XV. Golpes de Estado

El gobierno estaba informado de que el golpe de estado seguía adelante, los militares africanistas continuaban con sus intenciones golpistas. De los errores se aprende siempre, y estos también aprendieron de los que ellos habían cometido y durante cinco años fueron corrigiendo sus equivocaciones, las que antes habían cometido para que no volvieran a repetirse. Buscaron el apoyo de los militares africanistas (militares africanistas eran los militares que pertenecían al ejército de África). Necesitaban gente que supiera y estuviera dispuesta a matar, y estos sí que sabían y estaban dispuestos a matar como posteriormente demostraron. Estaban acostumbrados a las rafias que tenían por objeto amedrentar a la población marroquí, y volvían al cuartel con las cabezas de los enemigos muertos clavadas en las bayonetas de sus fusiles, bien fueran las cabezas de hombres, mujeres o niños. Cualquier muerte sirve para amedrentar a una población conquistada.

Contaron también los militares africanistas para su alzamiento y posterior represión con la organización fascista de Falange Española de José Antonio Primo de Rivera y La Junta Ofensiva Nacional Sindicalista de Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, así como toda la prensa de Derechas encabezada por los periódicos ABC y el Debate cuyos directores, el marqués de Luca de Tena y Ángel Herrera Oria, se distinguieron por sus continuados y esperpénticos ataques a la Republica y por incondicional ayuda a los rebeldes. Contaron además los rebeldes con la ayuda de todas las organizaciones religiosas, bien fueran órganos de opinión, compañías religiosas de frailes o monjas y por supuesto con el papa Pio XII, que en unas declaraciones a la prensa dijo, que para poder perpetuar la vida actual y las creencias religiosas, con quien mejor se podía hacer era con el fascismo.

Con los que mejor se podía contar para el golpe era con los curas, con sus púlpitos y con la España rezadora, con los cuartelillos de la Guardia Civil y con el benemérito cuerpo, así como con los grandes terratenientes y con muchos de los pequeños que se creían que eran ricos y no lo eran, pero aspiraban a serlo y con las grandes organizaciones agrarias, con el gran capital, con los caciques.

A toda esta gente la temía la clase trabajadora, pero nunca pensaron que fueran a llegar a donde llegaron. Por eso aguardaron con tantas esperanzas la llegada de las elecciones de mil novecientos treinta y seis y por eso las ganaron, porque ellos también cometieron errores.como la paloma del poema de Rafael Alberti, los republicanos españoles también se equivocaban. Ganó de forma arrolladora las elecciones del año treinta y seis el Frente Popular, pensaban las clases trabajadoras que con el amplio apoyo recibido en las urnas, podrían mantenerse largo tiempo en el poder, pero poco dura la alegría en casa del pobre. Los militares africanistas habían seguido después del golpe del general Sanjurjo preparando otro golpe con más apoyos, con menos posibilidades de fracasar. Y cinco años después repitieron el golpe que estaban preparando desde que fracasara el anterior en el año treinta y uno, y lo hicieron con más fuerza, con más apoyos. Sabía el gobierno de la República que los militares estaban preparando otro golpe de estado desde que le abortaron el que había dado el general Sanjurjo en el año treinta y uno. No querían intervenir hasta que se produjera el alzamiento de los militares. Se equivocaban, nunca pensaron que el poder de la iglesia, con su dinero, con sus órganos de opinión, con el poder que ejercieron sus púlpitos sobre los católicos, ni el miedo que las clases acomodadas tenían al comunismo. Aunque el poder de los comunistas en las urnas nunca alcanzó el diez por ciento de los votos, los golpistas basaron ahí su propaganda. Las clases acomodadas tenían un miedo cerval al comunismo, pensaban que según hablaba la prensa de derechas y según hablaban los púlpitos, el comunismo iba a llegar al poder, y la mejor forma de evitarlo era con un golpe de estado. Muerto el perro, se acabó la rabia, pensaban.

Pensaron las clases adineradas que un golpe estado pudiera acabar con la República y que los militares iban a salvar a España del peligro comunista. Cuando esto ocurriera, todo iba a ser un valle de rosas. No valoraban lo que esto iba a costar. Pronto iban a estar frente a frente las dos Españas. Las espadas estaban en alto. Y los rebeldes, los que querían derribar la República, empezaron matando, sabían que tenían que empezar así, y así lo hicieron, luchando en los frentes contra el legítimo gobierno de la República y tratando de exterminar, sin reparar en medios a los que no pensaran como ellos.

Tal vez la República valorara poco el poder del dinero, el de los grandes terratenientes, el del gran capital, el de la iglesia y sobre todo valoraron poco el apoyo que podrían recibir los rebeldes desde el primer día del fascismo italiano y del nazismo alemán, y nada valoraron la necesidad que tenían de probar sus armas tanto los ejércitos alemanes como los ejércitos italianos.

Conocían los militares africanistas por su experiencia en la guerra de África los buenos resultados que obtenían con las ejecuciones, las torturas, las violaciones que a diario aplicaban con sus rafias sobre el oprimido pueblo marroquí. Toda Europa sabía cómo los cuerpos especiales del ejército español de ocupación en Marruecos, al volver a sus cuarteles de cualquier enfrenamiento con sus enemigos, volvían a sus cuarteles con las cabezas de sus enemigos muertos pinchadas en las bayonetas de sus fusiles y cómo la entrada en los pueblos y ciudades de Marruecos solía ir siempre acompañada de saqueos, violaciones y ejecuciones que lo mismo podían ir dirigidas a hombres, mujeres o niños.

Cuando las tropas especiales del ejército de África después del Glorioso Alzamiento llegaron a España, tenían estipulado junto con su soldada, que aparte del sueldo como soldado del cuerpo especial al que pertenecían le correspondiera, tenían también el derecho al saqueo durante dos horas de las tierras, ciudades o pueblos que conquistaran. Y esto si que lo llevaron a cabo con toda crudeza. Las ejecuciones, las violaciones y los saqueos se iban haciendo por los falangistas, por el tercio y por los regulares con toda la crudeza que tal decisión exigía. Para matar no se necesitaban juicios, ni abogados, ni testigos, ni siquiera jueces, lo único que se necesitaba, eran armas y gente para matar. Así empezó la guerra civil a la que durante tanto tiempo hemos oído nombrar como Glorioso Alzamiento.

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