El Grito XIX

XIX

Las palabras que Marcelo había intercambiado con su padre no le hicieron cambiar la idea de ser cura que tan arraigada le había dejado su tía Sofía

Le había gustado oír a su padre las razones que le había estado exponiendo, pesaban en él, pero ya era tarde para cambiar, ¿cómo se enfrentaba a los curas del seminario con las veces que se había solidarizado con ellos en la idea que estos mantenían sobre Dios y la religión? Ahora no podía decirles que su padre le había convencido de lo contrario, iban a tener tantos argumentos a su favor para rebatirle las ideas que en una sola entrevista le había hecho ver su padre, y cómo contrastaban con lo que hasta ahora había pensado. Por lo pronto iba a continuar en el seminario aunque tuviera ya que aprender a vestirse por la cabeza. Le iba a costar trabajo salir a la calle, todo vestido de negro y con sayas, pero no podía cambiar en tan poco tiempo unas ideas que tan arraigadas tenía. Este verano voy a tener cosas en qué pensar, se dijo , mientras continuaba pensando en lo que había estado hablando con su padre.

Durante todo el verano estuvo temiendo que su padre le preguntara qué pensaba hacer, si iba a continuar en el seminario o pensaba hacer cualquier otra carrera, sin embargo su padre hablaba con él del campo, de las actividades del gobierno, de la Guerra Carlista , incluso se atrevía a hablar del conservadurismo radical de la Iglesia, de cómo veía a esta institución, como principal aliada de Don Carlos, y de cómo toda la España progresista estaba esperando la desamortización de sus bienes, de cómo España necesitaba que la Iglesia perdiera todas esas tierras con las que se había hecho a base de vender a los ricos parcelas de un cielo que nadie había visto. España las necesitaba para que trabajando en ellas pudieran vivir todos los hambrientos que se estaban muriendo sin que nadie pusiera remedio. No se atrevía Marcelo a rebatir a su padre, él seguía a pie juntillas el pensamiento de la Iglesia, aunque encontraba en las razones que su padre le estaba exponiendo fuerza suficiente para que mucha gente las siguiera. Esto le hacía pensar en una posible revolución con el miedo que infundía a los clérigos todas las posibles revoluciones y si como pensaba seguía adelante con su sotana podría llegar a ser victima de cualquier amanecer sangriento que pudiera darse en cualquier plaza, de cualquier pueblo de España.

No estaba tranquilo Marcelo con la decisión que pudiera tomar aquel caluroso verano que tanto se tenía que jugar, y donde su indecisión le estaba haciendo pasar tantos disgustos. Quedarse en su casa, casarse y vivir como hombre pudiente con una mujer que lo atendiera y lo quisiera, rodeado de criados y sirvientes que lo respetaran, lo obedecieran y sacaran adelante a su casa, era una idea que le seducía, incluso hacer una carrera, para ejercer una profesión liberal como podía ser la profesión de abogado. Abrir un bufete en una de las dos capitales provincianas donde iba a ser un terrateniente importante. Tener un pasante y una secretaria en su despacho, que con independencia de las rentas que le pudiera proporcionar fueran muchas o pocas, no las iba a necesitar para vivir, al pertenecer a una familia pudiente del sur de España, con una importante cantidad de tierras en las provincias de Córdoba y Ciudad Real que le iban a dar seguridad y poder. De la Iglesia también esperaba un brillante porvenir, pertenecía a una familia de un gran prestigio que a la vez era propietaria de una respetable fortuna, tanto en dinero como en acciones e inmuebles, sus abuelos tanto en Córdoba como en Ciudad Real eran conocidos como gente importante, tanto por su dinero como por sus propiedades, y esto le hacía esperar dentro de la Iglesia ser respetado y querido, y que nunca lo fueran a mandar a un pueblo de la sierra a oír en el confesonario los pecados de sus campesinos que siempre iban a ser los mismos; si pensara que el porvenir en la Iglesia no lo tenía asegurado, la misma noche que habló con su padre ya hubiera tomado la decisión de colgar los hábitos, esa misma noche la claridad con que su padre se expresaba le había hecho ver que a sus padres en nada les preocupaba que Dios los condenara a las penas del infierno, según ellos creían. Ni había Dios ni había infierno, ellos no se podían imaginar que Dios si era tan bueno como en la iglesia decían, ¿se iba a pasar toda su vida que era eterna recibiendo a los malos que siempre eran los pobres, condenándolos al fuego eterno, y a los menos malos al purgatorio, para que allí ardan durante mucho tiempo hasta que paguen con creces al Altísimo las ofensas que le hubieran podido hacer durante su vida? Esto no le cabía en la cabeza a Ramón Santillana ni a su esposa, y estaba a punto de dejar de caberle al hijo de Ramón Santillana, y de Amparo Solís.

Aquel verano estaba poniendo a prueba a Marcelo Santillana, se había acostumbrado a sentir miedo a su tía Sofía, aquel verano que fue con sus abuelos a pasar sus vacaciones al campo, con la sana intención de aprender a montar a caballo en las yeguas que sus abuelos tenían en la finca de Puente de los Desamparados, y  desde entonces no lo había perdido. Por eso, a pesar de reconocer la sapiencia que había oído en las palabras de su padre y de pensar que su madre pensaba igual que él, no se le olvidaba lo que había oído a su tía, y no dejaba de pensar que si las cosas eran como su tía le había dicho ¿para qué le iban a servir los bienes que iba a tener en la tierra si al final se iba a pasar ardiendo toda la eternidad? Eso le hacía muchas veces pasar las noches en negro y los días en blanco, como Don Quijote decía. Eso le estaba haciendo perder kilos y muchas horas de sueño, y a veces pensaba que iba a perder la cabeza.

A pesar de todos los males que le acarreaba el pensar, Marcelo Santillana no dejaba de hacerlo, era mucho lo que se iba a jugar, si la verdad estaba en manos de sus padres, o si la verdad era la que su tía Sofía le había enseñado. Permanecía intranquilo, desasosegado y triste, andaba taciturno de un sitio para otro sin parar en rama verde, como decía la gente.

Salía de su casa, y aunque no le gustaba encontrarse con sus amigos por si le preguntaban a título de broma que cuándo iba a empezar a ponerse las sayas, se encontraba a veces en situación de no poder aguantar la casa, a pesar de los problemas que en la calle podía encontrar. A veces pensaba en irse a pasar las vacaciones que le quedaban a la finca que su madre había heredado de sus abuelos, a estar allí entre las yeguas y las vacas. Sabía que los trabajadores de la finca nada le iban a preguntar, las yeguas tampoco, ni las vacas, ni las ovejas tampoco, pero ¿cómo se lo decía a sus padres? Podrían pensar que lo único que intentaba era separarse de su familia, y tratarían de ponerle todas las trabas que pudieran para que no fuera. No se atrevía a pedirle consejo a nadie, ni a su familia ni a sus amigos, y a la vez pensaba que a los desconocidos tampoco se lo podía pedir. Creerían que estoy loco.

Debo evitar volverme loco. Al mismo tiempo, también debía pensar que tampoco podía dar motivos a que la gente lo creyera, eso sería peor que estar loco de verdad. No sabía que decisión tomar, y esto lo entristecía de forma alarmante, a veces pensaba que a punto estaba de perder la cabeza, y que después de haber pensado tantas veces en el glorioso porvenir que le esperaba, iba a terminar sus días en el manicomio provinciano.

Un día de los que más alicaído se encontraba le preguntó su padre, ¿Qué te pasa? Hablas poco. ¿Eso es que piensas mucho, y no encuentras la forma de decidir? Puede ser que te falte valor para tomar la decisión que tienes que tomar, en eso no te podemos aconsejar, esa decisión tiene que ser enteramente tuya.

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