El Grito V

V

Cuando volvió Amparo al comedor, encontró a su familia sentada alrededor de la estufa, Marcelo y Josefina estaban contándole a su padre lo que habían estado haciendo en el corralillo durante toda la tarde. Habían hecho muchas cosas importantes, y querían darle cuenta de lo que habían hecho. La llegada de Amparo hizo que le repitieran a esta todo lo que ya le habían dicho a su padre y algunas más importantes cosas que todavía no le habían contado, y de los proyectos que in mente tenían. Mientras estaban hablándole a sus padres de sus proyectos pendientes, llegó Joaquina para decir que la cena ya estaba preparada y dispuesta para servirla cuando dispusieran los señores. Una vez que Amparo dio el visto bueno para servir la cena, pronto estuvo servida, y todos quedaron en silencio, apenas se oía el roce de los cubiertos en los platos, parecía haber desaparecido la necesidad que tanto Josefina como Marcelo tenían de contarles a sus padres los proyectos que tenían pendientes de ejecutar.

A la mañana siguiente tuvo que ir Amparo a la escuela, quería hablar con Aurora, prima de Ramón, con la que mantenían aparte del parentesco que esta tenía con su marido una gran amistad. Se levantó temprano, más temprano de lo que habitualmente hacía. Quería hablar con Aurora, antes de que los chicos pasaran a la escuela, para preguntarle si necesitaba alguna documentación, algún certificado del colegio donde más o menos se acreditara el nivel de conocimientos que Josefina tenía, y que a la hora de integrarse en la escuela, la destinaran con las alumnas de su mismo nivel. Por el camino, se encontró con Aurora, que iba a la escuela, se saludaron, y pronto informó Amparo a su prima cuales eran los motivos que la llevaban a la escuela. Pensaba Aurora, que Josefina se iba a quedar en Puente de los Desamparados con los padres de Amparo al menos hasta que finalizara el curso. Con lo religiosa que es tu hermana no sé cómo no se ha opuesto a que saquéis a Josefina de las monjas, apunto Aurora.

Mi hermana es muy religiosa, pasa que tanto Ramón como yo, somos menos religiosos que mi hermana, y menos que mis padres, dijo Amparo, y dada la circunstancia de que los padres de Josefina somos nosotros, de mutuo acuerdo hemos decidido traerla una escuela pública, y que al menos la enseñanza primaria, y el bachiller si puede ser lo hagan en la escuela pública del pueblo donde vamos a vivir. Ramón no tiene buenos recuerdos de los frailes, y yo tampoco guardo buenos recuerdos de las monjas. Para mi fueron muy duros los años que pasé en aquel frío, triste, duro y esperpéntico caserón.

Me imaginaba que tu estarías más cerca de la Iglesia, con tus padres y con tu hermana Sofía tan religiosos, pensaba que para ti, la Iglesia significaría lo que significa para tu familia, aunque me alegro que seas más abierta, que pienses más y creas menos, yo también prefiero pensar en los nuevos interrogantes que me llegan, prefiero buscarles dentro de mí una respuesta, que ir con ellos al confesonario y que me den allí una solución.

Los años que estuve con las monjas, fueron muy duros para mí, pensaba que mis padres me podían haber dejado en Puente de los Desamparados en una escuela pública con mis amigas, e incluso podía haber ido a las monjas allí, pero externa, que pudiera vivir en mi casa con mi familia, y que no estuviera siempre viendo monjas por todas partes. Hasta cuando estaba dormida, en sueños me perseguían las monjas. Como casi todos los días, nos castigaban, y los castigos colectivos siempre eran rezos. Los teníamos que cumplir cuando ya estábamos acostadas, y como me acostaba rezando, por eso soñaba con monjas. Un día comenté con una compañera lo obsesionada que estaba con los rezos, y cuál era la idea que yo tenía sobre el origen de mis sueños.

Consideraba, que el origen de mis sueños estaba en los castigos colectivos que nos imponían las monjas, que siempre eran rezos, y esto hacía que al acostarme siempre tuviera una deuda con Dios, y que cuando la monja de turno apagara la luz, ya estaba Amparo, levantándole el corazón a Dios y pidiendo mercedes, según define el catecismo a los rezos, a veces pensaba, que cuando Dios oyera mi voz pensaría, ya está aquí esta tonta de las narices, dispuesta a no dejarme de dormir tranquilo. Rompió Aurora a reír y le dijo a Amparo, bueno tengo que pasar a clase que si piensan las chicas que me he ido, se van a arrancar las orejas. Esta tarde antes de la escuela, me paso por tu casa, y recojo a Josefina, las chicas tienen la costumbre de gastarle bromas pesadas a las que llegan por primera vez a la escuela. Cuando la vean llegar conmigo, van a pensar que está enchufada, y la respetarán más. Se despidieron en la puerta de la escuela, y quedó Aurora en ir a recoger a Josefina después de comer para que las chicas la vieran llegar con ella a la escuela, y al mismo tiempo le dijo Aurora, me cuentas como encajaste la disciplina que trataban de imponeros las monjas en el convento.

Cuando Amparo llegó a su casa, ya estaban todos levantados, y acababan de desayunar. Joaquina se había encargado de todo para que nadie echara de menos a Amparo y todo lo tuvieran resuelto. Cuando Amparo preguntó por su marido le dijo Joaquina que había salido con el caballo, y que volvería para comer. Hacía una buena mañana y quería sacar al caballo, que llevaba muchos días sin salir, según les había dicho antes de irse.

Cuando salió Joaquina del comedor, Josefina con la mirada preguntó a su madre por la escuela. Ha quedado tu tía Aurora que esta tarde va a venir por aquí a recogerte, para que te vayas con ella, no necesitas ningún papel, ningún documento, solamente una partida de nacimiento, que la podemos pedir en el juzgado de Puente de los Desamparados, pero ahora puedes ir a la escuela con un cuaderno y un lapicero solamente. Vas a ir con las chicas de tu edad, que a partir de ahora van a ser tus amigas, y en alguna ocasión que vayamos a Puente de los Desamparados, nos acercamos al juzgado, pedimos una partida de nacimiento tuya y luego la llevas a la escuela cuando estemos aquí.

Me he traído todo le que tenía en las monjas. Me lo puedo llevar a la escuela, dijo Josefina. No, le dijo su madre. A la escuela solo debes llevar lo que te pidan en la escuela, tú vas a ser allí una más, como cualquiera de las otras alumnas. Procura llevar la mente abierta, y trata de poner todo el interés y la atención posible para aprender todos los conocimientos que de allí recibas, porque el bagaje cultural que allí te den lo vas a necesitar a lo largo de tu vida.

Aquella fue una mañana tranquila y sosegada para Ramón Santillana, hacía un buen día cuando salió con su caballo del portalón de su casa. Eran las nueve y media de la mañana y a medida que el tiempo trascurría se iba alcanzando una mayor temperatura. Había sido un invierno de lluvia, aunque esta no había caído en exceso, y aquella mañana estaba haciendo una gran mañana de temprana primavera. Sintió la alegría de haber acertado, cuando la noche anterior tomó a decisión de salir al campo una vez que entrara la mañana. Había sido una decisión acertada, como casi siempre que salía a pasear a caballo, se encontraba a gusto en el campo.

Salió por el camino de la Decarada, al llegar donde se bifurca cogió el de las zarzas y muy pronto se encontró en la Morrilla de la Gitana. Paró el caballo, miró hacia el pueblo, y observó: como siempre,/ en su sitio,/ eternamente quieto/ se veían las yuntas arando en sus besanas y en lontananza, se oía a las perdices cantar. Había vuelto a vivir a la casa donde había nacido, y desde el caballo miraba a un campo mojado que auguraba una prometedora cosecha. Continuó andando hacia adelante, se introdujo en el monte, se sintió agradecido por lo que la vida le había dado, y sobre su caballo, continuó andando por el monte.

Amparo seguía en su casa hablando con su hija, tratando de resolverle el cúmulo de dudas que la embargaban, ante la llegada a una escuela que no conocía, donde tampoco conocía a ninguna de las que iban a ser sus compañeras, en un pueblo donde solo había estado de visita, donde esperaba encontrar amigas, y donde tal vez un día fuera a echar raíces.

Después de que Amparo llegara a su casa, una vez que había estado hablando con Aurora, y que esta le hubiera dado por resueltos todos los asuntos que, según ella pensaba, tendría que resolver, quedó gratamente impresionada por Aurora, pero apenas la conocía. Se habían saludado algunas veces en la calle, en algún entierro, a la vez de haberse visto en alguna visita que se hubieran hecho, por alguna eventual circunstancia. Durante toda la mañana continuó pensando en Aurora, cuán cercana la había visto, qué cerca estaban las dos sin apenas conocerse. Qué cerca se encontraba de la escuela pública, después de hablar con Aurora, y cómo se iba distanciando de lo que había sido su vida en casa de sus padres, cómo se iba acercando a su marido, y a la familia de este, y cómo a la casa, que siempre había visto como la casa de su suegro, empezaba a verla ya como suya.

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