A un álamo del arroyo de la higuera

Nacido en una fuente,
a un costado del pueblo
junto a pequeñas huertas
discurre un arroyejo.
Al borde, en sus orillas;
junto a los chopos frescos
que prestan su verdor
a los secos barbechos,
cerca ya de las tapias,
casi pegando al pueblo,
frente a una noria hundida
hay un álamo viejo.

Está solo, cansado

agotado y enfermo.
Tiene ramas podridas
junto a muñones secos,
y entre sus pocas hojas
nos muestra su esqueleto. Noria hundida junto a árbol seco ©  Foto de Gustavo Barba
A veces, al pasar,
he visto alzarse al cielo
en siniestra visión
la figura de un cuervo.
Confieso que me atrae
y a la vez me estremece
la figura del cuervo.
Pero vuelvo a pasar
ante el cuadro siniestro
que forman en la tarde
las ramas amarillas
y las plumas del cuervo.
Parado junto al árbol,
como angustia el silencio.
He mirado hacia mí,
angustiado y obseso
temiendo que a mis hombros
venga a posarse el cuervo.
Y al observar mi alma
frente a este álamo seco,
sigo pensado en mí,
y como él, yo me encuentro:
solo, cansado, triste,
erosionado , viejo,
con pocas hojas verdes,
¡y cuántos ramos secos!

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