El Grito XVII

XVII

Los años que Marcelo estuvo en el seminario no le hicieron cambiar su decisión, lo habían afianzado en sus creencias. Desde el seminario recordaba mucho a su tía Sofía y la promesa que a esta le había hecho de hacerse sacerdote de Cristo para siempre y de interceder ante Dios a diario para que este le devolviera la fe a sus padres, y los trajera al buen camino. A diario rezaba a Dios por la fe de sus padres, pero o Dios estaba sordo, o sus padres maldito el caso que le hacían a Dios. Siempre cuando llegaba a su casa en vacaciones pensaba que Dios podía haber hecho ya el milagro y se iba a encontrar a sus padres con el rosario entre las manos mientras pasaban sus cuentas y rezaban las avemarías correspondientes una detrás de otra de forma continuada. A veces pensaba que Dios no le hacía caso a él, o sus padres no le hacían caso a Dios, pero cada día veía más difícil encontrar el resultado que tanto él como su tía Sofía estaban esperando. Pasaban los días, los años, y a Dios no se le ocurría hacer el milagro que con tanta insistencia Marcelo le pedía.

Sus padres se sentían inquietos con la vocación que Marcelo había tomado, pensaban que con el paso de los años se iría centrando, y el día menos pensado, le diría que había tomado la decisión de colgar los hábitos. Pasaban los días, y sus padres no notaban ningún indicio que le hiciera pensar que había otras cosas que le inquietaban más que el sacerdocio, pero Marcelo no se daba por aludido, seguía en sus trece.

En varias ocasiones su madre había intentado hacerle ver cómo se iban haciendo mujeres las chicas que iban con él a la escuela, tema que este había eludido siempre, aunque su madre hubiera tratado de continuar. Ponía tierra por medio, pensando que lo que su madre buscaba era ponerlo en un aprieto y hacerle saltar. Llevaba Marcelo cinco años en el seminario, y pensaba que lo que su madre estaba buscando era saber si su hijo pudiera tener una desviación sexual que le hubiera hecho ir a refugiarse en el sacerdocio como medio donde pudiera hacer frente a sus perversas intenciones y de esta forma encontrar en el confesionario el medio adecuado para pasar desapercibido. Este no era el problema de Marcelo Santillana, él no era homosexual, a su edad sentía una gran atracción por las mujeres y sabía que el sexo iba a estar vetado para él si como esperaba llegaba a ser sacerdote. Esto lo había sabido desde el momento en que tomó esta decisión. Su decisión estaba tomada después de llegar a la conclusión de conocer el grave peligro que corría su familia de ser condenados a las penas del infierno si permanecían en el error y continuaban en la herejía. Aquel verano que durante quince días permaneció con la familia de sus abuelos en la finca que estos tenían en Puente de los Desamparados le ayudó mucho a tomar esta decisión que era dura y difícil pero que tanto él como su tía pensaron que era de obligado cumplimiento para salvar a su familia de las penas del infierno.

Con mucha frecuencia, los padres de Marcelo trataban a solas la vocación de su hijo. Nunca lo hacían en presencia de Josefina, este tema era tema obligado del matrimonio cuando estaban solos, de ninguna forma querían compartir su problema con su hija, criados, amigos o personas ajenas a la familia, pensaban que este problema era exclusivamente suyo, y no querían darle tres cuartos al pregonero, y hacer Voz Populi de un problema que solo a ellos les afectaba. Cuando su hija Josefina les preguntaba si Marcelo iba a acabar siendo sacerdote siempre contestaban que no, que sabría rectificar a tiempo, los años le harían encontrar su camino, y que antes de tomar la decisión definitiva, pensaban que no tomaría una decisión equivocada. No quedaba muy tranquila Josefina con la contestación que una y otra vez le daban sus padres, pero de momento la aceptaba y la daba por buena, aunque seguía, cuando terminaba de hablar con sus padres, con las mismas dudas que cuando les había hecho la pregunta.

Llevaba ya Marcelo cinco años en el seminario estudiando Teología y Latín, como principales materias, había progresado adecuadamente, aunque no había destacado en ninguna de las materias más importantes. Los profesores del seminario donde estudió, se preocupaban más que en las materias o el conocimiento de las asignaturas que enseñaban, en el comportamiento que mostraban los seminaristas, con profesores y compañeros. Sabían que la Teología y el Latín no lo iban a dominar nunca, pero los rezos en Latín llegarían a memorizarlos, aunque nunca comprendieran su verdadero significado, pero ellos tampoco los comprendían, sabían que para ser sacerdote lo mejor era no pensar, porque si se ponían a pensar, lo mejor era cambiar de profesión. Era muy difícil pensar y ser sacerdote, pensar y creer eran dos actividades contrapuestas, no se podían entender juntas. Hay que dar por bueno lo que dicen los teólogos, decían, ellos saben mucho, y si nos ponemos a pensar podemos entrar en contradicción con ellos y nos tocaría perder: Si alguno de los seminaristas tenía dudas y se ocurría plantearlas en la clase de Teología, esta era la respuesta que recibía.

Marcelo Santillana nunca tenía dudas que plantear, sabía que las dudas no ayudaban a ordenarse, que en la Iglesia hay que creer, no pensar y como la idea que él llevaba al seminario era hacerse sacerdote de Cristo, lo mejor que podía hacer con sus dudas era obviarlas, por eso había progresado adecuadamente. Como al entrar en el seminario le conmutaron cinco años de carrera por el bachiller que llevaba terminado cuando ingresó, solo le quedaban siete años de carrera. Había estado ya en el seminario cinco años, que con los cinco que le pasaron por tener terminado el bachiller cuando llegó, solo le quedaban dos años para hacerse sacerdote. Tenía ahora un problema añadido para el próximo curso, era que dos años antes de terminar tenían todos los seminaristas que empezar a gastar sotana, y como Marcelo había terminado ya el décimo curso, no le quedaba más remedio que aprender a vestirse por la cabeza, verdad era que le daba corte ponerse las sayas para salir. No solo a Marcelo, a todos los seminaristas les pasaba lo mismo, y de hecho había seminaristas que bien antes de que les hicieran la sotana abandonaban los estudios de sacerdote e iniciaban una carrera distinta, si las rentas de sus familias se lo permitían. En caso contrario trataban de quedarse en el ejército, o bien hacían oposiciones como funcionarios de los ministerios, o hacían por libre alguna carrera de grado medio. Muchos optaban por estudiar otro carrera, que era lo que esperaban los padres de Marcelo Santillana, que al llegar la hora de vestirse por la cabeza lo pensara y optara por iniciar otra carrera que le llevara a dejar los rezos y el perdón de los pecados como la principal actividad a la que tenía que dedicar su vida.

Sin embargo, en contra de lo que sus padres esperaban, Marcelo, cuando terminó el décimo curso en el seminario, advirtió a su familia que para cuando volviera en septiembre tendría que llevar la ropa de sacerdote, que era de obligado cumplimiento para el próximo curso. Le había dicho esto a su madre, para que ella se lo hiciera ver a su padre, ya que a él le daba corte hacerlo, pensando que a su padre no le iba a gustar la decisión que había tomado, y que una vez que ella hablara con él trataría de hablar con su padre cuando este hubiera recibido esta primera impresión, y amainara un poco la tormenta. No creas que es un plato de gusto lo que me propones, le dijo Amparo a su hijo. Hubiera preferido que hubiese sido al revés, que hubieses hablado tú primero con él, para que este hablase después conmigo y yo me encontrase más sosegada cuando tú vinieses a contar la decisión que habías tomado. He pensado decírselo primero a usted, las mujeres son más comprensivas, más calmadas, escuchan mejor, son más fáciles de convencer, y al mismo tiempo pensaba que podría contar con usted para convencer a mi padre, ya que consideraba que podría contar con su apoyo, y con usted me es más fácil hablar de estas cosas que con mi padre, eso era lo que buscaba, pero si cree que es mejor que hable con mi padre en primer lugar, así haré.

Pienso que tu padre te entenderá, aunque piensa de forma diferente a como piensas tu, también yo pienso como tu padre, que la razón tiene que estar siempre por encima de la fe, aunque en otras cosas tengamos nuestras diferencias, en esto pensamos igual. Cuando yo era chica, en materia religiosa pensaba como se pensaba en mi casa, como pensaban mis padres, igual que pensaba mi madre, como mi padre pensaba, era lo que había visto, lo que había oído en mi casa, lo que las monjas me enseñaban. Más tarde al ir haciéndome mayor, hablando con mis compañeras, estábamos unas que éramos creyentes, y otras que no lo eran, unas teníamos razones para creer y otras tenían razones para no creer. En general, nuestras razones eran las razones que habíamos aprendido dentro de la familia en la que nos habíamos criado, las creencias que teníamos eran las creencias de nuestras familias las que habíamos aprendido, que además eran las que a diario trataban de inculcarnos las monjas.

Conforme fuimos creciendo entre nuestras amigas, que en principio eran las compañeras de curso, se fueron introduciendo otras chicas que bien eran amigas o primas de nuestras compañeras y que podían pertenecer a familias creyentes, o no creyentes, y lo mismo que nosotros teníamos razones para creer había otras que tenían razones para no creer.

Al principio, mientras nuestras amigas fueron nuestras compañeras, ni siquiera hablábamos de nuestras creencias, en eso coincidíamos todas, ni siquiera hablábamos de esto ¿para que íbamos a hablar de esto, si todas estábamos de acuerdo?

Cuando fuimos haciéndonos mayores y poco a poco fueron llegando amigas nuevas fue cuando empezaron a surgir las diferencias entre nosotras. Unas pertenecíamos a familias católicas y otras no, unas estábamos en colegios religiosos y otras venían de la escuela pública, poco a poco fuimos juntándonos chicas que nos habíamos criado en ambientes, distintos y que habíamos recibido distintas enseñanzas y esto daba lugar a distintas teorías que daban lugar a discusiones entre nosotras y de la discusión viene la luz, dice un viejo aforismo.

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