Librepensadores 3

Cuando a Ángel Rico y a Josefina Fernández, médico y maestra de Alameda de la Mancha le dieron Madrid en el concurso de traslados del año treinta y tres, sintieron una sensación agridulce. Por un lado resolvieron el problema de la formación de sus hijas. Ellos querían que sus hijas se formaran en centros de la Institución Libre de Enseñanza, que era donde ellos habían recibido la formación que tenían y de la que tan orgullosos estaban, y por otro lado, cuánto trabajo le iba a costar abandonar el pueblo, donde llevaban ocho años trabajando y donde tan a gusto se encontraban. Se tenían que despedir de los boticarios, Antonio y Conchita, con quien tantas, tan largas y tan amenas tertulias habían compartido, de Pilar, escéptica siempre, sin inclinarse nunca ante una posición determinada, mirando siempre los pros y los contras que cualquier postura pudiera tener, de Inocente, conservador a ultranza, que con tanto ardor defendía sus convicciones, y con tantos otros, compañeros, compañeras, amigos, vecinas  y vecinos…, y de Jacinta. Jacinta no era uno más, formaba parte de la familia. A sus hijas ni a Jacinta se atrevían a decirle que los dos habían pedido Madrid en el concurso de traslados. Cuando lo pidieron, no pensaron que se lo iban a dar. Lo pidieron pensando en ver si con los puntos que tenían, estaban cerca de poderse ir a Madrid, las chicas estaban ya estudiando bachiller y aunque Pilar y ella se encargaban de sus clases, iban a tratar por todos los medios a su alcance que sus hijas se integraran en un centro de la Institución Libre de Enseñanza, que era donde ellos habían estudiado. El tiempo se les echaba encima, y por eso trataron de ver en las listas cuánto le quedaba para poder irse. Ya no les quedaba nada, en septiembre tenían que estar los dos en Madrid. Tenían que dejar Alameda, archivar sus recuerdos de aquel pueblo, y decirle adiós a aquella gente, que posiblemente no volvieran a ver más.

Pero ¿cómo decían ahora que en septiembre se tenían que ir a Madrid? Pensaban que al menos otro par de años podían haber seguido en el pueblo, pero ya no tenía remedio, se tenían que ir. Tenemos que seguir el camino que nos hemos marcado, dijo Josefina, los adioses siempre son tristes, si continuamos dos años más aquí, cuando estos dos  años pasen, vamos a tener el mismo problema que tenemos ahora, o tal vez mayor. El árbol de la vida tiene siempre una gran cosecha de frutos amargos pendientes de recolectar, y alguna vez, sin que lo esperemos nos obsequia con uno de ellos. Tal vez sin ellos, la vida no fuera lo suficiente completa para poder valorar lo que de ella  recibimos. Tal vez sea mejor, que junto a los buenos recuerdos que almacenamos entre los más profundos pliegues de la memoria, tengamos también espacio reservado para poder guardar lo recuerdos tristes de los frutos amargos que nos da la vida. Pienso que los recuerdos tristes son parte de nuestro yo, que tenemos que guardar para que no se pierdan y son el camino que nos lleva a la melancolía,  a la tristeza.

No vamos a dar marcha atrás, no sacaríamos nada con renunciar, y puede ser, que si renunciamos ahora, cuando verdaderamente lo necesitemos, no tengamos plaza. Podremos guardar el secreto, tres, cinco días, una semana, pero de noche no nos vamos a ir. Todos tienen que saber lo que para nosotros ha sido este pueblo, dijo Ángel. Y sé que para nosotros esto va a ser duro. También sé que para ti va a ser mucho más duro que para mí. El último día de clase que aquí tengas, va a ser el día mas triste que hayas vivido, eso no lo vas a olvidar nunca. La cercanía que has mantenido con tus alumnas, no la vas a tener en ninguna otra escuela donde vayas. Siempre son tristes las despedidas, puede que sea el día más emotivo, pero no el más triste, dijo Josefina a su marido. Si cuando dices adiós algo te llevas, si algo dejas, eso no lo vas a olvidar nunca, eso son los buenos recuerdos que te acompañarán siempre. Lo malo sería que de una escuela te despidieras sin lágrimas que nada dejes, que nada te lleves. A eso si  le debemos temer, dijo mientras las lágrimas le surcaban las mejillas.

Pensaron que nada iban a ganar ocultando su partida una semana, tenían que decirlo ya, descartada la posibilidad de renunciar a las plazas que le habían adjudicado en el último concurso de traslados, lo mejor era decirlo ya. No podían seguir ocultándolo, se van a dar cuenta, dijo Josefina, algo raro van a notar en nosotros. No me gustaría que en el recuerdo que de nosotros guarden, quede el hecho de no haber sido sinceros con ellos a la hora de la despedida. Eso no es dejar de ser sinceros, yo diría que más bien es el miedo a decir adiós, dijo Ángel a su esposa. Pero también, creo que es mejor decirlo ya, con ocultarlo no ganamos nada y podría parecer una deslealtad hacia ellos,  no me gustaría que pudieran pensar eso de nosotros.

A quien se lo tenemos que decir en primer lugar es a Jacinta, dijo Josefina, es con quien más obligados estamos, es a quien más vamos a echar de menos toda la familia. Por eso quiero que sea la primera en saberlo, quiero que lo sepa antes que nuestras hijas, antes que nadie, que por nadie se entere antes que por nosotros. Creo que cuando mejor se lo podemos decir es cuando terminemos de comer, mientras tomamos el café selo decimos. cuando se lo vamos a decir.  Vamos a procurar, que no se dé cuenta antes, que no nos note nada, pero hoy lo  decimos. Es jueves, y al no tener yo clase esta tarde, lo aprovechamos también para decírselo a las niñas.

Al terminar de comer, recogió Jacinta la mesa y al poco volvió con las tazas y la cafetera, a nosotras no nos pongas dijo una de las niñas. Quedaos un poco, os tenemos que hablar de algo que nos afecta a todos y quiero que estemos todos juntos. Sentaos  y ve sirviendo el café, perdonad que os robe un poco de tiempo, pero tenemos que hablar con vosotras sosegadamente, mientras tomamos café y hablamos. Sirvió Josefina el café, mientras Jacinta y las niñas observaban, entre sorprendidas e intrigadas, solo se oía el ruido de las tazas al dejarlas reposar en el plato, esperaban intrigadas que alguien hablara.

Cuando aquí llegamos, hace ya casi ocho años, dijo Ángel a su familia, (para ellos, Jacinta había sido una más de la familia, durante aquellos ocho años) veníamos preocupados pensando en las dificultades que aquí podríamos encontrar.  Al llegar a un pueblo que solo habíamos visto en los mapas y del que no conocíamos a nadie. Teníamos que encontrar una casa donde vivir, teníamos que relacionarnos con gente a la que nunca habíamos conocido, teníamos que encontrar amigos. Organizar nuestra casa, nuestras vidas, en un pueblo del que nunca habíamos tenido noticias. En pocos días se resolvieron todas nuestras incógnitas, en menos de una semana todo estuvo resuelto. Tuvimos amigos, compañeros, casa, vecinos, te hemos tenido a ti Jacinta, con la que tan bien  hemos congeniado, a la que tanto debe esta familia, a la que tanto vamos a echar de menos, a la que tanto y tan bien vamos a recordar y a la que tan difícil nos va a ser decirle adiós, cuando llegue septiembre y tengamos que cerrar esta casa.

Al convocarse en el mes de enero el concurso de traslados para los funcionarios de carrera de los distintos ministerios, pensamos pedir Madrid los dos, nunca pensamos que nos fueran a dar en este concurso. Más bien queríamos ver a cuántos puntos de distancia estábamos de las plazas que se iban a adjudicar este año. Nuestra sorpresa ha sido que esta mañana me han dicho en el Ayuntamiento, que a los dos nos habían dado Madrid, en los concursos de traslados de nuestros respectivos ministerios. Lo habían visto en el boletín oficial del estado que vino ayer, me lo han sacado y lo he visto. Podíamos haber estado unos años más aquí, pero ya no vamos a dar marcha atrás. Si renunciamos ahora, podría ser que cuando verdaderamente necesitáramos irnos, no nos dieran plaza a los dos o a ninguno. Los concursos de traslados son así, dependen de las plazas vacantes que haya y de los puntos que tengan los aspirantes a cubrirlas. Nos quedan seis meses para despedirnos. Pensamos volver, nuestra despedida no va a ser definitiva. Volveremos cuando tengamos vacaciones, y una vez que nos instalemos en nuestra nueva casa, tendréis noticias nuestras, os escribiremos.

Durante un tiempo quedaron todos callados y tristes, no esperaban estas noticias, les parecía que así iban a seguir siempre. La vida sigue / y las sombras pasan, decía un oeta. Y Jacinta y las niñas como les decía Josefina a sus hijas, apenas se habían dado cuenta del paso del tiempo, eran tan jóvenes que no le había dado tiempo a pensar que conforme caminamos por la senda de la vida, nos vamos encontrando obstáculos que tenemos que salvar, y que nos hacen virar a un lado o a otro para seguir adelante, y que, a veces nos hacen retroceder. Son las piedras del camino que con tanta frecuencia nos encontramos y que tanto nos condicionan.

Pasaba el tiempo, sin que nadie hablara, todos permanecían callados. Trató Josefina de romper el nudo a que habían llegado en su conversación, recordándoles a sus hijas que algo tenían que hacer cuando le dijeron a Jacinta que no les pusiera las tazas para tomar café. Pensábamos ir dando un paseo a Peña Hueca con unas amigas, pero ya se habrán ido, dijo una de ellas. Esta tarde debiéramos ir a ver a los boticarios y si nos da tiempo, nos acercamos también a decírselo a Don Gustavo, que si lo vamos dejando y no le decimos nada, con lo quisquilloso que es, puede que se enfade. A mis compañeras, mañana se lo digo yo en la escuela y a los maestros, me acerco con Pilar en un momento, y se lo digo en el recreo. Como tú vas a ver mañana a los practicantes, se lo dices, y a los demás  se lo vamos diciendo conforme los vayamos viendo.

Creo que sería mejor por ahora no hacer visitas, conforme nos vayamos encontrando con los amigos, se lo vamos diciendo y que poco a poco se vaya extendiendo la noticia, será mejor que no seamos nosotros el foco de la noticia, puede que algunos piensen: “y a mi que me importa, que tú te vayas”. Es mejor que no hagamos visitas con este fin. También puede, que sin quererlo,  alguien se sienta minusvalorado por nosotros  y podamos hacerle daño, al pensar que el no visitarlo,  sea por que lo tengamos en menor estima. Antes de tomar decisiones debemos valorarlas y procurar, que éstas no hagan heridas a nadie, siempre hay gentes muy susceptibles y se sienten ofendidos por cualquier cosa. Las ofensas tardan mucho en olvidarse, y a la hora de irnos, tenemos que procurar por todos los medios a nuestro alcance, no hacer heridas gratuitas, que nadie se sienta herido por nosotros.

Tu opinión vale más que la mía, está mejor pensada. He querido resolver pronto este problema, he buscado una solución rápida y me ha salido con muchos defectos. Tienes toda la razón, no vamos a hacer dos despedidas. Una ahora y otra cuando de verdad nos vayamos, eso serían muchas despedidas, mucha tristeza la que tuviéramos que compartir. Es mejor que la noticia se vaya expandiendo sola, nos va a costar menos trabajo contestar si nos vamos, que hacer las visitas y dar las explicaciones. Ha sido mejor así, y de esta forma vamos a quedar mejor ante todos.

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