XIV. La República

Los ricos no eran los labradores de Alameda y los pobres tampoco eran su clase trabajadora. En España había mayores diferencias entre pobres y ricos que las que tenían en Alameda  de la Mancha, y los enfrentamientos en España fueron mayores que los que hubo en Alameda. Pero las diferencias entre los propietarios y los que vivían de sus manos se fueron haciendo mayores y aunque la Ley de la Reforma Agraria no estaba pensada para Alameda, muchos de sus habitantes, tanto de los propietarios, como de los trabajadores, no pensaban lo mismo. Las clases trabajadoras esperaban cambios, las centrales crecieron mucho y sus afiliados liberados, iban por los pueblos haciendo ver en sus mítines a las clases trabajadoras que las leyes se hacían para cumplirlas, y si las leyes no se cumplían, había que denunciar a los infractores, a los que las leyes no las cumplían, que eran muchos, y eso creaba problemas.

Muchos empresarios, a los trabajadores que reclamaban sus derechos, no los contrataban, y al quedarse sin trabajo, dudaban de sus fuerzas para hacer cumplir las leyes que a diario publicaban en el Boletín Oficial del Estado. Los propietarios pensaban que la República no iba a poder imponer sus leyes, muchos empresarios les decían a los trabajadores al despedirlos, que el trabajo os lo dé la República. Queríais república, comed república. Las cosas siempre han sido así decían, nosotros no podemos aguantar estos cambios que nos quieren imponer a la fuerza con las nuevas leyes que están haciendo.

El criterio de los trabajadores era otro, las leyes se hacen para cumplirlas, si esto no es así es mejor no hacerlas. Lo que no se puede llevar a cabo, no se legisla, ahora lo que se legisla se cumple y para eso están los jueces, la policía y la guardia civil. O siempre van a seguir estando para ponerle las esposas a los pobres. Cuando en España ha habido guerras los soldados españoles han sembrado de cadáveres con sus cuerpos, los cinco continentes. Los ricos no iban a la guerra, ni siquiera han hecho el servicio militar, eran soldados de cuota, no tenían por qué ir a la guerra. Sus padres pagaban el importe que fijaba el estado y quedaban exentos de la guerra y de la muerte. Del hambre, de las heridas, de caer prisioneros, de los palos y de las lesiones de quedar inutilizados de por vida y de tener que ir pidiendo de puerta en puerta hasta que la muerte te llegue cualquier noche de invierno en cualquier descampado, en el travesaño de cualquier puerta, eso ha estado reservado siempre para los trabajadores, para los pobres.

Las leyes que haga la República se van a cumplir, vamos a hacer que se cumplan, cueste lo que cueste. Nadie va a quedar exento de cumplirlas. La clase trabajadora no está pidiendo privilegios, está pidiendo igualdad ante la ley, que no nos cuenten más cuentos, y que no nos vengan con sermones. No estamos aquí para ganar el cielo, queremos ganar el pan y el respeto de todos. Vamos a jugar fuerte para conseguirlo. Una ocasión como esta no se va a repetir. Y para que no se repita estamos aquí, para que no haya que esperar otra ocasión. Vamos a poner nuestro esfuerzo, nuestras ideas, nuestra voluntad, nuestra inteligencia y nuestra sangre. Vamos a poner todo lo necesario para no volver al pasado.

Desde las elecciones del año treinta y tres, con el triunfo de las derechas las cosas habían ido a peor, no solo no se hacían leyes progresistas, sino que las leyes que se hacían eran para volver al pasado, para desandar el camino andado. Las noticias que llegaban de otras zonas, de otros pueblos eran alarmantes. Las leyes no se cumplían, crecía el paro, y el hambre se extendía entre las clases trabajadoras. Con el triunfo de los partidos de derechas las clases trabajadoras, que habían perdido las elecciones, gracias al pucherazo que los caciques y los curas habían dado en toda la España rural, y la política llevada a cabo por la mayoría de los ministros del gobierno de Alejandro Lerroux y especialmente por la postura adoptada por los ministros de la Ceda y la iglesia, poniendo el ministerio de Gobernación a disposición de los caciques y los terratenientes. Esto hizo que el hambre se extendiera entre los trabajadores de la tierra, y especialmente por las zonas más latifundistas de España, por Andalucía y Extremadura principalmente, donde los caciques y latifundistas, apoyados por la guardia civil y los gobernadores civiles campaban a su antojo. Donde las palizas y las ejecuciones, hechas por los guardas de las fincas, en presencia de la guardia civil, a instancia de los caciques, estaban a la orden del día. Y las ejecuciones del ejército, a las órdenes del general Franco en Asturias, incluidas mujeres y niños pasaron de dos mil.

El poder alcanzado por el pueblo con la llegada de la República se iba deteriorando. Con la formación del gobierno por el partido radical de Alejandro Lerroux, partido más votado en las últimas elecciones. A medida que pasaban los días, la derecha se iba haciendo intocable. La Ceda, partido de las organizaciones agrarias de Gil Robles, se unió al partido radical las organizaciones religiosas, y la iglesia en general ampliaban a diario su influencia y su fuerza. Los trabajadores de la tierra iban perdiendo toda la fuerza que con las leyes promulgadas por la República le otorgaban, y el hambre se extendía por todas las zonas más latifundistas de España, mientras los trabajadores de la tierra iban perdiendo día a día el trabajo y la dignidad que como personas la República les había dado.

Esto todavía no pasaba en Alameda de la Mancha, pero las noticias de apaleamientos y muertes en los enfrentamientos con los guardas armados de las fincas y con la guardia civil eran casi diarios. Y las muertes por inanición en las calles de los pueblos donde había grandes latifundios eran diarios. Así como los apaleamientos en los cuartelillos de la guardia civil y en las mismas fincas y las ejecuciones, si los encontraban cogiendo o rebuscando bellotas, aceitunas, espigas para comer, para no morir de hambre, o por ir a cobrar los jornales que con arreglo a la ley les correspondía era motivo suficiente para ser apaleado o ejecutado por los guardas de las fincas, en presencia de la guardia civil, a instancia de los grandes propietarios, de los caciques.

Con república o sin república, la derecha era la misma, en nada había cambiado con la dictadura de Primo de Rivera que con el gobierno de Lerroux, la forma de administrar el poder era la misma. El poder lo administraban los mismos, los mismos mataban, los mismos torturaban y los mismos justificaban estos comportamientos, y los mismos recibían, el hambre las torturas y la muerte. Poco habían cambiado las cosas en España, no les quedaba más esperanza que las elecciones las ganara el Frente Popular y que este tuviera fuerza suficiente para volver a establecer la ley y el orden, y que tanto el ejército, la guardia civil, la iglesia y el dinero dejaran de ser el poder en España. Que el Parlamento libremente designado por el pueblo sea quien elabore las leyes, el que nombre al gobierno, para que con arreglo a ellas nos administre, y los jueces sean los encargados de que las leyes se cumplan.

Sabía la clase trabajadora que con ellos estaba el saber la inteligencia, el pensamiento. La izquierda no eran solo los trabajadores, con ellos estaban los progresistas, los pensadores, los intelectuales, y pensaban también que ellos eran más y mejores, pero que el poder estaba en otras manos. El poder estaba en manos del dinero, de la iglesia, del ejército. Y como temía la clase trabajadora a los militares, a la guardia civil, a los curas, a los terratenientes, a los caciques, a los poderosos. Cuando echaron al rey, cuando llegó la República, pensaron que todo estaba arreglado, que el cambio estaba hecho para siempre. Cómo se equivocaron, pensaban que la República se había establecido ya para toda la vida, que en la izquierda estaban más, y que eran mejores, que el cambio que la República había traído quedaba establecido para siempre, pero no era verdad, se habían equivocado.

Se dieron cuenta en las elecciones del año treinta y tres. Cómo se movilizaron las gentes de derechas, los que habían perdido no regatearon esfuerzos, pedían votos, compraban votos, cambiaban votos por promesas de trabajo, hasta por tenerlos presentes en sus oraciones, se pedían votos. Se utilizó el voto del miedo de muy diversas formas, desde utilizarlo para no perder el trabajo, hasta utilizarlo para no perder el cielo. Todo valía para ganar votos. Cómo nos engañaron, decían después los que sufrieron el gobierno de los que los habían engañado.

Pronto se dieron cuenta las clases trabajadoras de que el ejército no era neutral, no estaba con ellos, eran otros sus fines. Muy pronto el general Sanjurjo vino a recordárselo, con su intento de golpe de estado. Pero su sentencia no llegó a cumplirse, le fue conmutada la pena de muerte, a la que fue condenado, por un tribunal por la de treinta años de reclusión mayor, que tampoco llegó a cumplir, muy pronto fue indultado y poco después nombrado agregado militar en la embajada de España en Lisboa.

En el Romance de los Siete Infantes de Lara, dejó escrito su autor hace mil años estos versos:

Qué gran caballero, fue
Don Rodrigo de Lara,
que mató cinco mil moros,
con trescientos que llevaba.

Si acaso muriera entonces,
qué gran fama que dejara.

No matara a sus sobrinos
los siete Infantes de Lara,
ni vendiera sus cabezas
al moro que las llevaba.

Si el general Sanjurjo hubiera cumplido su condena cuando se la impuso el tribunal militar que lo juzgó con arreglo a las leyes establecidas en el código militar vigente, no hubiera vuelto a encabezar otra sublevación militar, que le costó a España un millón de muertos. La mayor parte de ellos, ejecutados por militares, por guardias civiles, o a instancias de las órdenes religiosas de los obispos, con juicio o sin juicio, pero desde luego sin razón alguna para llevarse a cabo el holocausto que formaron.

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