Leñadores 24

Pasados los primeros día de la llegada de la burra que Cipriano había traído de la feria y la expectación suscitada con la llegada de esta, la normalidad, poco a poco, fue estableciéndose en la casa. Tenían que trabajar un poco más y descansar un poco menos, pero estaban contentos con la forma de ir desenvolviéndose las cosas, trabajaban un poco más, pero ganaban el doble. En Almagro, en pocos días aumentaron los pedidos de leña que recibían, de igual forma que aumentaron las solicitudes de lavar ropa, y esto hacía que Rufina, cada día tuviese más dinero, y al mismo tiempo los dos tenían más ganas de trabajar.

Cuando Cipriano cruzaba por las calles de Almagro, levantaban expectación los burros y las cargas de leña que traían, y al mismo tiempo, también levantaba expectación Cipriano, por ser el dueño de los burros y por traer dos cargas de leña, cuando los demás leñadores solo traían una.

La Higuera, antiguo manantial y lavadero; actual depósito y merendero.

Llamaba también la atención las dos cestas de ropa lavada que venían encima de las dos cargas de leña. Según decían esta ropa la lavaba su mujer, que era lavandera, y mientras el iba a por la leña, ella lavaba la ropa, en el lavadero de Higuera.

Este era un importante  lavadero, que estaba en su pueblo, donde las mujeres, para lavar, se tenían que meter en el agua del manantial, donde sale el agua, y esta les llega a las mujeres por encima de las rodillas. Según parece, esto lo podían hacer porque el agua sale templada del manantial, y de esta forma pueden aguantar lavando todo el tiempo que tardaban en lavar sus cestas de ropa.

La gente del pueblo comentaba lo que le tenía que gustar el dinero a este matrimonio para tener que andar como andaban. Algunas aldeanas se preocupaban por la forma en que Rufina podía tener su casa, y hacían sus cábalas, si se acostaban con la cama hecha, o sin hacer, si Rufina fregaba las suelos, o si se tendrá que arreglar con barrerlos, de tarde en tarde, si era su madre la que le arreglaba la casa, o si se quedaba sin arreglar. Todo eran conjeturas y ganas de poner malos cuerpos, decían otras de las que esto hablaban, diciendo de ellas, que para cortar trajes, no habían tenido precio, que se tenían que haber hecho modista, o sastras, por lo bien que se le daba cortar, que mejor irían sus casas, si se preocupaban más de sus asuntos y menos de los ajenos. Contaba este matrimonio con gente que lo admiraba y con sus detractores, como pasa siempre, para unas eran un modelo a seguir, mientras para otras su conducta era motivo de escarnio. Las cosas en los pueblos suelen ser así, lo que para uno es bueno, para otro es malo, pero así marcha el mundo.

Cipriano y Rufina tenían muchas cosas que hacer, y las hacían. Trataban de hacer su trabajo, su diario quehacer, tenían que salir adelante, vivían inmersos en su propia vida, trataban de vivir resolviendo todos los días los problemas que llamaban en su puerta, estaban abiertos a todo, tenían amigos, conocidos. Eran pobres y buscaban no pasar hambre, hasta ahora lo estaban logrando, trataban de ir mejorando, de no quedarse atrás, de andar su camino. Por eso habían comprado a Rucio antes y ahora a su compañera. Necesitaban todavía muchas cosas, estaban empezando. Miraban la vida con esperanza, le faltaban muchas cosas, casi todas, pero vivían ilusionados. Buscaban lo que no tenían, y sabían que muchos morían sin lograrlo, también te encontrabas con quien lo habían logrado. Conocían los momentos tristes de la vida, y esperaban su llegada, pero también sabían de los días de vino y rosas y en ellos ponían su esperanza.

No descartaban la llegada de los días tristes, sabían que llegaban, conocían la llegada del dolor y la muerte, los dos los habían visto entrar en sus casas, pero no podían sentarse en su puerta y esperar su llegada. Tenían la certeza de que a ellos, tambien le tendría que llegar el llanto. El llanto  lo habían visto ya entrar en sus casas, sabían que un día lo verían entrar de nuevo, pero no se iban a sentar a esperarlo. Por eso seguían su camino sin descartarlo, pero con la esperanza de que a ellos, también les podían llegar los buenos días perdidos, los días de vino y rosas. Por eso habían trabajado,  por eso trabajaban y por eso iban a seguir trabajando.

Sabían y querían trabajar, buscaban una vida mejor, e iban hacer todo lo que estuviera en sus manos por conseguirlo. No esperaban hacerse ricos, sabían que trabajando, nadie se hace rico, pero tampoco estaba en su cabeza que alguien viniera a traerles lo que necesitaban, nadie tenía que venir a hacerles su trabajo. Por eso, cuando terminaron de segar compraron a Rucio, y ahora habían comprado otra burra más, iban a seguir por este camino. No tenían casa, pero tenían la esperanza de conseguirla, la casa donde vivían era estrecha y pequeña, tenían que dejar la leña que traían del monte en la calle, porque dentro de la casa no la podían pasar y para eso tenían que ponerse a trabajar temprano. Pero este trabajo, les estaba dando resultados, iban a mantener viva la esperanza. Se sentían unidos en un quehacer común y trabajaban para mantener una familia y que a esta familia el hambre nunca llegara. Por eso habían logrado con su mayor trabajo, doblar sus ingresos, y por eso iban a  luchar.

Por eso las noticias que le habían llegado aquel día, no las valoraron, pensaron que quien no se ocupa de sus cosas, se ocupa de las ajenas, pero el mundo era así, lo aceptaban y ellos no lo iban a modificar, en sus manos no estaba hacerlo mejor. Siempre hay cosas que duelen, dijo Rufina a su marido, pero por eso no nos vamos a poner a llorar. Desgraciadamente, llegará el día en que el llanto no lo podremos evitar, tendremos que aceptar el llanto, nos tendremos que sumergir en él.

Llegó su madre a casa de Rufina, para llevarle la respuesta que le había dado una de sus vecinas, cuando esta le pregunto por la casa de una hermana suya, que había emigrado a Barcelona y llevaba varios  años allí, sin haber vuelto. Nadie vivía en esta casa, y querían saber, si le querrían alquilar a su hija Rufina el corral de su casa, para que estos pudieran meter allí la leña que traen del monte y poder llevarla a Almagro el día siguiente. En un día no le da tiempo de traerla, y llevarla a vender a Almagro. Hasta ahora, la estaban dejando por la noche en la puerta de su casa y la cargaban al día siguiente, pero pensaban que esto podría traerle problemas, y estaban buscando una cerca para poder meterla durante la noche.

Esta vecina le había dicho que a su hermana y a su familia, le iba muy bien en Barcelona, y que lo más fácil sería que no volvieran a venir por aquí, que no la habían querido alquilar porqué pensaban venderla, si encontraban alguien que se la quisiera comprar, y lo mismo le pasaba, con el carro, los aperos, y la huerta que tenían en el Berrocal. Estoy viendo, dijo su madre, que encontrar una cerca no va a ser fácil, y estar como estáis, representa un peligro muy grande para vosotros. Si alguien tropieza de noche, como no hay luz en esa calle, los responsables de lo que les pase vais a ser vosotros, por haber dejado la leña en la calle. Nosotros no podemos comprarle ahora todas esas cosas. Con el dinero de la siega, compramos a Rucio, ahora seis meses después en la feria de Almodóvar hemos comprado a la burra que hemos traído ahora y aunque es verdad que tenemos mucho trabajo y estamos ganando ahora dinero, para comprar tantas cosas, no tenemos dinero, le podríamos comprar ahora el corral, si nos entendemos, y si más adelante siguen así las cosas, intentaríamos comprarle la casa. Casa sí es algo que vamos a necesitar, pero ahora de momento no tenemos dinero para comprarla, todas las cosas no se pueden hacer juntas, le contestó Rufina a su madre.

La casa tiene dos plantas, dijo la madre y aunque no tiene que ser grande, mal no debe estar y para cubrir vuestras necesidades, sí debe ser más que suficiente. ¿Por qué no vienes conmigo, ahora o mañana o el domingo, si tienes menos cosas que hacer, y lo que a mí me has dicho, se lo dices a su hermana, o que te dé ella las señas y le escribes, dándole cuenta de lo que piensas? Así entráis en contacto vosotros y os será más fácil entenderos, si es que os podéis entender.

Cuando Cipriano salió de la cuadra, después de haber agrandado el pesebre lo suficiente para que los dos burros pudieran comer sin estorbarse, estaba cansado, le había costado arreglarlo más trabajo de lo que él pensaba, no obstante salía contento, le había quedado bien, era una cosa que tenía que hacer, y la había dejado terminada. Cuando salió de la cuadra, el Sol acababa de irse, arregló a los burros con sus mantas de cujón bien cinchadas para que no las perdieran durante la noche y les echó de comer en el corral, en una serilla vieja que había en la cuadra. Cerró la puerta del corral y se acercó al pozo para lavar las herramientas y quitarse  él los pegotes de mezcla que le habían saltado a la ropa y a la cara, mientras arreglaba el pesebre. Hecho esto pasó a la alcoba, se lavó y se peinó detenidamente. Desde allí, oyó a su mujer que estaba haciendo la cena.

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