Librepensadores 1

Laicos, ateos, librepensadores.

Cuando el médico llegó al pueblo, ya había estado ejerciendo durante cinco años en un pueblo pequeño de los Montes de Toledo. Vino casado y con dos hijas, había estudiado la enseñanza primaria y el bachiller en centros ligados de la Institución Libre de Enseñanza. Era el médico hijo de un catedrático de filosofía de la Universidad Central, que a la vez era librepensador y amigo personal de Giner de los Ríos, y los padres de su esposa eran maestros, librepensadores los dos y también pertenecían a la Institución Libre de Enseñanza. Con estos antecedentes, el matrimonio formado por  Ángel Rico y Josefina Fernández, que llegaron a Alameda de la Mancha como médico y como maestra en los años veinte del pasado siglo.  En sus ideas, eran hijos de las ideas de las familias donde habían nacido, y a la vez eran hijos del pensamiento de la Institución Libre de Enseñanza donde se habían formado.

Cuando una familia llega a un pueblo, siempre despierta la atención de todos los vecinos, y esta familia, al llegar a Alameda de la Mancha, despertó la curiosidad de todo el pueblo, como lo hubiera hecho en cualquier otro pueblo de la tierra. Todos sacaron una buena impresión de ellos, visitaron juntos las escuelas, donde Josefina iba a  llevar nuevas ideas. Iba a tratar de infundir en sus alumnos el amor al saber, el amor a los libros, el amor a la naturaleza, el amor a pensar y a razonar. Les enseñó las escuelas una de las maestras que estaba en el pueblo de la que después fueron grandes amigos. Estuvieron en  el Ayuntamiento donde saludaron al alcalde, al secretario y a los funcionarios que allí estaban, ofreciéndoles su casa y todo lo  que de ellos pudieran necesitar.

Por la tarde fueron a la farmacia, donde encontraron al boticario preparando unos medicamentos en la rebotica, y que en ese momentos dejó de hacerlos, encargando al mancebo de la farmacia que los terminara de preparar. Los recibió este de forma efusiva, y los hizo pasar a su casa, donde estaba su  mujer. Era un día de verano, de intenso calor, donde el termómetro había llegado a los treinta y ocho grados a la sombra. Temperatura esta, que según dijo Conchita, la mujer del boticario  era normal que se alcanzara en el verano, y que se atrevería a decir que era un día normal de verano, pero que no era un día de mucho calor. La visita que hicieron al boticario fue larga y provechosa, llegaron pasada la hora de la siesta, y salieron de allí después de anochecer.

Los recibieron en el patio de la casa. Era el patio una estancia digna de ver, de unos  sesenta metros, totalmente cuadrado, cubierto por un toldo de lona blanca, rodeado de macetas con geranios, donde las paredes estaban adornadas con macetas de claveles, rojos, amarillos y blancos. Tenía el patio cuatro ventanas de hierro forjado arriba y otras cuatro abajo. Tenía también en la planta baja, cuatro puertas de madera labrada, que le daban un aspecto digno y señorial. El mobiliario lo formaban una mesa grande de hierro labrado con el tablero de cristal y una docena de sillones de mimbre que rodeaban a la mesa  de forma un poco desordenada. Cuatro faroles de hierro forjado con bombillas de alto voltaje le proporcionaban luz suficiente para poder leer durante la noche.

Pasaron al patio a través de la puerta que daba de la rebotica al portal de la casa, y de allí pasaron al patio. Allí todo fueron alabanzas de los recién llegados a lo que estaban viendo. Enseguida que oyó la puerta, por una de las puertas laterales del patio salió Conchita, que estaba dentro de la casa esperando su llegada en otra de las estancias. Después de los saludos de rigor, y una vez que comentaron lo bien que allí se estaba, vieron las plantas, los muebles, y los objetos que en el patio había, los invitó Conchita a sentarse, mientras ella preparaba con la muchacha de servicio el café, que la chica se había quedado haciendo.

Mientras Conchita salió, continuaron hablando de la grata impresión que el patio le había causado, lo bien que quedaban los azulejos y sobre todo de la buena temperatura que allí había. Para mantener esta temperatura, lo más importante es el toldo, dijo Antonio el boticario. A él le debemos, no solo la buena temperatura que aquí hace, sino  la buena temperatura que en la casa tenemos. Gracias al toldo, y al cuidado que tengamos nosotros en extenderlo por la mañana, y en recogerlo por la tarde, podemos tener un verano agradable,  si no lo hacemos así,  tenemos que estar siempre con un abanico en la mano, y a pesar de eso, estar todo el verano pasando calor. Salió la criada con el mantel y las servilletas, los extendió sobre la mesa y volvió a salir por las cosas que le faltaban,

Llegó Conchita con las tazas y los cubiertos, y enseguida llegó la criada con el café y la leche. Les sirvió a cada uno el café con arreglo a sus preferencias, dejó el azucarero sobre la mesa,  para que ellos se sirvieran y después de preguntar si necesitaban alguna cosa más, salió del patio, dejando la puerta cerrada.

Una vez que salió la muchacha y se quedaron solos,  Ángel y Josefina les dijeron a sus anfitriones que solo habían venido a conocer el pueblo y ver las posibilidades que tenían de encontrar una casa en alquiler que dispusiera de las condiciones más imprescindibles de habitabilidad y que fuera lo suficiente grande para vivir en ella, ellos y sus hijas, un dormitorio para huéspedes, por si alguna vez venían sus padres a hacerles alguna visita, un dormitorio para el servicio, dos habitaciones más para el comedor y el cuarto de estar, cuarto de baño, cocina y alguna cámara o habitación que le sirviera para guardar los trastos habituales que en una casa suele haber.

Les contestó Conchita, diciendo que de momento ella no se acordaba de ninguna, pero que pensaba que si debía de haber, este es un pueblo de casi cinco mil habitantes y siempre suele haber casas vacías aquí, lo que pasa es que ahora no me acuerdo de ninguna. Ya preguntaremos a la familia, a los vecinos, preguntaremos en el ayuntamiento, donde sea, pero por falta de casa no os vais a tener que ir, dijo Conchita. Hemos preguntado esta mañana en el ayuntamiento, a lo que allí estaban si conocían a alguien que nos pudiera arrendar una casa con estas características, pero nadie se acordaba de ninguna, han dicho que tratarían de preguntar, pero que casas si tiene que haber, y como todavía nos quedan veinte días para tomar posesión a mí y treinta a esta esperemos que nos de tiempo a encontrarla. Si no la encontramos, no sé lo que tengamos que hacer. Vamos a pensar que si la vamos a encontrar y si no la encontramos el problema nos lo plantearemos luego, ahora vamos a buscarla.

La vamos a encontrar, dijo Conchita, aunque la casa no sea tan buena como a nosotros nos gustara que fuera. Por supuesto que la vamos a encontrar, si no la encontramos os venís a vivir con nosotros, pero a dormir debajo del palco de la música no vais a tener que ir, a eso yo me comprometo. Vais a encontrar casa, y una casa mejor de lo que esperáis, dijo Antonio. Os va a costar un poco más, pero vais a encontrar una buena casa, las casas que más tardan en arrendarse son las mejores, cuestan un poco más, pero vosotros no vais a tener problema con el precio, vais a encontrar una buena casa.

Siguieron hablando de otras muchas cosas, de cómo se veían las cosa en Madrid, de cómo se estaba devaluando la peseta, de la posible caída de Primo de Rivera, de la necesidad que España tenía que a la vez que cayera la dictadura, cayera también la monarquía. Si el rey la trajo, con ella se tiene que ir decía el boticario. Ángel y Josefina coincidían en esto con el boticario. Conchita era más conservadora, pertenecía a una de las familias más tradicionalista y conservadora del pueblo, donde el pensamiento de la iglesia pesaba mucho, y le costaba mucho aceptar las ideas progresistas que su marido tenía.

Este es muy liberal, dijo Conchita a sus invitados, de que lo sea no estoy tan segura, a veces dice que es libre pensador y anticlerical, creo que lo dice por crisparme, porque luego es buena persona. Entonces tú crees, que los liberales, los librepensadores, los laicos y los anticlericales somos malas personas preguntó Josefina. No es que crea eso, lo que pasa es que como ahora parece que esa forma de pensar se está poniendo de moda, la gente la sigue sin darse cuenta de los males ,que esto puede traer, contestó.  Entonces estáis  de acuerdo conmigo,  dijo Antonio, gracias por haber llegado a este pueblo. Me encuentro solo, aquí hasta el enterrador, el  basurero y el pregonero son conservadores, todo el mundo tiene algo que conservar. Hasta los pocos mendigos que hay, que creo que no hay ninguno son conservadores, mejor dicho serían si los hubiera. Rieron todos las palabras del boticario al tiempo que la muchacha de servio llegaba con las copas de helado puestas sobre una bandeja.

Las copas de helado dejaron al margen las ideas que cada uno defendía, y todos se centraron en lo bien que los helados caían siempre, aunque sea en la pascua están buenos, decía el boticario. Continuaron hablando de otras muchas cosas, entre ellas la necesidad que tenían de hacerle una visita a don Fausto, el otro médico que había en el pueblo, y al que todavía no habían ido a visitar. Con la iglesia hemos topado amigo Sancho, dijo el boticario, hay si que tenemos un gran conservador. A don Fausto le gusta conservar todo. Todo lo que hay, y todo lo que pueda venir. Pero bueno no es mala persona, con él te puedes entender y llevarte bien. Continuaron hablando el médico y el boticario durante un rato de problemas relacionados con su profesión, mientras ellas  hablaban de las cosas que tenían, y de las que les quedaban que hacer.

Para ambos matrimonios fue un gran encuentro el de aquella tarde, dirigiéndose a su marido dijo Josefina, vámonos que esta familia tendrá cosas que hacer y nosotros la estamos importunando con nuestra dilatada visita. Puede que en la pensión tengamos ya la cena puesta y la dueña se inquiete por nuestra tardanza, no le hemos dicho a la hora que íbamos a llegar y nos estará esperando. Se despidieron y quedaron en verse antes de irse y que volverían unos días antes de su toma de posesión.

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