Leñadores 26

Cipriano y Rufina habían organizado su vida de tal forma que casi no le quedaba tiempo para otra cosa que para traer leña y lavar ropa. y el hecho de doblar sus ingresos en la forma que lo hacían  les proporcionaba una gran satisfacción.  Por eso se acostumbraron pronto a vivir de esta forma, y con el dinero que ganaban les hacía pensar, que podían aspirar a tener una vida mejor.

Podían aspirar a tener casa, que de otra forma también podían aspirar a ella, pero le hubiera costado mucho más tiempo el conseguirlo, y así lo podían   conseguir mucho antes. Podían aspirar, a hacer matanza, matar dos cerdo por San Martín era algo que solo se lo podían permitir los labradores y los ricos, los trabajadores nunca hacían matanza, ni comprar en las carnicerías, ni comprar pescado cuando venían a vender a la plaza, eso era algo no podían hacer los pobres. Querían vivir con cierto desahogo, no estar dependiendo siempre de la lluvia o de la sequía, de los hielos, o de los calores, de unas cosechas, que no iban a ser nunca para ellos, pero que nunca les podían faltar. Si les faltaban era al hambre a lo que estaban abocados, y el hambre era muy dura, era algo que estaba siempre en los pensamientos de todos los que vivían de sus manos, y esto era lo querían desterrar por todos los medios.

Por eso estaban trabajando tanto, en busca de una vida mejor. Esto les iba a costar mucho, pero era algo a lo que no podían, ni querían renunciar. Ellos no iban a viajar nunca, nunca irían a una playa, ni aun balneario, nunca pisarían un hotel, ni harían un solo viaje para conocer grandes capitales, ni visitarían museos ni catedrales, ni asistirían a ninguno de los eventos que con carácter nacional o internacional, se pudieran dar, sus aspiraciones estaban más cerca. Sus aspiraciones estaban aquí, Sus aspiraciones se limitaban a poder hacer frente a los problemas que a diario les dejaba la vida en la puerta de su casa para que ellos los resolvieran con sus medios, y esto no era poco.

La vida seguía, su trabajo lo iban haciendo con cansina monotonía. Prosperaban, y esto era lo que buscaban, lo más importante para ellos, era lo que más necesitaban y lo iban logrando. Cada vez tenían más dinero, y cada día estaba más cerca el verano, a un día le seguía otro día y a una semana le seguía otra semana, tiempo no tenían para aburrirse, eran jornadas de trabajo completas las que hacían. Dormían bien, el trabajo no les faltaba, y todas las semanas, guardaban el dinero previsto. Había sido una buena decisión, ir a comprar la burra a Almodóvar, igual que la de encaminar su comino por estos pasos, no se arrepentían, estaban contentos con la decisión que en su día tomaron.

Estaba Cipriano contento con sus burros, co su quijotesca pareja de burros, eran fuertes y duros, se sentía orgulloso de ellos, tanto como se sintiera Sancho de Rucio o Don Quijote de Rocinante. Le gustaba ver, cuando llegaba a Almagro como miraba la gente a sus burros y a la leña que sobre ellos traía. Lo mismo le pasaba cuando llegaba a su pueblo, le gustaba oír los piropos recibían, así como los que su leña recibía Buena leña, le decían algunos, de donde la traes, a lo que él siempre contestaba, del monte. Era una vida dura la que hacían, pero estaban contentos con su trabajo y con los beneficios que de el obtenían, el tiempo pasaba deprisa, y con eso estaban contentos. Querían que durante el mes de agosto, pudieran comprar la casa, aunque para esto tuvieran que pagare este año la mitad y para el año que viene le tuvieran que pagar la otra mitad. Los dos querían tener una casa este verano, esperaban conseguirlo. La  casa que habían visto, era la que necesitaban, todo lo que tiene, decía Rufina, es lo que nos hace falta, lo que necesitamos y para conseguirlo, tenemos que poner todo nuestro esfuerzo, sea el que sea.

 En la higuera a las lavanderas, le gustaba mucho meterse con Rufina, con lo ricos que se iban a poner con tanto trabajo, le decían que se tendrían que comprar una casa en la Calle Real, o en la Plaza y así podían  oír la música desde los balcones de su casa y al mismo tiempo  podían verlos tocar en el palco de la música los domingos por la tarde. A las lavanderas les decía Rufina siempre que no era que no le gustaran, pero a los pobres les es siempre muy difícil alcanzar lo que se proponen, aunque lo que nos propongamos sea poco, siempre nos será muy difícil alcanzarlo, lo más fácil es que nunca encontremos lo que buscamos, por mucho empeño que pongamos en alcanzarlo.

Los pobres no heredamos, nada  tenemos, nadie nos valora, por eso nos cuesta tanto alcanzar lo que nos proponemos, que siempre es poco, y como somos pobres, nadie nos ayuda, no podemos dar nada a cambió nosotros no  podemos ayudar. Esa es nuestra tragedia, es la causa, por la que lo poco que conseguimos tardamos tanto en conseguirlo, y cuando recibimos la visita de la Vieja Dama, nos quedan tantas cosas por hacer. El tiempo no perdona, nos tenemos que ir, cuando nos quedan tantas cosas por alcanzar.

Asintieron todas con la cabeza, las palabras que Rufina acababa de decir, y durante un rato permanecieron lavando, mientras pensaban en las palabras que Rufina acababa de decirles. Rompió el silencio que habían dejado las palabras de Rufina una de las lavanderas, observando que ya hacía calor y que el verano lo tenían a la vuelta de la esquina, continuaron hablando las lavanderas de temas más intrascendentes, mientras poco a poco iban terminando de lavar sus ropas.

Empezaban a salir del agua las primeras lavanderas para tender sus ropas al sol, cuando Rufina empezaba a lavar su segunda cesta, poco apoco se iba quedando sola, cada vez el silencio era mayor en el lavadero y el murmullo era mayor entre las lavanderas que habían salido a secar sus ropas. Hacía calor, se oían cantar las perdices en la Solana de la Higuera y a los gañanes cantar en sus besanas, era un hermoso día de temprana primavera, y todo auguraba que el invierno y había pasado. Mientras Rufina se iba quedando sola en el lavadero pensaba en el verano, en la casa que pensaba comprar cuando el dueño actual llegara a pasar sus vacaciones, y temía que cuando el dueño llegara no llegaran a un acuerdo, y no pudieran comprarla, aunque esto era una posibilidad en la que no quería pensar, quería que cuando naciera su hijo, lo hiciera en su casa. Eso esperaba y confiada esperaba conseguirlo.

Cuando llegó Cipriano a recogerla, pocas quedaban secando sus ropas, estaba sentada con su amiga Rosa en la pared que servía de cerca al lavadero, me estabais esperando, dijo Cipriano, ¿acaso es que no podéis con las cestas y esperáis que alguien os ayude?, aquí me tenéis dispuesto a sacaros del atolladero donde os encontráis. Gracias dijo Rosa, pensábamos que no nos dejarías solas, después de estar aquí todo el día lavando, confiábamos en que vendrías a por nosotras, te esperábamos. Colocó Cipriano las cestas de ropa sobre la albarda de Rucio, las cinchó bien con las sogas de la leña, e iniciaron su vuelta a la casa, por el camino del Pilar, cuando el sol empezaba declinar. Hacía una buena tarde, entre los sembrados aparecían las primeras amapolas, se oían cantar las codornices entre la hierba, mientras ellos, camino adelante mantenían una distinguida conversación. Cuando llegaban al pueblo, el Sol trataba de esconderse entre los cerros, y el humo de las chimeneas crecía de forma desordenada entre los tejados. Para los campesinos era la hora de recogerse, la hora de la vuelta a la casa.

Dejaron a Rosa en su casa, agradeció esta a Cipriano el haberle traído la cesta hasta su casa, contestó este con el no hay de que acostumbrado y continuó el matrimonio sin hablar decir palabra hasta su casa. En la forma acostumbrada fueron repitiendo los actos de todas las tardes, sin apenas dirigirse palabra alguna, metió Cipriano a Rucio en la cuadra, después de haberle quitado los aparejos, cambió los restos de paja, que quedaban en el pesebre por paja nueva, les echo pienso, cerró la puerta da la cuadra, después la del corral se lavó y se peino en el patio y pasó a cambiarse de ropa al dormitorio, después salió a la cocina, donde Rufina preparaba la cena, se sentó a la mesa y esperó a que Rufina terminara para cenar.

Todos los días hacemos las mismas cosas con ligeras variantes Rufina. Que poca diferencia va a haber entre lo que hicimos ayer, lo que hemos hecho hoy y lo que hagamos mañana, van a ser las mismas cosas y a la misma hora. Eso siempre ha sido así, dijo Rufina la vida de la clase trabajadora, y sobre todo la vida de los que trabajamos con las manos, siempre es monótona y repetitiva. Todos los días hacemos las mismas cosas y a la misma hora, solo los pequeños matices nos hacen diferenciar unos días de otros. En esos pequeños matices, en esas pequeñas variantes, nos tenemos que apoyar para diferenciar unos días de otros. En eso y en nuestros proyectos, en proyectar la vida hacia adelante y, a veces, mirando hacia atrás, mirando en nuestros ya archivados recuerdos, y así aunque, como dijo un poeta, no sepamos a donde vamos, de donde venimos, ni cuando llegaremos. Si podemos saber como vamos, y adonde queremos llegar. Que alcancemos lo que deseamos, o no, dependerá, del esfuerzo que nosotros hagamos por conseguirlo, y del destino, que los dioses nos hallan marcado, sobre todo del destino, que los dioses nos hallan marcado.

Quedó Cipriano un poco confundido con las palabras que su mujer le había dicho, sin atreverse a pedir más explicaciones, como el siempre había oído hablar de Dios y de los dioses había oído hablar poco de ellos, estaba un poco confuso con las palabras que esta le había dejado, para que se entretuviera en ir pensando en los dioses. Quedó Cipriano más callado que un santo, mientras trataba de digerir, todo lo que su mujer le había dicho en tan poco tiempo, y ocurriéndosele más palabras para seguir hablando cambió de tema, y dejó el tema de los dioses  para cuando el supiera más de estos señores.

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