VIII. La Decarada

Continuaba Lucrecia dormida, cuando llamaron a la puerta, despertó sobresaltada y al despertar vio a su sobrina levantada, que se dirigía a ella para abrirla. Se restregó los ojos y desde el portal oyó a su cuñada Jacinta, que junto a sus hijas Pepa y Alicia, iban a recogerlas. Querían salir a dar un paseo por el campo. Arreglaros un poco, dijo Jacinta, que hace una hermosa tarde de primavera, y vamos a salir con las chicas a dar un paseo por el campo, quiero que Luisa conozca esta tarde, la Piedra Arrastraculos y la Cueva del Alguacil. Nosotras nos vamos a ir con ellas, se las vamos a enseñar y al mismo tiempo le vamos a contar las cosas que de estos lugares sepamos. Hace una buena tarde y no la vamos a desaprovechar. Cuando vengamos, si nos da tiempo vemos las ropas, y si tardamos más de lo previsto, nos traemos mañana unas revistas de costura de casa, y vemos, que podemos hacer. Pero esta tarde de temprana primavera que hoy tenemos la vamos a dedicar a que vayan conociendo el campo que nos rodea, y al mismo tiempo, vamos a enseñarle también, los más importantes hechos que estén relacionados con los lugares que vamos a visitar.

Opuso cierta resistencia Lucrecia al proyecto que su cuñada traía, pero pronto se sintió convencida y animada por sus sobrinas para hacerlo. Ella solo había salido al campo para trabajar en él, y la propuesta que su cuñada le traía era conocerlo como lugar de recreo y expansión.

La Cueva

La Cueva desde la Piedra Arrastraculos

Pronto estuvieron arregladas y pronto salieron por la calle del Pilar a buscar el camino de la Decarada, querían subir por él hasta las zarzas, y desde allí seguir por la senda que sigue hasta llegar a la Piedra Arrastraculos, que iba a ser su primera parada. Desde la Piedra vemos el pueblo, descansamos un poco, y por la Morrilla de la Gitana cruzamos a la Cueva sin tener que subir cuesta. Vemos el pueblo desde lo alto, bajamos a la Cueva, entramos en ella, la vemos, y por el camino, volvemos al pueblo, cuando el Sol se acerque a la Morretona, y las sombras de los cerros crezcan de forma acelerada.

Fue hablando Jacinta a Lucrecia, a sus hijas y a su sobrina, de cómo la Decarada era en los pueblos el lugar donde los hombres pasaban las tardes de los días de fiesta y de domingo, y de cómo en ella, los hombres se dedicaban a practicar los juegos que más les atraían. Normalmente eran juegos muy antiguos, llevaban haciéndose cientos y cientos de años y muy pocas modificaciones se habían introducido en ellos. Mucha gente de los pueblos, mujeres y hombres, jóvenes y mayores iban a ver de jugar a los hombres, aunque ellos no jugaran. Entonces el fútbol no se conocía y estos juegos eran casi el único espectáculo que en los pueblos se veía, a no ser que algún circo, con su saltimbanquis, sus monos, o sus osos vinieran. Recorrían el pueblo con su tambor, y su payasos, si los tenían, anunciaban su espectáculo por las calles, y esperaban que la gente fuera a verlos donde la función se fuera a realizar. Alguna vez, muy de tarde en tarde, venía alguna pequeña compañía de teatro, que representaba una comedia de enredo de Lope de Vega o de Tirso de Molina, algún drama o auto sacramental de Calderón de la Barca, o de cualquier otro autor de Siglo de Oro. Estas compañías venían muy de tarde en tarde, con muy poca frecuencia. Si solían venir los juglares, cantando o recitando sus poemas. En principio estos poemas eran cantados, más tarde dejaron de musicalizarse, los llamaban romances, eran poemas en los que sus principales temas tratados eran la guerra, el honor, el amor o la muerte, aunque también había otros más festivos, cuyo fin principal era hacer reír, buscaban la hilaridad en quienes los escuchaban. Aunque pocos, todavía vienen algunos ciegos cantando sus romances alguna vez que otra. Son los romances conocidos como romances de ciego. Estos romances también conocidos como romances de sangre, cantan siempre crímenes, bien acaecidos en el entorno de los pueblos donde el ciego que los canta vive, o bien hablaban de crímenes conocidos a través de la prensa nacional.

Los juegos más conocidos que se hacían en las Decaradas de los pueblos de Castilla eran: la barra, la cuerda y la tángana. La barra era un juego que consistía en lanzar una barra de hierro lo más lejos posible de la persona que la tiraba. La persona que tiraba la barra, lo hacía partiendo de un determinado punto del camino y corriendo unos metros camino adelante, para coger fuerza, al llegar a una determinada señal, lanzaba la barra lo más lejos que sus fuerzas le permitían. Había un jurado encargado de medir la distancia que había desde donde se lanzaba la barra hasta el lugar donde la barra quedaba clavada. Un miembro del jurado era el encargado de medir esta distancia, que luego trasmitía a la mesa donde el jurado estaba, para que dejara constancia de ello en un cuaderno de actas, al final con las medidas allí reflejadas, el jurado declaraba al ganador, que era la persona que más largo lograba dejar clavada la barra. En muchos pueblos, la barra utilizada para este menester, era la reja de un arado común.

Otro de los juegos que más expectación levantaban consistía en formar dos equipos con siete hombres cada uno. Cada equipo tiraba de los extremos de una cuerda de cáñamo, de las utilizadas para atar los haces, que se ponían sobre carros y galeras para llevarlas a la era donde se trillaban. Esta cuerda llevaba tres marcas, que solían ser tres nudos uno en el centro, que se le hacía coincidir con una raya, previamente marcada en el camino, que cruzaba. A cuatro metros del nudo central de la soga quedaban los otros dos nudos, uno a cada lado del centro. A la voz de un miembro del jurado encargado para este fin, y una vez que ambos equipos se colocaran en el lugar que les correspondía empezaban a tirar en dirección opuesta hasta que un equipo arrastraba al otro y le hacía pisar la raya central. Los que pisaban la raya eran los perdedores. Servían estos juegos a los muchachos para darse a ver entre las chicas, para que ellas supieran quien era cada uno, para que los valoraran, para mostrar su fuerza y su destreza, y para demostrar que ya eran hombres.

Otros juegos que allí se practicaban eran la tángana, que ahora se ve practicar mucho en las calles del pueblo, es más bien un juego de puntería, de saber medir, y es además un juego que sirve para ganar o perder dinero Se jugaba también a las cartas sentados los jugadores en el suelo, sobre una manta, con los pies cruzados delante de ellos, e inclinados hacia adelante. Se veían lo hombres expectantes e inquietos, esperando lo que la suerte le trajera. Venían puestos con garbanzos, habas, almortas, pipas de girasol tostadas. Solían venir puestos con vino, con berenjenas, rifas de caramelos, de navajas, o gente que venía vendiendo papeletas para rifar dos pollos, un cordero o un par de conejos.

La vida sigue, y las sombras pasan, dice el poeta, todo esto es historia dijo Jacinta. Antes los bailes se hacían en las casas, ahora todos los pueblos tienen un salón donde celebrarlos, hay casinos y bares donde poder juntarse la gente los domingos, o en las fiestas. Pero las cosas perdidas, al evocarlas siempre nos traen un poso de tristeza.

Sudorosas y jadeantes llegaron a la Piedra, descansaron un poco, desde lo más alto de ellas, otearon el horizonte. ¡Qué hermoso es este campo, y qué bonito se ve el pueblo desde aquí!, apuntó Luisa. Nunca había experimentado una sensación tan agradable. Cuando en el hospicio nos sacaban de paseo, algunas veces nos sacaban hasta las afueras, que siempre estaban llenas de estiércol y de inmundicias. Un campo así, nunca lo había visto. Tal vez por eso haya sentido esta sensación. Esa sensación tan agradable que tú has sentido, la hemos sentido todas, dijo Jacinta. Salir al campo un día como hoy siempre nos da una sensación de placer, sobre todo a las personas más sensibles. Cuando pase la Semana Santa y terminemos de hacernos ropas nuevas, pintemos las casas y celebremos las fiestas, vamos a dedicar algunas tardes a conocer el campo del pueblo donde vivimos. Ahora vámonos, pensaba haberos contado un milagro, que según cuenta la tradición sucedió hace muchos años, entre estos montes. Pero como yo no creo en los milagros, y tiempo no creo que nos vaya a sobrar mucho, vamos a seguir por el borde del monte, y cuando salgamos de la Morrilla de la Gitana, enseguida llegamos a la Cueva del Alguacil que también tiene su historia que contar.

La leyenda del alguacil, sí la he oído de contar, dijo Lucrecia, pero de la Piedra Arrastraculos nunca he oído nada. ¿Cómo que no has oído nunca el relato del milagro que San Antón hizo con Plácido, niño de ocho años, que la víspera de San Antón se quedó perdido entre estos cerros? A mis oídos nunca ha llegado ese milagro, dijo Lucrecia. No lo conozco, a nadie se lo he oído contar.

Viendo Jacinta la expectación que Plácido estaba creando en sus hijas, sobrina y cuñada,  no tuvo más remedio que decirles, sentaos en estas piedras que os lo voy a contar ahora mismo: Aquella tarde era jueves y víspera de San Antón. Los chicos no tenían escuela por la tarde, como todos los jueves del año. Unos pocos chicos, alrededor de treinta, se juntaron en la plaza del Comisario. Como otras muchas tardes que tenían libres hacían, acordaron irse a jugar a la “Piedra Arrastraculos”. Todos los que fueron eran mayores que Plácido. Al salir del pueblo, con la intención de llegar antes, todos echaron a correr, iban chicos de distinta edades y los mayores llegaron antes y menos cansados. El último en llegar fue Plácido, que llegó cansado y con pocas ganas de rescularse por las piedras. Pronto los chicos mayores se cansaron de arrastrar el culo por las piedras y decidieron ir a buscar madroños a los montes que tenían detrás. Desde el cerro donde ellos estaban, veían el monte que tenían detrás y pensaron que como era época de madroños podrían coger muchos y volver a sus casas con los bolsillos llenos. Pronto se dieron cuenta que se habían equivocado, las madroñeras se crían en las zonas más altas de los cerros más altos que en el término había, y donde ellos pensaron llenar los bolsillos, no había madroños.

Decepcionados los chicos al no encontrar lo que buscaban, decidieron volver al pueblo, lo hicieron por el Camino de las Arenas y Plácido que se debió quedar dormido, esperando a que volvieran los que habían ido a buscar madroños, salió en su busca con dirección adonde los había visto desaparecer. Sin encontrarlos continuó buscándolos en el monte, entre los enebros, las encinas y las jaras. Durante mucho rato estuvo andando, llorando, dando gritos, pidiendo auxilio. Nadie lo oía, le contestaba el eco entre los cerros. Cada vez se iba poniendo más oscuro. Se hizo de noche, los búhos, las lechuzas, los pájaros de la noche eran a los únicos que oía. Estaba perdido, sentía mucho miedo, y continuaba andando en dirección opuesta a donde estaba el pueblo, se iba alejando. Oía a las zorras y pensaba en los lobos, lo vencía el cansancio, lo atenazaba el miedo y el frío. Subiendo una cuesta, a la luz de la luna, vio unos peñones, se acercó y en una grieta que encontró entre dos de ellos se introdujo, sintió que hacía menos frío, estaba muy cansado. Se sentó en el suelo, pensaba descansar. Lo venció el sueño.

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