El Grito XXVIII

XXVIII

Cuando a Marcelo Santillana lo nombraron canónigo de la catedral de la provincia donde había nacido, pensó que debía, igual que los otros canónigos que con él estaban, tener una casa donde vivir, debía dejar la residencia del obispado, donde casi todos los que la ocupaban eran sacerdotes jubilados. Los otros canónigos tenían todos una casa, preferían todos llevar una vida más independiente. Decían que en la residencia que el obispado mantenía para los sacerdotes se comían abundantes comidas, pero con demasiada frecuencia se abusaba de patatas y legumbres, mientras la carne y los pescados los veían en contadas ocasiones, los horarios eran demasiado rígidos, y tantas veces como llegaban tarde tenían que andar buscando al cocinero para que les preparase algo de comer. Por eso cuando los ingresos que les proporcionaba la Iglesia se hacían mayores, buscaban una pensión donde hospedarse, que solía ser la casa de una viuda que para aumentar sus ingresos, y por no estar sola buscara a alguien que le permitiera ayudarse a vivir mejor. En otros casos y si sus ingresos se lo permitían, buscaban una vivienda digna, y una sirvienta que los atendiera, le hiciera las comidas y les mantuviera la casa limpia u arreglada.

Marcelo Santillana, aparte de ser canónigo de la Santa Iglesia Catedral, era un hombre rico, tenía un saneado patrimonio y aspiraba, además de ganar la vida eterna, a vivir aquí de la forma más cómoda y agradable posible. Pensaba que no por el hecho de aspirar a ganar la vida eterna, el tiempo que le quedara de estar aquí tenía que ser para él un valle de lágrimas. Sabia que de los años vividos, pocas cosas buenas podía contar. Durante toda su vida había estado aislado en su casa. Quizá por su extremada timidez, por su falta de capacidad para comunicarse, tal vez por su cobardía apenas se comunicaba con su familia. No le gustaba intervenir cuando se estaba hablando de algo, temía que le hicieran preguntas, y esto siempre había sido así, prefería estar solo, y solo a la hora de las comidas solía juntarse con los demás. Desde que se ordenó sacerdote, se había acostumbrado más a hablar con los demás. El hecho de que algunas de las personas mayores se acercaran a él para besarle la mano le hacía sentirse persona importante, o el hecho de oír desde el confesionario la voz de alguno de los feligreses al acercarse a la rejilla, y de rodillas oírle decir ‘Ave María Purísima’, y al contestarle ‘Sin pecado concebida’, oírle decir, ‘Me acuso, padre’, le hacía valorarse más, le hacía pensar que siendo sacerdote valían la pena las renuncias a las que se había tenido que enfrentar para lograrlo. Pero cuando a un penitente le seguía otro, y a este nuevo que se le acercaba, le seguía otro, y los pecados de uno se parecían a los pecados del que venía detrás, como dos gotas de agua, y a uno le seguía otro durante largas horas, no dejaba de pensar que la confesión era una rutina y que los fieles iban al confesionario como las ovejas al abrevadero. Eran tan repetitivos estos actos que pensaba: Qué monótona es la vida que he elegido. Son tan pesados y repetitivos los rezos que a veces siento ganas de salir del confesionario, dirigirme a la puerta, y mientras llego, me quito la sotana, la dejo en un banco y desaparezco de aquí para siempre. Hasta ahora no lo he llevado a cabo todavía, pero pienso a veces que hacer las cosas que podía hacer a diario, sería mucho más realista que permanecer aquí, haciendo lo que hago. Lo que ahora estoy haciendo es menos razonable que salir de aquí, irme a mi casa y permanecer allí ocupándome de mi casa y de mi hacienda.

Había pensado muchas veces esto, pero sabía que ponerlo en práctica no lo iba a hacer nunca, le faltaba valor para poder hacerlo. Mientras pensaba en dejar la carrera sacerdotal, se encontraba bien. Le producía satisfacción pensar estas cosas, aunque sabía que nunca sería capaz de ponerlo en práctica. Eran tantas cosas las que se lo impedían que sabía que nunca sería capaz de hacerlo. Por muchas vueltas que le diera, siempre lo dejaba sin tomar una decisión. Volvía a pensar en las cosas que le quedaban que hacer, se ponía a hacerlas y dejaba los sueños para mejor ocasión. Pero ¿cuándo seré capaz de poner en práctica mis sueños?, se decía.

Después de la muerte de su padre, su madre le había dejado a él las llaves de casa de la finca que ella había heredado a pocos kilómetros de Puente de los Desamparados, para que cuando estuviera cansado de los latinajos de la catedral, de los feligreses, o del obispo, tuviera donde refugiarse. La hija de Luciano que es ahora el ama de llaves de la finca, y al mismo tiempo es la encargada de mantener limpia la casa, te puede solucionar tus problemas de comidas, y abastecerte de lo que necesites, es Luisa a la que tú conoces de haberla visto por aquí. Es una buena muchacha. Se ha leído la mayor parte de los libros que hay en aquellas estanterías que hay en la casa nuestra. Decía tu padre que era una gran muchacha, que habiendo sido autodidacta, sabía mucho, era muy culta, y a la vez era muy buena persona y muy inteligente. Se puede encargar de hacerte la comida, de limpiarte la casa, y de comprarte lo que necesites cuando vayan al pueblo. Allí tienen dos caballos que tu padre mandó a un picadero para domarlos. Están montados y son mansos, te pueden servir para pasear a caballo, y para que puedas conocer todos los rincones de la finca. Es una finca muy bonita, y tiene una buena casa. La familia del guarda es también buena gente, con ellos no te sentirás solo. Esos caballos están también enganchados en el coche, los ha montado tu padre muchas veces, el guarda los utiliza para vigilar la finca, te puedes fiar de los que allí viven y de los caballos también.

En diversas ocasiones había pensado Marcelo en utilizar esta finca como refugio. En dos ocasiones había estado viviendo en ella. Verdad era que le gustaba estar allí, le gustaban los animales que allí había, los perros, las gallinas, los pavos, las cabras y las ovejas, y sobre todo le gustaban las yeguas, las mulas y los potros que criaban. También le gustaba pasear a caballo y el silencio del campo, cuando solo se oía el canto de los pájaros, el murmullo del agua y el croar de las ranas cuando se acercaba al río.

Le gustaba el silencio, el paisaje de encinas, quejigos, romeros. y enebros que ocupaban la sierra de la finca, y en las zonas más altas, predominaban las jaras, los tomillos y las madroñeras.

Durante varios días estuvo Marcelo Santillana pensando en el viaje que le gustaría hacer al cortijo que su madre había heredado de los suyos. Era algo que pensaba una y otra vez. No sabía cómo pedir permiso al obispo para irse durante unas semanas, tal vez para un mes, si el obispo era comprensivo y se lo concedía. Pensaba recuperarse de la gran depresión que le ahogaba, al menos necesitaba uno o dos meses. Pensó Marcelo en proponerle al vicario que fuese él quien le dijera al obispo las condiciones en que se encontraba, y al mismo tiempo, le expusiera la propuesta que acababa de hacerle.

Cuando se puso al habla con el vicario, este lo estuvo escuchando detenidamente, y al terminar le dijo: ¿No crees tú que si lo que acabas de decirme, en vez de decírmelo a mi, para que se lo diga yo al obispo, se lo dices directamente a él, le va a ser mucho más fácil decirte a ti que sí, que si yo se lo digo? Y al mismo tiempo, tienes que tener en cuenta que si yo voy con esta petición que acabas de decirme, le va a ser más fácil decirme que no, basándose en cualquier escusa que se le ocurra. A ti le va a ser difícil decirte que no. Debes ir tú a buscarlo, hablas con él y le dices lo que pretendes. Estoy seguro que te dará ese mes de permiso que tanto anhelas, no le demos la oportunidad de que pueda decir no. Siempre le será más fácil decirme a mí que te diga yo no, que decírtelo él en tus narices.

Quedó Marcelo pensativo y sin saber que contestarle al vicario cuando volvió a oír su voz que le decía: Si tú crees que el resultado que podamos sacar los dos va a ser el mismo, hablo yo con él y le expongo los argumentos que acabas de contarme, ya te traeré el resultado. Con toda rapidez le contestó Marcelo: Iré yo. Tus argumentos me han convencido.

Tardó un día en contestarle a Marcelo el vicario, para decirle cuándo le iba a recibir. Para Marcelo no fue un día el tiempo que el vicario tardó en decirle cuándo lo iba a recibir el obispo, fueron veinticuatro horas, una detrás de otra las que Marcelo estuvo esperando para que le dijera cuándo lo iba a recibir el obispo.

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