El Grito XXXIII

XXXIII

Subió Marcelo a Puente de los Desamparados solo, con la emoción a flor de piel inició el camino que lo llevaría al puente donde tanta gente se había dejado la vida, cuando el hambre de los suyos le había cerrado todas las puertas, y optaban entonces por seguir este camino que él llevaba ahora, y que otros habían seguido con la idea de que su destrozado cuerpo lo recogieran en la caja de las ánimas, y los enterraran sin curas, ya que a los suicidas, la Iglesia les negaba el derecho a ser enterrados en el cementerio católico, al considerarlos como pecadores indignos, causa esta por la que no podían pisar el reino de los cielos. Desde lo alto del puente, durante un buen rato estuvo evocando los gritos de dolor y angustia que lanzaban los desamparados antes de lanzarse al vacío. Con este grito iniciaban el viaje al infierno que la Iglesia Católica les auguraba. El tiempo que Marcelo permaneció sobre el Puente de los Desamparados fue para él un tiempo de reflexión sobre su permanencia en su carrera eclesiástica. ¿Qué estoy haciendo en la Iglesia?, se decía a si mismo, ¿predicar el miedo a un Dios vengativo e injusto que manda al infierno a los desamparados, a los pobres, a los que no han sido capaces de vencer las dificultades con que se han encontrado para sacar su casa adelante, y han sucumbido ante las dificultades que le imponían los estados, los reyes, el poder, los dueños de la tierra, el ejército, y sobre todo la iglesia, sobre todo esta organización mafiosa cuyo único fin ha sido sembrar el miedo entre los que a ella se han acercado, para amedrentarlos con el miedo al infierno, mientras a los poderosos, a la burguesía a la nobleza, a los poderes fácticos, les va ofreciendo las indulgencias y los sacramentos como elemento de salvación, para disfrutar de la presencia de Dios en el cielo? He sido un cobarde, incapaz de pensar por mi cuenta, que me he apartado de los valores que en mi casa se han respirado; y al mismo tiempo también he sido un cobarde, aturdido siempre por el miedo al infierno, al fuego eterno, a ese Dios vengativo y cruel, que premia a los buenos y castiga a los malos, capaz de llenar de fuego y torturas ese odioso lugar llamado infierno para que los condenados ardan allí eternamente… por los siglos de los siglos. ¿Cómo he podido pensar así? se decía Marcelo. ¿Cómo después de haber nacido en la casa donde nací, me dejé influenciar por mi tía, que era una desequilibrada, y me hice sacerdote? En mi casa la religiosidad no era un camino a seguir, mis padres en nada se parecían a mi tía. ¿ Fueron acaso los celos que yo sentía de mi hermana, al considerarla más inteligente y trabajadora que yo, lo que me hizo sentirme más cerca de mi tía que de mis padres? En infinidad de ocasiones he sentido el deseo de abandonar el seminario, y nunca he sido capaz de hacerlo. ¿Cuántas veces pensé hacer la carrera de Derecho, y siempre la he dejado de hacer en el último instante? Miró Marcelo su reloj de oro, y al ver que ya hacía mas de una hora que había pasado el medio día, se dijo, mientras guardaba su reloj, ¿Qué necesidad tenía yo de haberme hecho sacerdote? Desasosegado, intranquilo, pensando en lo que podría pensar Luisa se levantó de la piedra donde había estado sentado, e inició su camino de vuelta a la casa. Durante todo el camino no dejó de pensar en las veces que se había equivocado, mientras buscaba entre los más profundos pliegues de su cerebro las causas que le habían impulsado a equivocarse siempre. Bajaba cansado, y sin saber que camino podía tomar para organizar su vida de otra forma que le permitiera seguir su camino al margen de la Iglesia. Disponía de medios materiales para organizarse, y al mismo tiempo pensaba en las dificultades que la Iglesia le iba poner para lograr separarse de ella. Desde una de la curvas del camino, miró hacia atrás y vio al Puente de los Desamparados en la lejanía como testigo mudo de los suicidios que había presenciado. Se acordó de Luisa, mientras pensaba que necesitaba su ayuda, tenía que hablar con ella largamente.

Cuando Luisa desde una de las ventanas del comedor divisó a Marcelo que se acercaba andando entre los árboles centenarios de la explanada de la casa, salió a la puerta a recibirle, y mientras movía la cabeza de arriba hacia abajo le dijo: ¿Cómo has tardado tanto? He sentido miedo al ver que no llegabas. Tardabas mucho en llegar. El Puente de los Desamparados no es un sitio para estar mucho tiempo en él. No he ido a buscarte temiendo lo peor, pensando en el grito, desde que saliste de aquí he estado pensando que no debías haber salido, le tengo tanto miedo al Puente de los Desamparados, me ha emocionado tantas veces el dolor de los que allí iban a terminar con sus vidas. He pasado un mal rato mientras esperaba tu vuelta. No vuelvas a acercarte más por allí, en mis sueños he visto allí a la muerte tantas veces agazapada entre los árboles. En muchas ocasiones he pensado que se debería derribar ese puente, y que esto evitaría los suicidios, y el paso del tiempo borraría el recuerdo que de él guardamos.

Sentado en uno de sus guardacantones he estado un largo rato repasando mi vida. He vuelto a mi infancia, a mis años de escolar aplicado, cuando después de habernos ido a vivir al pueblo de mi padre, por la inesperada y pronta muerte de mi abuelo, nos fuimos a vivir a Alameda de la Mancha, para que la única hermana de mi padre no se quedara sola. A mi padre nunca lo había visto rezar, se consideraba ateo, anticlerical, librepensador, republicano y progresista. Había estudiado el bachiller con los frailes del Puente de los Desamparados. Esto le hizo que abandonara sus estudios para siempre, poco antes de terminar el bachiller. A nosotros nunca nos dijo la causa que había motivado el abandono de sus estudios, nos imaginamos que mi madre la debía conocer, aunque a nosotros nunca nos ha hablado de ello, tampoco nosotros hemos querido preguntarle nunca. El caso era que nosotros en casa de mis abuelos maternos nunca, durante los años que allí vivimos, vimos rezar a mi padre, a pesar de que en aquella casa se rezaba mucho. Mis abuelos y mi tía Sofía sí eran grandes rezadores, rezaban antes y después de las comidas, decían que se debía rezar también al acostarse y al levantarse, y me imagino que ellos al menos lo harían. Mi madre rezaba a la hora de comer, aunque no siempre. Mi padre procuraba llegar cuando ya habíamos terminado con los rezos. Mientras estuvimos viviendo con mis abuelos, mi madre solo rezaba en contadas ocasiones y mi padre no rezaba nunca, pero al mudarnos a vivir a Alameda de la Mancha, también dejó de rezar mi madre, y por supuesto mi hermana Josefina y yo seguimos su ejemplo.

Entonces, ¿cómo se te ocurrió hacerte sacerdote?, le pregunto Luisa. Eso mismo digo yo, le contestó Marcelo. Probablemente sería por mi afán de ir contra todo lo que en casa de mis padres se hacía o decía. Pensaba que ya que mi hermana siempre estaba de acuerdo con mis padres en todo, y como yo opinaba de forma distinta, en cualquier enfrentamiento dialéctico que teníamos, el peor parado siempre fuera yo. Esto hacía que cuando veníamos a casa de mis abuelos a Puente de los Desamparados, me encontrara yo más cerca de mis abuelos que de ellos, y a la vez me sentía protegido por ellos, más de lo que pudiera estar en mi casa.

Después de comer continuaron hablando de sus vidas y sobre todo de las vidas de los braceros que ante las dificultades que encontraban para darles de comer a sus familias hambrientas no le quedaba otra opción que subir al Puente de los Desamparados, dar el grito de dolor y miedo desde la baranda del puente, y lanzarse al vacío para que sus huesos se rompieran al chocar contra las piedras del cauce seco del río. Le contó Marcelo a Luisa las veces que había estado a punto de dejar el seminario, sin que en ninguna de ellas hubieran pasado de ser meras intenciones que se habían disuelto como azucarillo en el agua. Durante toda su vida había andado así, chocando contra su destino sin que a este lo hubiera podido cambiar, ni modificar en un ápice.

El destino dicen que lo marcan los dioses, esto es algo que no comparto, dijo Luisa. El destino lo marcamos nosotros, y los imponderables que la vida nos pone, si los imponderables son los dioses, son Dios o la suerte, vete a saber. Pienso, dijo Marcelo, que mi destino lo he marcado yo con la incapacidad que siempre he tenido para decidir. No he sido nunca capaz de mantener una idea para llegar a ejecutarla, y esa ha sido la gran tragedia de mi vida, mi gran tragedia.

Debemos aprender de nuestros propios errores, de nuestros propios yerros, siempre debemos sacar algo bueno de nuestras equivocaciones. Hay un refrán castellano que dice: Para aprender, perder. Siempre se ha dicho que la historia es maestra de la vida. Esto no lo podemos olvidar, la tenemos tan cerca que sería imperdonable que desperdiciáramos sus enseñanzas, le dijo Luisa a Marcelo, que permanecía atento a sus palabras.

Durante un rato permanecieron callados. Seguía Marcelo dándole vueltas a las palabras que Luisa le había dicho, y antes que volviera a tomar la palabra, le preguntó Luisa Y ahora después de pensar como acabas de decirme, ¿qué piensas hacer con tu carrera eclesiástica, qué vas a hacer ahora, vas a seguir subiéndote al púlpito a predicar la doctrina de la Iglesia, vas a seguir entrando en el confesionario, para cambiar pecados por padrenuestros, qué piensas hacer? Algo tendré que hacer, le contesto Marcelo. Sé que no me va a ser fácil empezar ahora otra carrera, tengo ya más de treinta años, irme ahora a la universidad para empezar desde el primer curso, mezclándome con los muchacho de 17 o 18, no me iba a ser fácil; irme a mi pueblo a vivir con mi madre, tampoco lo veo.

Mis padres no querían que yo fuese cura, ellos eran librepensadores, y ya sabes cómo son la gente de los pueblos, para ellos siempre seré un cura que ha colgado los hábitos. Tendría que cargar con el desprecio de los creyentes, y a la vez con el de los que no crean. Los primeros por haberme hecho sacerdote, que es un sacramento de los que imprimen carácter, para los creyentes siempre seré un excomulgado, alguien con quien no es bueno juntarse. Si me compro una casa en la capital de la provincia donde he nacido y donde vivo tampoco creo que no vaya a tener dificultades. Le escribiré una larga carta al obispo, tratando de hacerle ver lo difícil que me va a ser dar este paso y al mismo tiempo, lamentando el mal que a la Iglesia le pueda acarrear mi decisión, y me voy a despedir diciéndole que mi enfermedad mental no va a mejorar, por lo que no me queda otra salida que la de renunciar al puesto que ocupo como canónigo de la Santa Iglesia Catedral, y como sacerdote he estado desempeñando hasta ahora.

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