El Grito X

X

Llegaron a su casa al atardecer, al tiempo que los gañanes con sus yuntas volvían del trabajo, se sintieron alegres al ver las primeras yuntas y sentir las primeras cencerras. Alegra la vuelta a la casa, observó Ramón. A unos más que a otros, contestó Amparo. Vuestra alegría es más completa que la mía, me preocupa mucho lo que allí queda, es mi otra familia lo que me preocupa, pero mi casa es esta.

Al llegar al pueblo volviendo la cabeza hacia el interior del coche preguntó Serafín por qué puerta se iban a bajar, a lo que Ramón contestó: Mete el coche dentro de la casa, nos vamos a bajar dentro. Una vez dentro, salió Joaquina, que había oído el ruido del coche en el empedrado del corral. Cuando llegaron les dijo: No tengo la cena preparada, como quedamos que no iban a venir hasta el lunes, no he preparado nada. El hombre propone y Dios dispone, dice un viejo refrán, le contestó Amparo. Pensábamos venir el lunes, pero ya estamos aquí, contestó. No te preocupes por la cena, haces una sopa y sacas lo que mejor te parezca de la matanza. Con eso nos arreglamos, no lo teníamos previsto y hemos decidido adelantar el viaje. Pasaron dentro y se dirigieron al comedor. Preguntó Joaquina si querían que encendieran la estufa, a lo que Amparo contestó diciendo que no hacía frío, y si la encendían, iban a tener calor. Pasaron dentro, cenaron pronto, venían cansados, y decidieron acostarse más temprano de lo que normalmente hacían. El sueño les llegó pronto, y les arropó con su manto.

Seguía preocupada Amparo, no solo por la actitud que Sofía había tenido con su hija, sino por el miedo que a su hija le había hecho pasar, y lo que a su hija le había impresionado la amenaza que su hermana le había hecho de condenarse a las penas del infierno para toda la eternidad, por haberle contestado, que a Dios lo veía poco, cuando ella le preguntó que cómo andaba con Dios.

Josefina no dejaba de preguntarle a sus padres por lo que su tía le había dicho, y aunque se quedaba tranquila con las respuestas y las aclaraciones que sus padres le hacían, lo que su tía le había dicho no dejaba de inquietarla. Un día en la escuela durante el recreo, su compañera de pupitre con quien Josefina había intimado mucho, al verla preocupada le preguntó: ¿Qué te pasa? Te veo triste, como si algo malo te pasara, y no acierto a saber qué te puede traer tan preocupada, yo que no puedo imaginarme lo que te puede pasar, empiezo a preocuparme con tu actitud. No es nada, o al menos no debiera ser, según dicen mis padres, pero a mí me preocupa aunque ellos por todos los medios a su alcance, tratan de tranquilizarme.

Tuvo Josefina un acto de sinceridad con su amiga Alicia y le dijo: Te lo voy a contar, es bueno compartir lo bueno y lo malo. Como tú sabes la semana pasada fui con mis padres a ver a mis abuelos a Puente de los Desamparados, que es el pueblo de mis abuelos, el pueblo de mi madre, y al mismo tiempo es el pueblo donde hemos nacido mi hermano y yo. Allí vive mi tía Sofía, única hermana de mi madre y a la vez tía nuestra que como ya te he dicho en otras ocasiones es una mujer muy obsesiva que al no tener otra cosa que hacer dedica su vida por entero a la parroquia y sobre todo a los rezos. Es una mujer seis años mayor que mi madre, y con treinta y seis años, no ha hecho otra cosa en su vida que rezar y asistir a todos los actos religiosos que la Iglesia organiza. Se educó en el colegio que tienen las monjas en Puente de los Desamparados; estudió allí cultura general hasta que a los veinte años se cansó de las monjas y dejó de ir. Las monjas, en los catorce años que había estado con ellas, solo le habían enseñado unas escasas nociones culturales, en cambio sí le habían enseñado a rezar, y desde que dejó de ir a las monjas solo ha hecho lo que las monjas mejor le habían enseñado, rezar, rezar y rezar.

Mientras estuvimos viviendo en casa de mis abuelos en Puente de los Desamparados, vivía obsesionada con enseñarme todo lo que ella sabía, y como lo único que ella sabía era rezar, trataba por todos los medios a su alcance que siempre estuviéramos rezando o contándonos pasajes bíblicos. Como mientras allí vivimos estuve yendo a la escuela al mismo colegio de monjas que había ido ella, yo no tenía otra cosa que hacer, que rezar con mi tía y rezar con las monjas, además los castigos que las monjas nos imponían, aparte de los coscorrones y los tirones de pelo que nos daban, eran los rezos. Los castigos colectivos que nos daban eran muchos, y siempre eran rezos, a la hora de acostarme eran muchos los rezos que me quedaban por hacer. En cierta ocasión al comentar con una amiga cómo a la hora de acostarme siempre me quedaban rezos por terminar, me dijo: ¿Pero tú crees que Dios va estar todas las noches apuntando con una libreta y un lapicero todo lo que rezamos, qué hacemos o dejamos de hacer? Yo rezo poco, por no decir nada, pero de los castigos que las monjas nos ponen durante el día, nunca he rezado ni un mal padrenuestro. Desde aquel día dejé de rezar, los castigos que las monjas nos ponían dejaron de preocuparme. Cuando el año pasado nos vinimos a vivir a Alameda y empecé a ir a la escuela, me tranquilizó mucho que no se rezara aquí, y como en mi casa también se dejó de rezar en las comidas empecé a pensar que los rezos eran una de las manías que tenía mi tía y como a mi padre no lo había visto nunca ir a la iglesia, pensé que habíamos ganado mucho con venirnos y empecé a vivir más tranquila y sosegada. Por eso al quedarme sola con mi tía el domingo por la mañana, me preguntó que cómo llevaba mis relaciones con Dios, me sorprendió un poco su pregunta, y sin pensarlo mucho, le contesté que a Dios lo veía poco.

Ojalá nunca se lo hubiera dicho, ya que empezó a despotricar, diciéndome que había ofendido gravemente al Señor, que lo que había dicho era pecado mortal, y que si no confesaba enseguida, me iba a condenar, que tenía que confesarme enseguida si no quería irme derecha a los infiernos. Quería buscar enseguida a un sacerdote para que me confesara y me perdonara los pecados. Cuando llegó mi padre, le dijo lo que había hecho y que iba a buscar al padre Celedonio para confesarme. Mi padre le contestó diciéndole que se estuviera quieta y si acaso el Señor tenía a bien condenarme, el se comprometía a irse al infierno en lugar mío, ya que él era muy friolero y pensaba que allí no se encontraría mal. Fue tal el berrinche que cogió que decidimos venirnos el domingo, cuando el viaje de vuelta lo teníamos programado para el lunes.

Pero tu no has tenido culpa alguna de que ella se pusiera así, no tienes porqué sentirte culpable, no solo tu no has visto a Dios, a Dios no lo ha visto nadie, dijiste lo que sentías cuando te preguntó y ella influida por su forma de interpretar la vida fue la que reaccionó de una forma inapropiada y violenta, y de eso no te tienes que sentir culpable.

Eso es lo que me dicen mis padres. Sin embargo, aunque cuando estoy hablando con ellos y después me quedo tranquila y pienso que no fui culpable de la reacción que tuvo, si le hubiera contestado de otra forma ella se hubiera quedado tranquila y no hubiera reaccionado como lo hizo. Estoy muy preocupada por lo que puede estar pasando, y de eso sí que me siento responsable, a veces pienso que ella se habrá quedado ya tranquila, y soy yo la que está preocupada, posiblemente sea así, otras veces sí que me siento culpable de lo que pueda estar sufriendo y entonces es cuando empiezo a sentirme responsable de lo que esté pasando.

Anuncios