III. La misa de San José

Se habían acostado tarde la noche anterior. Tenían muchas cosas que contarse la tía y la sobrina, a ninguna la vida le había sido fácil, las dos habían conocido la cara triste que la vida tiene. Era doloroso recordar los palos, las humillaciones, los insultos, y Lucrecia había sido tantas veces apaleada, humillada, insultada por su marido; imposible le era, olvidarse de todo aquello. Qué triste le resultaba evocar su pasado, cuántas veces había sentido resbalarle las lágrimas por sus mejillas. Hacía ya mucho tiempo que no lloraba, pero las lágrimas le seguían llegando. Cuántas veces se había planteado abandonar la casa, irse. ¿Pero adónde iba con sus dos hijos pequeños? ¿a pedir limosna, qué pensarían de ella, dónde iban a pasar la noche? Seguía una y otra vez tratando siempre de evitar lo inevitable. Al acostarse, le dijo Lucrecia a su sobrina, nunca más vamos a evocar el pasado, siempre vamos a mirar adelante, vamos a tratar por todos los medios posibles enterrar esta tristeza que ahora nos ahoga.

Desayunaron café con leche con rebanadas de pan frito, se arreglaron con sus mejores ropas y como habían acordado la noche anterior, fueron a misa. Era Luisa una chica esbelta, bien formada, de pelo oscuro, largas pestañas, ojos grandes y claros, vestida con falda oscura, blusa blanca, medias claras, zapatos de medio tacón y rebeca marrón. Un poco más alta que su tía, despertó la atención en todas las personas que la vieron cruzar.

Era domingo y día de San José, hacía un día espléndido. La iglesia estaba llena cuando entraron Lucrecia y su sobrina. A Luisa nadie la conocía, pero despertó en todos gran expectación, en ella se posaron todos las miradas. Verdad que era una chica guapa, nadie la conocía pero qué gran impresión causó en todos.

La salida fue espectacular, mucha gente la había observado durante la misa, y después de buscar en lo más profundo de su cerebro, llegaron a la conclusión de que tenía que ser la sobrina que Lucrecia tenía en el hospicio, la hija de su hermana muerta. Hablaban entre sí las mujeres, y se decían unas a otras lo guapa que era la muchacha. Dicen que las chicas que se crían en el hospicio son más feas, si esta se hubiera criado en su casa con sus padres, ¿qué hubiera sido, adónde hubiera llegado? Mucha gente se fue acercando a Lucrecia para que les confirmara que la muchacha que a su lado estaba era la hija de su hermana, y comentarle el parecido que con ella tenía, y sobre todo cuánto le parecía a su madre.

Desde la iglesia fueron a hacer la visita que se dejaron por hacer la noche anterior a casa de los tíos de Luisa, para que la conocieran. Las recibió Jacinta que la besó enseguida de forma efusiva, llamando enseguida a su marido y a sus hijas, y diciéndoles que estaban allí Lucrecia y Luisa, que había llegado el día anterior de Ciudad Real. Muy pronto salieron Anselmo y sus hijas, recibiéndola también efusivamente. Para Luisa fue muy halagador lo que hicieron sus tíos y primas. Estas querían que fuese con ellas a la procesión por la tarde. Anselmo les aconsejó que sería mejor que no fueran. La procesión no se va a celebrar, lo prohíbe la constitución. El gobierno dice que los actos religiosos solo se pueden hacer dentro de las iglesias, y no como pretende hacerlo el cura, eso está prohibido. La Constitución Española es laica y, con arreglo a nuestra constitución, no se pueden celebrar actos religiosos en la calle, los trabajadores no estamos dispuestos a tolerar que la procesión salga, veremos lo que pasa, dijo Anselmo a su sobrina y a sus hijas. Nosotros no lo vamos a tolerar. Habló Jacinta dirigiéndose a sus hijas y sobrina diciendo, no sería mejor que fueseis al baile, porque si hay palos, a lo mejor os lleváis alguno. Eso sería lo menos malo que os pueda pasar.

Durante un rato permanecieron todos callados, vuestro tío y padre acaba de decirnos lo que siente y piensa, dijo Lucrecia, él sabe cómo están las cosas, lo que puede pasar esta tarde. Le tenéis que hacer caso, no os expongáis a que pase lo peor. Los que van a intentar sacar la procesión van a salir preparados, van a llevar armas, y cualquier cosa puede pasar. Vosotras pertenecéis a la clase trabajadora, si hay un solo tiro, venga de donde venga, va a llevar una dirección, no sabemos qué pueda pasar. Con que salga o no salga la procesión, no vamos a perder ni ganar nada, esto va a ser un enfrentamiento gratuito y si llega a producirse, vamos a perder todos. Con enfrentamientos como este empiezan las guerras, y con las guerras todos perdemos.

Nosotras no vamos a ir a la procesión, vamos al baile, o mejor nos quedamos en casa, pienso que será lo mejor, lo más seguro, dijo la hija mayor de Anselmo. Tía, véngase usted con Luisa esta tarde y la pasamos aquí todos juntos, así hablamos y nos conocemos mejor, que nunca antes nos habíamos visto y tenemos muchas cosas que contarnos. A todos le pareció bien la idea que Pepa, la hija mayor de Anselmo, había tenido y todos la apoyaron. Preocuparon a todos estos enfrentamientos, a las chicas y a los mayores. Quiso Jacinta que Lucrecia y Luisa se quedaran a comer en su casa, diciendo: hoy vamos a comer juntos, donde caben cuatro caben seis. Fue apoyada por toda la familia con mucha insistencia. Si las chicas quieren estar juntas ¿por qué las vamos a separar nosotros?, dijo Anselmo dirigiéndose a su hermana Lucrecia.

Insistió Lucrecia en que ya tenía la comida preparada. Déjala para la noche, o para mañana que es bueno que las familias se junten, aunque sea de tarde en tarde, y nosotros tenemos que celebrar la llegada de Luisa, con la que nos hemos visto tan poco. No pudo decirle Lucrecia a su hermano que no se quedaba, y en el fondo se sintió contenta. Toda la tarde iban a estar juntos, y hacía tanto tiempo que esto no pasaba… Para todos fue una gran alegría la ocasión que la llegada de Luisa les había brindado.

Salió Jacinta de su casa diciendo que volvía enseguida. Sorprendidos un poco quedaron los demás sin saber dónde iba Jacinta y esperaron un poco a que esta volviera, comentando lo que a la tarde podría pasar en la procesión. Sabían que a ellos, en su casa no les iba a pasar nada. Y si no lo sabían al menos lo pensaban, no tenían motivos para pensar lo contrario, pero sí sentían cierta preocupación por lo que aquella tarde pudiera pasar.

Llegó Jacinta con el canasto lleno de cosas, venía de la carnicería, había comprado manos de cerdo y chorizos y tenía en su casa, arroz y almejas. Pensaba hacer una paella. Había estado sirviendo cuando estaba soltera en casa del médico, y allí aprendió a hacer comidas que en las casas de los trabajadores no se hacían. Quiso sorprender a su familia, con una comida, que como ella pensaba, a todos les iba a gustar. Abrió Jacinta la puerta de su casa, se dirigió a la cocina, donde había dejado a su familia, abrió la puerta y les dijo a los que allí estaban: he comprado de la carnicería manos de cerdo y chorizos, y tengo en casa almejas, arroz y todos los ingredientes que la paella necesita. Con estos ingredientes os voy a preparar una, paella, espero que os guste. Voy a tardar un poco más de lo que en otras circunstancias hubiera tardado, porque he cogido las manos de cerdo de las que más secas estaban, y tengo que cocerlas un poco, antes de poner la paella. No os impacientéis por eso, una buena paella no necesita prisas, espero que os guste. Voy a sacar la hornilla de carbón y me voy a poner a hacer la paella en el patio, hace un buen día, continuad aquí, yo no necesito ayuda.

A todos gustó la idea que Jacinta había tenido, se alegraron todos con lo que acababan de oír, a todos les gustaba la paella, solamente Luisa nunca la había probado, en el hospicio no ponían paellas, al menos a los hospicianos y hospicianas nunca nos la han puesto, pensó Luisa.

Cuando Jacinta abrió la puerta de la cocina donde estaban para irse a hacer la comida, oyó la voz de su marido que le decía, no cierres, que voy a dar una vuelta por la plaza, para ver qué se oye por ahí, a ver qué pasa con la procesión, si la sacan o la dejan dentro.

En direcciones opuestas salieron Jacinta y su marido. Jacinta iba a preparar la comida, su marido, a la calle. Quería saber lo que iba a pasar, cómo estaban las cosas, cómo se iban a organizar. Anselmo salió de su casa con intención de intervenir, de expresar ante todos lo que el sentía. Su decisión de impedir que la procesión saliera. Si tenemos una constitución es para cumplirla, y eso es tarea de todos, a todos nos incumbe. Tenemos que defender la constitución con la fuerza que nos dan las leyes, si no somos capaces de imponerla ¿para qué la queremos? Lo que tenemos, si no somos capaces de defenderlo, pronto se pierde, y si no somos capaces de defender la constitución, pronto la vamos a perder.

Al acercarse a la sede de la Sociedad Obrera, que estaba en el centro del pueblo, le extrañó no oír aplausos, no oír que nadie estuviera hablando. Pasó dentro, preguntó a los que allí estaban, que no eran muchos ¿dónde estaba la gente, qué iba a pasar a la tarde, si iba a haber procesión, o si habían decidido no hacerla? Le contestó el conserje diciéndole, que sí habían estado a preguntar, y que sí habían hablado entre ellos, pero que ninguno se había dirigido a todos para que le escucharan, para animarlos a que se impidiera la procesión. En la misa mayor, el cura había dicho que la procesión se iba a celebrar, y ha pedido con insistencia, que acudan todos, que todos eran necesarios y sobre todo los hombres. Tenían que defender sus creencias, había dicho.

Sociedad Obrera (La Sindical)

Sentado Anselmo en una mesa con otros compañeros, analizaron la poca animación que en aquel momento había en la sede de los trabajadores, y si allí no se notaba la movilización, ¿dónde se iba a notar, si los trabajadores no se movilizaban? Los labradores tampoco se iban a movilizar y los señoritos tampoco lo iban a hacer. Uno de los asistentes dijo: los labradores y lo señoritos sí se van a manifestar, pero yendo a la procesión, arropando al cura. Rieron todos la ocurrencia de aquel trabajador, se levantaron de la mesa y desanimados se dirigieron a sus casas. Era la hora de comer, y los ánimos estaban por los suelos.

Salió Anselmo de la sede de los trabajadores, más desanimado que los que con él estaban. Al llegar a su casa y preguntarle su familia que cómo estaban los ánimos contestó: vamos a comer, este no es un pueblo revolucionario. Prefiere vivir bajo las faldas de la iglesia.

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