El Grito XI

XI

En casa de Ramón Santillana poco a poco se iban estabilizando, el tiempo lo cura todo, sus hijos iban a la escuela y siempre volvían contentos, y Amparo, que parecía la más preocupada por el incidente que había surgido con su hermana durante la última visita que hicieron a casa de sus padres, poco a poco se había ido tranquilizando. Con anterioridad había escrito a sus padres, y estos le habían dicho que Sofía estaba tranquila, seguía con sus devociones y sus rezos pero tenía plenamente asumido que ella había sido la principal culpable de aquello, les había pedido perdón en una carta dirigida a toda la familia, y estos le contestaron dando por zanjado el incidente.

Amparo, que había sido la más afectada, era la que más tiempo había tardado en volver a la normalidad, pensaba que pronto tendrían que volver a casa de sus padres para sellar ese estado de normalidad que mantenían en las cartas, y al mismo tiempo quería ver cómo se encontraba su hermana después del desgraciado incidente en el que se vio involucrada toda la familia. No se atrevía a sugerirle a su marido volver tan pronto a casa de sus padres. Era a Ramón a quien peor le había caído este incidente, y Amparo comprendía que fuera así. Al fin y al cabo, era su marido pero el parentesco que tenía con su familia era un parentesco político que como todos estos parentescos, más servían para separar que para unir. Además Sofía y Ramón nunca se habían llevado bien, se les veía pocas veces hablar, y si alguna vez durante la comida intercambiaban algunas palabras era para mantener posturas encontradas. Sabía Amparo que a Ramón no le iba a importar volver a encontrarse con su hermana, aunque él no iba a ser quien promoviera el viaje que tenían que hacer, y no solo esto, también esperaba que le pusiera algunos reparos cuando ella le dijera que tenían que ir a ver a sus padres. Sin embargo pensaba que al final iba a ir aunque esperaba que los reparos que le pusiera no iban a impedir el viaje, y que tampoco le iba a decir que fueran ellos los que fueran, que él se iba a quedar para no tener más enfrentamientos con su hermana.

Ramón seguía haciendo su vida de labrador rico, no madrugaba se levantaba tarde, algunos días le daban las 10 en la cama, leía el periódico en su casa, y solía salir a tomar unas cervezas antes de comer. Por la tarde iba al casino, tomaba café con los amigos e intervenía en la tertulia que después del café, se formaba en la mesa que había en el rellano de la escalera, donde los habituales contertulios discutían sus divergencias que casi siempre eran las mismas e igual que los comentarios, los temas de los comentarios se parecían tanto que quienes pasaban cerca de ellos pensaban que siempre hablaban de lo mismo, y aunque siempre los temas de los que hablaban se parecían mucho, no eran los mismos. Trataban de las mismas cosas, comentaban la prensa diaria, la caza, el tiempo, la bolsa, o cualquier noticia que tuviera repercusión en el pueblo, y si era verdad que los temas eran los mismos, siempre había de los mismos temas nuevos hechos que comentar.

Amparo desde que llegó a Alameda se había labrado una gran amistad con Aurora, prima de su marido y maestra de Josefina. La había introducido en su círculo de amistades, que eran las esposas de los amigos de su marido con ligeras variantes y sus hijos también habían encontrado sus amigos. La escuela era el sitio ideal para encontrar amigos, y la verdad era que la escuela les estaba dando un buen resultado, habían aprendido en ella muchas cosas, y se habían olvidado de otras. Se encontraban mejor que en Puente de los Desamparados. Habían cambiado a mejor y eso les hacía no echar en falta la vida en aquel pueblo que tan lejano lo veían todos, solo volvían allí de visita. Cuando Amparo repetía en muchas ocasiones ¿Cuándo vamos a ir a ver a mi familia?, haciendo de tripas corazón no les quedaba más remedio que ir un fin de semana. Siempre encontraban lo mismo, decía Ramón. Igual que las veces anteriores cuando hemos ido, e igual que nos va a pasar cuando volvamos podremos decir el pueblo está donde lo dejamos y la casa va a seguir estando en el mismo sitio, en nada se ha movido, sigue estando en la calle de los Frailes igual que estaba cuando nos vinimos la última vez.

Llegó la hora en que Amparo tomó la decisión de volver a casa de sus padres, pensaba que había pasado ya el tiempo suficiente para olvidar aquel triste y desgraciado incidente que, aunque provocado por su hermana, tenían que darlo por concluido. Se lo dijo a sus hijos, a los que le pareció muy bien volver a casa de sus abuelos, hacía ya varios meses que no los veían y pensaban que les iría bien estar unos días con ellos como les había dicho su madre. Tenía Amparo que decírselo a su marido y esto le iba a costar más trabajo, temía que este le contestara que no había pasado el tiempo suficiente, que los iban a tomar por el pito de un sereno, y otras más cosas, aunque también pensaba que acabaría aceptando. Durante toda la mañana estuvo Amparo pensando en la forma en que le podía entrar, por dónde podía empezar a mostrarle lo que llevaba muchos días pensando y no encontraba las adecuadas palabras que la llevaran donde ella quería ir. Pensó que lo mejor sería preparar una buena comida que le gustase a su marido, sacarle una buena botella de vino de las que únicamente se sacaban en la casa en algún cumpleaños o cuando tenían huéspedes de importancia y estos casos llegaban en contadas ocasiones. Cuando decidió la comida que iba a poner pasó a la cocina y estuvo allí hasta que terminaron de preparar los postres. Le preguntó Joaquina si esperaban huéspedes, a lo que Amparo contestó diciendo que no esperaban a nadie. Es que hoy, dijo, hace años que formalizamos nuestras relaciones matrimoniales, pienso que a mi marido le va a gustar, y al mismo tiempo quiero que sirva para que los casos como este no se olviden, que perduren los buenos recuerdos. Pienso que Ramón no se va a dar cuenta del motivo que provoca esta comida y estos postres que acabamos de preparar. Cuando vea los aperitivos, la comida y los postres que hemos preparado, seguro que se acuerda, le dijo Joaquina a su señora.

Había salido Ramón aquella mañana a dar un paseo a caballo, había llovido mucho durante toda la primavera, quería ver sus tierras y decidió aprovechando que hacía un buen día de primavera alta para hacerlo. Se había levantado más temprano de lo que habitualmente hacía, saco su caballo de la cuadra miró al cielo, y al verlo despejado, solo pudo observar algunas pequeñas nubes blancas muy diseminadas que le hicieron pensar en que al menos ese día no iba a llover. Ya no necesitamos más agua, al menos hasta setiembre, se dijo a si mismo. Como buen labrador que era toda el agua que caía le parecía poca excepto aquel año. Había caído tanta que recordó un dicho que había en Alameda y donde un labrador le decía a otro: Ha llovido mucho. Y quien con él estaba le respondía: Para siete cosechas, si la repartiera un hombre de conocimiento.

Una vez que ensilló el caballo abrió las puertas falsas de su casa, montó a caballo y cruzó el arroyo. Durante toda la mañana se dedicó a ver sus fincas. Había llovido y ya estaban todas las siembras granadas. Entre los sembrados, se oían cantar las perdices.

Volvía contento a su casa. Para él había sido una buena mañana. Llamó a las puertas falsas de su casa, y desde dentro, oyó la voz del morillero decir: Voy. Una vez dentro le entregó las bridas del caballo al que le había abierto la puerta, y le dijo: Toma el caballo, lávalo bien con jabón, ponle una manta y una cincha que no se enfríe, dale agua y échale de comer. Yo voy para dentro que me estarán esperando para comer. Cuando Ramón pasó al comedor de su casa, vio la mesa puesta y quedó sorprendido al ver sobre la mesa una botella de Rioja y unos aperitivos de queso, anchoas y jamón.

En casa de Ramón Santillana normalmente no tomaban aperitivos antes de comer, a no ser que tuvieran huéspedes o tuvieran algún evento que celebrar, no quiso preguntarle a su mujer a qué se debía que hubiera puesto la botella de Rioja y los aperitivos. Quedó expectante mientras aguardaba que su mujer le dijera algo que justificara aquello. Notó que su mujer lo estaba tratando de una forma espacial, estaba atenta y habladora con él con unas atenciones que sobrepasaban a las que él estaba acostumbrado. No es que su mujer estuviera acostumbrada a tratarlo mal, nunca lo había hecho, pero tantas atenciones le hacían pensar que algo quería, que algo le iba a pedir. Pensó decirle que estaba expectante, ante una comida tan especial, mientras él permanecía intrigado con lo que estaba sucediendo sin saber a qué obedecía lo que estaba pasando. No pasa nada, le había dicho Amparo al verlo expectante y sin decidirse a preguntar la causa que motivaba su inquietud, solo que esta mañana cuando Joaquina ha ido a la carnicería ha visto colgados unos corderillos muy chicos, le ha preguntado al carnicero la causa que había llevado estos corderillos al matadero, y le ha contestado que lo único que pasaba era que le habían parido durante este mes bastantes ovejas y como pensaba que se le iban a poner grandes antes de poder matarlos, y ahora no tenía otros corderos para poder hacer la matanza, había decidido matar los corderos de más peso que tenía y ordeñar las ovejas.

Le he dicho a Joaquina cuando me lo ha dicho que volviera a la carnicería y se trajera una canal. Eran pequeñas y la que se traído ha pesado cinco kilos, hemos puesto la mitad en el horno de la cocina y eso es lo que vamos a comer ahora, con la otra mitad había pensado guardarla entre hielo y dejarla para otro día, la dejaremos dos o tres días entre el hielo y probablemente cuando nos comamos esta compraremos más, ya que las esta vendiendo al mismo precio que vende los chivos y los corderos mayores. No supo Ramón qué contestarle a su mujer, pensó que tal vez se hubiera equivocado al pensar que le iba a pedir que llevara a toda la familia a ver a sus padres.

Entre los grandes elogios dedicados a Joaquina, que había sido la cocinera, y al cordero, que había dejado su vida en el matadero para que ellos pudieran disfrutar del gran plato que estaban comiendo, fue trascurriendo la comida que había colmado de satisfacción a la familia de Ramón Santillana. Al llegar la hora de los postres, esperaba Ramón un frutero repleto de melocotones, manzanas, y peras. Cuando Ramón vio aparecer a Joaquina junto a la criada, que estaba sirviendo la mesa con sendas fuentes donde portaban en una de ellas una gran fuente de natillas, y en la otra de las fuentes, un flan de muchas yemas.

Recapacitó Ramón Santillana, miró a su esposa, que no había dejado de mirarlo, y le dijo: cuando mi padre me dice de usted, o me ha pegado, o me quiere pegar. Y enseguida le dijo  ¿qué pasa, quieres ir a ver a tu familia, consideras que ya ha pasado el tiempo suficiente para volver? No necesitabas haber preparado esta comida, con que lo hubieras dicho hubiera sido suficiente, yo no pensaba ir tan pronto, aunque yo soy aquí el convidado de piedra, este es un problema que ha surgido con tu familia, y eres tú la que tienes que tomar la decisión de darlo por zanjarlo, a mí no me corresponde tomar esta decisión, lo más que puedo, haciendo de tripas corazón, es ir con vosotros, si es que piensas que vayan los chicos, no seré yo quien trate de distanciarte de tu familia, ni a ti ni a nuestros hijos, ellos también tienen familia en Puente de los Desamparados.

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