Leñadores 6

CAPITULO VI

La vida es fácil para los ricos, que se levantan tarde, desayunan chocolate o   café con leche, con mantecados, con magdalenas, con pastafloras, con rosquillos fritos, con lo que les apetezca, y si les apetecen churros mandan a la criada  por ellos a la churrería. Tienen un buen corral de pollos y gallinas, para matarlos cuando les plazca, disponen de buenas fincas para cazar, buenos carruajes y buenos caballos para desplazarse, criadas y sirvientes que los atiendan, y curas serviles que les perdonan los pecados, y que les digan que todos somos hermanos, así que fíjate que bien nos ha distribuido el trabajo y los placeres el padre celestial. ¿Te parece razonable?

A mí no me preocupa la iglesia, cuando era chico me preocupaba mucho, me asustaban mucho los sermones, el infierno, hasta las misas me asustaban, pero llegó un tiempo que dejó de preocuparme, empecé a pensar que eso no podía ser verdad, no me entraba en la cabeza que Dios mandara a su hijo a este mundo para que lo mataran, aunque fuera para salvarnos a nosotros. ¿A quien se le ocurre pensar, que si Dios es todopoderoso, que todo lo ve, que nada le es ajeno, que todo lo puede ¿cómo iba a mandar a su hijo a la tierra a que lo mataran los judíos para salvarnos? ¿A quién le tenía Dios que pedir permiso para salvarnos, si Dios era él y por encima de él, no hay nadie? No puede ser, pensé. Y desde entonces, esto dejó de preocuparme.

Miró Antonio el reloj, vio que eran las doce y veinte y le dijo a Cipriano ¿no te  parece, que son las doce y veinte, y desde que hemos empezado a hablar de esto, no hemos visto ningún burro al que nos hayamos acercado para verlo detenidamente, y si seguimos por este camino puede ser que te tengas que ir al pueblo sin tu borrico? Eso no, respondió Cipriano. Cuando me dijiste esta mañana, que no hablaba, y te contesté diciendo, no hablo, pienso. Iba pensando en lo que podían decir de mí, si me presento en el pueblo sin haber comprado nada, o si lo que me compro es un burro de poco valor. Si desde que  pensamos comprarlo, a todos los que  me han preguntado les he dicho la verdad, que necesitábamos un buen burro, porque nos íbamos a dedicar a lavar ropa en Almagro ella, y a llevar leña yo,  para eso nos hacía falta un buen burro, que es lo que voy a llevar de la feria cuando nos vayamos.

Pienso ahora, que si me presento en el pueblo sin nada, me van a tomar el pelo, por hablar antes de comprarlo, y todos van a creer, que si no llevo un buen burro, es  por que no tengo dinero, que todo lo que yo tengo es fantasía. Así es que vamos a buscarlo, tú no sabes lo mal que piensa la gente de mi pueblo. Si no lo encontramos ahora, tendremos que mirar debajo de las piedras, aunque tengamos que levantar todas las piedras que tienen estas eras, donde estamos para encontrarlo.  Si me presento sin nada, o lo hago con un borriquillo de mala muerte, me van a poner como chupa de dómine.

Mira, dijo Antonio, vamos a dar otra vuelta sin entretenernos en nada que no sea en los borricos, y lo vamos a buscar encima de las piedras, por que debajo de las piedras, es fácil que no esté, y si acaso está, lo más fácil, es que no lo podamos sacar, así  que vamos a dar otra vuelta verás como en esta vuelta lo encontramos.

En las galeras, Ángel se acercó a donde estaban los vecinos, a  ver si sabían algo de los del borrico y éstos no sabían nada. Pero no te preocupes, dijo Anastasio, las ferias son así, hay veces que te pones a buscar algo y no lo encuentras, aunque pases un montón de veces por encima de lo que buscas. Este muchacho ha idealizado su burro de tal manera que piensa que el burro lo tiene que encontrar tal como él lo ha soñado, y así no lo va a encontrar. Si el burro le hace falta, ya verás como lo encuentra, puede que lo haya soñado negro y lo tenga que comprar rucio, puede que lo haya soñado con más talla, y lo tenga que comprar más pequeño. Cuando vea que las horas pasan y el tiempo se acaba, verás como se decide. Si tuviera que comprar cincuenta burros buenos, es posible que no los encontrara, pero uno, tres, cinco, ocho burros, ésos claro que los encuentra, no te quepa duda.

He comprado esta mañana carne en  el mercado, he hecho pisto y también he comprado, cuando venía, una sandía gorda. Cuando lleguen los del borrico, aquí o en la galera vuestra, nos sentamos y comemos juntos, luego vamos tú y yo con ellos y verás como sí encontramos un buen burro para Cipriano, dijo el padre de los vecinos.

Minutos después y cuando todavía no se habían separado llegaban Cipriano y su acompañante eufóricos, diciendo: vaya animales, si uno es bueno, otro es mejor, cuando ya nos veníamos sin que nos hubiera gustado ninguno, vaya cuatro bestias que hemos encontrado. ¿Quién nos iba a decir a nosotros lo que íbamos a encontrar detrás de las paredes del convento de los dominicos?

Nos lo han dicho unos hombres de Almagro, con los que nos hemos parado a preguntarles si habían visto algún burro fuerte y bueno que valiera la pena  comprar. Nos han  preguntado si habíamos visto los de la viuda, que estaban ahí, detrás del convento de los dominicos, en el mismo camino de Bolaños. Son de la viuda del Pirata, un arriero del Moral, muy aficionado a comer y beber bien, que hace veinte días, en una posada de Valdepeñas, se hartó de comer con otros arrieros, le dio un Cólico Miserere, lo llevaron al  Hospital, y dos días después lo enterraron. Hay está  la pobre mujer, con el hijo mayor que tendrá unos once o doce años y un hermano de ella, que ha venido para ayudarla a vender los cuatro animales que tenía. Detrás de esas tapias del convento están, no se ven desde aquí, pero seguro que allí están, con cuatro burros que son cuatro dijes.

No será tanto, argumentó Ángel, habéis estado toda la mañana dando vueltas, y ahora encontráis juntos el burro que Cipriano había soñado multiplicado por cuatro. ¿No estaríais soñando? Dicen que las vírgenes se le aparecen a los pastores. Si es verdad lo que dicen, no están soñando, el Pirata es el arriero que mejores borricos ha tenido en toda la Mancha, si es verdad que ha muerto y que esa era su familia, seguro que es verdad lo que están diciendo. Argumentó Anastasio.  Vamos a comer y cuando terminemos nos vamos para allá, no sea que llegue por allí, cualquier tratante, arramble con los cuatro, y después de verlos Cipriano primero, se vaya a quedar sin borrico.

Sacaron la sartén con el pisto y la carne que Anastasio había preparado, le quitaron el trapo que la cubría y después de los protocolos habituales rompieron todos a comer, sin oirse una palabra. Poco después empezaron a oirse las alabanzas al guiso que Anastasio había preparado. Comieron bien, y aunque muy bueno estaba el pisto con la carne, no lo terminaron, estaban todos intrigados con los burros que la viuda del Pirata había traído a vender a la feria. Sacó Antonio la sandía que su padre había traído del mercado entre la admiración de los comensales y verdad era que la sandía era gorda, a todos les extrañó lo  grande que era, ninguno recordaba haber visto una sandía tan grande como aquella.

Abrió Anastasio la sandía y poco a poco fueron achicándola con sus navajas, mientras Cipriano, cada vez más inquieto cerraba y guardaba su navaja sin que ninguno de los otros comensales siguiera su ejemplo. Poco a poco fueron dejando de comer, y sin terminar la sandía recogieron sus bártulos, y andando despacio se encaminaron a las tapias del convento de los dominicos, dispuestos a traerse cogido del cabestro al burro que Cipriano había soñado.

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