IV. La paella

Estaba Jacinta en el patio pendiente de que el arroz se tragara hasta la última gota de agua, para poder dejarlo seco y cocido a la vez. Ya había mirado dos veces el fondo del paellero, donde había hecho dos agujeros con la paleta, para mirar el caldo que a la paella le quedaba, cuando vio que le quedaba poco. Quería evitar que esta se socarrara, no quería que un descuido suyo la hiciera quedar mal ante su familia después de haber elegido ella el plato que estaba cocinando. Cuando vio que en ninguno de los agujeros que con la paleta había hecho en el arroz quedaba líquido alguno, bajó el paellero y lo puso en el suelo. Lo tapó con la tapa de chapa, que para estos casos tenía, y con las tenazas, fue bajando las ascuas de carbón que en la hornilla quedaban, poniéndolas sobre la tapa de chapa que en el paellero había puesto antes. Miró a su alrededor y a los tejados, vio que por allí no veía ningún gato, puso los ojos otra vez en el paellero, y observó que las ascuas de carbón vegetal, que había sobre su tapa, no las iba a levantar ningún gato y fue a la cocina donde ya había oído llegar a su marido.

Abrió la puerta de la cocina, todos preguntaron por la paella, por cuánto le faltaba, por cómo había salido, si iba a estar buena. Esperó a que las preguntas terminaran, y contestó a todas las preguntas que le habían hecho, de forma general diciendo: la paella está hecha, mi trabajo a su lado ha terminado. Ha salido bien, hubiera salido mejor, si hubiera tenido, judías verdes, guisantes o alcachofas, pero aquí todavía no han llegado esas verduras, no obstante buena va a estar. Ahora está posando, necesita posar durante media hora para que se evapore el agua que le sobra y pierda un poco el calor. Cuando termine el tiempo que tiene que estar posando y le eche el zumo de limón que le falta, os la traeré. Cuando terminéis de comer decirme las faltas que habéis notado en ella, para que las corrija en las próximas que haga.

Cuando Jacinta terminó de hablar de la paella, miró a su marido y le dijo: ahora dinos tú Anselmo, ¿Cómo lleváis la procesión? La procesión la llevamos nosotros mucho peor que la paella, el cura la lleva mucho mejor que nosotros. Están todos muy preocupados con las armas cortas, que los devotos de San José puedan tener. Me temo lo peor. Continuaron callados un rato, esperando que la paella terminara de posar. Para Jacinta lo que más le preocupaba era su paella, para Anselmo su principal preocupación era la procesión, las chicas cada una tenía la suya, y nada tenía que ver con la paella ni con la procesión. A Lucrecia le preocupaba lo que aquella tarde pudiera llegar a pasar.

Se levantó Jacinta, extendió el mantel sobre la mesa, sobre el mantel puso unas hojas de periódico abiertas, para evitar que el paellero tiznara el mantel, sacó una panera de mimbre llena de trozos de pan, que puso en uno de sus picos y salió al patio para traer el paellero. Pronto estuvo Jacinta de vuelta en la cocina con la paella entre sus manos. La puso encima de las hojas de periódico que había dejado sobre el mantel, y con una cuchara cogió un poco arroz. Sujetó con fuerza el mango de la cuchara que contenía el arroz y con su mano derecha puesta sobre un pico de la mesa, treinta centímetros más alta que esta, se dio un golpe sobre su muñeca con su mano izquierda. El arroz saltó por encima de la cuchara y cayó desparramado en el pico de la mesa. Miró Jacinta detenidamente el arroz que había caído sobre la mesa y dijo: el arroz ha salido bien, está bien cocido, sentaos todos a comer.

Se puso Jacinta a servir la paella, empezando por el plato de Lucrecia y terminando por el suyo, una vez que Jacinta terminó de servir, y que todos estaban comiendo, entre las alabanzas que la paella recibía y las felicitaciones que por ella recibía Jacinta, preguntó Lucrecia a su cuñada, ¿Por qué has extendido el arroz en la mesa? ¿qué le preguntabas con eso? Lo más importante, lo más delicado que tiene el arroz, es el grado de cocción que le demos, un buen arroz necesita un grado de cocción perfecto. Si lo cocemos de una forma inadecuada, bien por exceso, o bien por defecto, lo podemos echar a perder, y esto es muy fácil, con que te descuides un poco. Lo puedes socarrar si al cocer, en un determinado momento le falta agua y se agarra, ya lo puedes tirar, un plato así no lo puedes servir en una mesa. Si le echas agua demás, y tienes que esperar hasta que el agua se la trague, el arroz se ablandará, se te hará un emplasto, y si en una paella, donde tienes que secar el arroz cocido, sin pasarse, y que todos sus granos estén con el mismo grado de cocción, secos sin estar duros, e igual de cocidos por todas partes, es por lo que tienes que hacer todo lo que yo he hecho esta mañana. Y para saber en una paella si el arroz está bien hecho, tienes que hacer la prueba de la cuchara, que es la que me habéis visto hacer ahora, antes de empezar a comer. Una vez que el arroz salga despedido hacia arriba, al caer sobre la mesa, todos los granos tienen que quedar separados, si quedan juntos, el arroz no lo has apartado a tiempo, todavía le sobra agua. Hay que llevarlo otra vez a la lumbre, y secarlo más. Aunque el arroz ya no saldrá lo suficiente bueno.

Cuánto sabes Jacinta, qué bien aprovechaste los años que estuviste en casa del médico, qué bien te ha salido la paella. Tú sabías antes de ponerla en la mesa, que no le íbamos a poder poner ninguna falta, incluso antes de echar para arriba el arroz, ya sabías que iba a caer totalmente desparramado, sin que cayeran juntos dos granos. Qué bonito es aprender y qué bonito es saber. Cuánto me hubiera gustado a mí saber todo lo que tú aprendiste en aquella casa. Cuánto tiempo perdemos haciendo cosas inútiles, que luego no nos sirven para nada, y cómo cuando nos damos cuenta, ya no podemos volver hacia atrás.

Mira, Lucrecia, dijo Jacinta ¿sabes lo que a mí me hubiera gustado hacer en mi vida?… aprender durante media y enseñar durante la otra media. Si yo hubiera tenido medios, eso es lo que me hubiera gustado… enseñar. Nunca he echado de menos las fiestas, las riquezas, los trajes, los placeres, y tantas otras cosas a la que la gente aspira, pero saber, tener libros, leer, aprender, enseñar, eso sí que me hubiera gustado. Eso sí que me hubiera hecho ser feliz. Tuve la suerte de vivir en una casa donde al saber se le daba una gran importancia, donde se le dedicaba mucho tiempo, y unido esto a los ocho años que fui a la escuela, y a lo que en ella aprendí, han hecho que aprender sea para mí una de mis principales ocupaciones.

Uno a uno todos iban dejando de comer, cada vez se comía más despacio y poco a poco lo iban dejando. Pidió Jacinta a una de sus hijas que trajera el postre, para los que ya habían terminado, que eran casi todos. Lo que esperaban todos era entrar en la conversación, querían hablar, todos tenían cosas que decir y cosas que preguntar, todos iban a permanecer atentos a lo que los otros hablaran. Si logramos sacar adelante la República, dijo Anselmo, van a cambiar muchas cosas. Si Don Manuel Azaña logra imponerse a La Caverna, la República va a dar un gran salto adelante, y para eso, todos tenemos que estar unidos, y aunque nos cueste nos tenemos que tragar muchos sapos, muchos, pero no podemos dejar de hacerlo. La Caverna siempre está unida, lo que uno hace a todos les parece bien, y nosotros, basta que uno hable, para que salgan catorce a llevarle la contraria.

La llegada del postre hizo que callaran todos, durante unos minutos permanecieron en silencio, pronto terminaron con el postre, y fue Anselmo el que continuó con la palabra, tenía muchas más cosas que decir. Cuando me casé con Jacinta, continuó hablando Anselmo, el interés que ella encontraba en la lectura, en hacer las cosas todo lo mejor y más perfectas que podía, despertaron en mí un gran deseo de aprender, y ella ha sido siempre para mí el punto de referencia que ha guiado mis pasos. Sus aficiones han sido las mías, su interés por el saber, por la hacienda bien hecha, por los libros y por lo que estos encierran han hecho que yo haya podido recuperar el tiempo que antes había perdido, mejor dicho, que no perdiera más tiempo, lo perdido, perdido estaba. Y a ella le debo que mi vida haya mejorado en sus aspectos más importantes. Y que nuestras hijas hayan continuado por el mismo camino que nosotros ya seguíamos cuando ellas nacieron. Sé que esto os pueda sonar quizá a músicas celestiales, pero las palabras de Lucrecia han hecho en mí sentir la necesidad de evocar ante mi familia, ante vosotros, estos recuerdos guardados en los más profundo de mi memoria.

Calló Anselmo, y las mujeres emocionadas, rompieron a aplaudir. Cuando todo quedó en silencio, habló Lucrecia diciendo; me has hecho sentirme orgullosa de mi familia, y sobre todo de ti Jacinta, por haber sido capaz de representar para tu marido lo que ahora representas. Se levantó Jacinta de la mesa, diciendo, voy a preparar café para todos para que podamos continuar la tertulia de forma más sosegada y menos trascendente. Esta tarde tenemos que hablar de muchas cosas, entre ellas de la procesión de San José, esposo de María, y padre adoptivo de Jesús de Galilea. Mientras Jacinta preparaba el café continuaron hablando de todo, del buen tiempo que hacía, de lo bien hecha que estaba la paella, de lo poco motivados que se veían los alamedanos para tratar de impedir la salida de la procesión de San José, de la forma en que Jacinta había desparramado el arroz, para saber si estaba bien cocido o no y de otras cosas intrascendentes.

Trajo Jacinta las tazas, y a continuación volvió con la cafetera llena de café y con un jarro de leche caliente, mandó a su hija pequeña que trajera el azúcar. Cuando llegó esta, dejó el azucarero encima de la mesa y poco a poco se fueron sirviendo. El café no estaba para prisas, el café estaba hirviendo al llegar a la mesa, dijo Jacinta, el café se debe tomar despacio, y la mejor forma de tomarlo despacio, de saborearlo, es que llegue hirviendo a la mesa. Es necesario partir de un buen café, pero tan necesario como que el café sea bueno, es que la forma de servirlo sea la adecuada. Ya veréis cómo mientras tomamos el café, tenemos tiempo para hablar, y cómo el café ayuda mucho a la tertulia.

A todos gustó mucho la forma de decir cómo se tomaba el café que utilizó Jacinta, hecho este que durante un rato ocupó la atención de todos, pero había otras cosas aquella tarde que desplazaron la atención que la forma de servir Jacinta el café había levantado. La procesión de San José empezó a despertar a la gente antes de lo esperado. Aquella provocación iba a ser contestada. Desde la cocina donde estaba Anselmo tomando café con su familia, oyeron pasos acelerados de hombres, que decían: si las leyes no se pueden cumplir, no se hacen. Es mejor no hacerlas, que hacerlas y que no se cumplan. Estas palabras preocuparon a la familia de Anselmo, e hizo que este se asomara a la puerta, tratando de conocer a quienes así hablaban. No logró conocer a estos, que seguían hablando fuerte calle abajo con tono de pocos amigos. La más preocupada de los que allí estaban era Lucrecia, o al menos la que más preocupada parecía.

Volvió Anselmo al sitio donde estaba sentado, diciendo que no había conocido a los que así hablaban, pero que seguían enfadados, continuaban hablando fuerte. Deben andar buscando gente, esta tarde va a haber enfrentamientos, hay cosas que no se pueden aguantar. Ójala y no los haya, dijo Lucrecia, las procesiones las han celebrado siempre, que las sigan celebrando en nada debe modificar nuestras aspiraciones. Nuestras aspiraciones son otras, aspiramos a unas leyes justas, a una enseñanza igualitaria y gratuita y lo mismo pido para la medicina, que sea igualitaria y gratuita, que se comparta el derecho al trabajo, el derecho a una jubilación digna para los mayores y para los impedidos. Que las clases dirigentes puedan salir de todas las clases sociales, y que en las clases dirigentes se encuentren siempre las personas más honradas e inteligentes. Si nos dedicamos a buscar motivos para pelearnos, vamos a avanzar muy poco, casi nada o nada, si no logramos aprendernos esto, las heridas siempre cicatrizan mal y las heridas que se hacen en el alma no cicatrizan nunca.

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