XXV. Ajuste de cuentas

La República poco a poco se iba apagando, de nada le sirvió a sus dirigentes las ofertas que le hicieron a los sublevados de entregar las armas, con unas mínimas garantías de respeto para los vencidos.  Sabían ellos que la guerra la habían ganado desde hacía tiempo, y no quisieron garantizar nada. Pronto iban a empezar los ajustes de cuentas en las paredes de los cementerios. El miedo empezó a caer como una losa sobre los vencidos, y ya no podían esperar más que la visita de La Vieja Dama junto a las paredes del cementerio.

Una importante cantidad de simpatizantes de la República empezaron a distanciarse de los que habían sido sus amigos republicanos, trataban por todos los medios de que no los vieran con quienes habían sido sus amigos, y procuraban hacer nuevas amistades con los que antes habían estado frente a ellos, de ninguna forma aceptaban haber sido republicanos. Era el miedo que los atenazaba, sabían por las nimiedades que muchos se habían visto detrás de las paredes del cementerio y delante del pelotón de ejecución. Les aterraba poder encontrarse en parecida situación. Todos se atrevían a dar consejos, diciéndoles lo que tenían que hacer, a los que por una u otra circunstancia habían estado cerca de la República. Bien por ser amigos, familia de republicanos o simplemente simpatizantes. Cualquiera de estas cosas era motivo para quitar el sueño, ser encarcelados y en muchos casos verse delante  de un paredón de ejecución.

Se había perdido la alegría de sentirse igualitario, republicano, o simpatizante del Frente Popular. Para salvarse, esto era algo que había que ocultar, era la mejor forma de evitar complicaciones. Otros aconsejaban afiliarse a Falange, a Acción Católica, o comulgar todos los días, estos remedios podían dar buen resultado en algunos casos, no siempre. Era la hora de despertar de un sueño. Solo podían quedar días, unas semanas, tal vez un mes. Pronto iban a ver desfilar las banderas falangistas, sus uniformes, iban a oír sus tambores y sus cornetas, sus soeces palabras, y muchos iban a sentir en sus carnes sus heridas, y su sangre derramada. Todos sabían que esto iba a ser así, como lo habían hecho en la España conquistada a lo largo de todos sus pueblos, su comportamiento había sido igual, con ligeros matices.

En Alameda de la Mancha, las familias republicanas mantenían la esperanza de ser respetadas. Sabían que en el pueblo había también dos formas de pensar. Ya se pusieron de manifiesto en la procesión de San José del año treinta y seis. La diferencias entre los devotos de San José, y los no devotos del santo, no eran solo creencias.  En este pueblo, al menos los hombres, iban poco a la iglesia, a misa casi nadie. Solo iban a los entierros o a los cabo de año, y solo pasaban dentro de la iglesia, a dar la cabezada en los cabo de año. En los entierros, los que iban acompañando al féretro, lo acompañaban desde su casa a la iglesia, y solo pasaban dentro los que portaban el féretro y sus familiares más cercanos. Los que acompañaban al cortejo, esperaban en la puerta a que una vez terminados los rezos sacaran el féretro y lo acompañaban al cementerio, andando detrás de la familia.

El último responso se lo rezaba el cura, según la categoría del entierro. Si el entierro era de tercera categoría, lo rezaba al salir de la iglesia, despidiéndose del cortejo fúnebre. Desde ese momento, solo acompañaban al féretro la familia, amigos y deudos del difunto. Si el entierro era de segunda categoría, el cura acompañaba al entierro hasta el cementerio, rezando allí el último responso, al borde de la sepultura. Allí se despedía, volviendo a la iglesia acompañado de los monaguillos y el sacristán, que portaban el incensario, el agua bendita y demás instrumentos sagrados que el entierro requería. Y si el entierro era de primera, además de lo que llevaba el entierro de segunda, llevaba también un montón de responsos diseminados por todo el camino que recorría el entierro, desde su casa a la iglesia, desde la iglesia al cementerio. Y una vez terminado el responso que rezaba el cura en el cementerio permanecía allí hasta que la tierra cubría el féretro. Desde el cementerio se iniciaba otro nuevo desplazamiento, hasta la casa del difunto, donde el cura dirigía el último rezo del entierro, se daba la cabezada, y se despedían los asistentes deseándoles a los familiares, que Dios le de salud para hacer bien por su alma.

A pesar de que Alameda de la Mancha fuera un pueblo poco ligado a creencias de ningún tipo, la procesión de San José del año treinta y seis llevó a una inmensa mayoría de los hombres a la procesión. Las creencias, nunca habían sido motivo de enfrentamiento en Alameda. El motivo de este enfrentamiento era otro. Las elecciones municipales, que ganó el Frente Popular habían sido el dieciséis de Febrero, apenas dos mases antes, y esto hizo que la clase trabajadora, que hasta la llegada de la República, no había tenido ningún derecho, quiso hacer sentir su fuerza. Lo hizo defendiendo el cumplimiento de uno de los primeros artículos de la constitución que declaraba expresamente, que España era un país laico, por tanto las manifestaciones religiosas estaban prohibidas fuera de los lugares de culto. No se podían celebrar procesiones dentro del marco constitucional.

Aunque en la procesión de San José no hubo tiros, ni palos, si hubo insultos y amenazas, y sobre todo sirvió para que todos supieran, en que bando estaba cada uno. Quienes estaban con la República y quienes estaban contra ella. De ahí que durante los casi tres años de guerra, a todos les dio tiempo a conocer las ideas de los demás vecinos. Los republicanos fueron respetuosos con la derecha, esto no quita que no trataran de corregir los excesos que con relativa frecuencia cometieran algunos derechistas que no aceptaban, que las leyes estaban hechas para cumplirlas y que lo mismo obligaban a los trabajadores, que a los propietarios. Esto hizo que el incumplimiento de la legislación vigente,  llevase a algunos y a algunas a ser encarcelados, por cortos espacios de tiempo. No podían tolerar los trabajadores, que cuando venían delegados de las centrales sindicales más representativas, salieran ciertas señoras, armadas con cencerros a impedir, que estos delegados informaran a los trabajadores de los derechos, que con arreglo a la ley les correspondían.

Con estos precedentes los que habían ganado la paz, se disponían a perder la guerra. Quedaba muy poco para que la guerra terminara, y todos sabían la que había pasado en otras regiones de España, donde habían terminado las batallas, pero no había llegado la paz. En Alameda de la Mancha, con la información que les había llegado de otras regiones, con el protagonismo que habían adquirido las organizaciones fascistas, como Falange Española, la Ceda, la Iglesia Católica, y con el protagonismo mantenido por el ejército y la Guardia Civil. Bien podían decir, igual que decían los gladiadores romanos, al entrar en el circo donde iban a dejar sus vidas: Ave Cesar, los que van a morir te saludan.

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