XII. El Pecado Mortal

Sin darse cuenta, habían llegado al pueblo, mientras Jacinta les terminaba de contar lo que ella sabía del milagro de San Anton. Los gañanes más rezagados estaban entrando con sus yuntas en los portalones y en los corrales de las casas labradoras. Hacía ya un buen rato que el Sol se había ido y el manto de la noche arropaba al pueblo. Al llegar a la esquina de la Ermita, oyeron tocar la campanilla del Pecado Mortal y enseguida oyeron la voz de un hombre que cantaba: Por los que están en pecado mortal… Por hacer bien y decir misa… volvió a sonar la campanilla, y otra vez todo volvió a quedar en silencio. De cuando en cuando se oía la campanilla, y otra vez volvían los tres golpes de los cepillos que volvían a hacer sonar las monedas que los penitentes movían para recordar a los fieles, que todas las familias tendrían ánimas en el purgatorio, que se estaban quemando, y que los fieles con sus rezos y sus limosnas tenían que ayudarles a salir de allí. Poco a poco, se fue apagando la voz del Pecado Mortal, que la distancia iba diluyendo en el tiempo.

Por el camino, hasta la casa de Jacinta, que fue donde se despidieron, fueron encontrándose gente conocida, que ya sabían que Luisa estaba en el pueblo y se acercaban a conocerla. Para Luisa fue un día agradable, había conocido muchas cosas nuevas del pueblo donde había nacido, de sus costumbres, de su historia, de su familia, de cómo pensaban, y se sentía agradecida a la gente que se había acercado a ella para saludarla, para hablarle de la amistad que tenían con su madre y del cariño que hacia ella sentían. No quisieron pasar a casa de Jacinta, era ya muy tarde y la casa de Lucrecia, estaba cerca del arroyo, dijo Lucrecia a su cuñada, tratando de justificar su negativa a pasar dentro de la casa, y si nos sentamos, ¿cómo nos vamos a levantar luego? Será mejor que nos vayamos, recojamos las ropas que hemos dejado colgadas en el patio, para que se le quiten las arrugas y nos ayudéis a seleccionar los colores y los patrones de la ropa que le vamos a hacer a Luisa. La Semana Santa la tenemos encima y no quiero que salga con la ropa que tiene.

Los colores de la ropa de Luisa y los colores de la tuya, dijo Jacinta dirigiéndose a Lucrecia, tú también vas a cambiar el color de tu ropa, ¿no te parece que llevas ya guardándole luto demasiados años? Vamos a hacer ahora la ropa de Luisa, de momento yo tengo ropa suficiente para pasar Semana Santa y más adelante, ya veremos lo que pensamos, le dijo Lucrecia a su cuñada, además no vamos a tener tiempo para hacerla, nos queda una semana para que llegue y nosotras cosemos más despacio.

Nos va a sobrar tiempo para hacer tu ropa, aunque tuviéramos que estar cosiendo hasta las cinco hasta de la madrugada. Tú vas a archivar el luto en la Semana Santa del año treinta y seis. No lo vas a prolongar ni un día más. ¿Acaso crees que no han sido bastantes los años que llevas vestida de negro? Ha llegado a tu casa tu sobrina y aunque solo fuera por eso, tienes la obligación de quitártelo. Pero tienes muchas más cosas que te obligan a reaccionar así. Mira hacia atrás, vuelve la cabeza y mira a tu pasado. ¿No crees que has estado demasiado tiempo, guardando luto a quien no lo merecía? Mañana, cuando terminemos de hacer las cosas de la casa, vamos a ir y lo que primero vamos a hacer va a ser tu primera ropa de color en muchos años. Has guardado luto, muchos más años de los que hubieras debido guardar. Lo debes hacer por tu sobrina, lo debes hacer por nosotras, que te lo estamos pidiendo, y lo tienes que hacer por ti. Aprende a valorarte, sé valiente, no pienses en lo que de ti puedan decir tus amigas, tus vecinas. Piensa en lo que han podido estar diciendo, hasta ahora. Recupera tu valor, tu dignidad y olvida aquellos años. Así no vas a seguir hasta tu muerte. No te vamos a dejar, ¿verdad, Luisa? Desde luego que no, dijo Luisa no me he atrevido a hablar antes, pensando que estaba sola, pero ella no puede seguir así más tiempo, no se lo vamos a consentir. Cuando llegue Semana Santa, y queda muy poco tiempo para que llegue, la ropa con la que salga a la calle, no va a ser negra.

Tienes que volver a ser tú, la que eras antes de casarte, no lo que de ti quedó, después de que ese hombre pasara por tu vida. Sentí su enfermedad y su muerte, dijo Lucrecia pero no lo echo de menos, nunca me atreví a reprocharle mientras estaba esperando a la muerte el daño y las ofensas que me había hecho, pero fui incapaz de decirle nada, aunque no por eso deje de pensar en ellas. No he sido rencorosa, no me preocupa donde pueda estar, pero la verdad es que no me gustaría que volviera. Y si acaso no hubiera muerto, o hubiera resucitado, lo único que pediría es no volver a verlo más.

Desecha tus miedos, si es que todavía los tienes, no lo vas a volver a ver. Los muertos no vuelven, no resucitan, queda tranquila, lo que tú has pasado, no lo vas a volver a pasar. Lo que se va no vuelve, descansa, dijo Jacinta a su cuñada.

Se despidieron en la puerta de Jacinta y sus hijas, Luisa y Lucrecia se dirigieron a la calle del Alcalde Victoriano, cerca del arroyo, que era donde tenían su casa. En el camino volvieron a encontrarse con los penitentes, que iban pidiendo limosna, para hacer bien y decir misa por los que estaban en pecado mortal, iban con las caras cubiertas por una capucha negra. Una mujer de las que formaban el grupo se dirigió a ellas mientras hacía sonar las monedas que llevaba dentro del cepillo. Al acercarse a ellas, al llegar a su altura, les dijo una limosna por los que están en pecado mortal. Sacó Lucrecia su mano del bolsillo con la moneda que tenía preparada desde que oyó la campanilla, la depositó en el cepillo y cada una continuó con su camino. Cuando se separaron de la mujer que llevaba el cepillo, comentó Luisa a su tía, qué religión más dura es esta, qué idea más perversa de su Dios tienen. Si después de vivir una vida como nos toca vivir a la inmensa mayoría de los mortales, nos toca en el mejor de los casos, estar quemándonos en el purgatorio durante años. Mejor sería que no se le hubiera ocurrido crearnos, si después de prepararnos una existencia como la que nos toca llevar a la mayoría de los mortales en esta vida, al morirnos tenemos que estar quemándonos unos pocos años en el purgatorio, ¿no sería mejor, que no nos hubiera creado? Y eso es lo que creemos,que Dios nos tiene preparado a los mejorcicos. Porque a los ateos, a los excomulgados, a los malos y a los muy malos, en general, a esos les tiene preparado el infierno, el fuego eterno para siempre, para toda la eternidad. Eso es lo que me han estado enseñando durante toda mi vida en el hospicio, durante los dieciocho año de hospiciana que allí viví.

No se te ocurra pensar esas cosas, como vas a pensar así, eso es lo que la iglesia dice, y la iglesia es de los ricos, la iglesia dice lo que a los ricos les gusta oír pero eso no puede ser, eso es lo que dicen los curas en los sermones. Lo que le gusta oír a los ricos, a los creyentes, en pocas palabras, a la derecha, son los que creen que se van a salvar, los que creen que reúnen las condiciones necesarias para salvarse, los buenos, como ellos se consideran. Recuerdo cuando era chica cómo nos atemorizaba la catequesis, y sobre todo los ejercicios espirituales, que entonces los hacíamos todos los años de forma obligatoria. El pecado original, la maldita herencia que nos habían dejado nuestros primeros padres. Bien está que los hijos heredemos a los padres, pero no a Adán y a Eva, que según dice la iglesia, fueron los primeros hombres que poblaron la tierra, y las clases trabajadoras siempre hemos visto, que quienes heredan son los ricos, los pobres nunca heredamos, la única herencia que de Dios hemos recibido ha sido el pecado original.

Cuánto mejor hubiera sido que hubiéramos nacido desheredados, porque para recibir una herencia como esta, mucho mejor hubiera sido que no se hubiera acordado de nosotros. Cuando en las misiones nos hablaban del Maligno, siempre al acecho para hacernos pecar con las tentaciones. Le temía yo a la primavera por los misioneros, por los ejercicios espirituales, y sobre todo por lo injusto que Dios era con los hombres. Y por nuestra dichosa herencia, el pecado original, que era lo que más me atemorizaba. La herencia que hacía que Dios fuera tan severo con nosotros al juzgarnos

Cuando fui haciéndome mayor , con el paso de los años, fui haciéndome más escéptica, empecé a valorar más las cosas por mis propios medios, me habían metido muchas cosas en la cabeza que no podía dar por buenas, pensaba que entre las cosas que tenía almacenadas en la memoria, había muchas cosas que no comprendía y por lo tanto no las podía creer. Era imposible que pudieran ser ciertas. Entonces dejaron de asustarme. Entre todas estas cosas estaban las que me contaban en la catequesis y sobre todo lo que me contaban los misioneros durante los ejercicios espirituales. De ninguna forma me lo podía creer, era imposible para mí pensar que si Dios existiera fuera tan rematadamente  perverso como decía la iglesia. La iglesia se había inventado un Dios perverso, para atemorizarnos, para amedrentarnos, para dominarnos.

Seguía y sigo sin comprender muchas cosas, de las que pienso, y sé que no las comprenderé nunca, que nunca han estado a mi alcance y que nunca van a estar, y entre ellas está Dios. No puedo comprender al Dios que me han enseñado, no me puedo imaginar a un Dios de la guerra, ni al Dios de la venganza y por supuesto no me puedo imaginar al Dios de la sangre. Y tanpoco me puedo imaginar a Jesús de Nazaret encarnado en la Santísima Trinidad, ni al Dios del Pecado Original, ni que sea Dios quien ha creado el infierno, ni que sea Dios el que ha creado el purgatorio.

Vio Luisa a su tía nerviosa y excitada al terminar su exposición, trató de tranquilizarla diciéndole, a lo que acaba de decirme le he dedicado muchas horas durante mi vida de hospiciana. La incomprensión de la que me ha hablado la sentí muchas veces en aquel viejo y destartalado caserón. Después de haberle dado muchas vueltas, llegué a la conclusión de que aquello no podía ser verdad, aquello eran cuentos, había tantas contradicciones y tantas mentiras que una persona que piense y razone no se la puede creer, hay tantas cosas en la iglesia que se contradicen en sus propios textos, que estos los puedes estudiar, te los puedes aprender, pero no te los puedes creer. Lo que a usted le ha pasado, nos ha pasado a mucha gente. Pasa que hay otros que la duda no se la plantean, aprenden lo que ven o lo que les dicen y siguen adelante con lo que han visto o han aprendido. Pararse a pensar es pecado para ellos, se atienen a lo que otros hacen o dicen. Y hay otros muchos que tienen serias dudas con lo que les cuentan en los sermones, y prefieren no enfrentarse con los creyentes, ni por supuesto con la iglesia. Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho, le dice Don Quijote a su fiel escudero al llegar a ella de madrugada, perdidos en la plaza del Toboso. Cervantes, que era judío y converso debía tener motivos suficientes para expresar, tan solapadamente, el miedo que sentía ante aquella inquisitorial iglesia de tiempo en que le toco vivir.

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