Leñadores 19

Continuaron camino adelante, andando por un monte más alto y de monte más tupido, mientras el guarda, desde la senda por la que transitaban le iba diciendo el tipo de leña que podía encontrar en los distintos sitios de la finca por donde iban pasando. Cipriano seguía pensando en los lobos. Al llegar a la cuerda de Aljibes Llanos, se separaron Cipriano y el guarda del Valle, Cipriano continuó andando por la cuerda de las Berenjenas hasta buscar el camino de la casa de la Nava, donde le esperaba el guarda de esta finca. Era ya casi mediodía y le quedaban muchas cosas por hacer, iba preocupado, los lobos seguían siendo su principal preocupación, iba solo y ni largo ni cerca se veía un alma, continuó andando delante de Rucio, mientras este le iba pisando los talones, hacía un buen día aunque ya no hacía un calor excesivo, gustaba estar en el campo, había valido la pena haber hecho este viaje, estaba contento.

Cuando se dio cuenta estaba encima de la casa, había venido oteando el horizonte y no se dio cuenta de que estaba llegando a la casa. Esta casa era distinta de la casa del Valle. En ella vivían dos guardas y cada uno tenía sus habitaciones, su cocina y sus servicios. Las casas de los guardas eran independientes la una de la otra. En estas casas vivían cada guarda con su familia, la soledad era más llevadera, no se hacían las noches tan largas en el invierno y en el verano, en la sierra, las noches son más frescas que en el llano. Cuando Cipriano llegó a la casa de la Nava, quedó impresionado con la fachada de la casa de los señores, sus hermosas y grandes puertas de madera tallada, sus grandes ventanales de hierro forjado, su enorme explanada con sus viejos árboles, causaron en él una gran sensación. Nunca pensó que en el campo pudiera haber casas así, y mucho menos para una sola familia, que solo iba allí en contadas ocasiones.

Supo Cipriano por los guardas, que los dueños iban allí tres o cuatro veces al año, y que normalmente siempre llevaban invitados, por eso la casa era tan grande, que las mujeres de los guardas cobraban un sueldo durante todo el año por tenerla siempre limpia y arreglada, aunque los dueños no fueran a venir en mucho tiempo, y que estos siempre que venían les traían regalos a todos, y sobre todos a sus hijos, y además eran cariñosos y agradables con todos.

Cuando llegó Cipriano a la finca estaban las mujeres terminando de hacer la comida, aquel día habían matado un hermoso gallo que tenían, y como entre los pollos que habían criado aquel año, no había ninguno que le pudiera hacer frente, decidieron matarlo, porque si no lo hacían, no les iba a dejar un pollo vivo, por eso habían decidido hacerlo. De los dos guardas que había en la finca uno era de Aldea y el otro era de Calzada. Se llevaban bien, los guardas y sus familias. No era normal que dos familias con hijos pequeños, que vivan juntas y que trabajen en la misma profesión los maridos, y en la misma profesión las mujeres se lleven bien las mujeres, se lleven bien los maridos y se lleven bien los hijos. Y que además, las dos familias pertenezcan a dos pueblos vecinos y enfrentados. Esto era raro, pero era real. Lo que parece imposible, a veces es real, y este era un caso raro, pero real.

Invitaron a comer pollo con arroz a Cipriano, que en principio se opuso, alegando que traía merienda y que lo que él buscaba era que le dijeran qué tipo de leña se podía hacer allí, y por qué caminos podía llegar a donde esta leña estaba para poder ir a cortarla. Mira, Cipriano, dijo Adela, que era amiga de Rufina, guarda tu merienda para otra ocasión, y quédate a comer con nosotros, el pollo es grande y vamos a tener pollo para todos, además, arroz también tenemos bastante y no vamos a necesitar ir ninguno al pueblo para poder hacer la comida. Quédate con nosotros, estamos solos, se nos pasan las semanas, los meses sin hablar con nadie y hoy que, por una fortuita circunstancia, vamos a tener la ocasión de hablar, no la vamos a perder porque tú tengas ahí la merienda que te ha preparado Rufina, así que deja tu merienda tranquila y tiempo habrá para que te la puedas comer. Desde aquí estos te dicen por dónde van los caminos y dónde esta la leña, para que tú puedas venir a cortarla.

Convencieron las palabras de Adela a Cipriano para que se quedara a comer y mientras que los guardas, desde la explanada de la casa, informaban a Cipriano por dónde iban los caminos y dónde estaban las jaras, dónde estaban los enebros, y dónde estaban las encinas, ellas le echaron el arroz al pollo, y dispusieron todo lo necesario para servir una buena comida y disfrutar de una amena sobremesa.

Aceptó Cipriano la invitación que Adela acababa de hacerle, y mientras los guardas le indicaban la leña que podía cortar en todos y cada uno de los puntos que se divisaban en el horizonte, y le indicaban los caminos que tenía que seguir para llegar a los sitios donde tenía que cortar la leña que necesitaba, se coció el arroz, y muy pronto estuvieron sentados en la explanada de la casa de los señores de la finca, a la sombra de uno de sus árboles centenarios. La comida fue una gran comida, todo lo buena que una comida puede salir cuando se hace a la sombra de unos árboles centenarios, se pone en ella todo el cuidado posible, se está rodeado de cerros por todas partes, y se come delante de una hermosa mansión, con varios siglos de existencia.

Cuando el arroz estuvo en su punto para no quemarse, salió Adela de la cocina, diciendo: El arroz está a punto de servirse. ¿Donde lo sirvo, en la cocina, o a la sombra de uno de estos viejos árboles? Habló Cipriano diciéndoles a sus anfitriones, yo en un sitio como este no he comido, y no me gustaría que estando donde estamos, nos fuéramos a comer a ninguna cocina, así que si no os sirve de molestia, vamos a comer aquí, que un marco como este, al menos yo, no lo voy a encontrar nunca.

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