El Grito XXXIV

XXXIV

Calló Marcelo, mientras esperaba que Luisa le diera su criterio sobre lo que debía hacer, y viendo como permanecía callada sin expresar criterio alguno le dijo: Todavía no me has dicho nada. Di al menos lo que piensas, necesito que me ayudes a salir del atolladero en que me encuentro, ya te he dicho lo mucho que me cuesta tomar decisiones, y para tomar una decisión como esta te necesito.

Estas acostumbrado a descargar tu responsabilidad en la gente que te rodea. Tienes que aprender a actuar por tu cuenta a manejarte sin apoyos de nadie, tus decisiones deben de estar cargadas de verdad para que puedas asumirlas con valentía. Cuando tomes esta decisión, tienes que hacerlo de acuerdo contigo mismo, que no puedas buscar culpables, si la decisión que vas a tomar, te va a afectar a ti solo, eres tú el único que la tienes que tomar. Pienso que a la hora de escribirle al obispo, tienes que ser más valiente. La vida la tienes que afrontar con valentía. Bondad es valentía, ser bueno es ser valiente, dijo un gran poeta. Lo contrario es ser apocado, y eso ya no es ser bueno. Eso es ser cobarde. Para enfrentarnos a la vida, siempre debemos ir con la verdad, y luego nos podrá salir lo que vayamos buscando bien o mal. Tenemos que pensar que hemos actuado con arreglo a nuestro criterio, y que los postulados de los que partimos eran los que creíamos mejores. Si nos toca lo peor lo aceptamos, sin tener que buscar culpables.

Cuando Marcelo terminó de oír a Luisa las lágrimas le temblaban entre sus pestañas, mientras Luisa mirándolo fijamente quedaba en espera de sus palabras. Durante unos segundos permaneció callado, tratando de no hundirse, que la emoción no arruinara su discurso; cuando hubo contenido las emociones que le embargaban, dirigiéndose a ella y aguantando su mirada le dijo: Sé que al decirte lo que al obispo pensaba decirle, mis palabras no eran lo suficientemente valientes, y me alegro que me lo hayas reprochado. Con estas palabras trataba de evitar un enfrentamiento con el obispo, y al mismo tiempo con la Iglesia. Pensaba poder escaparme por la tangente, y me ha faltado valor para decirte las palabras que al obispo le tenía que decir. Me ha faltado valor al redactar estas palabras y tendré que ser más sincero con lo que le escriba. No trataba de mentir. Tus palabras me van a ayudar a hablar en otros términos. Cuando estabas hablando sobre el valor, y te he oído decir “Bondad es valentía, ser bueno es ser valiente”, me han emocionado tus palabras. Pensaba que esa frase se la habías arrancado tú a la vida en tu convivencia diaria. Sin embargo, enseguida me has aclarado que esta frase era de un gran poeta, me has hecho sentirme emocionado, y tus palabras han hecho que las lágrimas afloraran a mis ojos. Cuando todo esto termine, si logro encauzar mi camino, tus palabras van a ser para mí la lección mejor aprendida, con la confianza que de ellas voy a sacar el valor necesario para afrontar las tribulaciones y las dudas que la vida me plantee.

No quiero que subas tan alto a mis palabras, contestó Luisa. Lo que he aprendido, lo que ahora sé, lo debo a lo que mi padre me enseñó, a tu padre, que hizo posible que pudiera aprender en los libros que puso a disposición mía, todos estos libros que estaban durmiendo el sueño de los justos en estas estanterías, que tenemos ahora frente a nosotros, y en menor cuantía, a las cosas que haya podido aprender en mi roce diario con la vida que pasa. A eso se lo debo todo, y me siento tranquila con lo que he podido aprender en mi diario acontecer durante la vida que me ha tocado vivir, e igual  que a otros me ha dejado días tristes a veces, amargos o alegres otros, y con ellos, día a día haya podido ir configurando mi propia historia, a la que un día se tragara el tiempo. Cayó Luisa. Durante unos segundos los dos permanecieron callados, se levanto Marcelo, y con lágrimas en los ojos se acercó hacia ella, la besó en la frente y volvió al sillón en que estaba sentado frente a ella.

Durante un largo rato permanecieron callados. La tarde poco a poco se había ido apagando. Apenas entraba luz por las ventanas de la estancia. La lumbre se había ido amortiguando, una ligera capa de ceniza cubría las ascuas mas grandes, mientras que a las más pequeñas se las había tragado el tiempo. Se levantó Luisa y dirigiéndose a Marcelo le dijo: Voy a preparar la cena, traeré leña para la lumbre para que la habitación no se enfríe, se volvió hacia la puerta con intención de salir, cuando oyó la voz de Marcelo que le decía: Trae cena para los dos, quiero que esta noche cenemos juntos… que tenemos que hablar de muchas cosas.

Salió Luisa hacia la cocina para traer la cena, al tiempo que Marcelo le decía: No salgas por la leña, es ya de noche. La voy a traer  antes de que vuelvas, quiero ver las estrellas, de esta noche quiero guardar el mejor de los recuerdos. Desde la puerta, lo miró Luisa. Fue cerrando la puerta poco a poco, y desapareció con dirección a la cocina. Marcelo se quedo mirando durante unos minutos la puerta que Luisa había cerrado. A la luz del quinqué salió al patio, abrió la puerta del corral, al oír el cerrojo ladraron los perros. La Luna, grande y redonda, lo iluminaba todo. Miró a las estrellas, se sintió emocionado y a la vez contento, ¿será este mi camino, habré terminado para siempre con mis dudas y mis tribulaciones? Espero que la paz y el sosiego me hayan llegado para siempre. Recogió la leña que había dejado en el suelo, y se dirigió hacia la puerta. Al echar el cerrojo volvieron a ladrar los perros, miró al cielo estrellado, volvió a mirar la Luna otra vez, y se dirigió al salón de la casa donde Luisa lo estaría esperando.

Cuando Marcelo entró en el comedor, ya estaban los platos y los cubiertos preparados sobre la mesa, y las dos sillas en las que se iban a sentar, estaban colocadas frente a frente a su alrededor. Al poco llegó Luisa con la cena preparada, y al verlo preparando la lumbre le dijo: Solo tienes que dejarla sobre las ascuas, la leña esta seca y ella sola romperá a arder. Se levantó Marcelo al oírla, se volvió hacia ella y le dijo, te veo más alta, más guapa, y más arreglada, a lo que Luisa contestó: Eso es que me miras con buenos ojos, soy la misma que ha estado frente a ti toda la tarde, he cambiado de vestido y de zapatos, y me he peinado y lavado un poco, pero soy la misma, vamos a sentarnos a cenar, le contestó mientras le colocaba la silla donde se debía sentar. No supo qué contestar Marcelo, y un poco aturdido fue a sentarse a la silla que Luisa le ofrecía.

Apenas hablaron durante la cena, alabó Marcelo el guiso que Luisa había preparado, y al terminar dijo Luisa: Espera. He preparado un postre muy conocido, y que nunca cae mal, es un flan de yemas que debe ser tan viejo como el mundo. Siempre sabe lo mismo, y evita que tengas que felicitar a la cocinera. De todas formas muchas gracias por la intención, dijo mientras cogía la pala para partirlo.

A pesar de todas las advertencias que me has hecho para que no te felicite, no tengo más remedio que felicitarte, si no es por la fórmula que has utilizado, déjame felicitarte por haberlo hecho, y al mismo tiempo para que pueda celebrar el haberte conocido. Si te hubiera conocido antes, nunca me hubiera hecho sacerdote, ni tendría que colgar los hábitos.

 Piénsalo bien, le dijo Luisa, no sea que después de colgarlos los tengas que descolgar. Acostúmbrate a pensar detenidamente las cosas antes de hacerlas. Piensa que si hubieras sido mas precavido en tus decisiones, no te hubieras hecho sacerdote. Hubieras estudiado leyes, y ahora tendrías un bufete en la capital con un pasante y una secretaria, y pienso que por tu edad estarías casado, e incluso, ya podrías tener un para de hijos en edad escolar. En pocas palabras podrías ser un abogado de prestigio, un poderoso terrateniente, y si me apuras un poco debieras a la vez ser un buen pensador, si hubieras seguido el pensamiento de tu padre, en vez de los disparatados pensamientos de tu tía.

Piensa que si después de colgar los hábitos, te los tienes que volver a poner, vas a carecer del prestigio necesario para que las beatas y beatos se acerquen al confesonario donde tú estés, e incluso la iglesia te cierre la puerta, te excomulgue, y a la hora de morir, te veas al borde del infierno. No te auguro que fueras a pasar dentro, porque no me puedo imaginar que esté abierto. Pienso, dijo Luisa, que con lo fácil que la Iglesia había puesto la entrada en este aposento, hace muchos años que debe de estar lleno, y como de allí, nadie puede salir, les iba a ser imposible a los que allí estén poderte abrir la puerta. Rieron los dos con los malos augurios que le hacía ver Luisa si no moderaba su optimismo, y continuaba ejecutando sus impulsos antes de pensarlos detenidamente. Notó enseguida Marcelo que Luisa, en los días que llevaba con ella había entendido con toda claridad cuáles habían sido los problemas que le habían llevado al borde de la locura, y la decisión que ya había tomado, debía ser una decisión más meditada, para no tener que arrepentirse, y para que el paso del tiempo no derribara sus proyectos.

Cuando terminaron con el postre, se acercaron a la chimenea. Como Luisa le había dicho cuando estaba intentando hacerle arder a la lumbre, esta había empezado a arder sola. Como a todo, a la leña le ha llegado su hora, le dijo Luisa, mientras ambos miraban desde sus sillones el movimiento de las llamas.

Se levantó Marcelo, y sin decir palabra, se dirigió a la puerta. Lo vio Luisa salir al pasillo, no le dijo nada, esperó a que volviera, y al volver, una vez que estuvo sentado frente a ella, le preguntó: ¿De dónde vienes? De colgar los hábitos, contestó Marcelo. Se levantó Luisa, se fundieron en fuerte y prolongado abrazo, y emocionados, juntos se dirigieron a la alcoba.

Terminado este relato

el 15 de noviembre del 2013.

Valentín Villalón Benítez.

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