Leñadores 10

Entraron en el pueblo en plena siesta, cuando nadie quedaba en la calle, sólo se cruzaron con algún perro. Se oía el piar de los gorriones en los cipreses del cementerio, el silencio era total. Bajaron Peñuelas abajo, llegaron a las eras y le extrañó a Cipriano no ver ninguna cuella trillando, no se veía a nadie. Extrañado, miró el reloj, son las dos y media. ¿Cómo es que hemos llegado tan pronto? preguntó. Hemos tardado menos tiempo para venir que cuando nos fuimos. Eso pasa siempre, contestó Ángel, los animales andan más cuando van a la querencia de la cuadra. La cuadra es la casa de los animales, ellos saben dónde van, y por eso van más deprisa, van a su casa, y eso les hace aligerar.

 Se encaminaron a la casa de Ángel por las puertas falsas. Bajó éste de la galera dándole a Cipriano las ramaleras, al tiempo que le decía, sujeta a la yunta y no la dejes que arranque hasta que no vuelva yo y las coja de la madrina. No sea que cuando me vean salir, se vengan detrás, y arriba tengo pocas anchuras para entrar. Espera a que abra la puerta, baje y venga a cogerlas. No sea que ya que hemos hecho bien el viaje, sin ningún tropiezo, el tropiezo lo vayamos a tener ahora.

 Hizo Cipriano las cosas como Ángel le había dicho, y todo salió a pedir de boca. Cogió éste las mulas de la madrina, vuelto de espaldas, y tirando de ellas sin dejar de mirar hacia atrás, entró Ángel en su casa sin tropezar en nada, y sin que las ruedas rozaran siquiera los guardacantones de las puertas.

 Desde el asiento de la galera contempló Cipriano la maniobra, preocupado por las palabras que Ángel le había dicho al iniciarla. Ya estamos aquí y sin problemas, dijo Cipriano, al tiempo que abriendo las puertas que de la casa daban al corral, salía la familia de Ángel completa, preguntándoles por el resultado de la feria.

 Por lo que veo, dijo Flora esposa de Ángel, las cosas han salido bien, Cipriano ha comprado su burro y Ángel ha vendido la yunta. Los dos habéis cumplido con el fin que os proponíais, todavía no sé cómo haya vendido Ángel la yunta, pero tú, Cipriano, sí que has comprado un gran burro, apuntó Flora.

 Enseguida todos los ojos se posaron en el burro de Cipriano. ¿Cómo se llama? preguntó la hija pequeña de Ángel. Se llama Rucio, como el borrico de Sancho Panza, dijo Cipriano mientras observaba orgulloso cómo todos comentaban lo hermoso que era aquel burro. Lo he bautizado así, para que al ser un nombre conocido, todos los que lo vean enseguida se acuerden de su nombre, ya que del nombre del burro de Sancho Panza todo el mundo se acuerda. No creo que Rufina le ponga ninguna pega, apuntó Flora, ni Rufina ni nadie, yo no he visto nunca en el pueblo, ni en ninguna parte, un burro tan hermoso y tan completo como éste, dijo Ángel dirigiéndose a su mujer, que había hecho la observación.

 Se despidió Cipriano de la familia dándole las gracias a Ángel por la ayuda que le había prestado durante los días que habían estado juntos, por lo que de él había aprendido y por tantas otras cosas, que ahora no iba a enumerar.

 Salió Cipriano de casa de Ángel por las puertas falsas y se dirigió a la suya pensando que quizás Rufina se hubiera ido a comer con su madre, aprovechando que estaba sola y que él no iba a volver hasta el día siguiente, que era el día en que la feria terminaba, Y al mismo tiempo lamentando que fuera la hora de la siesta y que no hubiera nadie en la calle que pudiera ver a  su hermoso burro. Mientras en esto iba pensando  llegó a la puerta de su casa,  esperando que nadie le contestara llamó a la puerta. Oyó enseguida los pasos de Rufina y el ruido del cerrojo que se abría.

 Al salir Rufina a su puerta tropezó con Rucio y con su marido que venían de la feria de Almagro, según le dijo a ésta Cipriano. Ya sabía que veníais de la feria de Almagro contestó Rufina, lo que no pensaba era que fuerais a volver hoy, mientras observaba detenidamente a Rucio, que se había quedado mirándola, no pensaba que fueras a volver tan pronto. Pensaba que ibas a tardar más en decidirte.  Te habrá costado un dineral. Pienso que será capón, y a la vez será manso. No me ha costado un dineral, me ha costado una cantidad razonable de dinero, es capón, y también es muy manso. A todos los que lo han visto les ha gustado mucho. Es el mejor burro que hemos encontrado en la feria. Estoy esperando que me digas las faltas que tú le ves. Yo faltas no le veo ninguna, creo que la mayor falta que tenga será el precio, pero como no me has dicho todavía lo que ha costado, no se la puedo poner. Y ojalá que no le pueda poner ninguna. Eso sería lo mejor que nos pudiera pasar a los dos, dijo Rufina. Acercó Cipriano su cabeza a la oreja de Rufina, sonrió ésta y comentó: el precio está dentro de las previsiones que teníamos hechas.

 Habían oído las vecinas los cascos de Rucio y el abrirse la puerta de la casa,  les hizo a todas echarse fuera de la cama. Poco a poco fueron éstas abriendo sus puertas y acercándose adonde estaba el burro con sus nuevos dueños.

 Les gustó mucho a todas las vecinas, el burro que Cipriano había traído de la feria. A nadie se le ocurrió ponerle una sola falta.  Poco a poco se fueron despidiendo una a una, deseándoles lo mejor para el trabajo que iban a emprender. Pasó delante Rufina, dejando la puerta abierta para que pasaran Cipriano y el burro que venían detrás, y antes que a Rufina le diera tiempo de abrir la puerta del corral, oyó la voz de su marido que le preguntaba si sabía el nombre que le había puesto al animal. No contestó Rufina,  ni lo sé  ni lo puedo imaginar. Procura dijo, que sea un nombre que no llame mucho la atención, que no nos hagamos famosos en el pueblo por el nombre del borrico. En este pueblo es mejor pasar desapercibido. Le he puesto Rucio, dijo Cipriano a su esposa. Sancho Panza le puso Rucio al suyo, y hoy es conocido en todo el mundo, y a éste le va a pasar lo mismo en el pueblo, enseguida lo van a conocer.

 ¿No se te ha ocurrido pensar,  que si le pones ese nombre, cómo te van a poner a ti? A mí no tienen que ponerme ningún nombre, yo tengo ya el mío. ¿Por qué lo van a hacer? Porque el nombre de Rucio ha ido siempre unido al de Sancho Panza, y como tú no te llamas Sancho Panza, te van a tener que confirmar. Así ha sido aquí siempre, y así seguirá siendo. No te quepa la menor duda. Es ley de vida. Si al burro le pones Rucio, a ti te van a poner Sancho Panza, a no ser que te pongan Rocinante, que en parte, este nombre también va unido al nombre de Rucio, los dos eran las cabalgaduras en que se desplazaban Don Quijote y su fiel escudero Sancho Panza. Piénsalo antes de decirle a nadie el nombre que le vas a poner. A lo mejor otro nombre menos literario te pueda evitar que a tu edad tengas que ser confirmado.

 Quedó preocupado Cipriano con las palabras que le había oído a su mujer y aunque trató de quitarle importancia a lo que ella le había dicho, no dejó de pensar en ello durante la tarde y una parte importante de la noche.

 Metieron el burro en la cuadra, le dieron agua y le echaron pienso. Se quedaron un rato viéndolo comer  desde la puerta , mientras Cipriano le contaba a su mujer lo que para él había sido la feria, y al mismo tiempo lo que en ella había aprendido y lo que había supuesto para él, conocer a las personas que con él habían convivido durante estos días. Pensó Cipriano dejar al burro atado en el pesebre con la puerta abierta para que el animal no pasara calor, idea que desechó pensando en dejarlo suelto.  Para que pudiera salir al corral y dormir al fresco, que bastante calor había pasado durante el día y en el camino durante el viaje.

 Salieron del corral, dejando la puerta de la cuadra abierta y atrancada, para que ésta no se pudiera cerrar, echaron el cerrojo del patio para que El Rucio no se escapara y se comiera las plantas. Regó Rufina sus geranios, mientras su marido iba sacándole el agua del pozo para regarlos. Al terminar sacó ésta dos sillas, y dándole una a su marido le dijo: toma, siéntate y cuéntame todo lo que has aprendido en la feria, que a mí también me interesa todo lo que tú me puedas enseñar. El Sol ya se había escondido entre los cerros. La fragancia de los geranios recién regados, se extendía por el patio de Rufina. Pasaban las golondrinas una y otra vez tratando de llevarse los últimos insectos de aquel día de calor de hace tantos años, mientras La Luna, grande y redonda trataba de suplir con sus destellos, la luz que en su huída se estaba llevando el crepúsculo de la  tarde.

 Estuvieron un largo rato hablando de la feria y de los compañeros con quien Cipriano había convivido durante estos días. Había convivido con buena gente, buenas personas, repetía él una y otra vez. Habló a su mujer de la viuda del Pirata, de la tragedia que ahora le tocaba vivir a aquella mujer, de sus cuatro hijos, de cómo les pagó por el burro lo que le dijeron, sin discutirle un solo real, de cómo se despidieron de aquella familia, todos con lágrimas en los ojos al decirse adiós, de Anastasio y de sus hijos, de las palabras que éste les dijo al despedirse. Y sobre todo de la emoción que todos sintieron al  decirse adiós.

 Estaba Cipriano contándole esto a su mujer con la emoción a flor de piel, contándole hasta los más pequeños detalles de los hechos que durante estos días había vivido, de cómo le ayudaron todos y de cómo todos habían tenido tragedias que contar.

 Tenemos que cenar, dijo Rufina, nos tenemos que levantar temprano. Mañana tenemos muchas cosas que hacer y el sol se levanta muy pronto, antes de que nos demos cuenta. Si tú tienes cosas que hacer, yo no tengo menos. Iré a primera hora a la Solana de la Higuera, y antes de que el sol apriete, haré dos cargas buenas de retama, traigo una y vuelvo a por la otra. Por la tarde le quito el techo a la cuadra y se lo pongo nuevo. Las retamas que tiene están viejas, si las dejo, cuando empiece a llover va a tener Rucio goteras todo el invierno, y no quiero que  se resfríe. Lo necesitamos sano, va a tener que salir a trabajar todos los días. Igual que nosotros, contestó Rufina, ninguno de los tres nos podemos permitir el lujo de enfermar. Cenaron y fue Cipriano a ver a Rucio, antes de acostarse, le echó un pienso, mientras comía lo estuvo mirando un rato, salió de la cuadra, cerró la puerta del corral y se dirigió a la alcoba.

 Ya tenía Rufina el candil apagado, abrió la puerta de la alcoba, a la luz de la Luna vio a su mujer desnuda echada en la cama, sólo la tapaba un trozo de sábana. Le preguntó Cipriano si estaba dormida y ella contestó: no tengo sueño, estoy contenta. Se despojó Cipriano de sus ropas, abrazó a su mujer, y aquella fue una larga noche de alegría, de amor y de esperanza.

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