Trenillo 4

Escuchar Durante los sesenta años que el Trenillo tuvo de vida activa, tuvieron que pagar los aldeanos, y más que los aldeanos las aldeanas, el tributo que ellas mismas se habían impuesto, al tener que desviar la empresa del ferrocarril el trazado que en principio tenía previsto, y del que fueron únicas responsables del cambio las mujeres. Ellas fueron las que presionaron a sus maridos para que no aceptaran el primer trazado que la empresa trajo para su aprobación, las que hicieron ver a los hombres, que no eran molinos, sino gigantes lo que ellas veían, y las que hicieron que durante sesenta años, tuvieran que andar los cuatro kilómetros que hay desde el pueblo a la estación del Cortijillo. No tenían otra opción que irse andando, o montados en el carrillo de los bultos, cosa que hicieron en contadas ocasiones.

La estación de Miró se hizo con otros fines. Se hizo para sacar los adoquines y bordillos de las canteras que allí había. Estaba a cinco kilómetros del pueblo, junto a la carretera de Puertollano, y esa estación sí que tuvo trabajo, ésa sí que dio vida. El trabajo que allí hicieron los aldeanos fue el trabajo más valorado que se haya hecho aquí a lo largo de su historia. Era un trabajo duro el que allí se realizaba. Ser cantero era una profesión dura y peligrosa. Fueron los años en que más creció el pueblo, los años en los que sus calles se empedraron y poco después se adoquinaron. Los años en que se hicieron las casas que hay desde el centro de la calle de Oriente para abajo, hacia Calzada y las construidas desde el centro de la calle de la Virgen hasta el Pilar. De la estación de Miró salía basalto y trabajo, y entraba dinero. Y el dinero se invertía aquí. Todos los días salían vagones de bordillos y adoquines que nos hicieron crecer.

Como círculos de recreo, aparte del Sindicato Agrícola Católico, contaba el pueblo con dos casinos. Uno era el Casino de los Ricos, también conocido como Casino del Acebuche, y otro era la Sociedad Obrera, que era también conocido como el Casino de los Pobres. El Casino de los Ricos languidecía. Con las cuotas que pagaban los ricos apenas sacaban para pagar la luz, la limpieza, y lo que costaban las cepas de acebuche que necesitaban para la estufa. Eran pocos los ricos, y además los ricos que eran socios, eran poco ricos. La Sociedad Obrera, que era el Casino de los Pobres, era un casino en plena expansión. Cada día eran más los socios que tenía, y sus socios, cada vez pagaban cuotas más altas. El trabajo de las canteras hacía que los trabajadores tuvieran más dinero que los ricos.

Todos sabían en el pueblo la situación en que se encontraban los dos casinos. El Casino de los Ricos era pobre, y el Casino de los Pobres era rico. Ni la Sociedad Obrera, que era el Casino de los Pobres, podía seguir en un local tan pequeño como el que tenía, ni el Casino del Acebuche, que era el Casino de los Ricos, podía seguir manteniendo su espacioso local.

Alguien debió mediar entre los ricos y los pobres, para que llegaran a un acuerdo. Los ricos entregaban su sede a los pobres, a cambio de que los pobres entregaran a los ricos la sede que ellos tenían y una importante cantidad de dinero. Materializado y formalizado el acuerdo, mediante escritura pública, el Casino de los Ricos pasó a ser el Casino de los Pobres, y el casino de los Pobres pasó a ser el casino de los Ricos.

Recogidos por unos y por otros los muebles y enseres, que en sus sedes mantenían, los ricos arreglaron y jalbegaron la sede del Casino de los Pobres, y se establecieron en ella. Y los pobres derribaron el Casino de los Ricos, y en él construyeron un hermoso edificio de ladrillo, que con posteriores modificaciones se conserva, en la esquina de la calle Salvador con la calle Real, y que alberga al consultorio médico, la casa de cultura, y la hermandad de labradores y ganaderos.

Gracias a esta permuta, los ricos se vieron más cerca de los pobres y los pobres se vieron más cerca de los ricos. Si el Trenillo no se hubiera traído, las canteras probablemente no se hubieran creado en el pueblo. Ni quizá hubiera llegado la Fábrica de Esencias, que se construyó en las inmediaciones de la estación de Miró, y que al menos durante unos meses, hizo que muchas aldeanas sintieran la alegría de tener un bonito y bien remunerado trabajo, recogiendo flores silvestres de los montes cercanos, para llevarlos a la recién construida Fábrica de Esencias y con ellas, poder hacer perfumes.

Pero la Fabrica de Esencias nació con los días contados, en unos meses dejó de funcionar. Su vida apenas fue el sueño de una noche de verano. Un sueño que levantó innumerables ilusiones en la juventud aldeana, y en gentes de todas las edades. Todos pensaron que las mujeres, que poco a poco, habían ido perdiendo en el afamado lavadero el trabajo que les proporcionaba lavar la ropa de las mujeres ricas de Almagro, vieron en la Fábrica de Esencias la posibilidad de recuperar los ingresos que habían perdido al dejar de lavar la ropa, que antes y sobre su cabeza traían de Almagro a lavar a la Higuera. Lo que los hombres habían perdido en la leña, y que habían recuperado con las canteras, ellas lo iban a recuperar con la Fábrica de Esencias.

Poco dura la alegría en la casa del pobre, la Fábrica de Esencias se disolvió y desapareció como azucarillo en el agua. Aquello fue un espejismo, se deshizo tan pronto, en unos meses todo quedó como estaba. A las casas, el dinero sólo lo llevaban los hombres, el trabajo remunerado para las mujeres volvió a ser una utopía. Otra vez quedaba reducido a los trabajos que ocasionalmente les proporcionaba la agricultura, a las pocas modistas que tenían que coser día y noche para la ropa que las mujeres tenían que lucir en las fiestas, a las sastras, que solían volver las chaquetas, los abrigos o los trajes, arreglar la ropa de los mayores a los más pequeños, y adaptar la ropa de los difuntos para que los vivos pudieran terminarla de gastar.

La ropa de los hombres eran los sastres los que las hacían. Y no toda la ropa de hombre se hacía en el pueblo, lo mismo que la ropa de las mujeres tampoco se hacía toda aquí. A las familias más acomodadas las ropas se las hacían las modistas de Calzada, que como ellas decían, se les notaba que cosían mejor. Y a los señoritos y señoritas la ropa se la hacían en Ciudad Real, y para los grandes acontecimientos, la ropa iban a hacérsela a Madrid. Las modistas de aquí hacían la ropa interior de mujeres y hombres y repasaban la ropa, reponiendo botones, dobladillos, echando remiendos, zurciendo rotos y descosidos, y haciendo vestidos cuando iban a llegar las fiestas y todas la necesitaban.

De la Fábrica de Esencias sólo quedan las paredes. Poco a poco fue perdiendo, puertas, ventanas, tejas, sólo quedan sus negras murallas de basalto, su esbelta chimenea de ladrillo rojo con sus cigüeñas. Ha perdido hasta el nombre, ya no se la conoce por su antiguo nombre, se conoce con el nombre de “Fábrica del Cemento”.

Ignoro de dónde le pueda venir este nombre. Puede que obedezca a que sus murallas estén fraguadas con este material y con basalto. Debió de ser el primero o uno de los primeros edificios que se hicieran en el pueblo con cemento, y aunque ya hacía muchos años que el cemento era utilizado como material de construcción. A los pueblos el progreso siempre llega más tarde y a dosis pequeñas. El cemento sustituyó a la cal como elemento de construcción por lo rápido que fraguaba y por su mayor consistencia. La cal, como el afamado lavadero, como el Trenillo, o como la mina de oro y plata de la Solana de Higuera, también se fue haciendo vieja, y poco a poco se fue dejando de utilizar como elemento de construcción. Sólo se utiliza para blanquear las paredes de las tapias que aún quedan. Y hace tantos años que las tapias han dejado de hacerse, que pronto se dejará de utilizar el blanco manto que les da la cal. La lluvia terminará con ellas. También las tapias tienen sus días contados.

Durante los sesenta años que el Trenillo estuvo en servicio, cambiaron muchas cosas, el progreso lo había traído y el progreso se lo iba a llevar. El asfalto sustituyó a los adoquines, y en las canteras dejaron de cortarlos, habían dejado de ser necesarios. El aprovechamiento de los restos del petróleo iba a terminar con el aprovechamiento del basalto. Todavía quedaba mucho basalto para poder seguir cortando adoquines, pero el tiempo no espera, el asfalto había ganado la batalla. Las canteras estaban llamadas a desaparecer. El progreso había terminado con ellas. El Trenillo se iba haciendo viejo, el tiempo no perdona. Poco a poco dejó de ser útil. Sus días estaban contados.

Los transportes por carretera lo hicieron innecesario. Los autobuses redujeron el tiempo de llegada a los destinos deseados. Llegar a Puertollano, pasó de ser hora y media a ser media hora, y llegar a Valdepeñas pasaron de ser tres horas y media a una hora. El autocar se cogía en el centro del pueblo, y se evitaban también los cuatro kilómetros que tenían que hacer andando para llegar al Cortijillo. El Trenillo hizo su último viaje.

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