Tristeza de las despedidas

PALABRAS PRONUNCIADAS EN LA DESPEDIDA DE UNA COMPAÑERA.
Quiero empezar con unas sencillas palabras, que sirvan para dar constancia de nuestros sentimientos en estos siempre tristes momentos de las despedidas. Las despedidas son siempre tristes, son algo a lo que estamos acostumbrados, algo que hacemos con frecuencia, pero que tantas veces como se repiten sentimos el vacío, el desasosiego que toda pérdida conlleva. Cuesta la despedida de los alumnos, cuesta la despedida de un centro, la despedida de los compañeros, la despedida de un pueblo.

Y como toda mutilación, duele. Algo menos nos queda. El dolor es parte integrante de la persona. A veces, y en circunstancias como esta, diría que es una mutilación del alma. Dicen que hasta los reclusos sienten el abandonar la cárcel; lo que sería duro y lamentable es que una despedida no fuese acompañada de esa nostalgia, de ese dolor, que toda pérdida conlleva. ¿Si no dolieran las despedidas, si cuando nos vamos no nos lleváramos nada, si no nos dejáramos nada?

Guardo un recuerdo entrañable de los compañeros, de los alumnos, de los pueblos en los que he tenido que enseñar. Pienso que este sentimiento es común a todos los que de una u otra forma nos ha tocado ejercer esta profesión.
Sé que ahora tendrás un sentimiento parecido al que sentí cuando vine de tu pueblo al mío. Sientes el deseo de acercarte a tu casa, pero, a la vez, se añoran los buenos días perdidos. Pronto te acomodarás a tu nuevo destino y poco a poco, te irás distanciando.

Cuando llegue el otoño y empiece el nuevo curso, alguien observará desde cualquier morra, desde cualquier huerta: “ya no se ve pasar el coche de la maestra, se habrá ido a otro pueblo”. Y poco a poco los días nos irán distanciando. Hasta los nombres se olvidan. El pasado duerme en los pliegues más profundos de nuestro cerebro y espera que una fortuita circunstancia lo reviva.

En el primer libro de poemas que publicó Antonio Machado (galerias9 hay un poema,” El viajero”, en el que narra la vuelta de un indiano a su tierra. El viajero está en la sala de la casa como “ensimismado”, imágenes olvidadas, perdidas, van llegando a él. El poeta observa y dice:

¿Recordará la juventud perdida?
Lejos quedó la vieja loba muerta.

Estas imágenes que de aquí conserves y que poco a poco se irán diluyendo en el tiempo, encontrarán la fortuita circunstancia que les haga salir de su letargo, y algún día sin esperarlo, alguien de quien a lo mejor no recuerdas su cara ni su nombre, en el lugar más inesperado, traerá a tu memoria el recuerdo perdido de días y hechos pasados en aquel pueblo, donde estuviste ejerciendo hace ya tantos años.

Voy a terminar, y lo voy a hacer con el deseo, de que los buenos recuerdos sean lo suficientemente fuertes, para anular el dolor que te haya podido producir en tu diario quehacer, el roce con las zarzas del camino.

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