Leñadores 31

Pensaban que tenían dinero suficiente para comprar las mercancías necesarias y suficientes para poderse dedicar a la arriería. Al mismo tiempo tenían un buen carro de varas, resguardado por un buen toldo de lonas impermeabilizadas, que le iban a permitir llevar sus mercancías, bien resguardadas de las inclemencias del tiempo, agua, nieve, frío, aire,  sol o de cualquier otro tipo de inclemencia que se le presentase. Tenían dos burros buenos, con fuerza suficiente para poder tirar del carro, por empinadas que fueran las cuestas. Y tenía Cipriano buenos amigos, que le irían abriendo las puertas de los mercados, donde pudiera conocer dónde, cuándo y cómo pudiera vender las mercancías con las que su carro iba a ir cargado.

Detenidamente pensaron en el cambio que le iban a dar a sus vidas. Sabían que si dejaban lo que hasta ahora estaban haciendo no les iba a ser fácil volver a él, después de haberse despedido de la gente a la que habían estado sirviendo durante tantos años y de la que no habían tenido nunca una sola queja. Por eso les estaba siendo tan difícil tomar esta decisión y por eso la habían estado postergando durante tanto tiempo, sin atreverse nunca a decir, ya lo vamos a dejar, y pase lo que tenga que pasar. Era muy difícil tomar una decisión de este calado, para después deshacer el camino andado, y volver a dar los mismos pasos como unos simples principiantes e incluso peor que estos. Los más nuevos buscarían un trabajo que no habían realizado nunca, y ellos tendrían que buscar el mismo trabajo que antes habían dejado. Con el inconveniente que ahora tenían que volver a buscar su trabajo en las mismas casas de las que antes se habían despedido.

No les resultaba fácil distinguir cuál de los dos era el mejor camino para ellos y por eso lo pensaban tanto y le daban tantas vueltas, sin saber hacia dónde dirigirse. Después de pensarlo despacio, llegaron a la conclusión de que como el verano estaba a punto de llegar y durante el verano se vendía mucha menos leña, en vez de llenar su huerto de leña para luego ir vendiéndola durante el invierno, este verano iban a probar a ser arrieros, para ver cómo les iba. Si veían que la arriería les iba bien, pensaban, después de haber probado esta nueva forma de realizar su trabajo, se despedirían de las personas con las que habían trabajado antes, y continuarían con los viajes. Si esto no fuera así, volverían a la leña. Durante el verano, Rufina tendría que seguir lavando ropa hasta que pudieran pensar que lavar ropa ya no les iba a hacer falta por más tiempo. Pero si a Cipriano no le iba bien el oficio de arriero y tenía que volver al de leñador, a Rufina le bastaba con seguir lavando sin tener que despedirse.

Todo lo habían previsto, hasta en los más pequeños detalles, pero de nada estaban seguros. Necesitaba ver cómo les iba para tomar esta decisión, y a pesar de eso, seguros no iban a estar nunca. Les quedaban unas pocas cargas de leña que les habían sobrado del año anterior en el corral de su casa, y con otras pocas que guardaron durante el mes de mayo, cuando ya hacía menos frío, la leña se gastaba menos y se vendía peor. Tenían que esperar la llegada del invierno para poder venderla. Mientras durante el verano, Cipriano iniciaba su andadura como arriero de castilla, uno más entre tantos otros. Habló este con sus amigos, que durante unos días se dedicaron a hacerle ver los peligros, las dificultades y lo poco que se ganaba en esta profesión. Cuando  llegaba a su casa, después de haber estado hablando durante un rato en el bar donde tenían la costumbre de juntarse todos los arrieros del pueblo que no estaban de viaje, siempre llegaba a su casa con el ánimo por los suelos.

Sabía Rufina lo bajo de ánimos que se encontraba su marido. Cuando lo veía entrar a la casa, después de haber estado con los arrieros en el bar donde se juntaban. Nunca le decía nada, no le preguntaba por su estado de ánimo, ni cualquier otra cosa que Cipriano pudiera relacionar con el abatimiento que lo envolvía. Trataba de hablar con su mujer sobre los difíciles tiempos que estaban viviendo los que se dedicaban a vender, a lo que su mujer invariablemente le contestaba, por malos que sean siempre serán mejores que los que te están tocando vivir a ti. Y casi podía decirte, mejor que los que estamos viviendo nosotros. Conocía Rufina la estrategia que los arrieros utilizaban con su marido, todavía no se había enterado Cipriano de lo que sus amigos buscaban y ella no quería decirle nada, por eso estaba Cipriano tan preocupado. Pensaba que lo mejor sería no empezar para no tener que dejarlo, le iba a dar vergüenza, volver a buscar trabajo a las mismas casas, poco después de haberse despedido.

A la llegada del verano tenían ya un gran montón de leña en el corral de su casa, había sido un buen año de hierba,  sabían que los arrieros del pueblo iban a diario a comprar queso a Herencia, Rufina les oía a sus mujeres ofrecerles a otras y a ella misma un queso muy bueno, que sus maridos iban a comprarlo a Herencia por lo bueno que era. Viendo Rufina que su marido estaba preparando para ir a por leña el día siguiente le dijo, prepara el carro, riégalo bien ahora, y antes de acostarte, a los burros les echas de comer, ahora y después de  cenar, tenemos que levantarnos a las cuatro, para que salgamos de camino a las cinco. Mañana tenemos que ir a comprar queso estamos a cien kilómetros de donde vamos a ir a buscarlo, por eso quiero que salgamos temprano, para que la noche no nos coja en el camino. Si vemos que los animales van cansados y no vamos a llegar con sol adonde vamos, hacemos noche en la posada del pueblo que más cerca nos coja, y continuamos al día siguiente. Vamos a procurar estar de vuela en tres días, el chico se va a quedar con mi madre.

Quedó Cipriano perplejo ante todas las decisiones que su mujer había tomado y de las que no había tenido noticias hasta ahora que se lo acababa de decir. ¿Y dónde vamos a ir con el carro y los burros, si es que se puede saber?, preguntó Cipriano a su mujer un poco mosqueado. Vamos a ir a Herencia. Está  casi a cien kilómetros de aquí, tenemos que ir a comprar  un carro de queso, para venderlo por aquí, en los pueblos de alrededor, allí está barato y vamos a intentar ganarle algún dinero. Es la época del queso y para venderlo, lo tenemos que vender ahora, que es el tiempo de echarlo en aceite. Si ahora no se vende lo tendremos que echar en aceite nosotros, dijo Rufina. Quedó Cipriano mirando a su mujer, interrogándole con el gesto lo que pensaba hacer, a lo que esta contestó  diciéndole, piensa lo que nos va a durar, si lo gastamos en meriendas, la cantidad de leña que vas a tener tú que hacer y las cestas de ropa que yo voy a tener que lavar, si no somos capaces de venderlo. Se dio cuenta Cipriano de que no era fácil hacerle a su mujer cambiar de opinión y rió con ella su ocurrencia.

La del alba sería cuando Cipriano salía por las puertas falsas de su casa, con su mujer, su carro y sus dos quijotescos asnos, en busca de las tierras de Don Quijote, para comprar un carro de queso con el que poder iniciar una nueva aventura.

Estaba preocupado por la forma en que había visto a su mujer tomar las decisiones por su cuenta, sin haberle dicho con anterioridad lo que pensaba que debían hacer, pensaban que ella era la más decidida y al mismo tiempo era la más inteligente y él aceptaba siempre de buen grado las propuestas que ella hacía. Pero esta vez, por la forma de hacerlo, se había sentido ofendido, pensaba decírselo, pero no encontraba la forma adecuada de hacerlo y esto le hacía sentir cierta inquietud. Durante el viaje estuvo tentado en varias ocasiones de hacerlo, pero no se atrevió, le faltaba fuerza para tomar la decisión  y esta falta de decisión era lo que más le inquietaba, lo que no lo dejaba estar bien consigo mismo y lo que en sus ratos de soledad lo traía por la calle de la amargura. Su mujer lo iba observando, mientras él iba encerrado en sus pensamientos, y esperaba que tomara la decisión de hablar. Como el camino era largo, esperaba que tarde o temprano, se decidiera a hacerlo, ella seguía expectante a que él tomara esta decisión.

Continuaron andando por el largo camino que tenían delante, sin que ninguno dijera una sola palabra, pasaban los kilómetros, pasaban los pueblos, solo se oía el eje del carro, las pisadas de los animales y las ruedas del carro cuando tropezaban contra las piedras del camino. Se oían algunos pajarillos mientras revoloteaban entre los cardos, el silencio era tétrico. Fue Rufina la primera en romper el silenció que habían mantenido durante largas horas. Tal vez se sintiera culpable de aquella situación, quizá debiera haber hablado con él antes de relatarle el programa que iban a seguir, quizá no debió esperar a última hora para decir lo que pensaba, y por eso fue ella la que tuvo que empezar a hablar mientras su marido callaba.

Te encuentro raro desde ayer, y puede que tengas razón, quizá hubiera debido haber empezado a hablar antes de decirte lo que hoy teníamos que hacer y esa sea la causa de tu enojo. Pido disculpas por mi actitud, pero quiero que sepas lo que he sentido yo con la actitud que tú has mantenido conmigo, tal vez sin darte cuenta, que a mi también me duele que me aparquen, sin darme explicación alguna de las causas que han motivado mi aparcamiento. Desde hace varios días, veinte al menos, he notado en ti que no querías hablar del cambio que desde hacía tiempo pensábamos dar a nuestras vidas, iniciando un trabajo distinto al que hasta ahora veníamos realizando. Llevo todos estos días viendo cómo al atardecer sales todas las noches, sé que vas al bar donde los arrieros se reúnen y sé también de lo que estos hablan contigo. Tú no me has dicho nada de esto, pero los comentarios que te hacen, y lo que tú contestas son los que a mí me llegan al lavadero donde lavo la ropa.

No te has debido dar cuenta de que los consejos que recibes de tus amigos los arrieros son consejos interesados en su propio beneficio, no en el tuyo. Su oficio es ser arriero, y el hecho que tú vayas a parar al oficio que ellos ahora están desempeñando, les hace pensar que lo que tú vendas, lo van a dejar de vender ellos. Por eso tratan de influir en ti, para que sigas trayendo leña y yo siga lavando ropa. Por eso, cuando ayer tarde te vi estar preparando las sogas para irte a por leña, te dije que hoy íbamos a venir a comprar un carro de queso. No estaba dispuesta a que los arrieros nos aparcaran en la leña y en la ropa para toda la vida.

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