El Grito XIV

XIV

Amparo se adaptaba perfectamente a las ideas que había en su casa, era una buena ama de casa, con el paso de los años se había ido desprendiendo de muchas de las ideas que habían marcado su infancia, parte de su adolescencia y primeros años de su matrimonio. Como ya hemos podido ver a lo largo de las anteriores páginas su infancia se había visto marcada por la influencia que sobre ella marcaron una familia excesivamente religiosa y la influencia que en ella marcaron las monjas ursulinas, comunidad religiosa que regentaba el único colegio de monjas que había en Puente de los Desamparados, donde igual que su hermana Sofía había recibido la única formación que tenía. Como en el siglo XIX la mujer al nacer lo hacía con el destino marcado, Amparo fue una más. Había nacido dentro de una familia rica y muy religiosa, por tanto su destino ya lo tenía marcado al nacer. Tenía que ser la señora de una casa grande si Dios no le tenía destinado nada mejor, cosa que entraba dentro de sus posibilidades al pertenecer a una familia rica y muy religiosa. Esto le allanaba el camino para entrar como novicia en cualquier comunidad, y poder dedicar por entero toda su vida en la tierra a Dios para poder gozar de él en el cielo durante toda la eternidad.

Fue Amparo Solís durante los primeros años de estancia en el colegio de las Ursulinas de Puente de los Desamparados una alumna despierta que en principio aceptaba todas las enseñanzas que las monjas trataban de hacerle ver, pero al mismo tiempo era comunicativa con las compañeras, le gustaba aprender otras cosas. Tenía un trato amplio y directo con sus compañeras y amigas, hablaba mucho con ellas, y al ver que la verdad no era la misma para todas, le hacía sospechar de las monjas, pensando que no se podía estar tan segura de toda la información que de ellas pudiera recibir, ya que lo que a unos le parecía blanco, para otros era negro. No es lo mismo ser ladrón que guardia civil, decía.

Al ser la escuela donde se estaba formando una escuela de monjas ursulinas que siempre estaban haciendo ostentación de su disciplina y de su gran religiosidad, podíamos pensar que no le quedaba más remedio a Amparo que acatar de buen grado el pensamiento y las ideas que las monjas trataban de imponerle, ya que coincidía plenamente con la forma de ser y de estar que se vivía en su casa. Sin embargo siendo ella, una muchacha muy abierta, le gustaba juntarse no solo con las muchachas de su curso, solía juntarse también con otras muchachas mayores que ella, y con otras más chicas, y de ahí sacaba sus conclusiones. En su casa nunca se atrevía a comentar con su hermana ni con sus padres lo que sus compañeras y amigas opinaban de las monjas ni de los rezos, aunque ella no dejaba nunca de pensar en los temas, que sobre sus creencias mantenía con sus compañeras y amigas. A veces pensaba durante la noche, en sus ratos de insomnio, lo que su hermana Sofía pudiera pensar, si por cualquier circunstancia llegara a enterarse como pensaban dentro del colegio donde ella se había formado, su hermana Amparo y las compañeras y amigas con quien se juntaba y compartía ideas.

Amparo no pensó nunca en dedicar por entero su vida a Dios, cuando las monjas le hablaban de Dios, de la presencia de Dios, le hacía pensar en lo aburrido que les tenía que llegar a ser la presencia de Dios en todos los actos de su vida. Le costaba imaginarse la gloria, con tanta gente, sin conocer a nadie, mirando a Dios siempre, sin atreverse a hablar en su presencia, temiendo que en cualquier descuido pudiera encontrarse con la mirada de Dios frente a ella, mirándola fijamente moviendo su cabeza en señal de reprobación, mientras le decía: A la gloria no se viene para hablar con las compañeras y vecinas, se viene para gozar de mi presencia, para eso os he traído aquí, para que gocéis de mi. Cuántas veces había recordado Amparo aquellos comentarios en los recreos con sus amigas y compañeras, todas pensaban en lo difícil que les iba a ser permanecer durante toda la eternidad disfrutando de la presencia de Dios y al mismo tiempo aguantando la tirantez que su presencia les iba a suponer a todas. Había mejorado su vida desde que como consecuencia de la muerte de su suegro se habían trasladado a Alameda de la Mancha. Mientras vivieron en casa de sus padres, habían estado más encorsetados, tanto ella como su marido y sus hijos. En casa de sus padres seguían una férrea disciplina religiosa que trataba de imponer su hermana Sofía, bien es verdad que no a todos lograba imponer sus objetivos. Ramón su marido, desde el primer día de estar en casa de sus padres, le dejó bien claro que a él no le iba a imponer su hermana sus creencias. Cuando Sofía le recordó al marido de su hermana que estaban a punto de dar el último toque para la Misa Mayor, y todavía estaba sin arreglar, preveía que iba a llegar tarde, esta iba a ser la última misa que se iba a decir en el pueblo, y podría perderla. Le contestó Ramón diciéndole que no había entrado en sus cálculos perderse la misa del domingo, porque no había entrado en sus cálculos ir a misa, ni los domingos, ni los lunes, ni los de cualquier otro día de la semana, hace muchos años que no voy a la iglesia, a no ser que tenga que ir a cualquier entierro bien sea de un familiar o algún amigo muy allegado, y esto es así desde hace muchos años. Tenía dieciséis años cuando al salir de los dominicos tomé esta decisión, de esto hace mucho tiempo, y a mi cabeza todavía no ha llegado la idea de volver arrepentido a la iglesia, confesarme y seguir como cuando estaba con los frailes. A Sofía no le gustaron nada las palabras de su cuñado, y esto hizo que desde entonces esta hiciera ostentación de lo poco que le gustaban las personas que vivían al margen de la Iglesia, al margen de las leyes que Dios nos había impuesto.

Dios es muy bueno, decía Sofía, y a la vez es muy justo, y para nosotros los mortales, sus leyes son de obligado cumplimiento. Él nos ha creado, y a él le debemos respeto y obediencia. No quería Ramón Santillana darse por aludido en las palabras de su cuñada, y nunca le contestaba a sus indirectas, vivía en casa de sus suegros, era bien tratado por ellos, y no quería que se sintieran ofendidos con cualquiera de las respuestas que le pudiera dar a su cuñada, aunque a veces sentía una especial atracción por responderle, pero todavía nunca le había contestado.

A Amparo no le gustaba nada la actitud que su hermana mantenía con su marido y siempre que la ocasión le era propicia se lo reprochaba, ya que dicha actitud malhumoraba de forma especial a Amparo, y le hacía que esta mantuviera con su hermana unas relaciones muy tensas y encontradas. Sofía culpaba a su hermana de ser la causante del estado de tirantez que se vivía en la casa, ella había sido la culpable por haberse casado con un librepensador, con un ateo y por eso surgían estos enfrentamientos, estas disputas que con tanta frecuencia nos afectan y el ambiente en que nos encontramos es siempre tan tenso y duro, decía Sofía.

Amparo siempre contestaba a su hermana, diciendo que el marido ideal para ella siempre había sido Ramón Santillana y que donde tú ves defectos yo veo virtudes, donde tú ves a Dios él ve un páramo infinito… nada…nada…nada. Te vas a condenar, le decía Sofía a su hermana, por casarte con un ateo, vas a pagar las consecuencias, te solidarizas con él, y como él te vas a condenar, eres tan perversa como tu marido, y desde ya mereces la misma pena, has perdido los principios en los que te has formado y tan culpable eres como tu marido por defender las ideas que él defiende. En esta casa nunca ha habido nadie capaz de defender las ideas que vosotros estáis defendiendo. Nosotros hemos sido siempre una familia honrada y temerosa de Dios, y nunca nos hemos juntado con ateos, con agnósticos, con librepensadores, con revolucionarios, ni con republicanos. Hemos sido siempre una familia temerosa de Dios que estamos aquí para servirlo, y esperamos gozar de él en el cielo.

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