El Grito XXX

XXX

Cuando Marcelo, después de bajar del coche y saludar a Luisa, se quedó mirando la fachada de la casa, pensó: En esta casa voy a pasar muchas temporadas; aquí voy a pasar una importante parte de mi vida. Pensaba Marcelo que esta finca y una parte importante de las tierras que su madre tenía en el Puente de los Desamparos iban a ser para él, ya que a su hermana Josefina y a su marido les iría mejor y preferirían heredar los bienes que tenían en Alameda de la Mancha, al tener ellos sus vidas allí organizadas. Acompañado de Luisa pasó Marcelo a la estancia que hicieran sus antepasados. Una vez dentro pudo observar lo poco que la estancia había cambiado: los mismos muebles, el mismo decorado, todo estaba como él la había visto cuando allí estuvo por última vez, y hacía tanto tiempo allí estuvo con sus abuelos y su tía Sofía. Fue allí donde decidió hacerse sacerdote de Cristo para siempre, con la intención de salvar a sus padres del fuego eterno. Cuántas dudas y tribulaciones le había traído aquella decisión. Cuántas veces había cambiado de idea, a veces pensaba que aquella decisión había sido una decisión equivocada, y a veces pensaba lo contrario. Cuántas veces tuvo ocasión de cambiar de idea, y después de un cambio volvía a pensar, que la verdad y el bien estaba en la decisión que anteriormente había tomado. Estaba Marcelo sentado en uno de los sillones del comedor de la casa, junto a la lumbre de encina que, mientras ardía, iba esparciendo por la estancia una suave ola de calor que más que a dormir, invitaba a pensar, a evocar recuerdos.

Sintió llamar a la puerta con los nudillos en un tono apenas audible. Adelante, contestó Marcelo con un tono más fuerte. Soy yo, que venía a llevarme los platos y a recoger la habitación. He tardado más pensando que podría estar dormido, por eso he llamado tan despacio, le hablaba Luisa desde la puerta.

Pasa Luisa. Haz lo que tengas que hacer. Procuraré molestarte lo menos que pueda. Si estorbo, dímelo y buscaré otro sitio donde estar que no te moleste. Me gustaría poder hablar contigo mientras este aquí. De ti guardo un buen recuerdo, y necesito que alguien me oiga, alguien con quien pueda compartir mis problemas, que son muchos. He dedicado mucho tiempo a la iglesia; todavía pienso que me pierdo con mucha frecuencia, por eso me gustaría que me ayudaras a afrontar mis problemas, ya que de ti guardo el mejor de los recuerdos. Pienso en lo difícil que es encontrar un camino a seguir. Siempre me ha faltado decisión para encontrar mi senda.

Sé poco, casi nada, dijo ella. Me temo que la ayuda que le pueda prestar de poco o de nada le pueda servir. Siempre he vivido en esta finca. A leer y escribir me enseñó mi padre antes de morir. He leído libros, y me hubiera gustado leer muchos más, aunque los libros que hay en estas estanterías los he leído casi todos y he compartido mi vida, tanto con los personajes de las novelas que hay en esas estanterías como con las de los personajes históricos que aparecen en las biografías. Cuando al morir mi padre, nos teníamos que ir, sin saber dónde, su padre nos ofreció pagarnos el mismo sueldo que mi padre ganaba para que nos quedáramos aquí al cuidado de la casa. Prácticamente era darnos una justificación del sueldo que nos iba a pagar para que nosotras no lo interpretáramos como una limosna. Si nosotras hubiéramos tenido donde ganar el pan, y hubiéramos podido vivir por nuestros medios nos hubiéramos ido, pero no teníamos nada más que una casa vieja, donde cualquier día hubiéramos podido amanecer cubiertas de escombros, con la casa encima. Le agradecimos a su padre lo que iba a hacer por nosotros, y aquí nos quedamos, a comernos el pan que él nos ofrecía y a que nos cubriera la casa que nos había proporcionado. Dejó Luisa de hablar cuando se cortó su voz, mientras las lágrimas le bajaban por las mejillas. El llanto había ahogado su voz, y al no poder aguantar más se dejó caer sobre el respaldo del sillón, mientras infructuosamente buscaba en sus bolsillos un pañuelo con el que secarse las lágrimas. Se levantó Marcelo de su sitio, y con su pañuelo permaneció secándole sus lágrimas hasta que esta pudo contener su llanto. Volvió Marcelo a sentarse, y continuó hablando con Luisa . A mi padre no le costó ningún trabajo hacer con vosotras lo que acabas de contarme. Tal vez actos como este, le ayudaran a morir en la forma en que lo hizo. Desde muy joven abandonó las creencias religiosas que tanto en su casa como en el colegio de los dominicos, donde estudió bachiller le habían imbuido. Era agnóstico y librepensador, además de ser un gran admirador de la Revolución Francesa con la que se sentía identificado. Tal vez por eso, a la hora de morir, al ver que me acercaba hacia él con intención de administrarle los sacramentos me dijo: No voy a tomar los sacramentos, desde muy joven dejé de creer en las religiones, nunca he pensado en un Dios justiciero, que premia a los buenos y castiga a los malos, nunca he podido pensar así, pensar así era superior a mí y nunca he podido aceptar los dogmas de la Iglesia Católica. Y en cualquiera de las otras religiones que he tratado de entender, siempre me ha pasado lo mismo, todas adolecen de los mismos defectos. He pensado siempre que las religiones han sido en todo momento un instrumento del poder, que tratan de vendernos algo que no tienen, y en eso todas se parecen, tratan de adoctrinarnos con el palo y la zanahoria, como a los caballos. Pensaba mi padre que no podía comprender a un Dios que premie y castigue, que esa actitud es más propia de los humanos, eso es una forma que tienen los poderosos para dominar al pueblo, por eso siempre la religiones se han aliado con las instituciones más poderosas.

Cuando yo intentaba convencerlo para que aceptara recibir los sacramentos, me dijo: Yo siempre he tratado de actuar durante todos los días de mi vida con arreglo a la moral natural, he respetado las leyes y a los hombres, y pienso que por esto no merezco ningún premio, respetar e incluso ayudar a los demás no merece ningún premio. Me queda muy poco tiempo de estar con vosotros. Estoy tranquilo. No te preocupes por mi vida. Se va a extinguir de un momento a otro. De mí solo quedará el recuerdo que borrará el tiempo. No te preocupes porque me vaya sin los sacramentos, estoy tranquilo, y quiero que también lo estéis vosotros. Tengo el convencimiento de que no nos volveremos a ver, pero no os preocupéis. Cuando se extinga mi vida, me extinguiré yo. Guardad mi recuerdo, y pasadlo a vuestros descendientes, hasta que el tiempo lo borre.

Dejo de hablar Marcelo. De la lumbre, que había permanecido ardiendo un largo rato, apenas quedaban unas pequeñas ascuas entre las cenizas. El sol se había escondido tras el horizonte, entre los viejos olmos revoloteaban los gorriones, y dentro de la estancia reinaba el silencio. Se levantó Luisa diciendo: Voy a prepararle la cena. Con cuidado y sin decir palabra alguna salió Luisa, sin apenas hacer ruido. Marcelo se dirigió a los ventanales que daban a la explanada de la entrada de la casa. Los pájaros cada vez iban haciendo menos ruido, se iban acomodando entre las ramas y cada vez se oían menos. El manto de la noche todo lo iba cubriendo todo y las estrellas poco a poco iban apareciendo en el firmamento, que poco a poco iba perdiendo su color azul, abandonado por los últimos destellos del crepúsculo de la tarde.

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