El Grito III

III

En Andalucía se daba la circunstancia de que muchos de los hijos de las casas acomodadas, de las casas grandes, no se casaban. Se miraba mucho lo que cada uno podía aportar al matrimonio. Igual que en las familias ricas andaluzas, salvo muy raras excepciones, no se encontraban familias numerosas. Las familias numerosas se daban mucho tanto en la Mancha como en Andalucía entre las clases trabajadoras, y muy poco entre las grandes fortunas. Muchos afortunados después de haber llevado en su juventud una vida desenfrenada de orgía y jolgorio, se refugiaban en la vida eclesiástica entrando en alguna orden religiosa que siempre andaban a la caza y captura de los hijos y las hijas solteros de las familias acomodadas, ofreciendo siempre la promesa de la vida eterna a aquellos que se ofrecieran a Dios en cuerpo y alma. Esto le hacía pensar a Amparo que dada la fuerte religiosidad que en su familia se daba, y no tanto en la familia de su marido, como en la suya, su hermana se haría religiosa y tal vez a su cuñada le pasara lo mismo, aunque esto le parecía menos probable.

A Ramón Santillana no le preocupaban tanto las cavilaciones de su mujer, sus preocupaciones eran otras, le preocupaba más el día a día, como buen labrador que era. Sus principales preocupaciones eran el campo y la lluvia, la lectura del periódico el Liberal y los libros, de los que siempre tenía alguno abierto, aparte de la tertulia del casino.

Sabía Amparo que la lluvia le preocupaba mucho a su marido, al levantarse, el primer saludo que le hacía era preguntar si había nubes. Este era el saludo de su marido cuando empezaba a sentir la falta de lluvia, por eso siempre le contestaba, te das cuenta de la falta de lluvia antes que los trigos, antes que las cosechas. Qué sensible eres para algunas cosas, otras te importan menos, a lo que este contestaba, me preocupo por las cosas que me afectan, lo que a mí me afecta le afecta a mi casa, y lo que le afecta a mi casa nos afecta a todos, a ti también.

A mí me afectará cuando se necesite, le contestó Amparo a su marido, pero a ti te afecta cuándo desaparecen las nubes, porque si no se van no pueden venir otras. Ha estado lloviendo toda la semana, y ya te preocupa que se hayan ido las nubes, deja que se vayan, al sol también lo necesitamos. Dale una vuelta al periódico y preocúpate por lo que pasa en el mundo, amplia tu información, tráenos cosas nuevas en qué pensar, ahí tienes información del partido conservador, parece que andan un poco revueltos.

Salió Amparo del comedor, donde había dejado a su marido con el Liberal entre sus manos, sentado en una mecedora cerca de la estufa, pensando que con la lectura del Liberal ya tenía su marido la mañana ocupada hasta la hora de comer.

Fue a dar una vuelta para ver cómo iba la limpieza de la casa, pasó a la cocina a preguntar por la comida y se fue un rato al “corralillo” para tomar el sol mientras llegaba la hora de comer, hacía un buen día y necesitaba despejarse.

En Alameda de la Mancha no había monjas ni frailes, por lo que no podían pensar en que sus hijos estudiaran en colegios religiosos, a no ser que los llevaran a su pueblo donde sí había colegio de monjas y de frailes. Ese fue el principal inconveniente que vio su marido para quedarse a vivir en casa de sus suegros para siempre. No le gustaba que su hijo se educara rodeado de frailes, ni que su hija lo hiciera rodeada de monjas, y Amparo estaba en eso de acuerdo con su marido, aunque en presencia suya no lo comentara.

Cuando murió su padre pensó Ramón que a su hermana, no debía dejarla sola, era él su único hermano y sería una temeridad dejarla sola en una casa, como era la casa de sus padres, y a vivir con ellos a casa de sus suegros no se la iba a llevar. Se iría a vivir a su pueblo, para él suponía un peligro dejar su casa en manos de su hermana, y para su hermana iba a ser un peligro mayor quedarse sola en su casa que para su casa quedarse sola con su hermana, esto podía traerle mayores quebraderos de cabeza. No quería dejar a su hermana sola, no encontraba justificación alguna para hacerlo. A su esposa le costaba un poco salir de su casa, no quería llevar a sus hijos a un internado y tampoco se atrevía a dejarlos en casa de sus padres con su hermana. Pensaba que las estrictas ideas religiosas de sus padres y de su hermana unido al ambiente que les rodeaba en estos centros podrían influir desfavorablemente en la formación de sus hijos. Creía Amparo que la forma de sentir la religión en su casa era obsesiva, que no se podía vivir así; bien estaba vivir dentro de las normas de la Iglesia y cumplir con sus preceptos, pero en la vida no todo tenía que ser la religión, no creía que fuese necesario levantarse rezando para ir después a misa a rezar, desayunar, comer y cenar con rezos para a la hora de acostarse volver a rezar otra vez.

En el pueblo de su marido, que era el pueblo donde ellos iban a vivir no había conventos, por tanto no había monjas ni frailes que se dedicaran a enseñar. Había escuelas de enseñanza pública, pero en ellas también se daban clases, y había maestros que terminadas las horas de la escuela, continuaban preparando a los chicos que querían estudiar bachiller. Las familias de este pueblo mantienen a sus hijos con ellos al menos hasta que empezaban a estudiar el bachiller e incluso dos o tres cursos más. ¿Por qué no vamos a hacer nosotros lo mismo?, pensaba.

Estaba Amparo paseando entre los desnudos árboles del corralillo mientras pensaba en una vida mejor y más tranquila para sus hijos, al pensar en ellos no quería que vivieran obsesionados con los pecados, con el demonio y con sus tentaciones, con el pecado original, y con la dichosa manzana. Quería que vivieran respetando las obligaciones con los demás, pero no quería que vivieran atemorizados por la Iglesia. Recordaba los continuos rezos a los que su madre las sometía cuando eran pequeñas, los rezos a los que la sometían las monjas, al entrar en clase, al salir de clase, al ir al comedor, al terminar de comer, cómo los castigos que les imponían eran siempre rezar, rezar y rezar. Si hablaban en las filas dos chicas el castigo era para todas, para que lo cumplieran antes de dormirse. Cuántos disgustos le dieron estos castigos, hasta que una compañera le dijo que Dios no iba a estar despierto contando los padrenuestros o las avemarías que le hubiera puesto la monja.

Pensó Amparo en hablar con las amigas de la casa de sus suegros con las esposas de los amigos de su marido, y contarles cuáles eran sus miedos, cuáles eran sus temores, de ninguna manera estaba dispuesta a llevar a sus hijos a casa de sus padres, para ir luego Josefina a las monjas y Marcelo a los frailes. No querían que les hicieran pasar a sus hijos todo lo que a ella le habían hecho pasar. Hablaría de esto con su marido y le contaría cuáles eran sus miedos.

Cuando terminaron de comer salieron sus hijos del comedor, hacía un buen día y querían ir a jugar al corral de las mulas, le habían dicho a su madre. Llévalos al corralillo, le dijo Ramón a su esposa, allí van a estar mejor y nosotros vamos a estar más tranquilos, le he dejado puesta la tapa al pozo y la he dejado cerrada con la cadena, dentro no se pueden caer. Había dejado cerrada la tapa con una cadena y un candado que había comprado para cuando estos vinieran.

Intentó Ramón levantarse una vez que salieron los chicos, cuando oyó la voz de su mujer que le decía, no te vayas que tenemos que decidir a qué escuela vamos a llevar a los chicos. De momento a la pública, dijo Ramón Santillana a su esposa, después al instituto y luego a la universidad si les quedan ganas de estudiar. Yo hice la enseñanza primaria en la escuela de mi pueblo, que es la escuela donde quiero que vayan mis hijos. Me llevaron mis padres a estudiar el bachiller con los frailes a Córdoba, y los frailes se encargaron de que me viniera sin terminar, así que desde que vine de allí tengo bien claro dónde iban a estudiar mis hijos. Tú sabes las pocas veces que me he opuesto a tus decisiones, pero si tienes otra cosa pensada descártala, no quiero que mis hijos se eduquen en un colegio de élite, como ellos dicen, porque eso sería abrirles el camino para que no estudien. Yo había pensado, dijo Amparo, que al menos la enseñanza primaria la hicieran aquí en las escuelas del pueblo donde vamos a vivir, así no tendremos que separarnos de ellos. Los chicos necesitan el contacto diario y el cariño de sus padres, que no se queden solos en un internado, eso es muy duro, por mi propia experiencia te lo digo. Había pensado en que se podía haber quedado Josefina este curso con mis padres, más que nada por no cambiarla de clase, cuando ya está mediado el curso, pero le temía a la religiosidad extrema que se vive en casa de mis padres, aparte de que las monjas están siempre obsesionadas con los pecados, con el demonio, con la justicia divina y con el infierno.

Prefiero que se vengan aquí, que van a estar con nosotros, y al mismo tiempo, las separamos de Sofía, que ya sabes cómo es. Si se queda ella de preceptora de Josefina ¿qué iba a ser? lo que Sofía quiera que sea, conociendo a mi hermana me temía lo peor, no podía pensar otra cosa, miedo me daba pensar lo que iba a pasar a su lado.

Siempre con la censura en su cabeza, siempre obsesionada con el diablo y sus tentaciones, rezando a todas las horas del día, diciéndole lo que debía hacer y lo que no debía hacer, adoctrinándola a cada momento, haciéndole la vida imposible. Por eso no te dije nada cuando dijiste que los chicos se venían aquí con nosotros desde el primer día. Como nunca hablamos de esto, no me atrevía a decirte nada, esperaba a que tú hablaras primero, y cuando dijiste que los chicos se venían al pueblo con nosotros vi mi problema resuelto.

He pensado siempre que estabas más cerca de la Iglesia de lo que ahora veo que estás, como te veo ir a misa los domingos, vas a las flores en el mes de mayo, y a alguna novena que otra también te veo ir, pensaba que te encontrabas tan a gusto en la iglesia, y fíjate por donde estoy viendo que cuando ves que a tu hija le puede afectar de forma negativa el contacto con esta institución, piensas que será mejor que no se acerque tanto, y tratas de separarla de la casa de tus padres que como yo le digo, aquella casa es la casa de los rezos.

A mí no me pasa lo que te pasa a ti, que solo te acercas a la iglesia cuando vas a cumplir a cualquier entierro, y te esperas en la puerta para dar el pésame, pero tampoco soy una beata, no me gustaría ver a mi hija cuando fuera mayor, como veo ahora a mi hermana Sofía, que cuando no está en la iglesia está en su cuarto de rodillas sobre un reclinatorio, con un rosario en la mano, eso no me gustaría que le pasara a mi hija. Voy a misa los domingos, aunque no voy todos, alguna tarde puede que vaya a las flores en el mes de mayo, más que por los rezos, por hablar un poco con la gente, pero tú no me has visto aquí nunca ni en casa de mis padres tampoco, de rodillas sobre un reclinatorio, y con un rosario en las manos. Por otro lado la gente de los pueblos, y sobre todo la clase pudiente suele ser gente de creencias, gente que va a la iglesia, los curas nos visitan con frecuencia y da vergüenza que vengan a tu casa, cuando tu no pones los pies en la suya, además si la clase de gente a la que pertenecemos cumple con los preceptos religiosos, y nosotros no lo hacemos puede dar motivos a que a nosotros nos tomen entre ojos y nos miren con recelo. Por eso voy a la iglesia, por eso, porque tu no vas, porque no quiero distinguirme y porque no quiero topar con la Iglesia.

Le tienes miedo a la Iglesia, le dijo Ramón a su mujer, no pienso que a la Iglesia se le deba tener miedo, aunque pienso que a la Iglesia hay que mirarla con cierto recelo, y aunque no le tenga miedo, si miras hacia atrás y ves su comportamiento a través de la historia, verás que su comportamiento a través de los siglos nos tiene que hacer pensar. No hace tanto que después de llevar la Inquisición abolida muchos años, Fernando VII el Deseado la volvió a establecer, y hacía cerca de cuarenta años que estaba abolida, tanto tú como yo nos acordamos perfectamente de los pocos años que hace que se abolió por segunda vez, ¿Quién nos va a decir a nosotros que lo que ya ha pasado, no va a volver a pasar? ¿Quién nos puede decir que ante cualquier revolución que pueda surgir, y una vez que haya sido sofocada por el poder, quien nos va a decir que la Iglesia no va a estar al lado del poder para lo que la necesite? La Iglesia no va a ser nunca revolucionaria, estará siempre al lado del ejército y de la Corona. La Corona es la personificación del poder, y el ejército es el brazo armado de la Corona. La Iglesia, ¿qué es entonces? La Iglesia es la encargada de ponerle el yugo a los bueyes. ¿Para qué necesitan el yugo los bueyes? Para que trabajen, para que aren.

Anuncios