Leñadores 36 (Epílogo)

En el siglo diecinueve, fecha  en la que sucedieron los hechos que ahora relatamos, la rabia era la enfermedad mas temida por la gente que vivía en el campo, no solo por ser mortal de necesidad, sino por los cuarenta días que tardaba en incubar y manifestarse. No tenía tratamiento científico alguno, y la única forma que había de esperar a que la rabia se manifestara, era diciéndole cuarenta misas a Santa Quiteria, o a cualquiera de los otros santos que la iglesia tenía considerados como abogados de las personas mordidas por las personas o animales que tuvieran esta enfermedad. Los animales en los que esta enfermedad se podía manifestar eran muchos,  todos los susceptibles de ser mordidos por otro que la tuviera.  Se contagiaba por la saliva,  iba de la saliva a la sangre. Era la más perversa de las enfermedades, el enfermo de rabia sentía de forma imperiosa la necesidad de morder, por eso eran tan temidos,  nadie se atrevía a acercarse a ellos. El hecho de haber sido mordido por alguien que tuviera la enfermedad, ya te hacía que a través de la mordedura que recibieras, si la saliva de la persona o animal  de  quien la recibieras estaba enfermo de rabia, pudiera contagiar a quien la recibía en más del noventa por ciento de los casos. Para esta enfermedad solo había misas y rezos. No había ni medicinas, ni vacunas.  Por eso no se curaba nunca, solo quedaba la esperanza, de que la herida, fuera una simple rozadura y el contagio no se hubiera realizado a través de la sangre, para que la rabia no afectara a la persona que había sido mordida.

Cuando José llegó a su casa mordido por un lobo llamaron al médico las vecinas de la familia. Poco tiempo tardo este en llegar a casa de José, las heridas no eran profundas, pero tenía dos heridas que habían estado sangrando y esto hacía, que tuviera dos sitios por donde se podía haber infectado, y que duplicaban las posibilidades de contagio. Solo quedaban, Santa Quiteria, las misas y los rezos que les pudieran hacer a los santos considerados como abogados de los mordidos por los infectados. Las posibilidades de salir  adelante, para el médico eran escasas, para el cura eran muchas.

El hundimiento para los padres fue total y por eso él no dejaba de preguntar a todo el que se le acercaba, si se iba a morir. Todos decían que no, pero a todos los veía salir con los ojos llenos de lágrimas. Pensaba que no le decían la verdad y al quedarse solo sus ojos también se llenaban de lágrimas. Su abuela parecía la más esperanzada de la casa, tal vez tratando de que no se hundieran todos en un mar de lágrimas. Trataba de pensar y hacer pensar a los demás en los remedios que podían encontrar en las cuarenta misas a Santa Quiteria que ya se las estaban diciendo desde el primer día y en los rezos a todos los santos que figuraban en el santoral de la iglesia encargados de curar a los que habían recibido mordeduras de animales enfermos, los pasibles contagiados. Pensaban los padres, que milagros no había, la única esperanza, que podían albergar era, que no se hubiera contagiado y esta era tan remota. Después de haber recibido dos heridas distintas en su cuerpo, que duplicaban las posibilidades de contagio, en eso no podían pensar, y en los milagros tampoco. Nadie que hubiera llegado a tener la enfermedad, se había curado de ella, eran muy raros los casos, entre las personas mordidas, que no hubieran llegado a infectarse, pero el hecho de no haberse infectado, no equivalía a haberse curado, de ninguna persona que hubiera contraído la enfermedad se sabía que hubiera llegado a curarse y esto le hacía pensar a sus padres, que José iba a morir de esta terrible enfermedad.

Los días se hacían eternos en la casa, se dormía poco y los sueños eran siempre cortos, sobresaltados y llenos de pesadillas, se estaba siempre en un gran estado de tensión, combatidas a cada momento con grandes dosis de tila. Sonaban lentas las campanadas del reloj, eran tan largos los días en la casa, que les parecía un eterno sueño, del que no esperaban despertar. Cómo les había cambiado la vida a todos en una semana. Mientras dormían, las pesadillas se sucedían unas a otras, de forma continuada, y los gritos y los sobresaltos, también  se sucedían repetidamente.

Durante los días que precedieron a la enfermedad, el pueblo vivía sobresaltado, se contaban los días que faltaban para el fatal desenlace, nadie esperaba un desenlace feliz, pero nadie quería pensar en que la rabia le iba a llegar a aquel desgraciado muchacho, cuando todos auguraban en él un venturoso porvenir. En la calle la gente se preguntaba lo que sabían de José el hijo de Rufina, al mismo tiempo que se preguntaban por el estado de la familia. Se preguntaban cómo podían aguantar y cómo iban a poder sobrevivir el fatal desenlace que todos estaban esperando. Se hacían colectas entre los vecinos, que llevaban a la iglesia para pedir por la  curación del muchacho que estaba mordido por un lobo rabioso. Se decían misas y se hacían rezos en el templo de forma continuada, se llevaba dinero para interceder por él y a medida que pasaban los días, el pueblo se iba sumiendo en una histeria colectiva, mientras llegaba el esperado y triste desenlace.

Por fin llegó el día esperado, se temía lo peor, pero no se descartaba un milagro, aquel día todos estaban nerviosos, la tensión a la que todos estaban sometidos se palpaba en el pueblo. Ese día el médico le hizo tres visitas, en la última le había subido la fiebre y el muchacho se encontraba más inquieto.

Habló a solas el médico con la familia y les dijo que la enfermedad ya había llegado, todas las esperanzas estaban perdidas, lo único que se podía hacer era evitar por todos los medios que al pasar por el estado de delirio, que tenía que pasar, pudiera morder a quien más cerca tuviera. Para que eso no pasara, lo mejor sería atarlo, pero era una decisión muy difícil de tomar. Eso nunca, que sea a mi a quien muerda, dijo la madre, no lo voy a dejar solo.

Durante los días en que José se fue acercando a la muerte, estuvo su familia con él, en ningún momento se quedó solo, los dolores fueron terribles. En infinidad de veces lo vieron morderse los labios, la lengua, los dedos y los brazos, pero nunca intentó morder a ninguno de ellos. Durante tres días se mantuvo entre grandes dolores, el cuarto día, por la mañana perdieron fuerza sus quejidos, se fueron distanciando y al mediodía solo se le oía respirar de una forma más suave y pausada. Al atardecer, su vida había terminado. La tensión que se mantuvo durante los tres primeros días fue decayendo en el cuarto y en el cuarto, al finalizar la tarde, la muerte fue un alivio para su familia. Con  su muerte llegó el llanto.

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