos. San José iba a salir rodeado de sus fieles, el ambiente era tenso. Entre vítores y abucheos salió San José a la calle, el enfrentamiento estaba servido. Empezó a andar la procesión, mientras a San José lo rodeaban sus devotos, se iban formando las filas de mujeres que pensaban acompañar al santo en su recorrido. Mientras, los abucheos si iban sucediendo a lo largo del recorrido. Al llegar a las esquinas arreciaban los abucheos y los gritos, una vez que el santo pasaba.

Los hombres que en las esquinas abucheaban y daban gritos contra la procesión, por las calles laterales cambiaban de sitio y se iban a la próxima esquina por donde tenía que pasar, para continuar con los abucheos, los gritos y los silbidos. Los que iban en la procesión no se inmutaban, seguían con sus chaquetas abrochadas y con su mano derecha guardada en el bolsillo derecho de la chaqueta donde algo guardaban.

Cuando la procesión salió de la iglesia, nadie pensaba que iba a volver San José sobre las andas. Pensaban todos que pronto iba a empezar el enfrentamiento entre los devotos y los no devotos, pero la procesión seguía su camino entre los gritos y los abucheos por un lado y los cánticos y los rezos por otro. La comitiva continuó andando, iba bien protegida por sus devotos y despacio seguía su camino. En las últimas esquinas apenas hubo protestas, se habían ido apagando poco a poco.

Terminada la procesión permanecieron un buen rato los devotos de San José en la iglesia sin atreverse a salir por si los que no lo eran al dejar de formar grupo los estaban esperando. Pero no fue así, salieron juntos de la iglesia y caminaron un rato sin separarse, pero las calles estaban vacías no veían a nadie y fueron cogiendo ánimo y cada uno se dirigió a su casa, sin que nadie contara al día siguiente haber tenido tropiezo alguno.

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