El Grito XXXII

XXXII

Cuando Luisa abrió la puerta de la casa para llamar a Marcelo, lo sintió estar en el comedor tratando de encender la leña, durante un rato lo estuvo observando mientras las cerillas le iban quemado los dedos una tras otra hasta que una de ellas logró prender la lumbre. Llamó Luisa con los nudillos en la entornada puerta, y al volver Marcelo la cabeza, pudo este ver a Luisa que lo estaba observando por la puerta entreabierta. Terminó de abrir Luisa la puerta y dirigiéndose a Marcelo, le dijo: Pensaba que no la ibas a poder encender. Tu trabajo te ha costado, pero al final lo has logrado. Eso pasa siempre, esta leña es demasiado gorda, y por eso has tardado tanto. Cuando tengas que volver a echar lumbre, procura utilizar un tipo de leña más fina para que prenda antes, y no te tengas que quemar los dedos antes que la lumbre salga ardiendo.

Pensaba que vendrías antes. Cuando he visto que tardabas, he pensado que no vendrías y me he puesto a encenderla, a sabiendas que no soy un hombre mañoso, pero mira, al fin lo he logrado.

Con una sonrisa premió Luisa las justificaciones que Marcelo había hecho a su tardanza, al tiempo que le agradecía su llegada. Salió Luisa con dirección a la cocina al tiempo que decía: Voy a por el desayuno, que ya lo tengo preparado. Enseguida vuelvo.

Esperó Marcelo la vuelta de Luisa mientras pensaba cómo la había visto esta mañana, guapa, alegre y comunicativa. Había pensado salir al campo aquella mañana, apenas recordaba ya los paseos que en compañía de su tía Sofía daba todas las mañanas durante aquel desdichado verano, que fue allí para aprender a montar a caballo, y decidió hacerse sacerdote de Cristo para siempre. Le iba a proponer a Luisa salir a dar un paseo hasta donde estaba el Puente de los Desamparados, conocido así por ser el sitio donde las personas que no tenían nada y ya no le quedaban fuerzas para seguir viviendo, se acercaban allí para desde lo alto dejarse caer en su cauce seco

Quería Marcelo volver a ver el cauce seco de aquel río, donde los que ya no esperaban nada de la vida se acercaban para dar su último adiós.

Esperaba Marcelo la llegada de Luisa con los desayunos, mientras iba recordando el camino que seguían los desamparados hasta llegar al puente donde habían tomado la decisión de despedirse de la vida, cuando ya no esperaban nada, excepto la llegada de su muerte, y la de los suyos cuando el hambre terminara con sus vidas. Cuando llegó Luisa con los desayunos, Marcelo le expuso el proyecto que tenía de ir con ella dando un paseo hasta subir al Puente de los Desamparados, estaba cerca de allí y les iba a dar tiempo suficiente para volver a la hora de comer. Notó Marcelo cómo le iba cambiando la cara a Luisa, al darse cuenta a dónde quería llevarla Marcelo, permaneció un tiempo callada, y dirigiéndose a Marcelo, mientras lo miraba fijamente a los ojos, le dijo: Yo no he ido nunca al Puente de los Desamparados, y si algún día decido hacer ese viaje lo tengo que hacer sola. Tardó en reaccionar Marcelo a la respuesta que Luisa acababa de darle, y lo hizo pidiéndole disculpas por la propuesta que terminaba de hacerle, y desechando el viaje que acababa de proponerle.

Esperó a que esta encaminara la conversación por otros derroteros. Ella continuaba callada. Marcelo no se atrevía a pedir, ni a dar explicación alguna, cuando Luisa mirándolo fijamente le dijo: Si algún día decido subir al Puente de los Desamparados, ese camino lo tengo que hacer sola, nadie tendrá que venir conmigo. Espero tener suficiente valor para dar el último grito. Todavía no había comprendido Marcelo lo que Luisa quería decir y no se atrevía a preguntarle a qué se refería cuando decía: “Si algún día tengo que hacer este viaje, lo tengo que hacer sola, espero que no me falte valor para dar el último grito”. Tomó Luisa la palabra, y dirigiéndose a Marcelo le dijo: Se ve que nunca te has planteado hacer este viaje del que te hablo, perteneces a una familia rica que no tiene por qué plantearse hacer el viaje al que me refería. El viaje al que me refiero solo lo hacen los pobres, los que no tienen nada, los que para ganar el pan, solo tienen sus brazos, son los braceros, como los llaman en Andalucía. Como tú sabes, en muchas zonas de España suele llover poco, y la única fuente de ingresos que hay para muchas familias son los frutos que de la tierra recibimos. De esos frutos la mayor parte de ellos son para los dueños de la tierra, y la parte más chica va a parar a los que la cultivan, a los braceros como les llaman aquí. Hay años en que ni siquiera llueve lo suficiente para que los sembrados nazcan, y hay otros en lo que después de haber nacido, se secan por falta de lluvia. Los dueños de la tierra aunque no recojan sus cosechas pueden sobrevivir, disponen de medios, dinero, casas, tierras que les permiten sobrevivir aunque sea vendiendo parte de sus bienes, pero a los braceros que nada tienen nada los ampara, carecen de todo, y desde que amanece los braceros de Andalucía llenan las plazas de los pueblos, haciéndose ver, mientras buscan un trabajo para poder llevar algo de comer a su familia hambrienta. Esta es la causa que ha dado lugar a que en una de esas previsibles sequías, en que Dios se olvida de mandar el agua, las familias de los braceros esperan desesperadamente la llegada del padre, y este no llega o alguien lo lleva malherido, apaleado por los guardas de las fincas, o en los cuartelillos de la guardia civil, y se lo devuelvan herido o muerto, después de haber sido brutalmente apaleado. Pensaban muchos braceros que estaban sin trabajo que la mejor decisión que podían tomar era dejarse caer desde el puente, para quitarse la vida al chocar su cuerpo contra la piedras del cauce seco del río. De ahí le vino el nombre al Puente, de los Desamparados y después el pueblo optó por cambiarle el nombre al pueblo, que era el nombre de una de las haciendas que un rey tenía por aquí y ponerle al pueblo el nombre que ya le habían dado al puente, en recuerdo do los vecinos que allí habían ido a quitarse la vida después de haber lanzado ese grito desgarrador con el que avisaban a los vecinos de que un hambriento más se había lanzado por el puente. Por eso el pueblo y el puente llevan el mismo nombre, de ahí le viene el nombre de “Puente de los Desamparados” al pueblo, en memoria de aquellos desesperados a los que el hambre los había llevado a tomar aquella decisión.

En alguna ocasión, había oído hablar Marcelo de esta historia tan triste, pero no la había asumido pensando que las familias de los que allí habían ido a quitarse la vida culpaban a las familias más acomodadas de ser las culpables de la decisión tomada por los suicidas al subir al puente y lanzar el grito de dolor y desesperación para que este grito fuera el encargado de llevar al pueblo, la noticia de que otro desamparado acababa de suicidarse. Marcelo nunca había querido darse por aludido de que los comentarios de lo familiares y amigos de los que tomaban aquella decisión, apuntaran directamente a ellos, a los ricos, a los que con sus cámaras llenas de trigo, de maíz o cebada dejaban que los pobres, sus mujeres y sus hijos murieran de hambre. Pensaba que Luisa con sus palabras apuntaba a los ricos, a los poderosos, a los obispos, a los frailes, y a los curas y a todos los que de una u otra forman vivían al margen de la tragedia que con tanta frecuencia les tocaba vivir a los desamparados. A los que lanzaban su último grito de dolor y desesperación para llevar al pueblo la noticia de la tragedia de los que no habiendo podido aguantar más, y habían optado por subir al puente, y lanzar su último grito, para después lanzarse al vacío y dejar allí su vida, estrellándose contra las piedras del cauce seco del río, que permanecía allí, como mudo testigo de la tragedia que a ellos les había tocado vivir.

No se atrevía Marcelo a justificar de forma alguna, la postura adoptada por los ricos, por los obispos, por lo curas, ni por los frailes de que hubieran dejado a los más desamparados sin que los que podían haberlo remediado, hubieran permanecido impasibles a la tragedia ajena sin mover un solo dedo para remediarlo.

Sabía Marcelo que estas tragedias volverían a repetirse. Y él con su sotana de canónigo de la Santa Iglesia Catedral, con las propiedades que ya tenía, y las que tendría que heredar volvería a estar entre los que los braceros que sobrevivieran a los últimos que ya habían lanzado el grito antes de lanzarse al cauce seco del río para morir contra sus piedras, lo tendrían que señalar como a uno de los culpables de su tragedia. Pensaba que él, individualmente, no era el culpable de la tragedia de estos desdichados, pero al mismo tiempo, no dejaba de pensar que se encontraba entre los culpables, y que no se podía evadir de que los braceros así lo consideraban, y en cualquiera de estos casos en que uno de los desamparados lanzara desde el puente su último grito de dolor y desesperación, lo pudieran señalar con el dedo. Había permanecido Marcelo callado mientras estos pensamientos le hacían sentirse culpable de estas desgracias, que con tanta frecuencia se sucedían en el pueblo donde había nacido, donde tenía su casa, y donde pensaba que un día heredaría sus tierras y sus bienes.

Aunque no me haya sentido culpable de estas desgracias, y en mis manos no haya estado el poder evadirlas, el relato que acabas de hacerme me ha hecho sentir a través de tus palabras, de tus pensamientos todo lo que para vosotros han significado estas tragedias que con tanta frecuencia hemos visto llegar al pueblo donde hemos vivido. Me han emocionado tus palabras, y sobre todo tus sentimientos me han hecho sentirme culpable en la parte que me haya podido corresponder, al pertenecer a una familia de propietarios de la tierra, y por haber escogido a un seminario para hacerme sacerdote. No quiero que vengas conmigo, voy a subir solo al Puente de los Desamparados no pienso en suicidarme, pero quiero acercarme al lugar escogido por aquellos que un día decidieron acabar con su vida, cuando encontraron todas las puertas cerradas y pensaron subir al puente para terminar  como única solución a la tragedia que les afligía.


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