El Grito XXVI

XXVI

Marcelo Santillana no solo estuvo el curso siguiente en el seminario, sino que continuó estudiando hasta hacerse sacerdote. Una vez ordenado con el consiguiente disgusto que a su familia le había proporcionado, permaneció en el obispado estudiando música sacra dos años más. Tenía una voz apropiada para los cantos sagrados, y tal vez por eso, al terminar el curso, fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral. Debió influir también en ello el hecho de pertenecer a una distinguida familia de la capital, distinguida principalmente por su solvencia económica. Llegó a ejercer el sacerdocio debatiéndose durante mucho tiempo entre la religiosidad que había recibido de su tía, el de los genes que de su familia había recibido y el materialismo filosófico que observaba en ella. Figuraba su padre entre las personas más destacadas de Alameda de la Mancha. Allí había nacido, y allí vivía después de haber estado cinco años viviendo en el pueblo de su mujer, durante los primeros cinco años de su matrimonio. Al morir su padre y so pretexto de no dejar sola a su hermana Josefina decidieron irse la familia completa a vivir a la casa de sus padres en Alameda de la Mancha, donde vivieron en paz y armonía un buen número de años, gozando del prestigio, el cariño y el apoyo de todos. En Alameda de la Mancha todos sabían que los padres de Marcelo eran buena gente, aunque nadie los había visto en la iglesia, a no ser en las bodas, y en los entierros de los familiares, amigos y allegados. Pensaban en el pueblo que Ramón Santillana tal vez no fuera a misa por haber tenido algún tropiezo que hubiera tenido con alguno de los frailes en el colegio donde estaba estudiando interno, los dominicos de Puente de los Desamparados. Siempre que a él le preguntaba alguno de los amigos, decía lo mismo: Me gusta vivir dentro de la sociedad civil; no me gustan, ni los curas, ni los frailes, ni los militares, y los reyes tampoco me gustan. Me encuentro bien en el pueblo donde vivo, no me ha gustado nunca tropezar con nadie, y pienso que eso lo he conseguido. Es bueno morir en la casa donde has nacido rodeado de los tuyos, haciendo balance de tu paso por la vida, entre familiares y amigos y que a la hora de decir adiós encuentres algo que te permita despedirte de todos con tranquilidad. Sin esperar el cielo, y sin temer al infierno.

Ramón Santillana había sido siempre un hombre inteligente y honrado, querido y respetado por todos, que consideraba que la religión católica había sido siempre igual que las demás religiones, un mito más, y al mismo tiempo sabía lo que la palabra mito significaba: mentira. No le gustaba que su único hijo varón se hubiera ordenado sacerdote, pero nunca se había opuesto a la decisión que este había tomado, y mucho menos le gustó que la decisión que a su hijo le había llevado a descartar el abandonar sus estudios, hubiera estado basada en un acto de egoísmo. Marcelo Santillana, que iba para cura, cuando decidió abandonar los hábitos fue cuando al terminar el décimo curso en el seminario tenía que recibir las órdenes menores, y eso le obligaba a tener que llevar sotana, se tenía que vestir por la cabeza, como sus amigos le decían, y por supuesto, tenía que renunciar a casarse, a tener una mujer, y a renunciar a formar una familia. Y sobre todo tenía que renunciar a hacer la carrera de abogado en la que tantas veces había pensado aquel verano. Pensaba Marcelo en tener su despacho con un pasante y una secretaria, en frecuentar el círculo mercantil de la capital de la provincia donde pensaba instalar su bufete, y a poder llevar una vida tan distendida como le podía proporcionar la nada despreciable fortuna que le iba a corresponder heredar a la muerte de sus padres, y a ser uno de los más importantes terratenientes de la provincia donde iba a vivir.

Todo esto lo tenía que abandonar, gracias a las palabras que el profesor del seminario le había contestado al seminarista que venía de Francia, donde había pasado el verano, y al mismo tiempo se había visto influenciado por el pensamiento de los filósofos franceses, que era una forma más progresista de pensar que el que mantenía la Iglesia española. Las palabras de aquel sacerdote le habían hecho recordar a Marcelo a su tía Sofía y las posibilidades que tenía de condenarse, y esto le hizo que volviera a cambiar la decisión que tanto trabajo le había costado tomar de abandonar el seminario.

El miedo al infierno que tan bien le había enseñado su tía, su herencia había vuelto a asustar a Marcelo, y este había optado por si el treinta por ciento de posibilidades, de las que hablaba el cura, acababan con él en los infiernos. Lo que este cura pensaba le hizo volver al seminario y terminar sus estudios de sacerdote, había estado pensado como su padre que cuando la materia se destruye, la vida se pierde y, como su padre decía, el alma es un concepto demasiado abstracto como para poder pensar en él, pero cuando se ponía a pensar en el fuego eterno, igual que a Don Quijote le pasaba, le pasaba a él, que veía gigantes donde solo había molinos.

Cuando por primera vez sus amigos lo llevaron al baile, volvió tan ilusionado que durante toda la noche apenas pudo recuperar el sueño. Estaba eufórico. Mientras estaba en la cama, despierto con la luz apagada y los ojos cerrados, no dejaba de ver a las chicas con las que había estado en el baile. Le parecía que tardaba mucho en amanecer. Al acostarse había dejado abiertas las hojas de la ventana para que lo despertaran las primeras luces del día, y de esta forma poder dosificar mejor la espera hasta el atardecer, que habían quedado en volverse a juntar para dar un paseo con sus amigos y amigas y ver la feria. A veces entre sueños volvía a encontrarse con las chicas con quien había estado el día anterior pero pronto cualquier movimiento que hiciera le hacía despertarse. Miraba a la ventana, pero las primeras luces no aparecían por ninguna parte, ni las chicas con quien había estado unos instantes antes, tampoco las veía, trataba de recuperar el sueño en que las había dejado, pero ese sueño, se había ido para siempre, ya no lo volvía a recuperar. Con las primeras luces, le invadió el sueño, permaneció dormido durante un largo rato, y le volvió a despertar la banda de música al pasar delante de su ventana, que iba tocando un conocido pasacalles y los chicos que corrían a su alrededor. Desde su ventana, en pijama y tapado detrás de los visillos pudo observar los músicos con sus instrumentos tocando a todo gas, rodeados de chicos y grandes que alborotaban en torno a la orquesta, dando a todos una sensación de alegría que muy pronto desapareció. Volvió Marcelo a asomarse a la ventana, la calle estaba vacía, había desaparecido la orquesta, y con la orquesta había desaparecido la música, los chicos y los grandes que la acompañaban. Permaneció un rato callado, volvió a mirar por la ventana, todo estaba quieto, nada se oía, y observó: La vida es como la feria; cuando pasa, solo queda un triste y prolongado silenció.

Se vistió después de haber mirado su reloj y se dijo a sí mismo, ¿Cómo he podido estar dormido tanto tiempo? Abrió la puerta de su habitación. Al salir se cruzó con la sirvienta que servía la mesa, y esta con una sonrisa le dijo: Anoche lo vi en el baile muy animado. Se ruborizó Marcelo, le devolvió la sonrisa y continuó hablando con ella pasillo adelante.

En pocos días desapareció la feria, se marcharon los tratantes de ganado, los puestos del turrón, los de las muñecas y los de las navajas, se quitaron las casetas de los bares de la plaza, y poco a poco el pueblo volvió a su acostumbrada monotonía. Marcelo estaba preocupado por la decisión que había tomado de dejar el seminario, no se atrevía a decirle a sus padres que ya había desechado la idea de ser cura, pero nunca encontraba la ocasión adecuada. A veces pensaba que lo mejor sería esperar a que ellos se dieran cuenta y hablaran primero, le costaba trabajo empezar una conversación con sus padres de esta naturaleza, había estado decidido a ser cura, y sabía que sus padres no le iban a poner impedimento alguno a que  abandonara la idea de vestirse por la cabeza, más aún sabía que a sus padres les iba a dar una gran alegría, el día que se decidiera a darle la noticia que ellos estaban esperando. Pero pasaban los días, y ni Marcelo le decía nada a sus padres, ni sus padres le preguntaban nada a Marcelo. . Quiso la diosa Fortuna que el seminario tuviera programado un acto como homenaje al profesor de Filosofía que se había jubilado por cumplir la edad reglamentaria, y allí surgió el enfrentamiento dialéctico entre el profesor de Filosofía que acababa de jubilarse y el estudiante que acababa de venir de Francia con la idea de abandonar la carrera de sacerdote que estaba a punto de terminar. Eso le hizo solidarizarse con la esperpéntica teoría con la que el profesor jubilado optó por defender la fe frente a la razón, único caso que aquella tarde se dio entre los seminaristas que asistieron al discurso del profesor jubilado. Desde aquella tarde empezó a primar sobre Marcelo el pensamiento de su tía sobre el de sus padres. El caso era que le gustaba más lo que había oído a sus padres que los dogmas que con tanta fuerza trataba de enseñarle su tía. Marcelo era un hombre miedoso, asustadizo, y su tía le había hablado tantas veces del infierno, se lo había descrito con tantos detalles, que no se hacía a la idea de que el infierno no existiera, que el infierno no fuera una realidad, por eso le duraba tan poco la idea de abandonar el seminario. ¡Qué feliz se había sentido durante los días de la feria, cuanto le gustaba juntarse con sus amigos y amigas! ¡Qué bien se encontraba entre ellos! Y como se le ocurrió ir a solucionar un papeleo que bien lo podía haber solucionado otro día, y no hubiera ido a tropezar con el profesor de Filosofía, con su discurso escrito entre las manos, y que el cura lo invitase a aquel acto que tan importante era para el cura, y tan desgraciado iba a ser para él, a veces pensaba así y a veces pensaba que Dios lo había salvado de la traición que el demonio le había preparado. Otras veces pensaba que su destino le tenía marcado que era ser sacerdote de Cristo, y Cristo se ocupaba de que no lo abandonara. Es mi sino, se decía.

Anuncios