VII. La tranquilidad del día siguiente

Cuando Anselmo llegó a su casa el día de San José, hacía más de dos horas que había anochecido. Al abrir la puerta de la casa sintió cómo todas se levantaban de las sillas, salían a la puerta de la cocina y al verlo, le preguntaban ¿Qué pasa, que ha pasado? No ha habido sangre, ni palos… ha habido insultos y abucheos, ójala que en España no se haya llegado a más. Ha habido insultos y abucheos, ha habido enfrentamientos, las espadas están en alto. Me preocupa lo que esta tarde pueda haber ocurrido en los pueblos. Si los pueblos de España esta tarde se han teñido de sangre, el levantamiento militar es inminente y la guerra civil está servida. La vamos a perder las clases trabajadoras, los de siempre.

Después de que Anselmo terminara de hablar, durante un buen rato, nadie dijo nada, todos permanecieron callados. Poco a poco se fueron sentando alrededor de la mesa. Solo se oía el ruido que hacían las sillas al moverlas, todos callaban. Habló Lucrecia, dirigiéndose a su sobrina Luisa, vámonos Luisa, que nosotras vivimos cerca del arroyo y la noche es oscura y triste a la vez, hasta que echemos el cerrojo, no vamos a estar tranquilas. Ni se os ocurra, dijo Jacinta, esta noche no vais a salir de aquí, por vosotras y por nosotros. Si esta noche sufrierais algún atropello a manos de cualquier desalmado, no lo ibais a olvidar nunca, ni nosotros tampoco. Ya os iréis mañana, cuando el Sol alce. Hoy no os vamos a dejar salir, aquí tenemos camas, cena y desayuno para todos, solas no os vais a quedar.

Cuando Lucrecia oyó hablar a su cuñada, pensó que nada podía decir, no podía oponerse. Se sintió protegida y agradecida por la actitud de su cuñada, esta también es nuestra casa, gracias, dijo.

Después de las palabras de Lucrecia todos se sintieron más unidos, eran más familia, volvieron a hablar durante largo rato. Analizaron detenidamente la situación en que se encontraba la clase trabajadora. Todos veían las dificultades que la República iba a encontrar para imponerse. Nadie veía fácil el camino a seguir, pero ninguno pensaba en renunciar a la esperanza que en la República habían puesto. ¡Cuánta sangre nos va a costar si tenemos que renunciar a la esperanza que en la República hemos puesto!, dijo Lucrecia.

Cuando terminaron de desayunar Lucrecia y Luisa se despidieron de su familia, quedando en verse más a menudo. Esa misma tarde quedaron en verse Luisa y sus primas, iban a ir a conocer el pueblo. A enseñarle el pueblo a Luisa que no lo conocía. Tenemos que hacerle ropa a Luisa, que la que ha traído esta muy deteriorada y no quiero que se la ponga para salir, dijo Lucrecia, tengo tela y como en este tiempo hay pocas cosas que hacer, lo aprovechamos y nos damos una vuelta, que yo también necesito renovar la que tengo. Hace tanto tiempo que no me he hecho ninguna … También necesito darme una vuelta. No te la hagas negra, dijo Jacinta, ¿acaso crees que no has estado tiempo suficiente de riguroso luto? Aclara tu ropa y ahora que está Luisa contigo, ábrete a la esperanza, solo se vive una vez. Escucha al poeta,

Los muertos mueren, y las sombras pasan

Salió Lucrecia con su sobrina de la casa de su familia convencidas ambas de que no estaban solas, que verdaderamente tenían una familia. Abrió Lucrecia la puerta de la casa, al entrar encontraron todo como estaba, como lo habían dejado. En el patio, el gato las estaba esperando, este nos ha echado de menos, y las gallinas también nos esperan, dijo Lucrecia a su sobrina, vamos a darle una vuelta a las gallinas, sacamos los huevos, les echamos de comer y agua, si les hace falta, y cuando terminemos le echamos al gato, ayer nos olvidamos de él y nos está esperando, no se separa de nosotras. Continuaba el gato andando detrás de ellas, y cuando se paraban, se acercaba a Lucrecia restregándose entre sus piernas. ¿Por qué hace eso? preguntó Luisa a su tía. Trata de recordarme que desde ayer no ha comido. Los gatos son poco sociables, cuando te buscan es por que te necesitan, cuando le echemos de comer, verás como deja de interesarse por nosotras.

Arreglaron las gallinas, sacaron lo huevos y volvieron a darle la comida al gato. Sacó Lucrecia unas sardinas que le habían sobrado el día anterior a la llegada de Luisa, se las puso al gato en una escudilla que tenía junto al tronco de la parra, y una vez que terminó de comer, subió por el tronco de la parra y se quedo dormido al sol, en el tejado junto a la chimenea. Los gatos, como los hombres, solo te buscan cuando te necesitan, dijo Lucrecia a su sobrina.

Vamos a la alcoba, que tenemos que mirar en el baúl para ver las telas que tenemos. Tenemos que hacernos ropa las dos y queda poco más de una semana, vemos las telas que tenemos por si tenemos que comprar alguna. Pasaron a la alcoba, abrió Lucrecia el baúl y empezó a sacar ropa, diciéndole a su sobrina: toma y ve poniendo la ropa usada encima de las sillas, para que podamos poner las telas encima de la cama. Así las podemos ver mejor y elegimos las que más nos gusten, si tú no hubieras venido, probablemente hubieran permanecido aquí hasta después de mi muerte y sepa Dios a quién hubieran ido a parar. No hable usted de la muerte, tía, estamos empezando una nueva vida cargadas de esperanzas y no quiero oír hablar de la muerte, vamos a dejar la tristeza aparcada en el recuerdo. Es muy triste pensar en la muerte.

Durante un rato permanecieron calladas, sacaron las últimas telas y dijo Lucrecia a su sobrina: Vamos a hacerte ropa para Semana Santa que la vas a necesitar enseguida, dame una idea de las telas que más te gustan, de los colores que prefieres, estoy más ilusionada que tú en que te vean guapa. Yo estoy acostumbrada al uniforme de hospiciana y casi no me atrevo a opinar, prefiero que usted decida, o cuando vengan las primas, que ellas nos ayuden a decidir. Cuando vengan esta tarde, si a usted no le importa, le enseñamos las telas y que ellas nos ayuden. A mí no me importa, me gustaría que vinieran ellas y nos ayudaran, y si su madre viene con ellas, mucho mejor, es muy lista y sabe mucho de todo. Es la mas lista de la familia, la mejor formada y le gusta mucho ayudar. Vamos a dejar esto como está, arreglamos un poco la casa, y bien ahora o bien a la tarde nos acercamos a su casa, y le decimos que nos ayuden, que estamos sin ropa para Semana Santa, la tenemos que hacer, y no sabemos cómo empezar. Esperamos que no echéis una mano, les decimos.

Arreglaron la casa detenidamente, guardaron la ropa usada en el baúl, se dispusieron a hacer la comida. Fueron a la carnicería, pensó Lucrecia aquel día hacer sangre con tomate y cebolla para comer, lo comentó con Luisa, a esta le pareció bien y juntas fueron a la carnicería a comprar lo que necesitaban, hacía un buen día, para Luisa un hermoso día que le sirvió para conocer a sus vecinas, a unas primas de su madre con las que se encontraron en la carnicería y que permanecieron un buen rato con ella en la calle, hablándole de su madre, de cómo era de sus gustos, de lo que todos la querían. La invitaron a comer en sus casas para que conociera a sus familias. Aquel día fue para Luisa un día de encuentros y amistades nuevas que le hizo olvidarse de que era hospiciana, y una nueva vida empezaba para ella.

Al llegar a su casa, las dos iban contentas. El enfrentamiento del día anterior era ya historia, a nadie oyeron en toda la mañana hablar de él. Hablaron durante la vuelta a casa del deseo que Pepa había apuntado el día anterior , cuando decía que ójala cediera la izquierda, en el enfrentamiento en la procesión de San José, y que cuando lo evoquen las generaciones posteriores, provoque la risa en ellas. Una vez en su casa, mientras Lucrecia preparaba la comida, Luisa observaba todos sus movimientos, tratando de adelantarse con sus preguntas y llevarle las cosas que a continuación iba a necesitar. La procesión de San José era ya agua pasada. De las personas con las que habían estado hablando nadie se había referido a ella. Del miedo de ayer hemos pasado a la tranquilidad de hoy, y cuánto mejor ha sido así, dijo Lucrecia, ójala y se cumpla lo que ayer pronosticaba Pepa. De estar como hoy estamos, sacando los huevos, arreglando las gallinas, dándole de comer al gato, comprando en la carnicería, saludando a la familia, a las amigas… cuánto peor hubiera sido que los enfrentamientos se hubieran realizado, y hoy estaríamos, visitando las cárceles… enterrando a los muertos…

Lo más importante que en España se puede hacer ahora es preservar la paz y que los salvapatrias no la rompan, ahí tenemos el mayor peligro. Tía, vamos a vivir el presente, como teníamos pensado, nunca había sentido la felicidad como la estoy sintiendo esta mañana. Vamos a comer ahora, y vamos a hacer vestidos esta tarde.

Apartó Lucrecia la comida de la lumbre, pusieron la mesa, comieron, y cuando terminaron de comer, se quedaron un rato sentadas a la mesa, cerca de la lumbre, mientras las llamas se iban apagando y a la ascuas las iba cubriendo una leve capa de ceniza.

Durante un tiempo permanecieron calladas, Luisa siguió pensando en su madre, en lo que de ella le habían dicho las primas de esta, en la calle, a la salida de la carnicería. ¡Qué poco sabía de su familia! Había estado viviendo en el hospicio, sin conocerla, sin apenas haber recibido media docena de visitas, en los dieciocho años que allí estuvo ingresada. ¡Cuántos interrogantes se había planteado durante su estancia en aquel viejo y destartalado caserón, cuántas lagrimas había allí vertido, entre aquellas sucias y renegridas paredes, y cuántas ofensas, cuántos golpes y cuántas humillaciones había recibido allí! Le parecía mentira haber encontrado a su familia, se preguntó a sí misma si estaría soñando. No estaba soñando, frente a ella estaba su tía dormida, las ascuas de la lumbre cubiertas de ceniza, y en el patio se oían cantar los pájaros. Estaba despierta.

¡Cómo había cambiado su vida, cuántas ilusiones se habían despertado en ella! Pronto iban a llegar sus primas, tenían que hacerse ropa, no se iba a volver a poner el uniforme más en su vida, y como trabajadora que era, el gobierno del Frente Popular iba a cambiar a España.

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