Leñadores 7

CAPITULO VII

Eran ya casi las tres de la tarde, cuando se acercaron al ato, donde sentados en una colchoneta de paja y recostados en la pared del convento para resguardarse del sol, descansaban la viuda, el hijo y el cuñado del Pirata. Habían salido para tratar del burro, Cipriano junto con Ángel y Anastasio. Al acercarse al ato despertaron a los que allí estaban,  se levantaron al verlos y esperaron su llegada puestos en pie, esperando que los recién llegados se dirigieran a ellos. Dieron las buenas tardes al tiempo que le preguntaban si eran suyos los burros y si estaban allí para su venta. Contestaron afirmativamente, y una vez que pidieron permiso para verlos de cerca,  se acercaron a los burros y los vieron  detenidamente.

Miraron, despacio, cada uno a los burros y al terminar, se juntaron para intercambiar la impresión que cada uno había sacado de  ellos. La impresión que sacaron no pudo ser mejor. Son los cuatro buenos, muy buenos apuntó Anastasio, dos han cerrado ya, el negro, que todavía no ha tirado las neguillas, puede tener diez u once años, ese rucio más claro,  tiene que andar entre los ocho y los diez, ya le ha crecido el gavilán, los otros dos van a hacer cuatro años el castaño y cinco el rucio más oscuro en las próximas hierbas. Todos son muy buenos, el rucio más joven, el más oscuro está “capao”, es el que más vale, por el que más dinero te van a pedir, pero buenos son todos y cualquiera de ellos te vale. Todos estuvieron de acuerdo con lo que Anastasio había dicho, y juntos se acercaron donde habían quedado la viuda del Pirata con su familia.

Mientras Cipriano y sus acompañantes fueron a ver los burros del Pirata, Antonio y su hermano, se quedaron encargados de las galeras y de los animales que tenían a su cargo, pensando que dadas las excelentes cualidades que Antonio  había visto en los burros del Pirata, pronto vendrían tirando del cabestro de uno de los cuatro, que habían visto por la mañana Antonio y Cipriano, junto a las paredes del convento de los dominicos. Mientras esperaban la llegada de Cipriano y sus acompañantes, tuvieron ocasión de atender a unos labradores interesados en comprar la yunta que Ángel había llevado para venderla.

Pidieron los labradores saber el precio que querían por ella, y al mismo tiempo preguntaron si  les dejaban mirarle  la boca. Habló Antonio diciéndoles, que el precio se lo podía dar él y que podían verle los dientes tranquilamente, pero que los animales no eran suyos, eran de un vecino que había ido con su padre a ver unos burros y a tratar de ellos, y que esperaba que muy pronto estuvieran de vuelta, puesto que ya hacia un buen rato que se habían ido. Decidieron los labradores dar una vuelta, mientras el dueño llegaba, y así se lo dijeron a los dos hermanos que los atendieron, diciéndoles que iban a dar una vuelta por  la cuerda, mientras el dueño llegaba y que muy pronto estarían de vuelta.

Mientras los labradores se alejaban, Antonio comentaba con su hermano, que hacía ya más de dos horas que se habían ido y todavía no daban señales de vida, pensando y diciéndole a su hermano, que ya debían haber vuelto, que en una feria no se puede perder el tiempo, que los labradores volverían, o no volverían. No se puede repicar y estar en la procesión, se pierde un comprador y puede ser que otro no llegue,  si estás dos días de camino, uno  para acá y otro para allá, y tres días en la cuerda, durmiendo en una saca de paja, rodeado  de tábanos y de moscas de todos los tipos, pasando calor por el día y frío en la madrugada y te tienes que ir como viniste, sin haber resuelto nada, yéndote con el mismo problema que trajiste, y todo eso por haberte separado de los animales durante un par de horas o tres, has hecho un pan como unas hostias.

Estaba Antonio dándole a su hermano argumentos más que suficientes para que éste entendiera que el tiempo en la feria no se podía perder, cuando vieron acercarse a los que tres horas antes habían salido hacía el convento de los dominicos, para comprar uno de los burros del Pirata. Y aunque venían sin el burro, Antonio, dirigiéndose a Cipriano, le dijo al llegar: ¿Cuál te traes, el capón? Se apresuró Cipriano a desmentir lo que Antonio había insinuado con su pregunta, mientras Anastasio y Ángel trataban de apoyar a Cipriano con sus argumentos. Una vez que callaron los recién llegados, pensando que Antonio ya estaba convencido, habló Antonio con estas palabras: Cipriano, uno de los burros del Pirata es tuyo, y creo que sé cual es. Un burro rucio muy oscuro, que va a hacer cinco años en las hierbas, con una mancha blanca en la frente, ojos grandes y francos, buen cuello  y elevada cabeza, buenos pechos, aplomado de los cuatro remos, con buenos cascos, largo y con una hermosa grupa. Calló Antonio, y todos empezaron a aplaudir.

Una vez que terminaron los aplausos, preguntó Cipriano a Antonio porqué sabía él que había comprado ese burro. Sabía  que habías comprado ese y no otro, porqué la cara es el espejo del alma y desde que te he visto acercarte por el camino, sabía qué ese burro era tuyo venías sonriendo. Vamos lo  sabía desde esta mañana, cuando lo vimos,  lo  pensé, y lo he seguido pensando después de comer. Si a ninguno os pasa nada, vais a estar juntos muchos años. Cuando te levantes,  la primera  visita que hagas va a ser a la cuadra y cuando te acuestes, al último sitio donde llegues antes de ir a la alcoba va a ser a la cuadra y durante el día, durante  muchos años vais a estar juntos y vais a trabajar juntos, vuestro trabajo va a ser el mismo. Él  va a ser un miembro  más de tu familia, y como tal lo vais a tratar y lo vais a  querer.

Elogiaron todas las palabras de Antonio, coincidiendo en  lo que éste había dicho. Así iba a ser,  tendría que darle de comer tantas veces como él comiera, darle  agua, ponerle herraduras nuevas, tantas veces como  las necesitara, arreglarle los aparejos, y trabajar con él todos los días. Tenían que salir juntos todos los días a ganar el pan.

Estaban comentando esto, sentados unos en los asientos y otros en la lanza de la galera, cuando Antonio le avisó a Ángel, diciéndole: Ahí te buscan, estos hombres son los que quieren tu yunta, los que han estado aquí antes. Estrecharon sus manos expresaron los recién llegados el motivo de su visita y Ángel en unión de Anastasio, fueron a enseñarle los animales a los recién llegados, mientras Cipriano se quedaba en la galera de Anastasio con los hijos de éste diciendo: Me quedo con vosotros, en los tratos, más que una ayuda soy un estorbo.

Siguieron sentados éstos  en los asientos de  la galera de Anastasio, observando cómo los labradores por un lado y Ángel y Anastasio por otro, mantenían posturas encontradas, distintos criterios. Esto era así desde que llegaron los fenicios que trajeron las monedas y las cambiaron por bienes, ahí empezaron las ventas, los cambios habían empezado antes, cada uno defiende lo suyo comentó Antonio. Durante un rato continuaron las idas y venidas, se acercaban o se retiraban a los animales, a veces oían sus palabras, a veces no, estaban intrigados con el trato, los tres lo seguían con sumo interés. Mientras hablaban, hubo un momento en que Anastasio cogió la mano de uno de los labradores y la mano de Ángel, poniendo una encima de la otra, y aunque al principio ofrecieron cierta resistencia, ambos acabaron cediendo. El trato está hecho, la yunta está vendida comentó Antonio desde el asiento de la galera.

Desde la galera, vieron cómo uno de los labradores sacaba su cartera y le entrega a Ángel un dinero, que desde donde ellos estaban no pudieron precisar a cuánto ascendía. Es la señal comentó Cipriano, hasta esta mañana no he tenido noticias de su existencia, como nunca he tenido dinero, nunca he podido comprar nada, ya si lo sé.  Y veo que está muy bien establecida esta costumbre, al principio desconfiaba  un poco de darle dinero a quien no conoces, pero esto obliga a los dos, trata a las personas de igual a igual. Otra de las cosas   que he aprendido esta mañana es que las costumbres son leyes, y esto también lo veo muy bien. De esto tengo yo que hablarle a la Rufina, a mí también me gusta aprender, y como ella va siempre delante de mí, es por lo que quiero que vea, que yo también aprendo, saber es  bueno. Todas las cosas buenas están hechas por gente que sabe, hasta las leyes… y las costumbres también están bien hechas. Son las costumbres el saber  del pueblo, él las ha hecho, comentó Antonio.

Ha sido un trato rápido, dijo Ángel al llegar donde éstos estaban, hemos tardado poco. No ha sido grande la espera, esta tarde habéis tardado bastante más dijo Antonio a su padre, el trato de Cipriano ha sido más largo. Protestó Cipriano las palabras de Antonio, alegando que el trato del burro también había sido corto, no más largo de lo que ha sido el trato de la yunta de Ángel ha sido, pasa que la mujer a la que yo le he comprado el burro hace veinte días, que la mujer está viuda, y todavía no ha podido digerir la tragedia que en tan poco tiempo le ha caído encima. La pobre mujer nos ha estado contando, que ella desde que se casó no ha tenido más problemas que resolver, que hacer el trabajo de su casa y comprar las cosas que necesitaba, y ahora tiene que enfrentarse a la vida  con cuatro hijos, cuando el mayor de ellos solo tiene once años. Y es por eso, por lo que hemos tardado tanto, que si esto no hubiera sido así, el trato  se hubiera resuelto en el mismo o menos tiempo que se ha resuelto el trato de la yunta.

Mientras Cipriano se defendía de las palabras de Antonio, Anastasio y Ángel corroboraron moviendo su cabeza de arriba abajo lo que Cipriano estaba diciendo. Con la viuda, no ha habido trato, dijo Anastasio, Cipriano le ha dado lo que la viuda le ha dicho que valía, y que a su vez es lo que su marido pagó por el burro en la feria de Almodóvar hace seis meses escasos. Lo que Cipriano ha dicho es verdad.

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