Mi colegio

            Cuando hablo de mi colegio me refiero a la Atalaya. Eso no quiere decir, que no haya tenido otro colegio. También he tenido un colegio en mi pueblo y éste sí que ha sido mi colegio, mi escuela. Mi escuela de toda la vida. En ella empecé y en ella he terminado mi ciclo escolar, que tan largo ha sido. Pero de mi escuela hablaré otro día, de mi paso por este centro, hablaré en otra ocasión. Y eso será  cuando lo haya pensado mejor y pueda decir más cosas.

            Hoy voy a referirme a los años que estuve en la Atalaya, en Ciudad Real. La Atalaya fue el centro hospitalario donde me desaparecieron las crisis epilépticas, fue donde mi enfermedad empezó a ceder, donde tantas cosas me enseñaron, de donde tan gratos recuerdos conservo, y donde tantas y tan buenas amistades hice.      

            Fue un cambio importante en mi vida. Mi vida cambió a los tres años, cuando empecé a sufrir la Epilepsia, enfermedad de la que entonces empecé a sentir sus efectos. Mi vida pasó de ser una vida normal, como la de cualquier otra niña de mi edad, a ser una vida triste, influida por el sufrimiento y el miedo. Las crisis fueron para mí una constante en aquella época, el miedo a caerme, la impotencia que sentía después de una caída o una crisis, me hacía llorar amargamente durante largo rato sentía mi impotencia, y el llanto era para mí el último refugio. No podía dormir si no tenía en mi espalda la mano de mi padre, y al despertar después de una crisis, el llanto era la primera impresión que recibía. Y eran tantas las crisis, fueron tantos los llantos, era tanto el miedo acumulado,  era tanta mi tristeza. Fueron tantos los viajes en busca de un médico que resolviera mi problema. Pasaban los días, los meses, los años. Los viajes a Madrid se sucedían unos a otros y yo seguía con mis crisis, con mis llantos, con mi tristeza. Las crisis las sufría yo, pero la tristeza, el dolor, el miedo era de toda la familia.

            Un día le hablaron a mi padre de un programa de Televisión  de psiquiatría infantil, dirigido por el profesor Díez Cuervo. Vimos algunos programas, y decidimos pedir cita en su consulta. Días después recibimos una carta de este señor, en la que nos daba el día y la hora para la consulta. Esta consulta fue providencial para mí. Fue una entrevista larga y útil, los argumentos que nos dio convencieron a mi  padre, y éste convenció a toda la familia. Decía el médico: esta niña está súper protegida, necesita separarse de la familia, por su enfermedad recibe la protección de todos. Todos los hijos únicos acaban siendo incapacitados, los incapacita el exceso de protección que reciben, y a esta niña la incapacita su enfermedad, y el exceso de protección que de su familia recibe.  

         Esta niña necesita estar ingresada en un centro hospitalario donde puedan seguir su enfermedad, y al mismo tiempo pierda el exceso de protección que la rodea, esto hay que hacerlo ya. En Ciudad Real tienen ustedes un hospital infantil, que hace poco que ha empezado a funcionar, con un equipo de médicos, psicólogos y educadores muy bien preparados. Esto es lo que esta niña necesita. Hagan ustedes lo que esté en sus manos para que llegue allí lo antes posible. Esto es lo mejor que yo le puedo recomendar.

           Solicitamos por escrito mi ingreso en el colegio de la Atalaya, días después recibimos  contestación a nuestra solicitud, era demoledora. La lista de espera para ingresar en este centro era de más de dos años, y esto nos aterró a todos, era tanto tiempo, nadie de mi casa pensó que yo pudiera aguantar ese tiempo viva.

           A la mañana siguiente, mi padre dijo que tenía que ir a Ciudad Real y que iba a intentar solucionar, por todos los medios a su alcance, mi ingreso en el Colegio. A la hora de comer, volvió mi padre de Ciudad Real. Cuando le preguntaron en mi casa por su gestión dijo: he ido a la Dirección Provincial de Sanidad y he pedido en la secretaría particular del Delegado Provincial una entrevista con él. Ha pasado el secretario al despacho del Delegado y ha salido enseguida indicándome que pasara.

              Ya nos conocíamos. Le he hecho un minucioso relato de nuestra situación, del tiempo que así llevamos, de los cambios de médico que hemos realizado, de los escasos resultados que hemos obtenido y, por supuesto, de la larga entrevista que mantuvimos con el profesor Díez Cuervo, de su criterio médico y de la confianza que él tenía en el hospital infantil de la Atalaya y en los médicos psicólogos y personal docente que lo llevan. Le he hablado de los más de dos años  de espera que me daban en la Atalaya hasta tener una plaza disponible y de las pocas posibilidades que yo veía en Mari Carmen de sobrevivir dadas las circunstancias en que se encuentra.  Al mismo tiempo le he expuesto mi criterio, de que no debía ser el tiempo el único dato a tener en cuenta, para valorar con criterios justos y razonables las necesidades que cada alumno tenía de ser ingresado, y que el derecho a la vida debía prevalecer sobre otros muchos, como el de la antigüedad en las listas de espera.

              Me ha dicho, que igual que yo pensaba, pensaba él, y que el centro, también tiene un comité encargado de valorar las necesidades que cada alumno tiene de ser ingresado y del resultado que cada uno obtendría con su ingreso. Por lo que me ha recomendado que haga un escrito para acompañar a la solicitud, explicando detenidamente todo lo que a él le había dicho; haciendo especial hincapié en lo que el profesor Díez Cuervo me había dicho, y sobre todo, en la valoración que el profesor hacía del centro.

           Esa misma tarde hizo mi padre el escrito ateniéndose a las instrucciones que el Delegado Provincial le había sugerido y al día siguiente volvió a Ciudad Real, dejando el escrito para acompañar a la solicitud ya presentada en las oficinas del Colegio. Con el trabajo que a mi padre le habían aconsejado hacer en la Delegación Provincial realizado,  mi padre se dispuso a esperar pensando y esperando que se redujera bastante los  más de dos años que en principio nos dieron como posible fecha de entrada en el centro.

           Una semana después, mi padre recibió la carta del centro donde me adjudicaban la plaza  y el derecho a ingresar en él  de forma inmediata.

            Sentí alegría de que me hubieran adjudicado tan pronto la plaza y al mismo tiempo, empezamos todos a sentir la tristeza de las despedidas.  Y en nuestro caso y dadas nuestras especiales circunstancias mucho más; era tanto el miedo, todos teníamos miedo a separarnos, pero mi padre y yo, estábamos más preocupados, o al menos a mí, me lo parecía.

            Cuatro días después de haber recibido la carta, llegó la hora  de separarnos  de verdad. Me  tenía que ir a Ciudad Real, al colegio, y aunque tenía una gran esperanza en ponerme buena, en curarme allí, me costó mucho despedirme, mucho… mucho… mucho. En el colegio nos separamos. Mientras a mí me enseñaban el colegio y a mis padres los llevaban a entregar mi ropa, nos separamos.  Estuvimos un mes sin vernos. Les dijeron a ellos, que durante un mes no fueran a verme, y que esto tenía que ser así, para que yo me acostumbrara a vivir sin ellos, a vivir de una forma distinta, tenía que acostumbrarme a depender de los médicos, de los maestros, de los celadores y celadoras y a compartir mi vida con mis compañeros y compañeras. Y durante los seis cursos que allí permanecí, todos los viernes del curso, a las cinco y media, oía el altavoz del Colegio, desde mi planta que decía: cuarta planta, ala izquierda bajen a portería a Mari Carmen Villalón. Ya sabía yo, desde este momento, que mi padre me estaba esperando. Y durante el tiempo que allí estuve, no hubo un solo viernes que mi padre no fuera a recogerme, ni un solo domingo, que a las seis de la tarde,  mi padre no estuviera, en la Atalaya a llevarme, para volver a mis ocupaciones.

                 Durante seis cursos estuve en la Atalaya, y de estos años guardo el mejor de los recuerdos. A mi llegada me encontraba un poco incómoda, todo me resultaba extraño, añoraba mi casa y mi familia, pero muy pronto empecé a sentirme mejor. Los médicos empezaron a trabajar conmigo, a preocuparse de mí. Estudiaron detenidamente los informes médicos, los electroencefalogramas, mi historial clínico. Me hicieron nuevas pruebas, nuevos electroencefalogramas, ajustaron con análisis de sangre frecuentes las dosis de todos y cada uno de los medicamentos que entonces tomaba y de los nuevos que allí empecé a tomar. Pronto me desaparecieron las caídas, y las crisis se fueron espaciando poco a poco en el tiempo hasta desaparecer.

           Seguía siendo una enferma, seguía tomando un montón de medicamentos, pero con la desaparición de las caídas y la desaparición de las crisis, perdí el miedo y eso me hizo ser una persona distinta. Dejé de sentir la necesidad de llorar y esto me hizo sentirme mejor.

           Esto hace, que veinticinco años después, guarde un emocionado recuerdo de aquellos años, de aquel centro, de mis médicos, de mis enfermeras, de mis maestros y maestras, de mis compañeros y compañeras que además de quitarme las caídas y las crisis, me quitaron el miedo, y a  pesar de las secuelas, que la enfermedad dejo sobre mí, y de las limitaciones, que como consecuencias de ellas sufro, han hecho, que cuando miro hacia atrás y recuerdo aquellos años, sienta un emocionado recuerdo, y un especial cariño hacia todas y cada una de las personas de una forma tan especial colaboraron en mejorar mis condiciones de vida.

 

    A mi tía Loli, que igual que yo estuve, se encuentra recuperándose de una dura enfermedad.

                       Mari Carmen   

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