Leñadores 32

Permaneció Cipriano callado un rato después de escuchar detenidamente a su mujer. Había visto mientras esta hablaba cómo se le venía abajo todo lo que le habían hecho pensar sus compañeros de taberna durante aquellos veinte días. Pensaba antes de que hablara su mujer en la forma que le estaban abriendo los ojos los arrieros con quien se juntaba, les estaba muy agradecidos por haberles enseñado lo mal que los arrieros vivían, siempre con la verdad por delante para que él no se equivocara, y no le pasara lo que a ellos les estaba pasando. Se sentía avergonzado ante ella. Cómo se estaban burlando de él sin que él hubiera llegado a pensar en lo que le estaban haciendo. Se sentía engañado por los arrieros, ante el pueblo y sobre todo ante su mujer. No se atrevía a contestarle, no encontraba palabras. Se había llevado un gran fiasco y no sabía como reaccionar.

Se han estado burlando de mi, dijo Cipriano después de llevar dos horas callado, pensaba que me estaban ayudando a que no tuviera que arrepentirme del paso que iba a dar, mientras ellos me estaban orillando, no quería que fuese lo que ellos eran y yo sin darme cuenta. Para ellos he sido el tonto con el que se han estado riendo. Los mato a los cuatro, ya no se van a reír más de nadie. Calla, calla, le dijo Rufina, no digas cosas de las que te tengas que arrepentir. Conocías un refrán que dice, ¿Quién es tu enemigo? quien es de tu oficio. Seguro que no te has dado cuenta, cuando los animales están comiendo en la cuadra, por donde primero tratan de empezar a comer es por el pesebre del vecino, no por el suyo. Si te hubieras enterado de lo que pasa en la cuadra, hubieras sido más precavido y hubieras mostrado cierta desconfianza ante los consejos que te daban esos arrieros amigos tuyos. Pensando que de lo que tú ganes en la arriería, ellos no van a ganar nada. Puede darse la circunstancia de que algunos a quienes ellos vendan sus mercancías, acaben comprándotelas a ti, o algunos, que a ellos se las vendían, dejen de vendérselas a ellos, y acaben vendiéndotelas a ti. A ellos no los va a beneficiar en nada que tú te hagas arriero. Tú veías que con lo que los arrieros te estaban enseñando, ibas a ser tú quien tomara las decisiones en casa y te has equivocado. Como a todos los hombres, te gusta mandar y que te obedezcan, eso es humano. Querías poner tus decisiones encima de las que habíamos tomado juntos y las cosas no te han salido bien. Tendrás que esperar una ocasión nueva para que los dioses te alumbren. Esta vez no lo han hecho y las cosas no te han salido como esperabas. Aguantó Cipriano las palabras de Rufina sin decir palabra, mientras continuaban camino adelante.

Volvieron de Herencia con el carro lleno de queso. Cipriano volvía preocupado, pensando que tanto queso se lo iban a tener que comer en meriendas, mientras hacían leña o lavaban ropa, Rufina volvía tranquila. A veces hacía Cipriano alguna observación sobre el tiempo que iban a durar los quesos en su casa sin venderse, Rufina no contestaba a las insinuaciones de su marido, y esbozaba una sonrisa sin decir palabra alguna. Tres días después de haber salido estaban de vuelta en su casa. Los estaban esperando en la calle su hijo y la madre de Rufina, los saludaron y pasaron el carro dentro de la casa. Trató Cipriano de dejar el carro en el porche de la entrada, a lo que se opuso Rufina, diciéndole que adelantara el carro hasta la puerta del patio, tenían que guardar los quesos dentro de la casa. No se pueden quedar fuera, si esta noche alguien que nos haya visto entrar con los quesos entra por la pared del corral que da al campo, mañana no queda un solo queso en la casa, y enseguida tenemos que salir a por otro viaje.

En menos de una semana se trajeron los quesos de Herencia y se vendieron. Cuando vio Cipriano lo que los quesos habían costado y el dinero que habían pagado por ellos se dio cuenta  cómo lo habían estado engañando los arrieros, y al mismo tiempo se dio cuenta, que él no había nacido para pensar, y que nunca sería él quien llevase las riendas de su casa, se le escapaban muchas cosas y a Rufina no le pasaba nada desapercibido. Para que la casa marchara por el buen camino, tenía que ser Rufina quien llevara las riendas, él no estaba capacitado para eso, y si ella le hiciera caso, la cosa no iba a salir bien. Yo hago lo que me digan y con eso cumplo, todos no tenemos la misma cabeza.

Después de ir a por los quesos a la tierra de Don Quijote y vender los quesos de la forma que se vendieron, le quedó claro a Cipriano que su cabeza no estaba hecha para tomar decisiones, tantas decisiones como tomara, tantos reveses se iba a llevar, por lo que lo mejor que podía hacer era dejar las riendas de la casa en manos de su mujer, decisión esta compartida con muchos de los vecinos de su pueblo. Se dio cuenta Rufina del cambió que su marido había llevado, después de sus reuniones con los arrieros y después de la venta del carro de queso que habían traído de Herencia. Sabía que todas las decisiones que en lo sucesivo se tomaran en su casa, iban a estar en sus manos. Su marido no iba a volver a intentar tomar decisión alguna. Todo lo iba a decidir ella, como había estado haciendo hasta entonces. Su marido iba a seguir trabajando como siempre, iba  a hacer lo que a ella le pareciera bien, no pensaba que fuera a soñar nuevas aventuras. Sin embargo echaba de menos en él algo que siempre había soñado. Tener un marido al que admirar, y eso no lo había logrado. Su marido debía haber sido otra cosa. Debía haber encontrado un marido, con el cerebro mejor amueblado.

Durante todo el verano continuaron vendiendo quesos, comprando garbanzos, lentejas o guisantes en las eras a los labradores y vendiéndolos junto con los quesos en las tiendas de los pueblos más cercanos y en los mercados de Puertollano, Ciudad Real, Almodóvar, Almagro y demás pueblos importantes y cercanos de la provincia. Pronto desecharon la idea de volver a lavar ropa y a traer leña, ganaban más dinero y el trabajo les resultaba más llevadero, y les daba una mayor consideración, los valoraban más y empezaron a estar más considerados entre los vecinos del pueblo.

Tenían que dedicar un día a despedirse de las casas de Almagro, en las que tanto tiempo habían estado llevando leña y lavando ropa, pensaban que esta visita de despedida era de obligado cumplimiento, no podían irse, sin decir adiós. Las despedidas, los adioses siempre son tristes, cuesta decir adiós, pero no podían obviarlo. Tenían que hacerlo ya, siempre tenían cosas que hacer, pero no podían dejarlo para más tarde.

No cojas compromisos con nadie para mañana, le dijo Rufina a su marido. Tenemos que ir a Almagro a despedirnos, antes de que pase más tiempo. Ellos también necesitan tiempo para sustituirnos, no podemos dejar de ir sin habérselo dicho antes, le llevas las dos cargas de leña, que te tiene encargadas doña Pepa, la de la calle Bernardas y damos por terminada la profesión en la que empezamos a trabajar hace seis años y de la que ahora nos vamos a despedir. ¿Crees que no la vamos a echar de menos?, ¿no nos vamos a acordar ya de ella? Le dijo Cipriano a su mujer, con cierto retintín. Sí lo creo, contestó Rufina secamente, ¿añoras todavía los consejos que te dieron los arrieros que se juntaban contigo en el Salón Romero? Olvídalos, la ropa y la leña son agua pasada.

Calle de Las Bernardas, en Almagro

Calle de Las Bernardas, en Almagro (a la izquierda, Palacio de los Condes de Valdeparaiso)

Se despidieron en Almagro al día siguiente de las casas donde durante tanto tiempo habían estado trabajando, y se dedicaron por completo a ser distribuidores de comestibles en las tiendas de los pueblos más cercanos. Al mismo tiempo vendían en los mercados más importantes, legumbres y todo tipo de comestibles que los que vendían en los puestos le encargaran. Vendían también en su casa todo lo que los vecinos del pueblo fueran a buscar entre las mercancías que en su casa tuvieran para servir a las tiendas. Esto hizo que no echaran de menos, en ningún momento, el haber dejado de lavar ropa, ni de traer leña.

La familia no crecía, echaba de menos Rufina volver a quedarse embarazada, pasaban meses y meses sin que notara ningún cambio en su cuerpo, pensaba ya que José iba a ser su único hijo, y no le gustaba que su hijo no tuviera hermanos ni hermanas, iba a cumplir seis años, dentro de unos días iba a empezar a ir a la escuela y nada le hacía pensar que algún cambio fuera a llegar a su familia. Ganaban más dinero que cuando lavaban ropa y llevaban leña a Almagro. El trabajo que hacían era menos pesado, lo llevaban mejor, pero esa no era todo. Temía que a su hijo le dieran demasiados mimos, y a ella le hubiera gustado tener una familia más grande.

Poco a poco se iba distanciando de su marido, cada vez hablaban menos, cada día tenían más dinero y menos ilusiones y la distancia que se iba abriendo entre los dos era mayor sin  que nada lo pudiera remediar.

Anuncios