Mora. La mula de la granja

La llevó Diego el gitano. Fue el día de Año Nuevo de no sé qué año. Cuando llegué a la Granja, vi a la mula atada en la alfalfa comiendo con toda naturalidad como si hubiera estado allí toda su vida. La ha traído Diego el gitano, me dijo Josillo, el granjero, me la ha dado y me ha dicho, ponla donde coma, que Don Valentín me dé lo que quiera.

Pronto se acostumbró a estar en la Granja. En realidad poco era el trabajo que en la Granja había para ella, bajar al pueblo para traer algo de la huerta, traer alguna cosa para arreglar a la fragua o a la carpintería, retirar algún mueble inservible de casa. Su trabajo era traer o llevar algo en el remolque en contadas ocasiones. Pero gustaba verla andar con sus largos y acompasados pasos subiendo la cuesta de la Granja, comiendo en la alfalfa, verla a la sombra de los álamos en el verano. La mula era más que una necesidad, una figura decorativa como lo es un cuadro o un espejo grande en el salón de una casa.

Pronto se le notó que su comida había cambiado, empezó a engordar, a brillarle el pelo, hasta parecía más grande. Todos nos fuimos acostumbrando a su presencia y si algún día, al llegar a la Granja, no la veíamos, enseguida preguntábamos por ella. ¿Donde está la mula, Josillo? La he puesto detrás de las naves, para que se coma la hierba fresca que allí hay, respondía, o la he atado en el arroyo, que tiene sombra y hierba fresca.

Con la llegada de la primavera, cuando los días se iban haciendo más grandes y el tiempo mejoraba. Llegaba Eugenio el esquilador, que la despojaba de sus largos pelos del invierno y la dejaba limpia y arreglada.

Pasaban los meses, las estaciones, al frío le seguía el calor y al calor otra vez el frío, sin darnos iban pasando los años. Ni siquiera sabíamos los años que la mula tenía y poco a poco se iba haciendo vieja.

Aquel verano comía menos y su pelo negro dejó de brillarle. La mula se estaba quedando más flaca, se le fue poniendo el pelo más largo y la cara más triste; no pasa del invierno, decía Josillo, para levantarla le tengo que ayudar.

Un día para levantarla necesitó más gente. Vino a verla Inocente, el veterinario amigo , que le diagnosticó su enfermedad; son los años nos dijo, no mastica lo que come y no lo digiere, por eso ha dejado de comer. Le pusimos cebada molida en el pesebre, no la probó. Sólo nos faltaba esperar la llegada de la muerte.

Por la tarde la cambiamos de cuadra para sacarla mejor cuando muriera, bebió agua, comer no quiso. Aquella tarde, nos vinimos con el peor de los augurios, nada podíamos hacer. Cerré la puerta pensando que no la volvería a ver viva. Había pensado enterrarla en la Granja como al caballo. Inocente dijo: ¿por qué no la llevamos al “Collado del Aire”? Allí llevamos al Borrico Blanco, con el que compartimos tantos días de caza, y que había muerto el año anterior. A todos nos pareció bien y con esa decisión nos fuimos todos a cenar.

En mi casa después de cenar la tristeza nos invadió a todos, una de mis hijas propuso que igual que con al caballo habíamos hecho fuéramos a darle el último adiós.

La encontramos despierta. Nos acercamos a ella, le acariciamos la cara, las orejas, poco a poco todos fuimos saliendo de la cuadra, antes de salir me volví a mirarla por última vez, moví la mano en señal de despedida y ella movió su cabeza con sus grandes orejas para darme también su último adiós.

Aquel adiós nos emocionó a todos y las lágrimas se extendieron por los ojos de toda la familia. Ya no volvimos a verla nunca viva.

Ala mañana siguiente fui pronto a la Granja. Josillo me dijo: está muerta. Necesitamos más gente para subirla al remolque. Pasé a verla, todavía estaba caliente debía de hacer poco tiempo que había muerto.

Volví con Inocente y sus sobrinos para que nos ayudaran a sacarla y a echarla en el remolque. La pusimos sobre la pala de el trctor y la subieron al remolque. Inocente vino en el coche conmigo a llevarla; teníamos que decirle al del tractor dónde la tenía que dejar. Emprendimos el viaje al “Collado del Aire”. Los hortelanos estaban recogiendo sus huertas, hacía una mañana fría y las hortalizas se veían negras de la helada. Los hortelanos recogían sus huertas, cortaban las tornasoles, las habichuelas,  y los pimientos para madurar en la cámara. Pensé todo llega a su fin.

Al llegar al Saltillo nos dirigimos hacía el “Collado del Aire”, algún conejo cruzaba el camino asustado por el ruido del coche, un bando de perdices cruzó sobre nosotros. Las encinas, los enebros, las jaras estaban cubiertas por la escarcha, continuamos por la pista adelante hasta llegar al “Collado del Aire”. Nos bajamos del coche, allí estaban los huesos del Borrico Blanco cubiertos por la escarcha. Esperamos un rato la llegada del tractor que traía la mula. No le hemos podido dar un sitio mejor, apuntó Inocente. Es el más hermoso lugar que hubiera podido soñar.

Llegó el tractor, basculó el remolque y cayó la mula en un silencio sobrecogedor; recordé los versos de un poema de Machado, en el entierro de un amigo, cuando dice un golpe de un ataúd en tierra, es algo perfectamente serio.

Durante un buen rato continuamos allí, las esquilas de un ganado se oían en la lejanía los tractores arando en las arenas preparaban la tierra para la siembra y desde lo alto de los “Alcantarillos” veíamos deambular los coches y camiones por la carretera, había desaparecido la escarcha y hacía un buen día de otoño. Continuamos andando un rato más entre jaras y encinas, comentando lo cerca que está la vida de la muerte, el paso del tiempo, la tristeza de las despedidas, lo que cuesta decir adiós a los seres con quien hemos convivido.

Poco a poco nos fuimos acercando al coche, sin decirnos nada subimos en él,  e iniciamos el viaje de regreso, apenas hablamos en el camino. Al llegar al pueblo aparcamos el coche en la calle del Santo al tiempo que los chicos salían de la escuela. Inocente volvió a incidir en lo cerca que está la vida de la muerte, asentí con la cabeza. Abrí la puerta del bar y pasamos a tomar una cerveza, nos integramos en los quehaceres de la vida y dejamos a la mula aparcada en el recuerdo.

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