Aceña: Capítulo 2

Aceña con Elisea

Capítulo II

Aceña ha sido conocido por lo cortas y precisas que eran sus semblanzas, por sus poemas festivos, por lo atinadas y rápidas que eran siempre sus respuestas.

No era un hombre de creencias. De él se cuenta que, si estando en el casino, alguien le preguntaba, bien porque estuvieran en fechas próximas a Semana Santa o cerca de la feria, a qué hermandad pertenecía,  decía siempre: soy cuñado de San José, mi mujer es hermana suya. Y quien había hecho la pregunta se marchaba con cara de desconcierto sin atreverse a pedir aclaración alguna. Si estando en el casino el día de San José,  viera salir la gente al paso de  la procesión, decía a los que con él estaban: ya viene por ahí mi cuñado.

Su mujer, que sí era creyente, contaba que siendo pequeña, había leído en un misal que para recibir los sacramentos tenían que ir limpios de alma y cuerpo, y este consejo lo siguió de por vida. Como Aceña observara a su mujer, que siempre cuando iba a confesar se lavaba los pies, cierto día le dijo, Elisea, ¿es que cuando vais a confesar, está el sacristán en la puerta,  y a la que no lleva los pies limpios, no la deja pasar? Elisea le contó lo que había leído en el misal y él, a renglón  seguido, y moviendo  la cabeza de arriba abajo, le hizo el siguiente pareado:

Para ser buena beata,
hay que lavarse las patas.

Cierta noche, una vez cerrado el casino, salimos a dar un paseo  por las desiertas calles del pueblo, aprovechando que hacía una buena noche de verano y que al día siguiente ninguno teníamos que levantarnos a una hora determinada. Inocente Ciudad, Alberto Ciudad, Antonio Pinaglia, y quien esto escribe, íbamos comentando quizá una encíclica de la iglesia, o simplemente unas declaraciones del Papa, con las que ninguno estábamos de acuerdo, y que considerábamos desafortunadas.  Como llevábamos ya un buen rato hablando del tema, y sólo íbamos exponiendo argumentos, en contra siempre,  Antonio Pinaglia, Inocente y yo. Me dirigí a Alberto, que apenas había hablado en toda la noche diciendo: Alberto di algo, necesitamos tu opinión, a lo que Alberto contestó: yo de la iglesia sólo digo lo que Aceña decía: para ser buena beata, hay que lavarse las patas. La carcajada que dimos fue de estruendo y, por un momento, temimos haber despertado a los vecinos, cosa esta que afortunadamente no pasó, o al menos no nos dimos cuenta.

Hay en la obra poética de Aceña dos poemas referidos a la caza,  en los que nos cuenta dos hechos reales que le acaecieron relacionados con este tema. En el primero hace referencia a un burro, que él había criado en su casa, y que al asustarse lo derribó rompiéndole un brazo. En este poema nos narra su desgraciado accidente de una forma festiva, y cuando nos habla del peligro de montar en burro, y  lo compara con la aviación, está hablando a finales del siglo diecinueve, fecha en que se escribieron estos versos. Entonces los viajes de avión se hacían en el mundo una o dos veces al año, y esto después de estar aireándolo la prensa durante varios meses.  Pensaban siempre que el piloto tenía las mismas posibilidades de llegar a tierra vivo que de estrellarse a su llegada.

El otro poema es más triste, habla de las despedidas.  A él van llegando los achaques y alifafes de la vejez, siente que los años van mermando sus facultades. Tiene que decirle adiós a una de las aficiones a las que tanto tiempo ha dedicado a lo largo de su vida, y  de la que tan gratos recuerdos guarda; lo invade la melancolía y su alma se llena de tristeza.

Dejo aquí estos dos poemas, que aparte de que quizá, ochenta años después de su muerte, sólo estén conservados en mi memoria, y por ello, están próximos a desaparecer. Entre estos dos poemas hay casi treinta años de distancia, y en ellos se nota la diferencia de ánimo que hay en él, al empezar a cazar y cuando ve la necesidad de decir adiós.

A un burro joven

Compré un borriquillo
por poco dinero,
y lo fui criando
con la mar de esmero.

Pasada su infancia
lo mandé castrar,
y ahora de su sombra,
se suele espantar.

De ahí,  que la otra tarde,
me diera un porrazo,
y me ha roto un hueso
del izquierdo brazo.

El dichoso burro,
pequeño y capón,
tiene más peligro…
que la aviación.
_____________

Despedida de un jaulero

Como no me gustó andar,
porque siempre fui un maula,
preferí cazar con jaula,
otro modo de cazar.

En esta lid venatoria
de la que ahora me despido,
no me di la mejor maña,
por eso, en larga campaña
no hay hechos para la historia.

Y ya casi un cincuentón,
sordo, viejo y con catarro,
se impone a que este cacharro,
dé un adiós a la afición.

Así, que todo apenado,
llorando a moco tendido,
del  cuchichí me despido,
por viejo y por averiado.

No sólo escribió estos dos poemas, referentes a la caza. Están las semblanzas de otros compañeros de caza en las que hace mención a esta faceta de sus vidas. Sin embargo, también hubo semblanzas que se dejaba sin hacer y ante la insistencia de los solicitantes no tuvo más remedio que hacerlas.

Había un cazador de los que pertenecían a la partida en la que él cazaba, que insistía mucho en que le hiciera una semblanza, y Aceña le decía: no te la hago, porque el retrato que de ti haga no te va a gustar (retrato es sinónimo de semblanza).

Estando solos, sentados junto a una mesa en el casino, el carpintero, que este era el oficio de la persona, que con tanta insistencia, reclamaba su semblanza, volvió a preguntarle por ella, a lo que Aceña contestó, después de mirarlo de arriba abajo, con este pareado, que si bien, como semblanza resultaba un poco corta, no necesitó ninguna ampliación, solamente una aclaración, una vez que Aceña le dijo: Me llamo Aureliano Aceña, y me acuesto con tu mujer, citando a continuación el nombre de la mujer del carpintero, a lo que éste contestó diciendo: pero eso no pega, y acto seguido, Aceña le hizo la siguiente aclaración: no pega pero es verdad. Después de esta aclaración no sé qué derroteros tomara el diálogo que ambos mantenían en el casino, aunque sí sé que siguieron cazando juntos, y que ninguno de los cazadores notó anormalidad alguna en el trato que estos siguieron manteniendo.

Hay otra anécdota, de otra semblanza a la que Aceña puso ciertos reparos para hacerla, y es que había en el pueblo un estanquero apellidado Polo, y que igual que Aceña, era conocido por su apellido más que por su nombre. El estanquero, igual que el carpintero al que nos hemos referido, tenía también unas ganas locas de que Aceña le hiciera una semblanza, y siempre que encontraba una ocasión que le fuera propicia, le recordaba a este la semblanza, a lo que Aceña siempre le respondía lo mismo, no quiero hacerte una semblanza,  porque de ti,  se puede decir mucho y muy malo; y el estanquero siempre respondía: viniendo de quien viene, nunca me enfadaré.

Un día, cuando ya Aceña tenía hecha la semblanza, se encontró con el estanquero al que se la dio para que la leyera; cosa que este hizo, leyéndola despacio y repitiendo su lectura. Terminada esta, el estanquero se dirigió a Aceña con estas palabras; esta semblanza me la has hecho a mí, pero este no soy yo. Quedó Aceña un poco sorprendido ante la actitud del estanquero, y como viera venir por la calle a un hermano de este, le dijo al estanquero: mira, por allí viene tu hermano, cuando llegue se la damos a leer y sin decirle nada, le preguntamos a ver si conoce la persona a quien va dirigida, una vez que termine de leerla. Hicieron esto como habían acordado, y cuando el hermano del estanquero leyó la semblanza, dobló el papel y antes de que le preguntaran respondió: este es mi hermano.

Semblanza de Polo (el Estanquero) 

Serio, hablador, muy austero.
Jamás profesó amistad.
Y nunca dijo verdad,
éste solemne embustero.

Anda con mucho salero,
es en amor, inconstante,
mísero, y poco galante.

No se gasta una perrilla,
y a Dios pide una cerilla,
si se le pone delante.

He sentido siempre una gran admiración por Aceña en muchas de las facetas de su vida, por su afición a la lectura, por su afición al campo y a la caza, por su inteligencia, por su sentido del humor, por su pensamiento liberal y progresista, por su anticlericalismo razonado,  por su afición a la poesía, y, sobre todo, por su clara, sencilla, fácil y amena forma de comunicarse a través de sus poemas.

Disponía de una colección de libros importante. Esto hizo que trasmitiera su afición a la lectura a su mujer, y que ésta, que tenía una gran memoria, adquiriera una serie de conocimientos sobre obras de teatro, poesía, y autores literarios, que si no hubiera sido por su marido, no lo hubiera podido hacer.  Se tendría que haber resignado a leer en los devocionarios, o las vidas de santos, como tantas otras mujeres de su tiempo hicieron. Mantuvo esta sus creencias religiosas, y fue católica practicante durante toda su vida, aunque encontró cosas en la iglesia que ella nunca comprendió, como el afán que siempre ha tenido esta por las misiones.

Ella siempre decía que no le aconsejaría a nadie que se cambiara de religión,  porque si la persona a quien ella se dirigiera, cambiaba de religión, basándose en sus consejos, y luego se encontraba, con que al morir,  la verdadera religión era la que había abandonado, a ella le era muy duro pensar que esta circunstancia pudiera darse y ella fuera la culpable de que esta persona se equivocara, en algo de tanta trascendencia.

Anuncios