El Grito XII

XII

Estuvieron dos días en casa de los padres de Amparo, hablaron de todo lo habido y por haber y a ninguno se le ocurrió hacer mención al incidente surgido en el último viaje. Tampoco hablaron de la Guerra Carlista que estaba dando los últimos pasos, los ejércitos de don Carlos se batían en retirada. Con el fin de la guerra, la reina Isabel salía fortalecida y con ella las ideas más liberales y progresistas. Apenas se habló de la guerra, todos coincidieron con el deseo que todos habían mantenido que la guerra terminara pronto, y cesaran los muertos, los heridos y los prisioneros. Se necesitaba un acuerdo que pusiera fin al diario derramamiento de sangre, y evitara en lo posible las venganzas y las ejecuciones, se estaba negociando un acuerdo. Pronto lo hubo entre vencedores y vencidos, y este acuerdo satisfizo a todos. El acuerdo terminaba con una amnistía general que evitaría las venganzas y las represalias. Isabel, con el apoyo de liberales y progresistas había ganado la guerra y reinaría con el nombre de Isabel II, don Carlos tenía que salir de España.

En casa de los padres de Amparo eran conservadores, y en casa de Ramón eran liberales y progresistas. Cuando Ramón Santillana y su familia llegaron a casa de sus suegros la paz ya se había firmado  todos sabían que la guerra la habían ganado la princesa Isabel que contaba con el apoyo de liberales y progresistas y la había perdido don Carlos, hermano de Fernando VII y aspirante al trono de España que contaba con el apoyo de la iglesia, y con el apoyo de los conservadores. Cuando Ramón Santillana con su familia llegaron a casa de sus suegros, no hablaron de vencedores y vencidos, Hablaron del deseo que todos habían mantenido que terminara la guerra, y en esto hubo un motivo de encuentro entre las dos familias, la guerra había terminado.

Cuando Amparo y su familia se despidieron de los padres de Amparo apenas hablaron, a ninguno de los que iban dentro del coche se le ocurrió pensar cuando iban a volver, todos pensaban en que tendría que pasar mucho tiempo para decirle a Serafín que preparara el coche de mulas para volver a Puente de los Desamparados, y que se tendrían que ir acostumbrando a espaciar los viajes. Pensaban que al menos hasta que no pasara el verano no iban a volver, y eso era mucho tiempo, al menos hasta que no pasaran las vacaciones los chicos lo tenían justificado con la llegada de los exámenes, y durante el verano con el calor que hacía en la provincia de Córdoba tampoco iban a poder ir, eran muy pesados los viajes. Irían cuando hiciera menos calor había dicho Ramón a su familia, ahora no se puede viajar, con los calores que se nos aproximan donde mejor se estamos es en nuestra casa, ya conocéis vosotros el calor que por allí hace, tendremos que esperar a que pase el verano.

A Amparo no le gustaba lo que su marido estaba hablando con sus hijos, pensaba que ya hacía un buen rato que debía haber intervenido pero lo había dejado pensando que sería mejor espaciar las visitas. Ella tampoco quería hacerse pesada en casa de sus padres, por eso le había dicho a su familia que fueran ellos los que se desplazaran a Alameda de la Mancha, ya que sus padres apenas la conocían, habían estado allí tan pocas veces desde que se fueron que apenas conocían a nadie. Su hermana Sofía, nada más oírla hablar había descartado el viaje, diciéndole que desde que allí estuvo no se le había ocurrido volver por allí, no se había traído buenos recuerdos de aquella casa, y posiblemente tardarían todavía mucho tiempo en borrarse los malos recuerdos que de allí guardaba. Además, como ella estaba tan ligada a sus devociones, estaba tan ligada a su parroquia, pensaba que si las cosas no cambiaban tardaría bastante todavía para poder darse una vuelta por allí. El camino era largo y pesado y la vuelta a su casa le estaba dejando a Amparo una visión triste de los frutos amargos que a sus treinta años ya había recolectado. Pensaba que la casa y la familia donde había nacido eran ya historia para ella, y su casa estaba ya en Alameda de la Mancha. Puente de los Desamparados era ya una referencia al pasado que no pensaba renunciar. Pero su familia y su casa estaban en Alameda de la Mancha, aunque su pasado era Puente de los Desamparados y parte de su familia estaba allí. Cada vez que iba la veía más distante.

Tenía ganas de llegar a su casa, sus hijos no dejaban de hablar con su padre aquella tarde, se sentía alejada de los que en realidad formaban su familia, y esto le hacía sentirse inquieta. La vida sigue y las sombras pasan, y algún día todos seremos historia para luego dejar de ser, o no ser nada. Un día nos arropará el olvido, nadie se acordará de nosotros, es triste pero es verdad. Continuaban hablando sus hijos, hablaban de sus proyectos, de sus amigos, de su futuro, mientras su marido dormía apoyado sobre el respaldo de su asiento. Miró a su marido detenidamente, mientras este movía la cabeza de uno a otro lado impulsado por el traqueteo del coche y pensó ¿dónde le tendrán sus sueños ahora, si es que los tiene?

Ramón Santillana sí tenía sueños, era un soñador, pensó a renglón seguido Amparo. Ramón era un gran soñador y ella lo sabía mejor que nadie, a veces le costaba compartirlos, pero claro que soñaba. Su afición a la lectura era una clara muestra de que la realidad no le satisfacía. En los libros buscaba otros horizontes, otras realidades, buscaba un mundo mejor y no se conformaba con el cielo que a diario desde sus púlpitos les prometía la Iglesia a los creyentes. Él no era creyente y pensaba en un mundo mejor que había que crear, que había que hacer, que se podía hacer, y aunque él nunca pensara verlo, no por eso había que dejar de intentarlo con la vista puesta siempre en un horizonte mejor para todos. Pensaba Ramón Santillana en ese intuido horizonte que buscamos y que nunca vamos a encontrar, pero que no por eso debemos dejar de buscar.

Llevaba Amparo diez años casada con su marido y cada vez se había ido sintiendo más cerca de él y al mismo tiempo se daba cuenta que su pueblo, su casa y su familia cada vez era para ella una referencia más lejana. Le preocupaba mucho su otra familia, la que quedaba en Puente de los Desamparados, la que formaban sus padres y su hermana Sofía y aunque seguía siendo su familia, era su otra familia. Pensaba que cada vez los viajes se iban a ir espaciando, que cada vez se verían menos, y al mismo tiempo no dejaba de pensar que su otra familia cada día la iría necesitando más. Se debía a sus hijos y a su marido, pero también pensaba que sus padres y su hermana también la iban a necesitar más bien pronto que tarde, y eso le preocupaba y entristecía.

Ramón seguía en el mejor de los sueños, y sus hijos se habían contagiado del sueño de su padre y también dormían. Mientras, ella seguía entristecida y pensativa, ni quería, ni podía dormirse. La felicidad a la que todos aspiramos qué difícil se alcanza, qué triste es la vida. Cuando piensas haber alcanzado la felicidad te das cuenta que te falta mucho por alcanzar, que había otras cosas con las que no contabas. La realidad es terca y dura, el tiempo se encarga de recordártelo. Seguía Amparo pensando en sus padres, los había visto más envejecidos, más tristes y preocupados que la última vez que allí estuvieron, no quiso preguntarles nada, temía su respuesta y no necesitaba que le dijeran nada. Por eso no quiso preguntar, conocía de antemano la respuesta que le iban a dar y por eso no se atrevió a preguntarles.

Despertó Ramón de su largo y placentero sueño cuando ya estaban cerca de Alameda, miró a sus hijos que continuaban durmiendo y al dirigirse a su mujer se dio cuenta que tenía los ojos enrojecidos. Acto seguido dirigiéndose a ella les dijo, has estado llorando, tienes los ojos rojos, a lo que Amparo contestó: No, llorar nunca lloro, a veces pasa que al pensar me caen lágrimas, y mientras vosotros dormíais he estado pensando, por eso tengo los ojos enrojecidos. No le des importancia a mis lágrimas, es una forma de mirar la vida, y me pasa con frecuencia, no te preocupes, soy una persona emotiva y triste, y a veces cuando pienso me caen lágrimas.

No quiso preguntar Ramón la causa por la que a su mujer se le habían enrojecido los ojos mientras ellos dormían, no quería que pudieran despertar sus hijos mientras Amparo le informaba por qué tenía los ojos enrojecidos, más o menos conocía lo que lo había provocado, guardó silencio mientras pensaba hablar con Amparo de sus lagrimas en la soledad de la alcoba.

Hacía una buena tarde, dentro del coche hacía calor, bajó Ramón el cristal delantero del coche y le dijo a Serafín: Para un momento, voy a subir contigo al pescante que tenemos que hablar de lo que tenemos que hacer.

Mientras Serafín sujetaba las mulas, Ramón cerró los cristales del coche, abrió la puerta, y una vez en el suelo se encaramó al pescante y continuó hablando con Serafín de cómo iban a solucionar los problemas que se les avecinaban. Despertó Josefina, y a una insinuación que su madre le hizo, esta despertó a su hermano que continuaba durmiendo plácidamente. Malhumorado despertó Marcelo preguntando a su hermana: ¿Por qué me despiertas, si todavía no hemos llegado?

Queda muy poco para llegar y hemos pensado que sería mejor despertarte para que te dé tiempo a perder el mal humor con que te has despertado, y para que no tengamos que bajarte del coche en brazos, no sea que al sacarte, te vea alguno de tus amigos, lo cuente en la escuela, y cuando llegues mañana te estén esperando todos los chicos, al grito de dormilón, dormilón, por eso te hemos despertado para que tus compañeros no se burlen de ti.

De mala gana aceptó Marcelo las disculpas que su madre acababa de darle, pero no le quedó otro remedio que aceptarlas, pensando que tal vez pudiera llevar razón su madre, y de esta forma, aunque no le había caído muy bien que su hermana lo hubiera despertado, no le quedó más remedio que aceptar que lo despertaran cuando se encontraba en el mejor de los sueños.

Una vez que Marcelo se hubo tranquilizado y que su padre llevara un rato hablando con Serafín en el pescante del coche de la gran cosecha que se les avecinaba, preguntó Josefina a su madre ¿Cómo has visto a los abuelos y a la tía? A lo que su madre le contestó: A los abuelos más viejos, a la tía más inquieta y más obsesionada con la Iglesia y con los rezos, y al mismo tiempo muy preocupada por nosotros pensando que con la vida que llevamos tan retirados de la Iglesia, no le va a quedar a Dios otro remedio que mandarnos a todos al infierno para que allí paguemos nuestras culpas por habernos alejado de él. En nuestra casa se rezaba mucho y como la formación que nos dieron las monjas fue una formación eminentemente religiosa, esto hizo que Sofía que era una chica dogmática en sus concepciones haya salido así. Piensa que todo lo que nos dijo nuestra madre, que se parece mucho a ella, lo diera por bueno y lo siguiera a rajatabla, sin siquiera pensar que las cosas podían ser de una forma distinta a como a ellas se lo habían enseñado, tal vez por eso la hayas encontrado más distante con nosotros. Como piensa que estamos retiradas de Dios y muy cerca del demonio, cree que nos vamos a condenar y que si se junta con nosotros puede caer en la tentación y que Dios la mande al infierno con nosotros por no haber sabido separarse de su familia a tiempo. Por eso la hemos visto tan poco, no quería vernos por si nos la llevábamos con nosotros al infierno.

Rieron los hijos de Amparo con el retrato que su madre acababa de hacerle de su familia. Pararon el coche en la puerta principal de la casa, se fueron bajando, Joaquina y la criadas de la casa las estaban esperando en la puerta, preguntó Joaquina por cómo les había ido el viaje, a lo que respondió Amparo diciendo que bien, a la que apostilló Josefina diciendo: Bien pero aquí nos encontramos mejor.

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