El Grito IV

IV

Callaron los dos. Durante un rato, permanecieron mirándose ambos, solo se oía el ruido que hacía al arder el carbón en el canastillo de la estufa, ninguno rompía el silencio. Pasado un rato, preguntó Ramón a su esposa, ¿Qué piensas, no tienes nada que decir, no tienes una alternativa mejor?

Pienso, respondió ella, que tus creencias están más ordenadas que las mías, me has sorprendido con tus razonamientos, creía que solo te dedicabas a observar el paso del tiempo, y a esta realidad que a veces nos ahoga, que nunca habías tratado de interpretarla, nunca habías pensado en otra posible alternativa.

Pensar en otras alternativas, sí que pienso, otra cosa es que las encuentre, que las vea, eso es otra cosa. Las religiones están hechas para que no pensemos, para que creamos, y eso es algo que me hace desconfiar. Por todos los medios tratan de hacernos creer a todos, que todos creamos, nos enseñan el palo y la zanahoria, tratan de que todos nos traguemos el ricino y vayamos al confesionario a echarlo todo por la boca, ellos nos pondrán de rodillas, nos perdonaran los pecados y nos impondrán la penitencia. Nos imponen sus leyes después de humillarnos y nos dictan su sentencia, mientras nos dicen que Dios es muy bueno, y a la vez es muy justo. Nos dan el palo, y nos enseñan la zanahoria después. Mientras esto nos dicen, prefiero pensar, y les digo, no me contéis cuentos, que sé ya muchos cuentos, y no quiero que me enseñéis tantos cuentos. Con los que nos habéis enseñado, ya sabemos bastantes cuentos.

Por eso cuando voy a un entierro, no paso a la iglesia, porque sé muchos cuentos y no quiero que me cuenten todos sus cuentos, me los han contado muchas veces y estoy ya muy cansado de oír siempre contar los mismos cuentos.

Pensar es más complicado y más duro que creer, dijo Amparo, tal vez por eso, encontramos más fácil creer y esta es la causa por la que siempre son más los que creen que los que piensan, aunque los que creen a pie juntillas, sean afortunadamente pocos. Si así no fuera, qué difícil iba a ser la convivencia entre los mortales, no nos iban a dejar ni a sol ni a sombra. Siempre los buenos creyentes son malos pensadores. ¿Crees tú que hubiera podido vivir en mi casa tranquila, expresando lo que pienso y siento? Me hubiera tenido que tirar al pozo, o hubieran acabado echándome ellos.

 Como siempre que he intentado sacar esto como tema de conversación, me has cortado y no me has dejado seguir, he pensado siempre que tú eras cristiana a maza martillo. Como son en tu casa, como son todos los q     ue se creen  buenos. Yo no pertenezco a ningún partido, aunque simpatizo más con los votantes de Sagasta que con los de Cánovas. Soy un gran admirador de la Revolución Francesa, de los que asaltaron la Bastilla, y por supuesto del pueblo francés que fue capaz de llevarla a cabo. Pienso que en España nunca seremos capaces de hacer nada igual, nada que se le pueda parecer. En España nunca hemos matado a un rey, y fíjate si ha habido reyes que lo han merecido. Piensa en Fernando VII el Deseado, último Rey que hemos tenido. Renunció al trono por una pensión vitalicia que le puso Napoleón para que este pusiera de rey de España a su hermano José Bonaparte, más conocido por los españoles por Pepe Botella. Cuando los españoles logramos expulsar a los franceses, debido más al pueblo sublevado a nuestros guerrilleros, que también eran pueblo, que a nuestros gloriosos ejércitos, hartos ya de cosechar derrotas desde que se terminó la Reconquista. No me gustan los reyes, aunque preveo que los vamos a estar soportando durante mucho tiempo. No nos los vamos a poder quitar de encima durante muchas generaciones, se sienten protegidos. Los protege la Iglesia y el ejército, a cambio a los miembros de estas instituciones, el poder les dan una posición de privilegio. En España, el pueblo es el que siempre pierde, es el eterno perdedor. El pueblo español ha sembrado de cadáveres los cinco continentes. ¿Y mientras, qué han hecho nuestros reyes? Recibir aplausos, honores y prebendas del capital, del ejército y de la Iglesia, y hasta del mismo pueblo. ¡Cuántas veces se ha repetido esta paradoja!

Los ricos, los poderosos se ayudan mucho entre ellos, tener influencias, ser persona influyente luce mucho y hasta a las clases más pobres les gusta hacer ostentación de tener amigos ricos, y las influencias que estas personas les pueden aportar si llegan a necesitarlas.

 Cuando Fernando VII, después de haber vendido el trono de España a Napoleón por una pensión vitalicia y que este se lo diera a su hermano José para que nos gobernara bajo las directrices que Napoleón le impusiera, se fue a Francia a vivir su dorado exilio, mientras el pueblo luchaba por conservar su independencia. Y cuando Napoleón, después de haber invadido Rusia, y haber llegado a Moscú cuando a punto estaba de llegar el invierno y Moscú estaba a punto de ser cubierto por la nieve. No se encuentran con el Moscú que ellos no esperaban, donde pensaba pasar el duro invierno moscovita y esperar allí la llegada de la primavera para seguir con su conquista. Se encuentran a un Moscú, sin gente, sin leña, sin víveres y con todos sus edificios en llamas.

Habían llegado a Moscú sin apenas haberse enfrentado con el ejército ruso, y se encontraron a un Moscú despoblado sin gente, sin víveres, sin leña, y con todos sus edificios ardiendo.

Con la nieve a la cintura, mojados, hambrientos, a miles de kilómetros de su patria tienen que volver a Francia emprendiendo la retirada, y entonces el ejército ruso al que hasta ese momento apenas habían visto, del que apenas habían sentido su presencia, les va a salir al encuentro y en Rusia junto al río Borosivo, el ejército ruso les presenta su esperada batalla. Junto a las márgenes del río, el ejército de Napoleón se va a encontrar con el ejército ruso y es ahí donde el ejército de Napoleón va a ser destruido por las tropas rusas. El ejército de Napoleón llevaba setecientos mil hombres al llegar a Rusia, solo cien mil salieron de allí, solo faltaba la batalla final, que muy pronto se iba a dar. Fue en Waterloo. Y muy pronto también Napoleón iba a pasar a ser historia.

La vida sigue, y las sombras pasan, dice el poeta. Napoleón es ya historia, ¿Pero de cuánto dolor y de cuántas muertes fue culpable? Los poderosos nunca pagan sus culpas, contestó Amparo a su marido, hasta la Iglesia siempre los exculpa, y eso tardará mucho en desaparecer, si es que alguna vez desaparece, cosa que no preveo que suceda nunca. Nadie pagará sus culpas después de morir. Con la muerte todo queda zanjado, todo se acaba. Por eso ha habido tantos creyentes y tantas religiones, las creencias están hechas para los que no piensan, para los que no quieren pensar.

Lo que sí ha habido siempre ha sido líderes, gente que busca quien le siga, lo mismo que siempre ha habido gente dispuesta a dejarse convencer, por eso siempre ha habido tantas religiones, tantos mitos, y no podemos olvidar que la palabra mito significa mentira, dijo Ramón Santillana a su esposa.

Permanecieron un rato callados en sus mecedoras. Mientras ellos hablaban, la chimenea de la estufa había dejado de hacer ruido y las ascuas del canastillo, se habían cubierto por una leve capa de ceniza. Dio el reloj las cinco, se levantó Amparo y andando hacia la puerta, le dijo a su marido, voy al corralillo a recoger a los chicos, ya hace frío y si los dejamos allí se van a constipar.

Continuó Ramón Santillana, pensando en el mundo, en el paso del tiempo, en la prehistoria, en los primeros hombres, en Adán y Eva. No le cabía pensar que un hombre y una mujer hubieran podido sobrevivir a un mundo tan hostil como el que los rodeaba. ¿Por qué, si fue Dios el que nos hizo, no nos hizo mejores, no nos hizo iguales, no nos hizo libres? ¿Por qué el concepto de Dios ha cambiado tanto a lo largo de los tiempos, o ha sido el miedo del hombre quien ha creado el concepto de Dios, y quien ha creado su cielo protector?

Llegó Amparo con sus hijos, traían sus manos y sus caras frías, habían estado toda la tarde en el corralillo. Cuando llegó su madre a por ellos no se querían venir. Vete tú, le dijeron. Nosotros estamos bien aquí y no queremos irnos todavía, nos quedan muchas cosas por hacer, le dijo Josefina. Es muy pronto para encerrarnos en el comedor y esperar que sea la hora de la cena. ¿Nos vais a dejar que vengan con nosotros nuestros amigos para jugar en el corralillo, preguntó Josefina a su madre? De momento si, os los vais a poder traer, mientras no hagáis algo que haga que nos arrepintamos de haberos dejado pasar. Como eso no lo vamos a hacer nunca, vamos a venir a jugar al corralillo, muchas veces, durante mucho tiempo.

Salió Amparo del comedor, y se dirigió a la cocina para hablar con Joaquina, tenían que preparar la cena, y no se le ocurría nada que la pudiera sacar de ese atolladero. Preguntó por ella en la cocina y las otras criadas le dijeron que había salido al corral, temía que hablar con los gañanes y muy pronto estaría de vuelta. Cogió una silla y fue a sentarse cerca de la lumbre con las muchachas del servicio, que enseguida le dejaron sitio, le colocaron la silla cerca de la lumbre, mientras Amparo dirigiéndose a ellas les decía, me voy a quedar aquí un rato hablando con vosotras, mientras Joaquina soluciona sus asuntos con los gañanes, y cuando venga nos ayuda a pensar y a preparar la cena.

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