Leñadores 28

Cuando a Rufina le llegó el parto, lo hizo pronto y con pocos dolores. Había estado yendo a lavar hasta un mes antes de que este llegara, y cuando este llegó, fue rápido y con pocos dolores. Decía su madre que apenas se había enterado, a lo que esta respondía, sí, madre, sí me he enterado de que el chico salía, ha sido usted la que no se ha dado cuenta. Cuando salio Cipriano de su casa aquel día, no pensaba que Rufina fuera a parir aquel día, había salido temprano de su casa aquella mañana, pensaba volver pronto, quería aprovechar aquella tarde para recoger los trozos de leña seca, que tenía sueltos por el huerto de su casa y quitar las hierbas del suelo, antes de que se pusieran mayores.

Cuando Rufina se repusiera del parto, antes de que empezara a lavar otra vez, querían volver a jalbegar. Cuando se  mudaron, con las prisas que tenían de estrenar casa propia, solo le dieron una mano de cal, y esta necesitaba dos manos por lo menos. Desde que los antiguos dueños se fueron a Barcelona, estaba sin jalbegar, y de esto hacía al menos cinco años. Cuando Cipriano llegó a su casa, entró por las puertas falsas, les dio agua a sus quijotescos jumentos, los metió en la cuadra, y les echó de comer. Antes de abrir la puerta del patio, se quedó mirando un poco lo que aquella tarde tenía que hacer, y pasó para dentro, en busca de su mujer y de su  comida. Una vez en el patio, sintió hablar en su alcoba. Esto le hizo pensar que su mujer estaba de parto, cosa esta que le hizo acelerar el paso y dirigirse a su alcoba, pensando que su hijo estaba a punto de llegar.

Al abrir la puerta del portal, se encontró con la comadrona, que salía de su alcoba, y esta le dio la enhorabuena por el hijo que acababa de tener, a lo que este respondió dándole las gracias apresuradamente y entrando en la alcoba sin despedirse. Vio a su mujer sentada en la cama, teniendo entre sus brazos algo, que tenía que ser su hijo, estaban con ella su madre y unas vecinas que con ella hablaban. Se acercó a la cama, besó a su mujer y a su hijo, y las lagrimas aparecieron en sus ojos. Las vecinas rieron la emoción incontenida de Cipriano, que no había podido detener las lágrimas.

Aquella fue una tarde de visitas, amigas y familiares iban a ver a Rufina, que recibía emocionada las felicitaciones y parabienes, que por el nacimiento de su hijo recibía. A la hora de comer llegaron las vecinas de la calle de la Virgen con la comida preparada, era la comida marcada por la costumbre. En los pueblos castellanos las mujeres recién paridas comían sopa de cocido, preparada por vecinas y amigas, que eran las encargadas de llevársela. Era de obligado cumplimiento que entre los ingredientes que este cocido llevara, tenía que haber una gallina, que estuviera poniendo para que la parturienta se repusiera pronto. Confiaban en que el caldo de la gallina sacrificada, ayudara a aumentar las defensas de la mujer y le hiciera bajar la leche, y al tener más defensas, pudiera esta disponer de una ayuda, que le iba a ser imprescindible par luchar contra las fiebres pauperales, en caso de que estas llegaran a aparecer. Las fiebres pauperales eran la mayor causa de muerte, entre las mujeres parturientas.

Pronto se recuperó Rufina del parto y pronto se la pudo ver por la calle con su hijo en los brazos, ir a casa de su madre, a comprar lana, para hacerle jerseys a su hijo, o cualquier otra cosa que necesitara. El tiempo que estuvo sin ir a lavar ropa, lo aprovechaba en hacerle ropa a su hijo, atender su casa, ir de compras, ir con su hijo, a ver a su madre, o visitar a alguna amiga. Se encontraba contenta saliendo con su hijo a la calle, y mostrándoselo a cualquiera que por él le preguntara. El chico estaba sano, y crecía deprisa, pensaba Rufina, que pronto se lo podría dejar a su madre, y volver a su trabajo de lavandera. Pasaba el tiempo muy deprisa, y pronto estaría otra vez lavando, su madre todavía estaba joven, y se encontraba con ganas de quedarse con su nieto, mientras Rufina volvía otra vez a su oficio de lavandera, que era el trabajo que ella había ejercido en su vida.

Seis meses después de nacer su hijo, decidió Rufina volver a enfrentarse otra vez con su trabajo, pensaba que no debía acostumbrarse a ejercer solo de madre, cuando su madre la podía sustituir, mientras ella ayudaba a su marido a sacar su casa adelante. Pensaba también que cuanto más tiempo tardara en volver al trabajo, más difícil le iba a ser acostumbrarse a lavar sus cestas de ropa. Por eso no quería retrasarlo más, el chico estaba fuerte y comía que se las pelaba. No quería Cipriano que dejara tanto tiempo Rufina a su hijo, sin darle de comer, pensaba que este iba a perder fuerza, se iba a quedar más delgado, y si adelgazaba, cualquier cosa le pudiera pasar. Se lo repitió a Rufina, una y otra vez, pero esta seguía en sus trece. Necesitaban ganar dinero para pagar la casa y a su hijo no le iba a pasar nada, su madre, iba a tener cuidado de él y no lo iba a dejar solo ni un momento.

No le quedó a Cipriano más solución que dejar a su mujer que volviera a su trabajo de lavandera, mientras pensaba para sus adentros, si tu mujer te pide que te eches de un tejado abajo, pídele a Dios que este bajo. Durante los primeros días que Rufina fue a lavar a la Higuera, continúo Cipriano repitiéndose el mismo refrán. Viendo que su hijo comía de todo lo que ponían a su alcance, y cada día se encontraba mas fuerte, dejó de preocuparse, y empezó a preocuparse de que su mujer todo lo solucionaba en la casa, y a él cualquier cosa que tratara de imponer nunca se le hacía caso. Y desgraciadamente, era mejor así, si las cosas se hicieran como él pensaba que debieran hacerse, siempre iban a salir peor. No le quedaba otra opción que hacer lo que Rufina decía, y pensar lo que la gente rezadora decía, Rufina, en tus manos encomiendo mi espíritu, y esperar que las cosas salieran bien. Le contaba Cipriano a su mujer lo que pensaba, sus preocupaciones, y el miedo que sentía, que al ser ella mucho más lista que él, en cualquier momento, se lo dejara y sin darle explicaciones, lo pusiera en la calle diciéndole, búscate la vida por ahí, que para lo que me solucionas, me puedo arreglar sin tu ayuda. Reíase Rufina de las preocupaciones de su marido, haciéndole ver que no tenía motivo alguno para ello, que sus preocupaciones carecían del menor fundamento. Somos un matrimonio que piensa y razona, y que además nos llevamos bien, no somos un matrimonio conflictivo, los dos trabajamos y los dos nos preocupamos por la casa, y poco a poco vamos funcionando, ¿por qué te vas a preocupar ahora, si hacemos lo que tú piensas o lo que pienso yo? Hacemos lo que pensamos que esta bien, yo no me preocupo por saber cuál de los dos impone aquí sus opiniones, es algo que no me preocupa nada. Ni una sola vez se me ha ocurrido a mi pensar en eso, y estoy viendo que a ti sí te tiene preocupado. Pensaba que confiabas más en mí.

Se disculpó Cipriano de sus palabras y todo quedó arreglado si que ninguno volviera a hablar más de ello. Pensó Rufina  más de una vez en las palabras de su marido y llegó a la conclusión de que lo que Cipriano quería era mandar como ella, querría su parte de mando en las decisiones que se tomaran. No quería ser el convidado de piedra de la familia, a él no le gustaban los rezos y no le gustaba estar para decir amén. Aunque sabía que su mujer lo aventajaba en todo y le iba a ser muy difícil imponer su criterio en las decisiones que se tomaran en su casa, por eso sabía que su opinión era muy difícil imponerla en su casa.

Hay un refrán castellano que dice que al que quiere consolarse, nunca le falta consuelo, y decidió consolarse por su propia cuenta, pensando que Rufina era más inteligente que él, y que mejor sería que ella llevara las riendas de la casa. Esta fue la causa que le hizo aceptar la superioridad mental de su mujer, y aceptar siempre sus decisiones, aunque algunas veces pensaba, que podía estar equivocada, pero ya no se atrevía a contradecirla, porque ella  tenía más cabeza que él.

Con la decisión que Cipriano había tomado, les llegó pronto tener que decidir qué nombre le iban a poner a su hijo, y aquí pensaba que esta decisión le correspondía tomarla a él, que era el hombre de la casa, sin embargo esperó a que Rufina hablara, quería ver que era lo que esta pensaba, que era lo que mejor le parecía a ella. Sería lo mejor que él podía hacer, no precipitarse y esperar. Por eso cuando su mujer le preguntó el nombre que le iban a poner al niño, este le dijo, ¿no lo íbamos a dejar sin bautizar?, a darle el sacramento del bautismo no lo vamos a llevar, pero en el registro civil sí lo tenemos que inscribir, ese documento sí le va a hacer falta. Ponle José el nombre de mi padre, al que no llegue a conocer. Es el nombre de tu padre y es muy bonito, y además es el nombre de tu padre al que no has conocido. Es la mejor decisión que has podido tomar, le contestó Rufina a su marido.

Las palabras de Rufina emocionaron a Cipriano. Pensaba que le iba a querer poner el nombre del padre de ella, que también estaba muerto, y había delegado en él para que le pusiera el nombre de su padre. Abrazó a su mujer y sus lágrimas regaron las mejillas de su esposa, cuando pudo hablar, con unas escuetas gracias se despidió de Rufina y continuó con las cosas que tenía que hacer. Abrió la puerta del corral pasó a la cuadra y durante un rato, las lagrimas siguieron regando sus mejillas. Estaba arrepentido de lo que había estando pensando hacía un rato, qué poco la había valorado, sin tener un solo motivo para  hacerlo así, ella nunca se había mostrado de forma egoísta con él. Su padre de ella estaba tan muerto como el suyo y había pospuesto ella sus propios sentimientos a los de él. No me la merezco, se decía a si mismo, mientras ella está pensando en que yo no he conocido a mi padre, y que mi mayor deseo tiene que ser que mi hijo lleve el nombre de mi padre muerto. Estoy yo pensando que lo que ella va a querer es aprovecharse de que ella sabe más y ponerle el nombre de su padre, en vez de ponerle el nombre del mío.

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